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Libia: el infierno aquí en la Tierra

Por Mori Ponsowy

Los escupen. Les tiran piedras. Los torturan. Los venden. Los compran. Los vuelven a vender. Les disparan. Los hacinan. Los violan. Las violan. Las prostituyen. Los amarran bajo el sol del desierto.

Las víctimas son inmigrantes. Tienen quince, dieciséis, dieciocho, veintidós años. También hay niños pequeños. Niños de seis y siete años cuyos padres murieron tratando de atravesar el desierto o a los que los traficantes abandonaron en medio de la travesía. Vienen de otros países de África y quieren llegar a Europa. En sus celulares han visto que en Europa la gente vive de otra manera y ellos también quieren vivir así. ¿Por qué no?

Ellos huyen de la guerra, del hambre, de las persecuciones, de la ignorancia, de la pobreza, de la violencia y, en su huida, llegan a Libia. De allí salen las barcas de madera y los gomones que van a Lampedusa y a Sicilia.

Ni uno solo de los jóvenes refugiados a los que entrevisté llegó por una ruta que no incluyera un paso por Libia. "Me escupían en la calle. Me tiraban piedras." Eso dijo Aguibou. Tenía apenas catorce años cuando estuvo allí y no tengo razón para pensar que eso sea lo único que le hayan hecho. En una conversación de tres horas, el mismo día que lo conocí, seguramente habrá omitido detalles. "En Libia son salvajes. Vi morir mucha gente justo al lado mío. A mí me salvó Dios." Eso dijo Mamadou.

Libia es uno de los lugares más peligrosos y violentos del planeta. Desde que cayó Gadafi, no hay un gobierno: hay facciones, hay tribus, hay grupos armados que asesinan sumariamente. Impera el caos. Parte del país está bajo el dominio de ISIS, otra parte bajo Estado Islámico, pero también hay milicias que operan según su antojo. No hay libertad religiosa: todas las minorías son perseguidas, incluso las minorías islámicas. Perseguidas, atacadas, secuestradas, arrestadas. Cristianos y sufíes van a parar a centros clandestinos de los que no regresan jamás.

Según Human Rights Watch, en 2017 había 200.000 desplazados internos: familias enteras, que han debido abandonar sus hogares y que viven a la deriva. Las ejecuciones sumarias ocurren en plena calle. La violencia doméstica no está prohibida por la Ley. El código penal contempla sentencias reducidas para los hombres que matan a una mujer si lo hacen porque sospechan que ha sido infiel. También contempla el total perdón a los violadores que se casen con sus víctimas.

En medio de este infierno, los refugiados viven lo peor. “Si eres negro, te matan.” “Si eres negro, te venden.” “Si eres negra, te violan.” El tráfico humano es un negocio desde el momento en que las personas dejan su país hasta el momento en que suben a la barca. Les cobran todo. Les cobran por trabajar. Les cobran por comer. Les cobran por conseguirles trabajo y, luego, se quedan con parte de lo que ganan. "Te hacen llamar a tu familia y mientras llamas te golpean para que tu familia escuche que estás sufriendo y mande dinero," me dijo uno de los chicos con los que hablé en un tren. "Me vendieron y me compraron," dijo Adije. "Me daban agua sólo después de que me acostaba con un hombre.” Cada dos días, un puñado de arroz en la mano extendida a través de una reja. A Bryan lo obligaron a hacer trabajo forzado y lo torturaron. "Esto me lo hicieron en el centro de detención," dijo, y se levantó la manga de la camisa para mostrarme una cicatriz.

El tráfico de personas se ha convertido en un negocio floreciente y rentable. A los traficantes no les importa que los inmigrantes se mueran en medio del mar, que se mueran de sed en el desierto. No les importa si la barca naufraga. Les importa cobrar. En los últimos tres años, 450.000 personas han cruzado el Mediterráneo para llegar a Europa, pero el número de inmigrantes africanos en Libia es aún mayor: según la Internacional Office for Migration asciende a 700.000 personas, de las cuales los menores no acompañados son unos 29.000. Sin embargo, Human Rights Watch afirma que es muy probable que ambas cifras sean mucho más altas porque no hay manera de censar ni de investigar abiertamente lo que allí sucede.

"Te pegan todos los días," me dijo Saba. "Te meten en una casa y luego te dicen que para soltarte tienes que darles 350 dólares. A veces te meten en un barco pero luego te arrestan en mitad del mar y te traen de regreso y te llevan de nuevo a trabajar y de nuevo te pegan todos los días.”

Setecientos mil inmigrantes hacinados en centros de detención clandestinos, trabajando durante el día en los campos, construyendo caminos, cavando zanjas. Miles y miles de chicas obligadas a ejercer la prostitución, violadas diariamente por un hombre, y luego otro, y luego otro más.

En las morgues ya no hay lugar para recibir los cuerpos. Hay cuerpos en el desierto, en los campos, en las playas.

“No podemos ni siquiera adivinar la escala de los abusos a los que son sometidos los inmigrantes en estos lugares escondidos en Libia a los que no llega la ley,” dijo el comisionado para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, Zeid Ra’ad Al Huseein, en septiembre. “La situación de los inmigrantes en Libia era aterradora durante la era de Gadafi pero, desde entonces, se ha convertido en una maquinaria diabólica.”

Las personas se venden en remates públicos como si fueran un cuadro o una res.

Las personas que se venden y se compran son jóvenes, ¿quién va a querer comprar a alguien mayor?

Veo fotos tomadas en un campo de detención: hay centenares de jóvenes negros apilados uno sobre otro con la mirada perdida. Imagino los nombres de esos chicos. Aamina, Babacar, Cumar, Idil, Jamilah, Nadifa, Sagal. Algunos de ellos morirán de sed. Imagino la edad de cada uno. Algunos serán torturados. Imagino las historias que podrían contar. Algunos serán vendidos como esclavos. Morirán sin que nadie los llore. Sin dejar rastro en la Tierra. Como si no hubieran existido jamás.

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"Italia-Libia: un acuerdo mortal"

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