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Qué he aprendido

Por Mori Ponsowy

Estoy parada en un acantilado en Lampedusa. Es la unión violenta de la tierra y el mar, allá, trescientos metros más abajo. El agua es tan transparente que aun a esta distancia, desde aquí arriba, veo las piedras en el fondo turquesa del agua. Los peces nadan como si nada les importara. No saben de refugiados ni de amor. Detrás de mí: tierra árida. Delante: el cielo. Delante: el Mediterráneo con su azul profundo hasta el horizonte. Es el fin de este viaje y ningún otro paisaje podría simbolizarlo mejor. El viento que viene de África me da en la cara. Estoy sola frente a esta inmensidad. Me paro en el borde del acantilado y estiro los brazos a los lados. Bastaría con dar un paso al frente para dejarme tragar por este mar que ya ha devorado a tantos otros. Un paso, y dejaría de existir.

No hace ni siquiera 24 horas que Bryan me llamó desesperado. Hace dos días, yo estaba en brazos de Emilio. Bryan está vivo: esta mañana entré a su muro en Facebook y vi que había posteado la foto de una chica negra con un vestido corto y apretado que mostraba sus curvas. Bryan ayer pensaba matarse y hoy subió esa foto. No debe ni siquiera imaginar mi angustia. Cuando estamos mal, no hay cabida en nosotros para imaginar la angustia de los demás.

El sol desciende. Me acuesto sobre la tierra con la cabeza asomando sobre el borde, mirando el mar. Mañana temprano vuelo a Palermo, luego a Roma, luego a Buenos Aires. ¿Soy la misma de hace un mes? ¿Qué he aprendido? Este es el mismo mar que surcaron todos los chicos que entrevisté. Me quedaré al borde de esta piedra descomunal hasta que sea de noche. Miraré cómo tierra, mar y horizonte se convierten en una misma oscuridad. Quizás así logre sentir un miedo remotamente similar al que sintieron ellos cuando escapaban de su tierra, amontonados con centenares de otras personas, en esas barcas frágiles en medio del Mediterráneo.

De camino a este acantilado -al que he llegado por casualidad, mientras atravesaba la isla de punta a punta en bicicleta- me crucé con un pastor. Un pastor de ovejas, como lo fue Bilal durante dos meses en la campiña romana. El pastor estaba lejos de la ruta por la que yo iba, pero una oveja se había separado del rebaño y me bajé de la bici para tomarle una foto: la oveja me dio la espalda y se alejó apurada, tal como suelen hacerlo las ovejas cuando se quiere fotografiarlas. ¿Por qué no hablar con el pastor? Caminé hacia él que, a su vez, caminaba hacia la oveja descarriada. No respondió a mi saludo, pero cuando le pregunté cuántas ovejas eran, las miró como quien se sorprende ante una pregunta para la que no ha estudiado. Separó las manos. Tenía la piel curtida por el sol y los ojos celestes como este cielo.

-¿Cincuenta? -dijo.

Un perro blanco, lanudo, corrió hacia él.

-¿Cien? –se corrigió.

Es marzo. El invierno está por terminar y muchas de esas cincuenta o cien ovejas están preñadas. Darán a luz en primavera. También en primavera empezarán a llegar muchas más barcas. El Mediterráneo siempre es peligroso, pero en invierno lo es aún más. El pastor llama a las ovejas con sonidos que no sé si significan algo en algún dialecto o si sólo son sonidos guturales anteriores a la existencia de cualquier idioma. Las ovejas llevan grandes campanas al cuello. Sin despedirse, el pastor voltea y sigue su camino, atravesando el campo yermo.

Bilal quería ser pastor pero lo echaron. Este hombre no debe querer ser pastor. Debe querer estar en otro lugar. Bryan quería estudiar en inglés, no en francés. Fue a protestar y mataron a sus padres. Ella Anthony quería amar a una mujer sin tener que esconder su amor. Aguibou no quería ver muertos por la calle. “Era muy pequeño para ver muertos todos los días.” Los jóvenes italianos de Lampedusa no se quedan en la isla: van a estudiar a otro lugar y ya no regresan. Saba fue huérfano desde siempre y nunca tuvo un hogar. “El imán de la dhara me obligaba a pedir limosna durante doce horas al día.” Tutul huyó de un marido que la golpeaba. A Emilio no le gusta que le den las gracias. "No curo a mis pacientes porque yo sea bueno. Es mi trabajo. Si pudiera elegir, estaría en una playa, escuchando mi música.”

Si Emilio pudiera elegir, estaría en una playa. Si Bryan pudiera elegir, estaría en Camerún con sus padres vivos. Si Bilal pudiera elegir estaría cuidando ovejas. Si el pastor de Lampedusa pudiera elegir quizás sería dueño de un restaurante en Nápoles. ¿Quién, pudiendo elegir, elegiría estar exactamente dónde está? Somos una especie permanentemente insatisfecha. Sin embargo, hay una diferencia abismal entre no querer vivir en un país en guerra o en medio de una hambruna y no querer trabajar como pastor en Lampedusa o como psiquiatra en Roma. La diferencia está en la urgencia. La posibilidad inminente y cierta de la muerte es la diferencia. En palabras de Bryan: “¿Qué podía importarme morir en el camino, perderme en el desierto, ahogarme en el mar, si ya en mi país estaba muerto?”

Miro las olas, abajo, golpeando y golpeando esta piedra inmensa. Esta piedra que es, también, una isla. “La puerta.” La piedra resiste, pero el agua es tenaz. África y Europa. Allá, millones de personas desplazadas. Mareas humanas. Aquí, millones que viven en la compleja estabilidad insular del primer mundo. Allá, la muerte, las torturas, las persecuciones. Acá, la sensación de que los invaden, el miedo a que acaben con su cultura, y la pregunta: ¿si estábamos tan bien siendo todos blancos, por qué vienen estos a quitarnos nuestros trabajos y a cambiar nuestras costumbres?

Una marea humana y otra marea humana se encuentran, como el mar y la isla-piedra. Sin embargo, aunque hay conflictos y dificultades, estas mareas no han terminado odiándose, no se han construido muros, las barcas siguen partiendo y, aunque se firmen tratados para impedirlo, decenas de organizaciones –no siempre inmaculadas- trabajan para rescatarlas en medio del mar. Una vez aquí, se recibe a estas personas desplazadas dándoles casa, ropa, medicina, educación, comida. El mar y la roca han logrado convivir en paz, después de todo. Es casi un milagro de la civilización.

Al principio, cuando recién me enteré de la historia de Bilal y, después, cuando empecé a escuchar las historias de estas personas, sentí que todas mis preocupaciones eran nada comparadas con las de ellos. ¿De qué podía quejarme? Nunca más, me dije, estaré triste por menudencias. Sin embargo, hoy, aquí, siento una nostalgia anticipada. Ha sido un viaje conmovedor y no quiero irme. No quiero volver a mi vida predecible.

Queremos lo que no tenemos. Deseamos. Sufrimos. Añoramos. Estamos hechos de anhelos. Después de atravesar el desierto y el mar, ahora que se han salvado del infierno, también los refugiados quieren estar mejor de lo que están: Bryan me escribirá a Buenos Aires diciendo que necesita una computadora; Adija se quejará de que en el autobús, a veces, la miran mal y le piden el asiento. Emilio me lo dijo más de una vez: cuando empiezan a preocuparse por los problemas cotidianos por los que nos preocupamos todos, cuando se lamentan de lo difícil que es conseguir trabajo o del precio de los alquileres, es porque lo peor ha quedado atrás. Afortunados los que tenemos tiempo para preocuparnos porque si tuviéramos que huir para salvar la vida no tendríamos tiempo de hacerlo. Una vez a salvo, empiezan otros problemas. Quizás la queja, después de todo, es una señal de que estamos bien. Quizás desear permanentemente lo que no tenemos es parte de lo que nos hace humanos. A las ovejas les basta con algo de pasto, con algo de agua.

FIN.

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