Cuando los niños ven cosas que los adultos no vemos

Mi hijo ve fantasmas, yo no... ¿qué puedo hacer por él y sus miedos?

Una vivencia personal fue el disparador de esta nota y de una búsqueda por entender este tipo de situaciones. Experiencias que son recurrentes en muchos niñas y niños, según explican especialistas del comportamiento humano y lectoras y lectores de RED/ACCIÓN. Aunque la ciencia aporta muchas hipótesis viables para explicar los fantasmas que dicen ver los más chicos, es clave que los adultos los escuchen. Un libro lo resume: "No tienes que creer en fantasmas, pero cree en tu hijo".
26 de noviembre de 2021

1: Noche de fantasmas

Ocurrió una noche, una noche que parecía cualquiera pero que, hoy lo sé, quedará impregnada por bastante tiempo en mi memoria, y algo de ella también en la retina de mis ojos; digo algo, pero no todo, porque yo no fui el que vio todo. 

Mi hijo es un átomo de 2 años y medio con la energía desenfrenada de cien mamuts bebés. Para no abundar en detalles, voy al punto: eran casi las once de un viernes y estábamos él y yo sentados en el piso de la sala, jugando con algunos de sus autitos preferidos: el Porsche, el Ford Falcon, la pick-up Toyota. Él los hacía acelerar, chocar, volcar, también volar. Su madre ya dormía en la habitación. Un incienso humeaba dulce frente a la biblioteca, yo estaba cansado, de la semana no quedaba casi nada. Parecía —bueno, era— una postal de esos momentos de felicidad muda que espolvorean la vida cotidiana. 

Y entonces, algo.
El hilo del incienso quizás tembló, el Porsche en miniatura quizás se movió un poco más de lo que mi hijo lo había movido, nuestro reflejo en el ventanal quizás se borró. 
Algo ocurrió.

No sé, no noté que nada de esto hubiera pasado, no percibí nada raro, pero tampoco vi lo que vio mi hijo, que lo impresionó tanto como para abandonar sus autitos, sus zarandeos y sus blablás, y hacerse poco a poco un ovillo sobre mi cuerpo, aferrándose a mí, agarrándose duro (con la fuerza de esos cien mamuts bebés ahora contenida en sus dos manitos súbitamente poderosas), hundiendo la cabeza en mi regazo; especialmente hundiendo los ojos para no ver. Pero ¿para no ver qué?

“¿Hijo? ¿Hijo, estás bien? ¿Pasa algo? ¿Hay alguien?”.

Me encontré repitiendo esas preguntas con torpeza, pero mi hijo no hablaba y no se movía; solo permanecía aferrado a mí. Me encontré acariciando su cabeza y luego intentando que se despegue de mí, y no pude, y entonces me encontré abrazándolo. ¿Qué hacer? ¿Cómo ayudarlo? Él no lloraba. Su trance parecía tan profundo, tan personal y tan interior, que yo sentí que lo único que me quedaba era envolverlo y a la vez ser para él su trozo de madera flotante en ese océano espeso al que había llegado sin querer. 

No me moví porque no quería dejarlo solo, pero comencé a preocuparme a medida que el acto se fue haciendo más largo, y no sé cuánto duró porque no tenía ni un reloj ni un teléfono a mano —típico de estas historias—. Un amigo me contó hace mucho tiempo que un colega había ido a tomar ayahuasca —una droga ancestral usada por chamanes amazónicos—, que en su trip había visto ventanas y que desde entonces siempre, a cada instante, veía una ventana allí donde fijara la vista. El colega hacía su vida normal, pero se había quedado viviendo un poco adentro de su trance.

Por eso me dio miedo no saber cómo ayudar a mi hijo a salir de lo que parecía un trance; y quizás lo era y quizás no. Llamé a su madre pero sólo hubo silencio. Seguía dormida y no quise gritar fuerte para no alterar más a mi hijo o tal vez para no molestarla a ella, que estaba agotada. Es curioso lo que hacemos cuando no sabemos qué hacer.

Recordé todas las teorías metafísicas y sobrenaturales que alguna vez leí. Cosas de energías, cosas de espectros, cosas de niños resucitados. El día anterior habíamos ido al cementerio a despedir a la bisabuela de mi hijo. Un mes atrás había fallecido su tía abuela. Había sido —y sigue siendo— un tiempo familiar muy duro.

Dicen que a veces los chicos ven fantasmas, pero yo no podía creer que ahora mi hijo estuviera viendo a su bisabuela o a su tía abuela; y aunque confieso que la posibilidad me parecía extraordinaria… tampoco podía pensar más allá de eso. El día anterior, cuando el adiós a su bisabuela, mi hijo se había quedado toda la tarde en la casa de mi madre. “Estuvo mirando al vacío, sentado al borde de la cama un rato largo”, me dijo mi madre. 

Un átomo de 2 años y medio con la energía desenfrenada de cien mamuts bebés no hace ese tipo de cosas. Nos tiene acostumbrados a correr de la sala a la cocina, a hacer saltos mortales en los sillones, a pedir a gritos galletitas y leche y helado, a buscar urgente un teléfono y pasar videos de patrulleros, bomberos y ambulancias en YouTube, a armar torres de bloques y derramar alegremente agua sobre cualquier superficie posible. No nos tiene acostumbrados a mirar el vacío un rato largo, tampoco a hacerse un ovillo en el regazo de su padre. 

Como dije, no sé cuánto tiempo duró el acto. Después, de a poco, mi hijo regresó, volvió a su juego como si nada, yo respiré. Un rato más tarde ya estábamos durmiendo. 

Pasaron los días, pero no olvidé las sensaciones de aquella noche: la cara de mi hijo apretada contra mi regazo, la respiración contenida, los puños obstinados, el cuerpo en una huida hacia adentro de sí mismo. Sobre todo, el silencio palpitante. 

2: Un problema colectivo y varias teorías

Para compartir el suceso raro con alguien más, eché una botella al mar y escribí un tweet en el que pregunté por experiencias similares.

Recibí 39 respuestas de personas que conocían historias de niños y fantasmas (o que las habían vivido en carne propia): una nena de 12 años daba vuelta la silla de su dormitorio para que nadie se sentara ahí mientras ella dormía; un nene dijo ver a un hombre y lo describió de pies a cabeza, era su bisabuelo ya fallecido, a quien él no había conocido; un chico de 5 años le contaba a sus padres acerca del monstruo de la escalera y veía hormigas de colores flotando o caminando por las habitaciones; otro de 3 se la pasó señalando un rincón durante una cena y diciendo insistentemente que su tía estaba ahí, pero ella se había suicidado. Y así. 

Una experiencia de un niño que dijo haber visto al fantasma de su abuela.
  • “Conocidos alquilan casa en un barrio y el hijo siempre saludaba siempre a la ‘señora de enfrente’ que los padres no veían. Hablando con un vecino les cuenta que en esa casa había vivido una señora que se suicidó colgándose de una cuerda”— Raúl.
  • “Mi hijo dijo ver un hombre. (Describió a mi nono de pies a cabeza. Hasta tenía una musculosa —muy tano—) NdR: vivo en la casa que era de mis nonos.” —Solange.
  • “Mi hijo suele hablar con mi vieja. Usualmente en el baño” —Florequis.
  • “Siempre jugué con una nena, unos años más grande que yo en ese momento. Se llamaba Catalina. Mis viejos siempre creyeron que era mi amiga imaginaria, yo la veía posta como los veía a ellos” —B.
  • “En mi primer hogar toda mi familia y yo veíamos gente con galera y traje pasar por el pasillo que unía el comedor con una de las habitaciones. Solo pasaban de un lado al otro, siempre las mismas ‘personas’. Aún lo recuerdo. Mi abuela hizo una ‘limpieza’ un día y no se vieron mas” —Cel.

Aquí, pensé, estaba pasando algo más que un episodio incomprensible. Quizás los fantasmas no existieran, quizás sí, pero lo que definitivamente existía era un montón de niños que decían verlos. Y me pregunto ahora si podemos hacer algo por ellos. (Por los niños, digo).

Algunos tweeteros me explicaron en los comentarios del mismo tweet que los chicos tienen otra sensibilidad, un campo de percepción mucho más abierto que el de los adultos, y es posible que por eso entren en contacto con energías no demasiado claras para nosotros: energías que no están al alcance de todos.

Parece un buen esclarecimiento. Pero nos conduce a dos problemas: 

  • Tenemos un problema original: ¿cómo probar que los fantasmas existen?
  • Y ahora, el problema del problema: ¿cómo probar que los chicos tienen una sensibilidad diferente?

Y se me ocurren más preguntas. ¿Hay algo que podría hacer la ciencia para probar la existencia de los fantasmas, y no está haciendo? ¿Los niños saben reconocer qué es real y qué no? ¿A qué se debe que haya tantos reportes de chicos que ven fantasmas, aun a nivel global?

Pero ¿qué es, a fin de cuentas, un fantasma?

Primero eso: qué es. “Los fantasmas tienen su taxonomía o, lo que es lo mismo, hay muchos tipos de fantasmas”, escribió Roger Clarke, miembro de la Society for Psychical Research, de Gran Bretaña, en su libro La historia de los fantasmas: 500 años buscando pruebas. Allí menciona ocho variedades: fantasmas elementales (vinculados a cementerios), poltergeists (energías violentas), fantasmas históricos o tradicionales (almas de los muertos, conscientes de la presencia de los vivos y capaces de relacionarse con ellos), manifestaciones de improntas mentales, apariciones relacionadas con situaciones de crisis o cercanas a la muerte, saltos en el tiempo, fantasmas de los vivos, y objetos inanimados encantados.

Ahora ya pasó más de un mes desde que mi hijo pareció haber visto un fantasma; no sabría decir de cuál de todos los de Roger Clarke se trataba. Después lo mismo se repitió tres veces, aunque con trances menos profundos. Llevamos unas semanas de calma. Aún hoy no sé qué pensar sobre todo esto, así que decido enviar emails a los mayores especialistas del mundo. 

“Mi opinión es que los niños tienen una gran imaginación, incluso los más pequeños”, me responde Jacqueline Woolley, una investigadora del Departamento de Psicología de la Universidad de Texas en Austin. Trabaja sobre desarrollo conceptual en niños de preescolar y escuela primaria, sobre concepto de mente, cognición religiosa y distinción fantasía-realidad. 

“La forma en que interpretan los productos de sus imaginaciones está muy motivada por la cultura”, sigue. “Es decir, dentro de una cultura o una familia en la que los fantasmas se consideran reales, es más probable que un niño interprete un tipo particular de imaginación como un fantasma. Esto se debe a que los fantasmas son algo de lo que los niños de esa cultura o familia han escuchado de otros, y quizás han inferido que los fantasmas son reales”.

Wolley recuerda también que los adultos experimentan emociones reales, incluso cuando saben que la fuente de esas emociones es fantasiosa; por ejemplo, en las películas de terror. Entonces, aun si un niño genera algo con su propia imaginación, también puede asustarse incluso cuando, según las investigaciones de Wolley, distingue lo real de lo no real ya a los 3 años, aproximadamente. “En ese caso, decirle al niño que algo no es real, no lo consolará porque ya sabe que no lo es”, dice ella. Su consejo para abordar los miedos a las cosas imaginarias es trabajar con el terror y moldearlo hasta que se vuelva positivo. “Si le tienes miedo a los vampiros”, dice, “imagina a uno con camisón; si le tienes miedo a los perros, imagina a uno sin dientes”.

Pero hay distintas teorías. El pensamiento mágico es natural entre los 2 y los 7 años de edad, según el famoso psicólogo Jean Piaget. Los niños en esa edad tienen un pensamiento simbólico, mágico, concreto y egocéntrico que provoca un mundo encantado, aunque no siempre encantador. Según Piaget, un chico de esa edad no sabe distinguir entre la apariencia y la esencia: una sábana que parece un fantasma… puede ser un fantasma. Pero este pensamiento mágico tiene la función de entender y darle sentido a un mundo desordenado y azaroso. Creando su propio territorio, un lugar donde todo puede explicarse aun sin palabras, un chico se siente a salvo.

“Monsters, ghosts and witches: Testing the limits of the fantasy-reality distinction in young children” (“Monstruos, fantasmas y brujas: probando los límites de la distinción entre fantasía y realidad en niños pequeños”) es un estudio de 2011 publicado en el British Journal of Developmental Psychology. Cuando se les pidió a chicos de 3 a 5 años que distinguieran entre personas reales como Michael Jordan y seres ficticios como monstruos y dragones, solo el 40% pudo hacerlo.

En la Argentina parece no haber demasiados estudios sobre niños y fantasmas, pero en otros países hay un gran recorrido sobre lo paranormal (la Universidad de Virginia investiga experiencias cercanas a la muerte, la de Duke tiene desde 1930 un laboratorio famoso de parapsicología, en la de Bath está el Centro de Muerte y Sociedad). 

En la Universidad de Londres funciona una Unidad de Investigación en Psicología Anómala, en el Departamento de Psicología. Chris French, su director, también es miembro de la British Psychological Society y del Committee for Skeptical Inquiry. Su principal área de investigación es la psicología de las creencias paranormales y las experiencias anómalas, y es autor de libros y artículos. Me cuenta que la experiencia más extraña que tuvo ocurrió hace muchos años, cuando participaba en un documental sobre reencarnación, en el Líbano. Entre los drusos, la reencarnación es aceptada y los niños que tienen sensaciones de vidas pasadas son comunes. En un momento de la filmación, French visitó una escuela donde más de 20 chicos le contaron esos recuerdos.

Pero este profesor inglés no cree en espíritus y piensa que hay muchas razones por las que los niños dicen que ven fantasmas. Primero, una imaginación muy vívida. “De hecho”, me dice French, “entre un tercio y dos tercios de los niños tienen compañeros imaginarios de juego. Los padres solían preocuparse si su hijo hacía referencia a amigos imaginarios, pero ahora se reconoce que es positivo en el crecimiento. En muy pocos casos, sin embargo, un niño puede reportar amigos imaginarios desagradables. Otra razón por la que los niños pueden pensar que han visto un fantasma es por un episodio de parálisis del sueño”. Se refiere a un período de parálisis temporal que ocurre entre el sueño y la vigilia y, a veces, puede ir acompañado de una sensación de presencia e incluso alucinaciones. Aterrador, pero inofensivo.

Para explicar por qué la gente ve espectros hay muchas opciones. Una universidad de la India —Banaras Hindu University—, ofrece un curso certificado para enseñar a los médicos cómo tratar a las personas que dicen ver o estar poseídas por fantasmas. El curso se da en la unidad de Bhoot Vidya (Estudios de Fantasmas), y se centra en trastornos psicosomáticos que suelen confundirse con sucesos paranormales.

Disparo entonces mis dos flechas a French. La primera: el tema de una sensibilidad infantil diferente. French no cree que eso sea así. “El hecho de que se diga algo a menudo no significa que sea verdad”. Sin duda, dice, es más probable que los niños se asusten al pensar en fantasmas. Cuando él mismo era un niño, estaba aterrorizado por la oscuridad. “¡Pero esos miedos han disminuido ahora que soy un adulto escéptico!”.

Una niña dijo haber visto un fantasma en unas vacaciones.

Luego le pregunto si hay algo que la ciencia pueda hacer para probar la existencia de fantasmas. “Probar la existencia de fantasmas es intrínsecamente difícil”, responde. “La evidencia de la existencia de fantasmas es en gran parte anecdótica. El problema con la evidencia anecdótica es que a menudo es muy poco confiable. No importa cuán sincera pueda ser una persona, el testimonio de un testigo presencial es poco confiable”. 

En la Unidad de Investigación de Psicología Anómala buscan explicaciones no paranormales de los informes de encuentros fantasmales. Hacen experimentos sobre factores como efectos de la sugestión sobre la memoria y recopilan datos sobre experiencias como parálisis del sueño. Una forma de probar la posibilidad de que los espíritus sobrevivan a la muerte del cuerpo físico, me explica French, es ver si los médiums realmente pueden comunicarse con los espíritus de los muertos. Se han llevado a cabo varias de estas pruebas y, por lo general, los resultados no respaldan las afirmaciones de los médiums.

Sigue: “Por supuesto, es aún más difícil demostrar que los fantasmas no existen. Pero sabemos lo suficiente sobre las alucinaciones, la falta de fiabilidad de la memoria y otros factores psicológicos para afirmar que la creencia de que no existen es razonable”.

3: El niño en la puerta

El problema del escepticismo científico es que no da respuestas convincentes a testimonios como este:

  • “Cuando era chiquita, yo tenía una ‘sensibilidad especial’. Entre otras cosas, tenía la sensación de que percibía algunas cosas más sutiles… que no percibían todos. El episodio que nunca me olvidé, el más fuerte, fue uno en el que me desperté una noche y me estaba pasando a la cama de mis viejos… a veces hacía esto de dormir un rato en cada cama… Y cuando estaba yendo hacia ahí es como que empiezo a percibir algo y me quedo como congelada en el pasillo… y la puerta del cuarto de ellos empieza a abrirse despacio y aparece un nene. Como de mi misma edad. Primero pensé que era mi primo menor, que quizás se había quedado a dormir, pero no. Y lo que me queda de la imagen es que el niño, si bien lo vi bastante claro, no era del todo nítido ni opaco. Me acuerdo que me asusté y volví corriendo a mi cama, a protegerme con la frazada. Yo le conté a mis viejos, mi vieja consultó a un rabino y el rabino le dijo algo así como que hasta cierta edad los niños no encarnan plenamente. Entonces es como que están en este plano, pero conectan con otros. Y me invitaron a hacer de médium en una reunión. Hacía reuniones esotéricas para conectarse con personas fallecidas, con la colaboración de nenes de hasta cinco años. Dijimos que no.” —Luciana [Instagram]
Julieta de la Cal

4: Inducción neurológica y controlada de una aparición

De vez en cuando se realizan experimentos interesantes. En 2014, un equipo suizo publicó un paper titulado “Inducción neurológica y controlada por robot de una aparición”. Los científicos tomaron como punto de partida la historia de un escalador. Al descender con su hermano de la cumbre del Nanga Parbat —una de las diez montañas más altas del mundo—, Reinhold Messner sintió que una tercera persona caminaba con ellos. Messner no podía verla, pero estaba seguro de que había alguien ahí y sentía su presencia. 

“Esta aparición”, se lee en el paper, “la sensación de que alguien está cerca cuando no hay nadie presente, se llama sensación de presencia y se ha descrito durante períodos de agotamiento físico. Aunque las personas no ven la ‘presencia’, pueden describir su ubicación espacial y, con frecuencia, dar la vuelta u ofrecer comida a la presencia invisible”. Los científicos escribieron que la sensación de presencia se da en pacientes psiquiátricos y neurológicos, pero se desconoce su origen neuronal —obvio—. El informe de un caso demostró que la estimulación eléctrica en la corteza temporo-parietal induce la sensación de presencia, lo que sugiere que el procesamiento sensorio-motor alterado (señales táctiles, perceptivas y motoras) es importante. “Sin embargo, esto no se ha confirmado en otros pacientes y no está clara la importancia de estos hallazgos para la sensación de presencia en sujetos sanos”.

La sensación extraña de que alguien está cerca cuando nadie está realmente presente y no puede ser visto es una hazaña fascinante de la mente humana, admiten estos científicos suizos. Su análisis se basó primero en lesiones en pacientes neurológicos con sensación de una presencia. “Nuestros datos muestran que la sensación de una presencia es una percepción ilusoria del propio cuerpo que se asocia con la pérdida sensorio-motora y está causada por lesiones en tres regiones cerebrales distintas: la corteza temporo-parietal, insular y fronto-parietal”.  

Basándose en estos hallazgos y en avances experimentales de ilusiones multisensoriales del propio cuerpo, los científicos diseñaron un sistema robótico que generó actos sensorio-motores específicos y les permitió inducir la sensación de una presencia en los participantes del experimento.

Resultado: los datos muestran que la ilusión de sentir a otra persona cerca se debe a una percepción errónea de la fuente y la identidad de las señales sensorio-motoras (táctiles, perceptivas y motoras) del propio cuerpo. “Nuestros hallazgos revelan los mecanismos neuronales de la sensación de una presencia, resaltan el sutil equilibrio de los mecanismos cerebrales que generan la experiencia de ‘yo’ y ‘otros’, y avanzan en la comprensión de los mecanismos cerebrales responsables de las alucinaciones en la esquizofrenia”.

Otro investigador inglés, Charles Fernyhough, también sostiene la hipótesis de las alucinaciones y de la imaginación. Fernyhough no es cualquier investigador; sino uno especializado en psicología del desarrollo, con un enfoque particular en el desarrollo social, emocional y cognitivo, que saltó a la fama con el libro The Baby In The Mirror, donde observaba el desarrollo del cerebro de su hija en sus tres primeros años de vida. 

“La mente humana constantemente hace distinciones entre lo que es real y lo que no es real, y lo hace de manera imperfecta: es por eso que tantas personas son susceptibles a experiencias similares a las alucinaciones”, me dice vía email. “Los niños son iguales, y probablemente sean más susceptibles (aunque es muy difícil saberlo con certeza) porque muchos viven en un mundo imaginativo rico, y diferenciar lo que es real de lo no real requiere cierta experiencia. Algunos investigadores propusieron que los niños siempre pueden distinguir entre la realidad y la fantasía, pero creo que han exagerado: los adultos no siempre pueden hacerlo, por lo que es poco probable que los niños sean diferentes”.

5: Todo lo que no vemos

Aunque los científicos no creen que los niños que dicen ver fantasmas los hayan encontrado de verdad, cuando busco información e historias, yo me quedo como hipnotizado ante “Kids See Ghosts”, una canción de Kid Cudi y Kanye West que tiene un dulzón mantra de rap melódico: Kids see ghosts sometimes, kids see ghosts sometimes…

En el libro Kids Who See Ghosts: How to Guide Them Through Fear (Niños que ven fantasmas: cómo guiarlos a través del miedo), la psicóloga Caron B. Goode sostiene que los chicos que toman contacto con espíritus son como un elefante en una habitación: todos sabemos que existen, pero nadie quiere hablar demasiado sobre el tema. Quizás no sea un diagnóstico errado. 

Goode sostiene que los humanos vemos una banda muy estrecha del espectro electromagnético: solo las longitudes de onda de radiación entre 380 y 760 nanómetros, y la llamamos “luz”. Pero, por ejemplo, una serpiente de cascabel ve todo el espectro infrarrojo. Así que el potencial electromagnético no se ve, pero está comprobado que existe, y si fuéramos lo suficientemente sensibles como para poder ver rangos infrarrojos, como la serpiente de cascabel, conoceríamos un mundo muy diferente en el que, tal vez, veríamos cosas raras.

Luego Goode cita una encuesta de 2007 realizada por Associated Press: el 34% de las personas dijeron que creían en fantasmas, y entre los que creían, había personas de todas las religiones y niveles socioeconómicos. Dos años más tarde, otro estudio (del Pew Research Center) encontró que casi uno de cada cinco adultos estadounidenses (18%) decía haber visto o estado en presencia de un fantasma (en 1996 eran el 9%), y el 29%, decía que se había sentido en contacto con alguien que ya murió.

“A lo largo de los siglos”, leo en un artículo de la Universidad de Berkeley, “el aumento de la seguridad de la ciencia y la previsibilidad aparentemente han reducido el encantamiento. Pero como muestran las encuestas, la magia no se ha ido del todo, ni quizás tampoco la motivación [para ver fantasmas]”.

¿Cuál podría ser entonces una motivación? ¿Qué significa en este mundo racional la tendencia en aumento —entre 1996 y 2009— de gente que dice tomar contacto con espíritus? ¿Es ver fantasmas una oportunidad para que los niños y los padres superen miedos, exploren diferentes realidades y aprendan sobre el mundo de los espíritus, como cree la psicóloga Caron B. Goode? 

“[Hay] dos claves principales para empoderar a los niños: escucharlos y creer en ellos”, leo en Kids Who See Ghosts. “No tienes que creer en fantasmas, ¡pero cree en tu hijo!”. Y esa, por cierto, es una buena idea. De acuerdo a Goode, los niños que les temen a los espectros necesitan enfrentar el miedo para recuperar el control de su entorno. “Animo a los padres a que traten de ver el mundo desde el punto de vista de sus hijos, porque hacerlo puede darles una nueva perspectiva sobre el comportamiento y las estrategias de afrontamiento de sus hijos”.

Si tu chico te cuenta que vio un fantasma, los psicólogos dicen: lo primero que debe hacer es mantener la calma; haga algunas preguntas descriptivas, intente averiguar lo que vio su hijo, determine qué puede estar molestando a su hijo, si es que esta visión se debe a algo que le molesta. Quizás el fantasma que está viendo es un sueño. Trate al fantasma como trataría a un amigo imaginario: quítele el poder del miedo.

Caron B. Goode suele recomendar que los niños que ven fantasmas tengan mentores que los ayuden a desarrollar su don intuitivo. A veces, a estos niños se los llama “psíquicos”. De ahí surgen dos preguntas que los padres le hacen a Goode: ¿todos los niños que ven fantasmas son psíquicos? Y: ¿todos los niños psíquicos ven fantasmas?

En Scottsdale —al lado de Phoenix—, vive Eliza Rey, una médium que sintió intuiciones desde muy chica, y que visualizó y escuchó mensajes para y de su familia. Por un accidente mortal que ocurrió cuando ella tenía 18 años, y que le costó la vida a su hermano y a su padre, Rey decidió desarrollar esa conexión con los del otro lado. Ahora lleva más de 20 años realizando lecturas extraordinarias; y dice que ayuda a otras personas a conectarse con sus muertos. Uno de sus seminarios es de herramientas intuitivas para chicos que han tenido vivencias sobrenaturales.

“Recomiendo a los padres de niños sensibles que los escuchen, y no le digan al chico que es solo su imaginación”, me dice en un email. “Pero no estoy segura acerca de cómo saber si un niño es sensible o no. Es como preguntarle a alguien si se siente triste o no basándose en información subjetiva”. Rey no llamaría “extraña” a ninguna de estas experiencias. Desde que tiene memoria ella misma las ha sentido. “Responder a tu pregunta sobre si tu hijo vio a un ser querido fallecido sería difícil ya que yo no estaba ahí”, me dice al final. Porque, claro, yo ahora también quiero saber si tenemos a un pequeño psíquico en casa.

Escribe Caron B. Goode en Kids Who See Ghosts que la mayoría de los chicos que ven fantasmas experimentan estados de relajación de ondas cerebrales, y que no siempre son psíquicos. Muchos cambios en las ondas cerebrales se dan por traumas, angustia, niveles fluctuantes de azúcar en la sangre, falta de sueño e incluso por el hecho infrecuente de soñar despiertos. Tampoco todos los niños psíquicos ven fantasmas; algunos pueden tener un don diferente al de ver: es posible que sientan u oigan a un fantasma, o pueden tener una combinación de todas esas habilidades.

6: Las lecciones de los espectros

Todavía hay algo más para decir sobre el tema de la motivación, sobre el contexto —el inconsciente colectivo— que puede llevar a un niño a ver un espíritu. El antropólogo Tok Thompson, que da cursos de posgrado sobre folclore en el USC Dornsife College of Letters, Arts and Sciences, y que escribió un artículo en The Conversation deliciosamente titulado “Why believing in ghosts can make you a better person” (“Por qué creer en fantasmas puede hacerte una mejor persona”), cree que hay una función en toda historia de fantasmas; también en las que nos cuentan los chicos. 

“[Un fantasma] familiariza a los niños con la idea de la muerte y el acto de morir”, me escribe en un email. “De manera relacionada, la creencia en fantasmas se superpone en gran medida con la creencia en una esencia espiritual (‘alma’) y, por lo tanto, la idea de que la moralidad tiene una cualidad trascendente (no puramente transaccional). Por último, muchas culturas enfatizarían que los fantasmas ayudan a reconocer a aquellos que han venido antes que tú y crearon el mundo en el que vives, y a menudo establecen una ‘comunidad’ que trasciende a los vivos”.

Un niño sonreía a un rincón vacío de la habitación.

Quizás la evolución también nos dé una pista. Si sos un humano prehistórico que va caminando con su garrote por el bosque y siente un movimiento, podés cometer dos errores: pensar que no es nada cuando hay en verdad un depredador listo para hacerte su cena, o pensar que hay un depredador cuando en verdad no pasa nada. Así empieza una hipótesis de Michiel van Elk, profesor de psicología social en la Universidad de Leiden (Holanda), que sospecha que los humanos desarrollaron un sesgo cognitivo hacia el último error por una buena razón: nuestros antepasados tenían que estar atentos a peligros sigilosos como leopardos y serpientes, y quienes creían que valía más prevenir que curar tenían más probabilidades de sobrevivir. Según Van Elk, esta posición puede hacer que ahora sientas, incluso cuando estás solo, la presencia de otro ser: ¿un espíritu?

Los fantasmas también pueden ser amigos y protectores, de acuerdo a este otro artículo de The Conversation. En Cuento de Navidad, de Charles Dickens, Ebeneezer Scrooge es guiado por los fantasmas del presente, del pasado y del futuro para corregir su camino antes de que sea demasiado tarde. En la película Sexto sentido (alerta de spoiler), el fantasma interpretado por Bruce Willis ayuda a un niño a aceptar su capacidad para ver fantasmas y llevarlos a encontrar paz. Mucha gente se consuela pensando que sus muertos los cuidan. Yo, incluido. Quizás la muerte no es el fin del camino, quién sabe.

Probar o refutar la existencia de los espectros no está en la agenda del antropólogo Tok Thompson, y él duda de que alguna vez esté en la agenda de la ciencia. “Pero pienso”, me dice, “que los investigadores podrían notar que la creencia en los fantasmas es ciertamente real, y que los encuentros con fantasmas son muy significativos para muchas, muchas personas. Ya sea que los fantasmas sean reales o no, igual son poderosos; ese es el mensaje al que los investigadores deberían prestarle atención”.

Mi hijo no ha vuelto a tener un trance desde aquellos. Hace unos días, en la ceremonia budista de recordación que hicimos por la memoria de la bisabuela y de la tía abuela, 57 invitados vieron cómo el átomo desplegaba su energía corriendo y saltando sin parar. Por otro lado, ningún fantasma se nos presentó mientras yo escribía esta nota, a lo largo de algunas tardes, y él, a mi lado, jugaba de nuevo con sus autitos.

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