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Reyes del Olimpo

Por Mori Ponsowy

Comienzo a escribir estas crónicas en el aeropuerto Leonardo da Vinci, dos horas antes de embarcar a Buenos Aires. Casi pierdo el vuelo. Escribo en desorden: empiezo con el día en que conocí a Emilio, salto a Laye Toure cantando en la Piazza in Piscinula y de allí, hacia el encuentro con Bryan y luego, a su llamada desesperada hace dos días. Me voy de Roma, pero me doy cuenta de que hubiera necesitado más tiempo, mucho más, para poder hacer las preguntas necesarias, las preguntas justas. Vi una sola vez a casi todos los refugiados que conocí. Una vez no es suficiente para contar una historia. Una vez alcanza, apenas, para saber los datos más elementales: dónde nacieron, por qué se fueron, qué están haciendo ahora aquí. Una vez no alcanza para conocer los pequeños detalles que hacen brillar el pez dorado. Me gustaría saber cuáles son sus recuerdos de infancia. A qué le temen. Qué guardan en sus bolsillos. ¿Qué te llevaste cuando te fuiste? ¿Querrías volver a tu país? ¿De qué te arrepientes? ¿Con qué sueñas? Nada de eso pregunté.

Hubo una tarde, en Roma, en la que fui al ensayo de una obra de teatro. No era cualquier obra y el grupo de actores no era cualquier grupo. La obra era "Los dioses del Olimpo" y los actores eran estudiantes de la Scuola di Italiano donde estudió Bilal. Bruna me invitó al ensayo en el Oratorio del Caravita, una iglesia del siglo XVIII construida a su vez sobre una del siglo XII. Ahí, en ese lugar destinado a cantar la pasión de Cristo, en ese lugar donde están enterrados nobles de la época del Renacimiento, vi a doce inmigrantes representar a dioses de la mitología griega y romana. Ahí estaba Favour, que había sido violada una y mil veces en Libia, representando a Juno, la diosa del matrimonio y la fidelidad. Ahí estaba Abiel, un hombre de Eritrea que había sido vendido, haciendo el papel de Júpiter, rey de los dioses. Nasra, un chico de Somalia que hace pulseras para vender a los turistas, hacía de Vulcano, el dios del fuego, el artesano. Pamela, una chica peruana, hacía de Minerva y Marte era un chico que había llegado de Ucrania hacía cuatro días. El único idioma que compartían todos era el italiano.

JUNO: ¡Basta! No aguanto más tus traiciones. ¡Eres un cerdo! Esta vez me voy para siempre. ¡Y no vengas a buscarme nunca más!

JÚPITER: ¿Estás loca? Los celos no te dejan razonar. ¡No es cierto que te haya traicionado con Europa!

JUNO: ¡Mentiroso! Creen que eres el dios de los dioses, pero eres el dios de los cerdos. En vez de toro, deberías transformarte en cerdo para copular con aquella virgen, Europa. ¿Europa que recibe a todos, “virgen”? Ja. Ja.

Sentadas en un banco de madera de nogal tallado en el siglo XVII, Bruna y yo mirábamos el ensayo. La directora, Magda Mercatali, una actriz de teatro que trabaja como maestra voluntaria en la escuela, corregía la entonación y explicaba a los actores cómo moverse. Intentaba que Favour mostrara su enojo y elevara la voz. Le explicaba a Abiel que debía tomar a Juno por los brazos para calmarla.

JUNO: ¡Cállate, Marte! ¿Cómo te atreves? Siempre estás dispuesto a sembrar discordia.

MARTE: Pero, mamá… Soy el dios de la guerra. ¿Cómo quieres que viva en paz? No es parte de mi naturaleza.

Hombres y mujeres venidos en su mayoría del África, representaban, dentro de una Iglesia Católica, el papel de dioses romanos que habían sido, antes, dioses griegos. ¿Cuál era la religión de esos actores? ¿En qué creían? ¿Qué sentían haciendo de Vulcano, de Mercurio, de Apolo, bajo la dirección de una jubilada italiana con el pelo teñido de color naranja? Magda les mostraba cómo modular la voz, les recordaba una y otra vez que debían mirar al público. Y allí estaban ellos, que habían escapado de quién sabe qué horrores, ensayando como niños para un acto de fin de curso.

Magda no lograba que Favour elevara la voz como para parecer enojada de verdad, ni que Venus sedujera a Apolo de manera convincente. Venus era una joven china, pudorosa y tímida, que carecía de gracia escénica y hablaba en un susurro. Casi todos los actores parecían sentir vergüenza de estar ahí. Sin embargo, a medida que avanzaba el ensayo, empezaban a reírse de sus propios errores y, también, de los dioses que representaban: esos dioses truculentos, falibles, crueles, inconsistentes, iracundos, envidiosos. Esos dioses que prometían una cosa y hacían otra, y que se disputaban el mundo, de la misma manera en que hoy se lo disputan los humanos.

La verdad, si es que existe tal cosa, tiene muchos rostros. Todo es más complejo de lo que parece. No todos los refugiados dicen la verdad. Me lo dijo Mamadou, que también trabaja como traductor ante una de las comisiones que estudia los casos de los inmigrantes para decidir si se les concede el asilo. Y también me lo dijo Emilio: muchos inmigrantes exageran o inventan historias para así obtener el status de refugiados. No todas las ONGs que rescatan barcas en el Mediterráneo son intachables: algunas han sido acusadas de trabajar mano a mano con los traficantes de personas. Y no son santurrones todos quienes trabajan con refugiados: en 2015, tras el escándalo del caso “Mafia Capitale”, se descubrió un cartel mafioso diseñado para ganar la licitación de los “centri di accoglienza”. El caso salpicó a políticos de todo el espectro político y llevó a 44 personas a la cárcel. “¿Tienes idea de cuánto dinero gano con los inmigrantes?” dijo Salvatore Buzzi, en una llamada telefónica interceptada por la policía. “El tráfico de drogas es menos rentable que los refugiados.”

Ya en casa, de regreso en Buenos Aires, mientras sacaba las cosas de la valija, encontré un DVD. Me lo había dado Bruna envuelto en papel regalo el día del ensayo, pero todavía no lo había abierto. “Gli dei dell´Olimpo”, decía en la tapa. Dejé la maleta a medio vaciar para ver el video. Esta vez no era un ensayo, sino la representación final del año pasado, en un teatro. Los actores ya no visten jeans y remeras, sino túnicas. Una música triunfal anuncia la entrada de cada personaje. Zeus lleva una corona de laureles y un gran rayo con forma de zeta en la mano. Marte tiene un escudo y una espada. Vulcano lleva un gran martillo rojo. Mercurio calza botas aladas. Cupido tiene alas de cartón. Bilal, disfrazado de Neptuno, viste una larga túnica azul y entra descalzo al escenario.

Miro la obra de principio a fin. Miro a Bilal actuar. Ese hombre inmenso que atravesó el desierto, que nunca había visto el mar hasta que cruzó el Mediterráneo, es el dios de los océanos. Ese hombre lleva un tridente en una mano y, en la cabeza, un casco con caracolas, peces y estrellas marinas. El suyo no es un papel importante. No dice casi nada. Bilal apenas si se mueve, con torpeza, de un lado a otro del escenario, repitiendo siempre el mismo gesto. Al final de la obra, el público aplaude. Cuarenta o cincuenta italianos blancos se ponen de pie en el auditorio del Teatro Belli, en Roma, y aplauden a doce refugiados. Y ellos, los reyes del Olimpo, agradecen a los humanos con una reverencia.

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"Qué he aprendido"

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