¿Por qué está tan mal aburrirse en cuarentena? | RED/ACCIÓN

¿Por qué está tan mal aburrirse en cuarentena?

Hay una espada de Damocles arriba de nuestra cabeza y se parece mucho al aburrimiento, esa cosa que poco a poco fue convirtiéndose en sinónimo de tiempo, de espera. Además: tres preguntas a Tamara Tenenbaum.

¡Hola! Estamos a punto de cumplir dos meses de encierro, una situación más que extraordinaria. Y descubrimos que el aislamiento tiene un enemigo: la diversión, ese invento nefasto.

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¿Divertirse? ¿Qué es eso? “La Novena Sinfonía de Mahler, ¿me divierte?”. Estoy  escuchando el podcast Pila de libros, de Julieta Venegas y Nacho Damiano, pero el que pregunta es Martín Kohan, el invitado de ese programa, al que fue a hablar de Glosa, esa novela de Juan José Saer que para muchos es un torre, lo que no impide que sea genial. La pregunta despierta mi atención. Martín Kohan viene a ordenar las cosas. Agrega sobre Mahler: “No, no sé si me divierte, pero no es la palabra que elijo. El problema es que el criterio de diversión lo ha conquistado todo”.

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Aburrida, sí. Chocha, también. Creo que Kohan se refiere al siglo XX y a Saer, claro (¿o era al capitalismo?), pero siento que nos está hablando de nuestra nueva “normalidad” (porque todo, absolutamente todo, gira en torno a eso). Hay una espada de Damocles arriba de nuestra cabeza y se parece mucho al aburrimiento, esa cosa que poco a poco fue convirtiéndose en sinónimo de tiempo, de espera. Una idea que me hace acordar a algo que dijo el señor de los anillos, Viggo Mortensen: "No hay excusa para estar aburrido. Triste, sí. Enojado, sí. Deprimido, sí. Loco, sí. Pero no hay excusa para el aburrimiento, nunca".

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Dos impostores. A la idea de diversión como único resultado exitoso en cualquiera de nuestras actividades la encuentro fácilmente refutable. Sin ir muy lejos, parir no es divertido, comer una torta de chocolate tampoco, llorar en Romeo y Julieta –¿pueden creer que lloré?– ni hablar, ni tampoco el olor de los jazmines. Pero no por eso dejan de ser experiencias maravillosas. Pero así y todo, creo que en buena medida que el confinamiento nos enfrenta al pánico de la "no diversión" y nos obliga a encontrar placer en tareas que no incluyan el "descotillarnos de risa". Estamos encerrados y con el encierro sobrevuelan dos impostores: el tiempo y la diversión.

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No mates al tiempo. Cuando era chica se me grabó a fuego un diálogo que en esta temporada revivió con furia (cito de memoria):

–Creo que ustedes podrían encontrar mejor manera de matar el tiempo –dice una Alicia fastidiada– que ir proponiendo adivinanzas sin solución.

Y un sombrerero loco le responde:

–¡Ay, Alicia! Si conocieras al Tiempo tan bien como lo conozco yo no hablarías de matarlo.

Fue con esa frase que Lewis Carroll me explicó lo esencial: al tiempo no se lo mata. Y al tiempo no lo conocemos. Aunque ahora, hay que admitirlo, estemos sintiéndole el aliento en la nuca.

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Requiem al embole. La verdad, defiendo mucho el embole. Recuerdo la infancia de mis hijos durante esos veranos eternos con ellos reclamando diversión y yo a los gritos: ¡abúrranse, abúrranse mucho que hace muy bien! Creo que es ahí donde se nos ocurren muchas ideas o entendemos otras (aunque cada uno encuentra su fase de lucidez donde sea), pero tampoco lo veo bajo esa perspectiva productivista.

  • Patricio Pron, escritor argentino radicado en España, premio Alfaguara 2019, decía hace unos días en una entrevista para La Nación que quizás lo más interesante de su experiencia de la cuarentena era que lo había llevado a indagar en cosas distintas y a hacer cosas diferentes, lo cual suponía, para él, una inyección extraordinaria de entusiasmo. Comparto ese espíritu, pero lo reformulo: la cuarentena no es solo perfeccionarse en el pan con masa madre, también es no hacer un pomo.
  • A la tiranía de lo divertido le sigue la tiranía de lo productivo (¿vieron cuánto mejor quedan los vidrios cuando los limpiamos escuchando música y no con el único objetivo de  que queden inmaculados? no deberíamos ignorar esa porción de sabiduría espontánea y doméstica). Pero hay que saber aburrirse porque sí. Mirar el techo. Enfrentarse al tiempo al pedo, desnudo y, como nos enseñó el sombrerero, aprender a no matarlo.

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Foto: Alejandro Guyot

Tres preguntas a Tamara Tenenbaum [por Javier Sinay]. La autora de Nadie vive tan cerca de nadie y de El fin del amor intenta encontrar un momento de paz en medio de una avalancha de vivos de Instagram.

  • Leila Guerriero escribió en una columna que el feminismo parece estar acechado en la pandemia porque “aquel lenguaje subversivo ha sido remplazado por el lenguaje de los machos”. ¿Qué opinás sobre esto?
    Creo que Leila no está hablando del feminismo como movimiento sino como lenguaje, y un poco como la idea de que tenemos derecho a cuestionarlo todo, que creo que fue uno de los aportes más interesantes del feminismo al debate público. Me parece que hay que estar muy atentos a los discursos que se reproducen, porque el clima “estamos en guerra así que nadie puede hacer ninguna objeción a nada sin ser traidor a la patria” es caldo de cultivo para discursos de odio y de precarización de sujetos que se perciben como otredades, ajenas al “nosotros” de la “gente de bien”.
  • ¿Cómo coordinás tu alta exposición pública con tus momentos de lectura y contemplación?
    La verdad, mal. No me gusta exponerme, o más bien: me gusta mostrar las cosas que escribo, me gusta exponer eso, pero no tanto hacer videos y esas cosas. Estoy tratando de hacerlo menos, pero me cuesta decir que no cuando me escribe gente de la militancia, de medios independientes, gente que está haciendo esfuerzos para mantener vivos sus espacios de reunión y producción. Me parece un poco desgastante para todos, además, el tema de los vivos de Instagram, de estar todo el tiempo manijeando. Parece que ser escritor es trabajar de opinar, y para mí no debería ser así.
  • ¿Qué fue lo mejor que leíste últimamente?
    Terminé la trilogía de Rachel Cusky. Sus novelas me parecen espectaculares en términos del trabajo con el lenguaje, virtuosas, y al mismo tiempo me resultan tan adictivas como un culebrón. También leí un libro fascinante de Vivian Gornick, The End of the Novel of Love. Es muy interesante la tesis central que construye, la idea de que en el siglo XX lentamente va dejando de funcionar la metáfora de la búsqueda del amor como la búsqueda del sentido de la vida. El ensayo final, que es el que le da título al libro, puede ser el mejor ensayo que leí en mi vida.

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Libros a domicilio. ¿Sabías que hay librerías que llevan tu compra a domicilio? Acá, una lista: https://www.edicionesgodot.com.ar/libreriascondelivery/

Espero que te haya gustado el envío de hoy. Yo me retiro a seguir buscando libros. ¿Dudas? ¿Sugerencias? ¿Lecturas? Escribime, a mí o a Javier Sinay, a [email protected]

Va un fuerte abrazo,
Flor

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Sobre libros y escritores. Todos los martes, por Javier Sinay.

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