Chani Guyot | RED/ACCIÓN
Actualidad | 8 de noviembre

Fotos: Nicolas Asfouri y Ted Aljibe / AFP

A cinco años del peor tifón de su historia, Filipinas avanza en su reconstrucción

En la madrugada del 8 de noviembre 2013 Filipinas se vio azotada por el Tifón Yolanda, el más mortífero que haya tocado tierra, causando 7.360 muertos y desaparecidos. A cinco años de la tragedia, el país sigue su reconstrucción, amenazado por nuevos fenómenos climáticos. En la foto, Elsie Indic, una sobreviviente del tifón, durante una procesión religiosa en memoria de las víctimas. A continuación, una galería de fotos que muestran el daño provocado por el tifón, y algunas imágenes de la reconstrucción.

Foto: Ted Aljibe / AFP

La foto superior fue tomada el 10 de noviembre de 2013. Muestra a  residentes caminando en medio de casas destruidas y cadáveres por una calle de la ciudad de Tacloban, en la isla oriental de Leyte, a los dos días de que el tifón azotara la ciudad. La segunda foto fue tomada una semana antes y muestra a automovilistas a lo largo de la misma calle, disfrutando el panorama.

Foto: Ted Aljibe / AFP

La foto de arriba muestra a residentes de Tacloban caminando entre escombros y casas destruidas después de que el tifón golpeó la ciudad. La segunda foto muestra la misma esquina, pero una semana antes. 

Foto: Ted Aljibe / AFP

La foto de arriba fue tomada el 14 de noviembre de 2013 y muestra a un barco anclado junto a una serie de casas destruidas después de que fue arrastrado a tierra por el tifón. La segunda foto muestra la misma calla con automovilistas la semana antes de que la tormenta azotará a la ciudad.

Foto: Ted Aljibe y Nicolas Asfouri / AFP

La primera foto muestra a personas del barrio que caminan junto a los escombros causados por el tifón en la ciudad de Tacloban. La segunda foto fue sacada dos semanas antes y muestra la misma calle con automovilistas que pasan en frente al templo chino en la ciudad..

Foto: Ted Aljibe / AFP

Esta combinación de fotos muestra el aeropuerto de Tacloban antes y después del tifón. La primera muestra a sobrevivientes haciendo cola para recibir artículos de socorro y la segunda foto es una vista general del edificio de la terminal tomada el 1 de noviembre de 2018. 

Foto: Ted Aljibe / AFP

Residentes de la ciudad de Tacloban caminando en medio de casas destruidas y cadáveres por una calle de la ciudad, dos días después de que el tifón golpeó la isla. La segunda foto fue tomada una semana antes  y muestra a un residente caminando por la misma calle.

Actualidad | 8 de octubre

Foto: Juan Casas

Timothy Garton Ash: “Vivimos un período de cyber pesimismo, y todos coincidimos en que se debe hacer algo”

El historiador inglés Timothy Garton Ash visitó nuestro país por primera vez. Analizó con entusiasmo la realidad Argentina y arrojó diagnósticos inquietantes sobre el estado del mundo: “Estamos siendo testigos de una contrarrevolución. La libertad de expresión está siendo atacada en todos lados”, dice. 

En tres días conversó con diputados, economistas, funcionarios del gobierno, miembros del Consejo Argentino de Relaciones Internacionales, alumnos de la Universidad Di Tella, del Instituto del Servicio Exterior de la Nación y se entrevistó con el presidente Mauricio Macri. Invitado por el Programa Argentina 2030, dirigido por Iván Petrella, el historiador y analista inglés Timothy Garton Ash confiesa sentirse gratamente sorprendido por la Argentina. Es profesor de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, habitual columnista de los principales medios del mundo, autor de más de diez libros, y un férreo defensor de la libertad de expresión.

Esta es su primera visita a nuestro país y en los últimos días ha asistido a varias reuniones y ha hablado con gente del Gobierno y con participantes del T20. ¿Cuáles son sus primeras primeras impresiones sobre la Argentina?
Mi primera gran impresión es que me parece estar en mi propia Europa. Y no sólo por las calles sino también por la gente y las conversaciones. Muy estilo Roma, Madrid, sólo que más europeo, más católico y con menos inmigración extranjera desde el mundo musulmán. Una impresión agradable, por cierto. En segundo lugar, este país es un ejemplo único del paso por el populismo y los intentos por dejarlo atrás. Así que es un caso muy interesante en el siguiente sentido ¿qué podemos aprender de un país que está saliendo del populismo? En tercer lugar, siempre pensé que Latinoamérica debería mirar a Occidente, pero hoy China es una fuerza tan grande que escucho a gente en el Gobierno que dice “ya no podemos darnos el lujo de poner toda nuestra atención en la canasta de Occidente, también debemos mirar al Este”.

¿Y eso qué significa?
En términos de valores significa que uno tiene una historia menos poderosa que contar sobre la Argentina. Me encantaría contar la historia de cómo los valores de Europa Oriental y Occidente están siendo amenazados en los Estados Unidos, en Gran Bretaña, en Europa, pero defendidos en América Latina. Que es, de hecho, lo que el gobierno de Macri está tratando de hacer según mi parecer. Pero veo que hay resistencia para lograrlo.

Sin embargo la crisis financiera de los últimos meses erosiona esa narrativa.
Absolutamente. Claro, y de forma masiva.

¿Así se interpreta desde Europa?
Es lo que ve el mundo. Una de los motivos de la crisis financiera de 2008 fue creer que la economía es una ciencia como la física. Y que los mercados son racionales y eficientes. No lo son. Los mercados son totalmente emocionales, como el fútbol o la ópera. Así que la actual reacción del mercado hacia la Argentina tiene mucho que ver con la vieja historia de este país en torno a defaults masivos, contextos impredecibles, inestabilidad y populismo. Y esto, realmente, afecta a la narrativa.

Sin embargo a diez años de la última gran crisis financiera internacional, ¿cree que las instituciones globales de hoy están mejor preparadas para evitar una nueva crisis?
Creo que no hemos aprendido ni cambiado lo suficiente. En un sentido, estamos mejor preparados porque se hicieron muchas cosas para asegurar que los bancos cuenten con más exigencias y controles. Por otro lado, en 2008 fuimos salvados porque hubo una respuesta keynesiana masiva y la Reserva Federal y el Banco Central Europeo después, dijeron que iban a hacer todo lo que fuera necesario. Además, por más crítico que soy respecto del populismo, hay muchos populismos que son legítimos. Gente que votó por Trump, o el Brexit, o Le Pen, se explica porque nosotros los contribuyentes les pagamos a los bancos y ellos todavía reciben bonificaciones multimillonarias. Eso es cierto.

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Foto: Juan Casas

Una parte de las promesas incumplidas de nuestras democracias liberales.
Este es el gran tema. Si me remonto por un momento a 1999 y a las nacientes democracias de Europa Oriental, ellas tenían esa increíble y simple historia que contar: “¡queremos ser un país normal!”. Y todos lo entendían. Muy, pero muy simple. Hoy el modelo global está en crisis, y Trump o el Brexit son un síntoma. Así que lo que tenemos que hacer es reinventar nuestros modelos. Ahora bien, ¿cuál fue la última vez que hicimos esto? En 1945. ¿Cómo lo hicimos? Nos llevó diez años aprender las lecciones de la Gran Depresión de los años 30. Primero fue John Maynard Keynes que nos dio su Teoría General. Luego inventamos un nuevo modelo democrático, que fue fantásticamente exitoso, pero hoy muestra signos de agotamiento.Tenemos que volver a hacer algo parecido otra vez, y el problema es que lleva tiempo.

Mencionó al Brexit: ¿nos estamos encaminando el año próximo a la concresión final del Brexit? ¿O todavía puede pasar algo en ese proceso?
En los próximos seis meses voy a trabajar mucho con mis amigos en Gran Bretaña para lograr que haya un segundo referendo que revierta el Brexit. Lo cual es una posibilidad. Hubo una cumbre de la UE, que fue una enorme y humillante bofetada en la cara. Así que en los próximos seis meses, hasta el 29 de marzo, fecha en la que tenemos que irnos, vamos a estar muy activos.

Pero, más allá de las instituciones y los políticos, es la gente común la que ha votado. ¿Por qué cree que el resultado podría cambiar?
Ya cambió. Es lo que marcan las encuestas de opinión. En primer lugar, la gente está recibiendo el mensaje de que el Brexit no significa ventajas políticas y económicas automáticas. En segundo lugar, algo por cierto muy sombrío, uno de nuestros grandes aliados es la demografía: los votantes jóvenes están a favor de permanecer en Europa, y desde la votación del Brexit algo más de 1,7 millones de votantes han muerto, y hay alrededor de 1,2 millones nuevos.

Sorprendente. Hace dos años publicó un extenso libro sobre la libertad de expresión en el mundo. Desde entonces, ¿cree que la situación mejoró o empeoró?
En todos lados, sin excepción, la situación empeoró. La libertad de expresión está siendo atacada en todos lados. Estamos siendo testigos de una contrarrevolución. Ya sea Xi JinPing en China, o Vladimir Putin en Rusia, o Erdogan en Turquía, Viktor Orban en Hungría, o Donald Trump en EE.UU. Hay una contrarrevolución que hace retroceder muchos derechos, entre ellos el de la libertad de expresión.

Y a las habituales amenazas del autoritarismo, esa libertad enfrenta hoy nuevos desafíos, por ejemplo el modo en que las grandes plataformas tecnológicas modelan la conversación social.
Absolutamente. En este sentido, lo que hace Facebook es mucho más importante que lo que hace Francia. Porque las decisiones de Facebook sobre lo que la gente puede hacer o decir, ver o no ver en su plataforma afecta a 2000 millones de personas. Y esas decisiones no son transparentes ni apelables. Los algoritmos están teniendo consecuencias realmente negativas e inesperadas. Todas las investigaciones muestran que las noticias falsas y la desinformación tienen más alcance que la información precisa. ¿Por qué? Porque las noticias falsas son sexies y por ende, la gente hace click en ellas. Usted  sabe que los diarios deben hacer un importante ejercicio de equilibrio entre atender al bien común de servir a la sociedad con información y al mismo tiempo tener alcance para hacer dinero. Y la pregunta es ¿pueden hacer un buen equilibrio entre ambas cosas?

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Foto: Juan Casas

Sin embargo, a raíz de cierta presión de parte de algunos gobiernos las plataformas están reconociendo la gravedad del problema. Tengo entendido que usted estuvo involucrado en algunas conversaciones al respecto.
Exacto. Muy involucrado. De hecho, estuve hace un par de días en Silicon Valley en donde participé de debates profundos con equipos de Facebook. Que es una super potencia privada. Y es como lidiar con un gobierno: usted sabe muy bien que en Washington nunca hay una sola opinión. Entonces hay gente en Facebook que realmente quiere abordar las consecuencias políticas, y gente que sólo se fija en el dinero. Así que es complejo. Le voy a dar un ejemplo. Lo que realmente necesitan hacer es tener más seres humanos altamente calificados que revisen el contenido. En países como Myanmar, Filipinas o Sri Lanka, el contenido que pasó por Facebook fue directamente responsable de asesinatos, violencia, violaciones y otras cosas terribles. ¿Por qué? Porque no hubo gente que viera a tiempo lo peligroso que un comentario podía ser. La inteligencia artificial y los algoritmos son más eficientes en identificar un pezón que en identificar al lenguaje del odio. Supongamos entonces que Facebook necesita unas 20.000 personas para revisar contenido. Esa es una enorme inversión, inclusive para Facebook. ¿Sabe por qué las acciones de Facebook sufrieron hace poco una fuerte caída?

No.
Fue después de que Mark Zuckerberg habló con inversores y su principal funcionario financiero dijera que el margen de ganancias de la empresa se reduciría, entre otras cosas, porque tienen que contratar revisores de contenidos. Existe una tensión entre lo que deberían hacer por el bien de la democracia y la libertad de expresión, y su margen de ganancias.

Después de defender la libertad de expresión durante tantos años ¿cómo considera la idea de que un poder privado deba administrar contenidos?
A ver. Todos vivimos un primer tipo de excitación en el que Internet era visto como algo que iba a liberar a todos… Ahora vivimos un período de cyber pesimismo, y todos coincidimos en que se debe hacer algo. Los políticos escuchan “se debe hacer algo” y entonces piensan en aprobar una ley. Alemania ya la tiene, Francia está avanzando, pero a mí todo esto me parece un precedente muy peligroso. Es peligroso para la democracia que los gobiernos se metan en el negocio de regular el discurso político, decidiendo qué es cierto y qué no, qué se puede decir y qué no. Y los autoritarismos aman esto.

¿Entonces?
Personalmente pienso que hay que buscar un camino que obligue a las plataformas a comportarse de una forma más responsable. Tal como los periodistas aprendieron a hacerlo a través de la historia. En el siglo XVIII y principios del XIX había periodistas con prácticas terribles, pero con el tiempo ustedes aprendieron a ser actores más responsables. Además hay que promover una mayor competencia, porque las plataformas actúan de manera monopólica. En parte se deben al famoso efecto de las redes, que les provee un enorme crecimiento natural. Lo que no es natural es que Facebook, además sea dueña de Instagram y de WhatsApp. Pero Europa se está moviendo en la dirección correcta, con leyes antimonopólicas. De modo que la clave es obligar a las plataformas a la autorregulación responsable.

¿Contamos con las instituciones globales que puedan gestionar esta discusión?
Por supuesto que no. Algunos países como China y Rusia reclaman y promueven la “soberanía informativa”, un discurso muy atractivo para un buen número de países con pasado de dominación colonial. Pero es un discurso que amenaza el poder liberador de internet, que permite que una persona en Rusia pueda emitir su opinión para que sea leída en la Argentina, y esa es una libertad que no deberíamos descuidar.

Respecto a esta relación entre las plataformas y la libertad de expresión ¿es usted optimista o pesimista respecto al futuro próximo?
Yo creo que la contrarrevolución global antiliberal tiene mucha fuerza. Venimos de la mayor revolución liberal de la historia, de modo que no debería sorprendernos esta contrarrevolución… Así que en general soy pesimista. En cuanto a la cuestión específica de las plataformas, si la gente correcta dentro de Facebook y Google gana la pulseada, creo que encontraremos la forma de cuidar la libertad de expresión y contener las consecuencias negativas de sus excesos.

Una última pregunta. En sus 40 años como historiador y escritor usted ha conocido decenas de políticos ¿quién es el líder que más le impresionó?
Conocí una buena cantidad… Lo primero que debo decir es que la mayoría de los líderes políticos son en persona mucho menos interesantes que en televisión. Hay un famoso diálogo entre Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway en el que Fitzgerald le dice a Hemingway “ellos no son como nosotros” y Hemingway le responde “sí, ellos tienen más dinero”.

Es decir…
Que la mayoría de los líderes son como nosotros, pero tienen más poder. Aunque es cierto que conocí algunos excepcionales. Juan Pablo II, a quien tuve el privilegio de entrevistar en polaco, me resultó tremendamente impresionante. Debo decir que Helmut Kohl, el canciller alemán, generalmente subestimado, también fue un líder excepcional. Pero por cierto el que más me impresionó fue Vaclav Havel, el ex presidente checoslovaco. Lo más impactante es que él integraba dos virtudes muy grandes, la tolerancia y el coraje. En mi experiencia, esas dos cualidades rara vez se dan juntas. Conozco gente muy valiente pero poco tolerante. Y gente muy tolerante que no es muy corajuda. Vaclav Havel, además de todo su encanto, su humor, su trabajo como escritor, combinó un enorme coraje y una gran tolerancia.

Uncategorized | 23 de mayo

Alejandro Catterberg: “Con esta crisis cayó la confianza y hubo un efecto desilusión”

En este chat el director de Poliarquía repasa las consecuencias de la crisis cambiaria y su impacto en la opinión pública. [Experimento: probá este formato de chat y luego contanos qué te parece]

Aclaración: estamos probando un formato de entrevista vía chat desarrollado por Al Jazzera. La interfaz aún está en inglés. Instrucción básica: hacé click donde veas el diálogo azul. Debajo del chat, más detalles sobre esta experimentación.

WhatsApp, Facebook Messenger y Telegram serán canales fundamentales para el periodismo del futuro. O no. Pero las horas que pasamos en estas plataformas conversacionales alientan la hipótesis, y de allí la necesidad de experimentar y aprender. Ese es el objetivo de esta pieza periodística: un chat con un experto en opinión pública para tratar un tema instalado en la agenda pública.

Para producirlo le hicimos una entrevista vía WhatsApp a Alejandro Catterberg, de modo de contar con el tono y el estilo propio de este tipo de conversación. Luego se le hicieron mínimas ediciones al diálogo, y se lo reprodujo en la plataforma InterviewJS, desarrollada por Al Jazzera. La plataforma, lanzada el 17 de abril, es una herramienta de código abierto que permite transformar una entrevista en un chat interactivo compartible y republicable en cualquier plataforma.

Entre sus pocos ejemplos se destaca esta “conversación” múltiple entre Barack Obama, Donald J. Trump, Hillary Clinton y Bernie Sanders sobre el futuro del Obamacare, construida a partir de las declaraciones públicas de cada uno de ellos sobre el tema.

Los interesados en este tipo de plataformas, pueden leer este artículo en Journalism y seguir la cuenta de twitter de InterviewJS.

Uncategorized | 3 de mayo

Guillermo Olivetto: “La sociedad está mutando de valores y conductas, en una economía en transición”

El especialista en cuestiones de sociedad y consumo explica los claroscuros del humor social, de la economía, y por qué existe una polarización entre los sentimientos positivos y negativos de la población.

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Cultura | 1 de mayo

Paul Auster: “Estamos hechos y habitados por otros, también por los libros que hemos leído”

En diálogo durante la Feria del Libro, el autor habló sobre su última novela, su método de trabajo, los hechos inesperados y cómo funciona el mundo.

Paul Auster está de buen humor. A pesar de la persistente lluvia considera que su semana de entrevistas y presentaciones en Buenos Aires ha ido muy bien. Agradece de todos modos que este sea uno de sus últimos viajes para presentar 4321, su reciente novela, tarea que lo ha mantenido ocupado el último año. Es tarde de domingo, y la sala José Hernández de la Feria del Libro de Buenos Aires estalla, de modo que los organizadores han dispuesto pantallas fuera de la sala para aquellos que no pueden entrar. En sus casi 1000 páginas, 4321 cuenta la historia de Archie Ferguson, desde su nacimiento hasta su temprana adultez, pero lo inusual del libro es que no hay una sola versión de su vida, sino cuatro, y nos son versiones alternativas sino que están narradas en paralelo dentro de una estructura cíclica. Aquí, un resumen del diálogo con el que Auster presentó la novela en uno de los actos centrales de la Feria del Libro.

¿Cuál es la idea principal que subyace a esta novela?
Es una pregunta muy difícil de responder. Toda mi vida me he dedicado a esta idea de las realidades alternativas: lo que es, no necesariamente es lo que tiene que ser, o lo que podría ser. Nacemos en una vida y solamente en una vida, pero dependiendo de nuestras circunstancias podemos tomar distintos rumbos. Constantemente me ha asolado este tipo de ideas: qué hubiera pasado si uno hubiera sido pobre o si el padre hubiera muerto cuando uno tenía siete años de edad y cómo eso me hubiera cambiado la vida, y así sucesivamente. Toda mi vida he pensado en esto y finalmente lo materialicé en este libro.

Después de escribir 4321 y de abordar tan profundamente la cuestión, ¿cambió su entendimiento sobre el tema?
No. Los misterios del mundo siguen siendo los misterios del mundo y ninguna novela los va a poder resolver. Por suerte. Hacia el final del libro Ferguson se imagina que la realidad que aceptamos está allí, pero que hay una realidad fantasma que está al lado de esa realidad verdadera. Y es muy difícil no pensar en ese mundo de sombras que nos rodea.

¿Cómo surgió la idea? ¿Fue un rayo o nació como una semilla que evolucionó con el tiempo?
Las ideas de la mayor parte de las novelas que he escrito se desarrollaron a lo largo de meses, o años. Y es como una música que escucho en mi cabeza, diferente para cada libro. Escucho un tono y empiezo quizás con un personaje o con una situación, y a medida que las cosas van tomando su rumbo, me llega a la mente más materia, y luego trato de encontrar la mejor manera de expresar ese material bajo el aspecto formal de la novela. Pero en este caso sucedió a la inversa. Yo estaba sentado un sábado a la mañana tomando mi té de la mañana y leyendo el periódico, y esta idea formal se me ocurrió. ¿Por qué no escribir un libro sobre una persona con distintas versiones paralelas de su vida? Pero tampoco fue un rayo. Es como si mi inconsciente hubiera estado haciendo todo este trabajo y yo no lo hubiera entendido, hasta que empezó a salir a la superficie. No estaba seguro de cuántas versiones debía haber, empecé a jugar con distintas posibilidades y finalmente pensé que cuatro era lo mejor para los fines que yo perseguía. Cuatro porque es el cuadrado perfecto, las cuatro estaciones, los cuatro elementos, los cuatro puntos cardinales de la brújula. Hay algo mágico en el número cuatro. Con las semanas descubrí que no tenía que contar toda la historia de su vida, sino sus primeros veinte años, que por supuesto son los años más tumultuosos y extraordinarios que vivimos como seres humanos.

Cuando uno lee la novela piensa que antes de sentarse a escribir usted creó el mapa de su estructura, y definió con precisión cada uno de los cuatro Ferguson, pero luego leí que el proceso fue exactamente el opuesto.
Sí, estuve improvisando todo el tiempo. Fui descubriendo el libro a medida que lo escribía. La mayor parte de mis libros los he escrito de esa manera. Hay novelistas que hacen un mapeo previo de todo lo que van a escribir, pero para mí eso destruye la aventura, y creo que la espontaneidad es algo muy preciado para un poeta o un novelista. Si no hay aventura no hay descubrimiento. Es una forma riesgosa de trabajar, pero no me puedo imaginar escribiendo de otra manera.

Usted descubre qué es lo que quiere decir a medida que lo está diciendo.
Sí, diría que es así. Al avanzar en la escritura del libro observé que después de cada capítulo quedaba exhausto. Cada capítulo era como un cuento largo o como una novela corta. Tenía que hacer una pausa y durante esas pausas, lo que hacía era leer todo de nuevo. Lo leía haciendo correcciones, perfeccionando la prosa, y al leerlo con tanta frecuencia era como memorizar el libro. Me sabía todas las oraciones del capítulo y decía “Bueno, a ver, estoy listo para empezar a escribir de nuevo”. Entonces pensaba, hacía notas mentales y se me ocurrían ideas, situaciones, personajes, hechos y luego empezaba a escribir el siguiente capítulo, y de las veinticinco cosas que yo pensaba que iba a incluir, a lo mejor me concentraba en cuatro y después surgían dos o tres nuevas a medida que estaba escribiendo.

¿Es decir que el libro podría haber sido más largo?
Podría haber sido más largo, sí, pero me parece que como está ya es un riesgo para la salud. Si se le cae a uno sobre un pie, le puede romper un hueso y la verdad es que no quería poner a los lectores en riesgo. Y es tan grande y tan pesado que traería problemas de columna, problemas musculares, así que me pareció que la cantidad de páginas que tiene era el límite al cual yo podía llegar… (risas)

Empezó a escribir este libro a los sesenta y seis años, una edad muy significativa porque es la edad a la que falleció su padre. ¿Cómo impactó ese hecho?
Traspasar la edad a la que llegó mi padre fue una cuestión fuera de lo natural, algo muy extraño. Fue como correr un velo invisible y adentrarme en otro terreno, en otro país, en un lugar donde nunca había estado, y me atemorizaba. Mi padre estaba en perfecto estado de salud y de golpe cayó muerto, de modo que quizás eso podía pasarme a mí. Empecé a escribir el libro un mes después de haber cumplido sesenta y seis, y me la pasé pensando “Sé que va a ser un libro largo, tiene que ser largo porque tiene esta naturaleza de tener cuatro partes y serán mil páginas, y morirme después de la página quinientos no sería una muy buena idea”. Trabajé a un ritmo frenético: durante poco más de tres años no hice otra cosa que escribir el libro. No viajé a ningún lado, no asistí a eventos literarios. Siri, mi esposa, que también es escritora, también trabajó mucho en sus libros. Así que durante todo ese período tuvimos una vida social muy restrictiva. De modo que logré terminarlo en tres años y medio, que para mí fue un proceso de escritura muy rápido. Mis otras novelas, que son mucho más cortas, me han insumido mucho más tiempo.

Posiblemente porque sentía que estaba corriendo contra la idea de la muerte.
Sí, me parece que sí. Es una forma quizás infantil de pensar, pero así era como yo sentía las cosas en ese momento.

¿Cómo fue esa rutina diaria? Entiendo que sigue escribiendo a mano en un cuaderno y luego transcribe a su máquina de escribir.
La rutina diaria fue la siguiente: después de despertarme, de desayunar, leo The New York Times, tratando de absorber ese mundo loco en el que vivimos en la mayor medida posible. Tengo una pequeña sala de trabajo en el piso inferior, voy allí y trabajo, escribiendo a mano en un cuaderno. Por lo general estoy en el escritorio a las 8.30 y trabajo toda la mañana hasta las primeras horas de la tarde. Hago una pausa, almuerzo algo y luego vuelvo, y en general trabajo hasta las 5.30 de la tarde. Ese es un día normal. Con frecuencia me levanto del escritorio y doy vueltas, no me puedo quedar quieto sentado mucho tiempo y encuentro que al moverme surgen las palabras. Para mí el párrafo es la unidad de composición de ficción. Uno puede decir que quizás el renglón es la unidad del poema, pero para mí una novela no son oraciones, son párrafos. Y cada párrafo tiene su propia forma, su propio objetivo y su propio ritmo. Yo trabajo en eso una y otra vez hasta que me parece que está más o menos terminado, y eso puede llevar una hora, o un día, o semanas. Cuando termino un párrafo, recién allí me voy a otra parte de mi escritorio y lo paso en mi máquina de escribir. Lo paso en limpio y empiezo a hacer marcas y anotaciones, y lo corrijo una y otra vez hasta que no se me ocurre nada más. Pongo las páginas corregidas en una carpeta junto con otras, vuelvo nuevamente al cuaderno y escribo el próximo párrafo de forma manuscrita. Así es cómo he escrito todos mis libros. Es una forma extraña de trabajar, pero no puedo componer con mis dedos en el teclado. Necesito un lápiz o una lapicera en mis manos. Quizás es porque así es como aprendí a escribir. Es algo que está muy arraigado en mí.

Hablando de lápices, hay una anécdota iniciática. Usted tiene ocho años, y está de pie delante de su estrella de béisbol, quien está a punto de autografiarle una pelota, pero faltaba algo.
Sí, esto pasó en 1955, yo tenía ocho años. El jugador del que habla se llamaba Willie Mays, uno de los tres o cuatro mejores jugadores de la historia del béisbol. Pensé que era la cosa más grande que había en la vida y yo estaba allí, de pie, delante suyo. En ese momento yo le digo “¿Señor, me puede dar un autógrafo?” “¡Sí, claro, muchacho! ¿Tenés un lápiz?”. Yo no tenía un lápiz. Mis papas, que estaban allí, tampoco tenían un lápiz encima. Había amigos, ninguno tenía con qué escribir. Y Willie Mays me dice “Discúlpame, muchacho, pero si no tenés un lápiz, no te puedo dar un autógrafo” y se fue. No hace falta que le diga el tamaño de mi desilusión, y desde ese día en adelante empecé a llevar siempre un lápiz o una lapicera en mi bolsillo. Están siempre ahí conmigo. Y si tienes un lápiz o una lapicera en el bolsillo, quizás un día le encuentres una utilidad. ¿Si es así cómo empecé a ser escritor? No, pero es una buena historia… (risas).

En el proceso de escritura y de corrección, en algún momento entra Siri, su mujer, como la primera lectora. ¿Cómo funciona eso?
Con frecuencia me han preguntado si es difícil estar casado con una escritora, si no hace que la vida sea más difícil, pero es lo opuesto. En primer lugar porque tengo a alguien a mi lado, y en mi caso en particular es una persona brillante… Para mí es un honor y un placer estar en su compañía, entre otras cosas porque es alguien que entiende qué es lo que estoy haciendo. Ella ya sabe qué significa escribir. Además la necesito como cualquier escritor necesita un lector, alguien en quien confiar. Y tenemos una especie de pacto entre nosotros. Obviamente leemos las obras del otro y somos completamente honestos: si hay algo que no nos gusta, lo decimos y esa crítica surge de un profundo respeto, porque yo creo en su obra, y ella cree en la mía. Cuando escribo tiendo a leerle en voz alta cada treinta o cuarenta páginas porque me ayuda escuchar la narración en voz alta. Escucho si hay algo que no suena bien y ella a su vez me da su mirada. “En eso no estoy segura, ese adverbio, esa oración no es lo suficientemente clara, quizás tenés que agregarle algo aquí o allá o quizás tenés que quitarle esto o aquello”. Y yo me lo tomo muy en serio. Hemos estado durante treinta y siete años juntos y no hubo una sola vez en que no haya tenido en cuenta su consejo. Una vez que ella le pone el sello de aprobación ya no me preocupa lo que digan los demás porque ella tiene la opinión que yo más respeto. Es mucho más inteligente que cualquier editor, y mucho más inteligente que los críticos literarios, así que si ella está atrás y está conforme, me parece que vale la pena publicarla o darla a conocer al mundo, y el resto queda ya fuera de mi control.

4321 es en cierta forma una exploración de cómo un hecho inesperado afecta una vida. ¿Es otra forma de concebir su histórica obsesión con el azar, el destino, la casualidad o la coincidencia?
Lo pensé, pero lo que a mí me interesa no es la metafísica del azar, sino cómo funciona el mundo real, y al prestar atención al mundo real, uno de los factores que me parece altamente significativo es esta expresión que usted utilizó: el hecho inesperado. Lo inesperado sucede con gran periodicidad en nuestras vidas, y es lo que yo llamo la mecánica de la realidad. Uno puede llamarlo azar o aleatoriedad o lo que fuere, pero esas son palabras un poco rebuscadas. Yo voy más a lo terrenal y hablo de lo inesperado: uno se resbala en el hielo y se rompe la pierna, y a la mañana cuando se despertó, no pensó que se iba a romper la pierna, es un hecho inesperado. A veces lo inesperado es algo feliz y la cosa más maravillosa que nos puede haber pasado, y con frecuencia, es algo realmente trágico. La muerte, las guerras, los ciclones, los tornados, los volcanes, puede suceder cualquier cosa. Es así cómo funciona la vida, así que siempre en todos mis libros he tratado de incorporar este tipo de experiencias porque no es que haya algo mágico o místico, sino que es lo real. Es así cómo funciona el mundo.

Hay un hecho inesperado en su vida que podría no haber ocurrido, pero ocurrió, y es la noche en la que conoció a Siri.
Sí, definitivamente.

¿Nos la puede contar?
Sí, es muy sorprendente en realidad. Siri es ocho años más joven que yo y creció en Minnesota, en una zona rural. Como se puede imaginar, era una alumna brillante que tuvo una beca para asistir a la Universidad de Columbia en Nueva York para hacer un doctorado. Llegó a Nueva York a los veintitrés años, y conocíamos a una sola persona en común en todo el universo. Había una lectura de poesía esa noche en un lugar donde han hecho sesiones de lectura de poesía durante ochenta años, un lugar muy grande, con mil butacas en el auditorio. Una amiga estaba por dar una lectura, me invita, pero yo acababa de volver de un viaje y no estaba seguro de ir. A último momento decido ir. Cuando termina la lectura, Siri estaba conversando con este conocido en común, me ve desde el otro lado de la sala y le pregunta: “¿Quién es ese que está ahí con una campera de cuero fumando un cigarro?”.  “Ah, es Paul Auster, el poeta” le dice nuestro amigo. “Quiero conocerlo” decide Siri, y se acercan. Yo sabía que este hombre estaba casado, pero pensé: “Qué linda chica con la que está, quizás hay algún romance”. Así que fui muy cortés, tal vez distante, pensando en que ella era bellísima, y muy alta. Yo no entendía muy bien cómo era la situación así que hablábamos de forma muy correcta y después de un par de minutos, este amigo se fue para hablar con otra persona y me di cuenta de que no eran pareja. Y seguimos hablando y hablando, y después salimos juntos y seguimos hablando. Y pasamos la noche juntos y hemos estado juntos desde esa noche… Realmente sorprendente. Y si no hubiera ido a esa lectura, nunca la hubiera conocido. Toda mi vida hubiera sido diferente, y todo en mi vida hubiera sido diferente.

Un hecho inesperado, afortunado y feliz…
El mejor de todos.

Volvamos al libro. Hay cuatro argumentos en paralelo, que se afectan unos a otros, no sólo por sus diferencias sino sobre todo por las sutiles similitudes entre cada uno de los Ferguson.
Bueno, es que los muchachos son idénticos. Genéticamente son la misma persona, tienen el mismo cuerpo y el mismo equipamiento mental, por decirlo de alguna manera. En consecuencia, gran parte de lo que los rodea va a ser similar. No quería escribir una novela de ciencia ficción en la que los cuatro fueran adentrándose en un terreno diferente, que uno fuera poeta, el otro corredor de carreras y el otro astronauta. En definitiva, todos gravitan en torno a ocupaciones similares, todos se transforman en escritores en algún punto u otro, ya sea que se dediquen al periodismo, a la traducción, a la crítica o a la ficción. Todos tienen una gran sensibilidad hacia la música por ejemplo, pero cada uno de ellos en circunstancias diferentes. En el primer ciclo, el mismo padre por razones que son demasiado complejas para explicar aquí, pierde el dinero, está en una situación económica muy difícil y la familia tiene que luchar a lo largo de la juventud de Ferguson para sobrevivir. Mientras que en otra instancia, el padre de uno de los Ferguson muere cuando el niño tiene solamente siete años y eso le da un giro completo a su vida. En el caso número cuatro, el padre se transforma en una persona rica, lo que genera una serie de problemas diferentes y surge esta personalidad que yo llamo el Ferguson enojado, el que está en conflicto con su familia, más que los otros. De manera tal que hay grandes similitudes y al mismo tiempo, profundas diferencias.

Hacia el final del libro uno de los Ferguson señala el modo en que un autor ama a sus personajes. ¿Esa fue su experiencia con los cuatro?
Ha sido mi experiencia con cada una de las novelas que he escrito. Uno tiene que amar a cada uno de esos personajes que ha creado. En razón de ese amor, se tornan reales para uno. Y estoy hablando no solo de los personajes que merecen respeto por su altura moral, sino también de los malos, los violentos, los toscos. Uno tiene que entenderlos y meterse en todos ellos, tiene que vivirlos. Es por eso que con frecuencia he sentido que escribir una novela es como actuar. El trabajo de un actor es darle vida a un ser imaginario. El actor o actriz utiliza su cuerpo, el autor lo hace con la lapicera, pero ese proceso interior es el mismo. Uno tiene que mirarse a sí mismo, mirar en su interior. Si hay un personaje que en un ataque de enojo mata a alguien, por ejemplo. Yo nunca he matado a nadie, pero sí he estado enojado muchas veces en mi vida y entonces empiezo a pensar qué pasó cuando estuve verdaderamente muy enojado. A partir de allí empiezo a imaginar qué pasaría si estuviera más enojado que nunca, en un ataque de furia. Al escribir novelas uno tiene que abrirse al mundo exterior, y abrirse también para permitir que lo que está adentro de uno, salga. Es un intercambio mutuo entre lo interior y lo exterior, y la única forma de hacerlo es dejándose a uno mismo atrás, dejando que el ego desaparezca. Si uno no entra en ese trance, no va a poder sentir lo exterior ni tampoco expresar todo aquello que uno tiene adentro.

De modo que escribir no es una experiencia solitaria sino de conexión.
Sí, es una experiencia de sentirse conectado con las cosas, más que estar aislado de las cosas. Yo trato de expresar este sentimiento en mi libro de prosa La invención de la soledad, que en cierta forma es una obra colectiva. Es un hombre que está sentado solo en una sala y todo el libro tiene que ver con una noche en la vida de esa persona, mi vida, pero porque somos seres sociales, porque utilizamos el lenguaje para pensar y para expresarnos, porque el lenguaje es algo que aprendemos de otros. Estamos hechos por otros y por ende, somos habitados por otros. En primer lugar por nuestros padres, nuestras familias y luego nuestras comunidades, nuestros amigos. Y si somos lectores, somos habitados por los libros que hemos leído y por los escritores que hemos leído.

Volvamos a otro hecho inesperado de su biografía, que en cierta forma está incluido en 4321. Usted tiene catorce años y alguien que estaba unos metros delante suyo es alcanzado por un rayo.
He escrito al respecto en un pequeño libro que se llama El cuaderno rojo, en una sección que se llama Por qué escribir, que tiene tres o cuatro páginas de extensión. Es el hecho más importante de mi vida, una experiencia crucial que se dio en una edad en la que uno es muy vulnerable, de transición física, emocional y también intelectual. Éramos veinte muchachos en medio de una tormenta en un campamento de verano en el campo, en Nueva York. Estábamos tratando de alejarnos de los árboles porque había rayos y truenos, y para eso teníamos que atravesar un alambrado. Íbamos en fila, uno detrás del otro, y mis manos estaban casi tocando los zapatos del chico que estaba delante mío. Él estaba arrastrándose por el piso para pasar por debajo del alambrado y en ese instante un rayo cayó sobre el alambre y lo electrocutó instantáneamente. Yo no entendía qué había ocurrido. Me acerque a él, lo llevé a un costado y durante la hora siguiente, traté de revivirlo. No sabía que estaba muerto. Nunca había visto una persona muerta. Esto cambió mi vida. En ese momento entendí que el terreno donde estaba caminando ya no era seguro y que cualquier cosa le puede pasar a cualquiera en cualquier momento. Yo pensaba que pisaba sobre tierra firme y que el mundo tenía cierto sentido, pero me di cuenta de golpe de que un muchacho de catorce años puede morir sin ningún motivo, simplemente porque tuvo la mala suerte de estar pasando por debajo de un alambre en el momento equivocado. Eso ha moldeado la forma en la que pienso el mundo y en la que escribo, pero nunca lo había tratado en una obra de ficción y quería tratarlo en este libro. Esa experiencia es el principal motivo autobiográfico que impulsó este libro.

Dada su extensión, los temas que aborda y la forma en que dialoga con sus obras previas, 4321 parece su novela definitiva. ¿Qué viene después?
Bueno, sigo trabajando y tengo ideas, y no quiero detenerme. Necesito escribir. Tengo una nueva idea que me está dando vueltas en la cabeza, algo nuevo, diferente de todo lo que he hecho. Estoy muy entusiasmado, pero no estoy listo para escribirlo todavía. Mientras tanto me he enamorado del primer escritor moderno que tuvimos en los Estados Unidos, Stephen Crane, así que estoy escribiendo un libro sobre su obra y sobre su vida. Se murió a los veintiocho años, pero escribió novelas, cuentos, poemas y muchos artículos periodístico. Quizás me lleve un año más y espero estar respirando para entonces. Allí estaré listo para escribir la próxima novela.

¿Cómo se siente la vida a los setenta?
No está mal verdaderamente. Tengo el buen estado de salud suficiente como para querer saltar de la cama todos los días, sentirme contento de estar vivo e ir a trabajar. Y dado que cada vez me queda menos tiempo, es una paradoja pero aún cuando estamos en una situación tan difícil en Estados Unidos y en tantas otras partes del mundo, soy más feliz que antes. Estoy tan contento de estar vivo, tan feliz de estar en este planeta que quiero tratar de exprimir al máximo todo el tiempo que me queda.

Fotografía: Rodrigo Mendoza

Actualidad | 24 de abril

Foto: Rodrigo Mendoza

María Luján Rey: “Tenemos que entender que Cromañón, Once, y el Ara San Juan nos pasó a todos”

La madre de Lucas Menghini Rey (fallecido de la Tragedia de Once) habla sobre el abandono que las víctimas sufren por parte del Estado y de la sociedad, cuenta cómo eludió el deseo de venganza, y el modo en que el budismo la ayudó a atravesar el dolor.

En los últimos seis años María Luján Rey aprendió, entre otras cosas, derecho penal, a consensuar reclamos colectivos, y a trabajar por el derecho de las víctimas. Aprendió del dolor de perder a su hijo, Lucas Menghini Rey, que el 22 de febrero de 2012 se convirtió en una de las 51 víctimas de la Tragedia de Once. Su cuerpo apareció tres días después, tras el desesperado reclamo de María Luján y Paolo Menghini, padre de Lucas. En esta entrevista cuenta su recorrido al frente del reclamo de justicia, la mochila que la sociedad deposita en los familiares de las víctimas, y su esfuerzo por que su nieta Paz pueda crecer entendiendo que la vida es maravillosa.

¿Cómo era tu vida antes del 22 de febrero de 2012?
Como la de una persona cualquiera, con los problemas de cualquiera. Era profesora de geografía y laburaba haciendo artesanías con las que recorría las ferias de Plaza Francia, o la Feria Artesanal de Morón.

La vida de una persona común…
Totalmente. Limpiar la casa, hacer la comida de los chicos, ver cómo pagar las cuentas… Siempre me gustó estar muy informada, así que parte de la rutina era ver las noticias o leer los diarios.

Es decir que estabas atenta a lo que pasaba a tu alrededor.
Sí, siempre me gustó estar atenta a todo y siempre me consideré una persona con cierto compromiso. Si había una inundación se me ocurría juntar cosas y darle una mano a alguien. Pero eso fue hasta la tragedia. Después, tuve que interpelarme, mirarme y hacer una gran autocrítica: entender que me faltaba más compromiso.

Desde el día de la tragedia te pusiste al frente del reclamo de los familiares de las víctimas. ¿Fue una decisión consciente, o algo natural, como continuidad de aquel compromiso?
Se fue dando… En el momento de la tragedia para mí era una cuestión personal. Me estaba pasando a mí, y no podía dimensionar que había otros a los que les estaba pasando lo mismo. Aun cuando nos cruzábamos en los hospitales o en la morgue. Yo estaba en la morgue haciendo una cola impresionante para el reconocimiento: estaba pidiendo que me ayudaran a buscar a Lucas y eso era lo único que me importaba. Cuando finalmente nos encontramos con el resto de los familiares y empezamos a transitar este camino, como en cualquier grupo, van surgiendo personas que empiezan a ocupar determinados roles. Y nos tocó un poco a Paolo y un poco a mí ser las caras visibles del reclamo de justicia. Con el tiempo empecé a sentir que tenía un compromiso mayor.

¿En qué sentido?
Este enero, por ejemplo, un taxi atropella acá en la Capital a una jovencita, Leonela Noble. Me entero de que su mamá estaba viajando desde el interior, y sentí la necesidad de ir y darle un abrazo. Yo pensaba: “no la conozco, y sé que no puedo hacer nada, no tengo ninguna solución”, pero pensé en lo bien que me hizo a mí cada abrazo que me dieron. Esa contención que implica sentir la empatía, ponerse en el lugar del otro.

Un despertar de conciencia…
Exacto. Me acuerdo que muchos familiares se enojaban cuando estábamos en Once y la gente se bajaba del tren y pasaba como si nada. Te decían “No, pero yo no viajé en ese tren”. Y vos pensabas: “¿Qué importa? Te salvaste de casualidad. Podría haber sido tu tren”.

Muchas víctimas y familiares experimentaron cierto abandono de parte de la sociedad y del Estado.
Es así. Me enoja, no lo comparto y lucho para que esto cambie, para generar conciencia. Generalmente al ciudadano común al que no le pasó nada le cuesta…

¿La empatía?
Siente como una pena, pero nos pasa a todos. Vos lo mirás en la tele y decís “¡Uy pobre gente, mirá lo que le pasó!”. Pero después con todos los despelotes que tenés en tu casa, decís: “Cambiá de canal, poné otra cosa porque ya no quiero ver el dolor del otro”… Además, tenemos naturalizado que la víctima en cierto lugar es responsable de lo que le pasó. Te robaron el auto y la pregunta es “¿a qué hora lo sacaste?”. Perdón, ¿cuál era la hora para que no me lo puedan robar? Violan a una piba y están pensando en si la pollera era larga o era corta. Bueno, Lucas por donde viajaba, los pasajeros del primer vagón porque viajaban en el primer vagón…

Suena un poco cruel, ¿no?
Pero es lo que pasa y hay que hacerse cargo: lo primero que nos sale es ver qué hizo la víctima, dónde estaba, quién era, cómo era y después vemos la responsabilidad de los otros. Está naturalizado y creo que eso nos impide tener empatía. Además tenemos un Estado que te abandona. Te abandonó antes de que te convirtieras en víctima muchísimas veces, y te abandona después. Para eso sí hemos luchado y hemos dado un gran paso.

Con la Ley de Derechos y Garantías de las Personas Víctimas de un Delito.
Sí, hoy las víctimas tienen una ley que les provee un abogado, por ejemplo. El sistema judicial penal estaba pensado para el delincuente: necesita médico, tiene médico; necesita abogado, tiene abogado. La víctima no tiene médico, no tiene abogado, no tiene nada. Creo que no hay que quitarle un solo derecho al victimario, pero sí hay que ponernos en pie de igualdad.

A esa ley le queda el largo camino de la implementación.
Falta mucho, porque logramos una ley que solo es para delitos federales, y los delitos federales no son la mayoría de los delitos. Falta para los delitos ordinarios que son los que hoy se cobran la vida de cientos de personas.

Siempre hablás en plural, e intuyo que este ha sido un camino en el necesitaste escuchar, aliarte y construir con otros.
Sí, claro. Ser parte del grupo de la Tragedia de Once me ha dado cierto entrenamiento en la generación de consensos. Yo a veces lo hablo con mis amigos, con Matías Bagnato o con Carolina Píparo, por ejemplo, y tenemos muchas cosas en común. Cosas que tienen que ver con la lucha, con el dolor, con el sufrimiento que hemos vivido. Tenemos un objetivo en común, tenemos un dolor en común, hemos marcado un camino y hemos entendido que para transitar este camino y llegar a este objetivo, tenemos que trascender nuestras diferencias.

En los últimos meses diste un paso hacia un ámbito más político. ¿Cómo fue esa decisión, y cuáles son tus expectativas?
Cuando me recibí de profesora me ponía contenta ir a dar clase, y sentía que ese era mi lugar en el mundo, el lugar desde donde aportar mi granito de arena para la construcción de un mundo mejor. Después sentí que todo lo que aprendí a base de sufrimiento, de esfuerzo y de voluntad me llevaba a otro lugar, que tenía que hacer otras cosas. Desde ahí es que empiezo con este compromiso y junto a otros, empezamos a pelear por esta Ley de Víctimas para que otros tengan lo que nosotros no tuvimos. Después de haber participado de las comisiones de debate en el Congreso y de la experiencia de vivir los procesos judiciales, me di cuenta de que la política es una herramienta para estas transformaciones. Yo nunca voy a dejar de ser la mamá que buscó a su hijo durante tres días después de una tragedia tremenda.

Imagino que cada uno procesa el dolor como puede. En tu caso, ¿cómo eludiste la tentación del odio o de la venganza?
Es verdad que desde el dolor a uno le nace la ira y la bronca. Sobre todo cuando estos dolores son provocados por una injusticia tan grande y cuando se podría haber evitado. Pero yo tuve otra reacción, y creo que tiene que ver con mi mirada sobre la vida y con cuidarme a mí misma. Es parte de mi fe. Yo creo que si le deseo el mal a alguien, ese alguien por ahí ni se entera, pero sé que eso me hiere a mí. Nunca sentí odio, y lo comprobé cuando en el juicio tuve a Ricardo Jaime adelante mío, y la verdad es que no sentí nada. Yo no quiero que sufra, no quiero que le pase lo que me pasó a mí. Yo quiero que estén presos porque es lo que corresponde, porque cometieron un delito, porque mataron a mi hijo, porque generaron muchísimo sufrimiento.

Intuyo que no siempre es fácil.
No. No es fácil porque tenés una sociedad que te pone una mochila y te dice: “Seguí, eh. ¡No vayas a bajar los brazos!”… ¿Y si me canso? ¿Y si yo bajo los brazos y vas vos a pelear un rato, que estás tan cómodo y no enterraste a tu pibe? A veces la sociedad hace más pesada la mochila: que somos el reservorio moral, que somos la esperanza… “¡Necesitamos diputados como ustedes!”, pero cuando vos decís que querés ser diputado, te salen a matar. “Ahí está, ya está lo que querías, estás buscando un carguito”. Todo el tiempo es así. A mí haber enterrado un hijo en la Tragedia de Once, haber peleado o haber decidido dar una lucha en la justicia, no me invalida para tener mi postura ideológica, mis gustos musicales ni mi fe religiosa. Y yo no tengo que darle explicaciones a nadie sobre eso.

Mencionaste la fe. ¿Fue una fe previa a la tragedia?
Yo nací en un hogar católico, me bautizaron, tomé la comunión, la confirmación y me casé por iglesia, todo como corresponde. Ocho años antes de que sucediera la tragedia conocí el budismo. El budismo laico de Nichiren Daishonin, que es un monje japonés. Empecé a practicarlo y me fui dando cuenta, en cuestiones cotidianas, de que me servía. Cuando sucedió la tragedia entendí que me había preparado durante esos ocho años para atravesar ese momento. Siento que esa fe tan profunda fue lo que me permitió vivirlo de la manera en la que lo viví. Creo que una fe profunda ayuda, una fe que te permite atravesar el dolor, poder transformarlo, seguir queriendo la vida y seguir celebrándola.

Esa fue tu experiencia.
Esa fue la mía. El budismo te insta a no preguntarte el por qué, sino el para qué. Y yo me preguntaba todo el tiempo para qué me pasa esto. El budismo me sirvió para entender que hoy en líneas generales me dicen víctima, pero yo sé que yo no soy una víctima. La víctima fue Lucas y el budismo me sirvió para esto también.

De algún modo tu recorrido de estos años es tu respuesta a ese para qué.
Sí, igual sigo siempre buscando el para qué. La elección que hemos hecho de este camino, que fue el más difícil, el más doloroso, creo que tiene muchos para qué y cada vez me voy dando cuenta de más. Yo entiendo que hay cuestiones que nos van a trascender, que yo no voy a estar pero que va a haber una Ley de Víctimas completa, que espero algún día se mejore. Pero también sé que mucho del para qué tiene que ver con mi hija y con mi nieta. Yo siento que tengo la obligación de dejarles a ellas un lugar mejor que el que hoy tenemos. También es una obligación para con Lucas. Creo que de una o de otra manera, su muerte, la forma en que murió y todo lo que lo rodeó tiene que ver con esto.

“Cromañón fueron ciento noventa y cuatro pibes, el país se hizo más chiquito. Tuvo la desgracia encima de ser un 30 de diciembre, entonces cada 30 de diciembre nos duele, pero estamos con el vitel tone. Tenemos que entender que Cromañón, Once, el Ara San Juan nos pasó a todos”.

Antes de la tragedia eras una persona común. ¿Qué necesita el familiar de una víctima de otras personas comunes?
Lo primero es una mirada más desde la empatía, una mirada con menos juicios de valor. Acá todos opinan si lloramos mucho, si lloramos poco. La empatía de saber que hoy le toca a uno, pero mañana te puede tocar a vos. También es cierto que hay mucha gente que acompaña. Cromañón fueron ciento noventa y cuatro pibes, el país se hizo más chiquito. Tuvo la desgracia encima de ser un 30 de diciembre, entonces cada 30 de diciembre nos duele, pero estamos con el vitel tone. Tenemos que entender que Cromañón, Once, el Ara San Juan nos pasó a todos. Yo sé que es un esfuerzo, yo sé que la gente no tiene ganas muchas veces, pero es bueno que sepan que a los familiares de víctimas también nos pasan las mismas cosas que les pasan a ellos. No es que porque enterré a mi hijo no me pasa nada. Yo hoy tengo que laburar, tengo que pagar las cuentas, a mí también la plata no me alcanza. Yo espero que el compromiso crezca, ese es mi sueño. Que cuando ocurran estos hechos, el ciudadano común venga y le diga al familiar: “Vos quedate en tu casa, que el que sale a pedir justicia soy yo”. Ahí vamos a ser una sociedad solidaria y comprometida.

¿Cómo está Paz, tu nieta, la hija de Lucas?
Enorme, hermosa, ya tiene diez años y es para nosotros una fuente de energía. Cada vez tiene más preguntas, pero siempre se le fue con la verdad, así que sabe absolutamente todo. Es un sol, por eso para mí es muy importante que Paz pueda crecer entendiendo que la vida es maravillosa, y que a pesar de que no tiene a su papá físicamente presente, de alguna manera él está. Que no sea una piba resentida, ni ande enojada con la vida porque le arrebataron a su papá siendo ella tan chiquita. En eso va todo mi esfuerzo, y el de toda la familia.

Sociedad | 12 de abril

Foto: Rodrigo Mendoza

Agustín Salvia: “Me resisto a que la utopía sea solamente que los pobres estén un poco mejor”

En una entrevista exclusiva, el director del Observatorio de la Deuda Social habla sobre su vida en el autoexilio, la grieta que causan los dogmatismos, y sobre la necesidad de pensar distinto el desafío de la pobreza.

La oficina de Agustín Salvia es en realidad el despacho de un profesor universitario, y en su biblioteca se acomodan libros, informes y biblioratos a los que acude cuando quiere certificar un dato o mostrar un gráfico. Si bien es conocido por dirigir el Observatorio de la Deuda Social de la UCA (cuya actividad más conocida es la medición multidimensional de la pobreza en la Argentina), Salvia es además investigador del Conicet y profesor universitario en la UBA, y en las universidades de Tres de Febrero, San Martín y Flacso. En esta entrevista revela su vida en el autoexilio, su obsesión por combatir los dogmatismos, y explica por qué cree que el gobierno tiene un diagnóstico ingenuo sobre la pobreza.

¿Cómo fue tu infancia en Lanús?
Yo nací a cuatro cuadras de la cancha de Lanús, así que mi infancia fue muy barrial, muy vinculada a la vida del barrio y del club. Viví ahí hasta los catorce años, cuando mi familia se mudó a Banfield, en proceso de movida social ascendente. Con el tiempo ahí en Temperley empecé el profesorado de enseñanza primaria.

Es decir que tu primera vocación fue docente.
Mi primera vocación fue la del cambio social. Te estoy hablando del ’73, ’74, cuando creamos el centro de estudiantes en la secundaria, con todo lo que significaba en ese momento la construcción del sueño de un país distinto, de una sociedad distinta.

¿Esa vocación incluyó la militancia política?
Sí, en el espectro político peronista. Creo que tuve siempre claro la perspectiva democrática popular, porque nunca creí en las luchas foquistas ni armadas. Sí creía en el compromiso y en la organización de los sectores populares, y en que en el campo democrático debían producirse cambios importantes. Creía en aquel socialismo nacional, en la idea de una sociedad más justa, aunque si uno compara científicamente las brechas estructurales hoy son mucho más importantes que aquellas.

¿En algún momento llegó la desilusión con esa militancia?
A ver… Ya un poco antes de que Perón ponga distancia en la plaza con los Montoneros, yo estaba disconforme con la tendencia revolucionaria y con todo ese fanatismo que encontraba en algunos cuadros militantes de la Juventud Peronista. Cuando uno hace una retrospección además va tomando conciencia.

¿Por las consecuencias?
No sólo, no. Era un problema caracterial. Había una generación caracterialmente fascista, que podía venir de la derecha o de la izquierda, y cuyas convicciones políticas eran una excusa para cualquier práctica social o política. Yo reaccionaba vitalmente, intelectualmente y emocionalmente. Primero intuitivamente, pero después más intelectualmente.

A esos resortes fascistas…
Exacto. Reaccionaba a esos planteos de autoridad moral productos de la nada, que no tenían justificación; a ese autoritarismo ideológico que te decía lo que debías pensar. Yo quería ser maestro en los pueblos rurales del país para multiplicar la capacidad de pensar y de actuar en función de un desarrollo social más integral. La política pasaba a ser el mecanismo por el cual llegar a eso. Y esa política no servía a esos mecanismos. En ese proceso de desilusión, sufrí la experiencia de los allanamientos en la casa de mis viejos, la persecución de mi hermano…

¿Durante el gobierno militar?
No, antes, en el gobierno de Isabelita, e intuyo que denunciado por la propia gente de Montoneros. Más allá de la anécdota de cómo mi vieja se asustaba cada vez que escuchaba las sirenas y se escondía en casa, en Banfield, o mi viejo lamentando que los policías le habían choreado el reloj que le había regalado su papá… Nos salvamos la vida. Yo ya había terminado el profesorado, y estaba estudiando Historia hasta que intervienen la Universidad de Buenos Aires. En ese desconcierto decido salir de la Argentina a conocer un poco nuestra América Latina, una semana antes de que viniera el golpe…

¿Cómo fue eso?
Trasladaban en tren unos camiones Volvo a Bolivia, y yo viajaba arriba como cuidador. Llegué a Santa Cruz de la Sierra y a los pocos días miro los diarios que dicen “Golpe de Estado en Argentina”. A las dos semanas arrestaron a mi hermano, arrestaron a compañeros, gente amiga que estaba en la misma tendencia crítica frente a Montoneros.

Agustin-Salvia
Foto: Rodrigo Mendoza

¿Cómo fueron tus años fuera de la Argentina?
De Bolivia viajé a Perú, en donde trabajé de administrativo en una empresa, después en una fábrica de bulones en Lima, luego me fui a Cusco a juntar naranjas. Parte de la experiencia incluía conocer el mundo del trabajo, el mundo de los campesinos, el mundo de los obreros.

Allí nació el sociólogo.
Sí, yo llevaba un diario, que mantengo, donde registraba cada una de esas realidades sociales y políticas que atravesaba. El historiador, el sociólogo estaba ahí presente como observador y cuando llegué a México, me tocó ser maestro en una escuela primaria. Y ahí empecé la licenciatura en sociología.

¿En algún momento regresaste a Argentina durante esa época?
Sí, oculto. Yo era joven e intrépido, y entraba por Paraguay, o por Uruguay. Y era muy doloroso ver lo que estaba pasando… la tragedia de los dogmas… Siempre fui antidogmático, y siempre escuché dentro mío al científico y su sospecha crítica. En esa lógica, cuando estalla Malvinas, yo decía: “Están locos, muchachos. Paren, esto es una guerra”. Yo era minoría dentro de esos discursos. Me enervaba mirar a esa clase media argentina comprar espejitos de colores. Históricamente parece estar atrapada en su coyuntura, en la construcción de un presente de consumo, de éxito banal. Parece una clase media con mucha cultura política, pero que en realidad tiene un gran vacío de cultura política.

¿A qué lo atribuís?
Hay varias explicaciones sociológicas posibles. En la Argentina existe una clase media formada por hijos de inmigrantes que llegó a este país sin nada y con altas expectativas de movilidad social. De alguna manera, había que llegar a ese éxito de cualquier modo. Pero las distintas olas de crisis y desarrollos nos dejaron con una sociedad fuertemente dividida, para mí, en tres tercios. Los excluidos, que son sub ciudadanos; los pobres con aspiraciones o clase media baja con capacidad de resistir; y otro tercio de Argentina que compra y al que generalmente le va bien cualquiera sea el modelo. Y este último sector también es consumidor de dogmatismos varios.

¿Será el dogmatismo el origen de la grieta?
Yo creo que sí. Hoy vemos camporismo dogmático, pro dogmático, abortismo dogmático, antiabortismo dogmático. Mi lectura es que con el tiempo estos discursos dogmáticos deberían agotarse.

¿Hay algún antídoto social contra los dogmas?
El conocimiento científico, la investigación de las ciencias sociales, los estudios etnográficos, las evidencias científicas e históricas que en una conversación seria permiten desarticular los dogmatismos.

A partir de la intervención del Indec en 2007, la medición de la pobreza del Observatorio se convirtió en un oráculo. ¿Cómo vivió ese protagonismo?
No me sorprendió la intervención del Indec. A fines de los 80, cuando estaba en el Instituto Gino Germani, yo había hecho investigación en Río Turbio, y entrevisté a Néstor Kirchner cuando era intendente de Río Gallegos. Encontré un líder político fundamentalmente autoritario. La investigación de años en Santa Cruz demostraba que esa provincia con ese modelo no tenía viabilidad. Pero lo que vino después de la intervención fue complejo: recibimos mucha hostilidad, con amenazas anónimas y riesgos a mi actividad como investigador del Conicet.

¿Cómo es la relación con este gobierno?
Este gobierno es de personas educadas y de buena voluntad. Escuchan, o al menos escucharon hasta ahora. Hay una mezcla de buenas intenciones, voluntarismo, y a veces incapacidad técnica. Es muy positivo que el presidente quiera medir el éxito de su mandato por su capacidad para reducir la pobreza, porque instaló la cuestión. Pero creo que el diagnóstico es ingenuo.

¿En qué sentido?
La idea de que se puede resolver el desafío de la pobreza en la Argentina sólo con inversiones, educación y obra pública es ingenua. Los que sabemos de procesos políticos y sociales en la Argentina creemos que con eso no alcanza. Ese camino deja a un tercio de los argentinos en estado de sub ciudadanía, a lo sumo con villas un poco mejor urbanizadas, y con alguna mejora en los servicios de salud, pero aún dependiente de la ayuda social. No contradice un ideario moral, porque ayudamos a los pobres, pero no están verdaderamente incluídos en la sociedad.

¿Entonces?
Yo tengo una mirada teórica y científica alternativa. Porque una cosa es que los pobres estén mejor, y otra muy distinta es pensar un país para dentro de 30 años más rico para todos, y que nos incluya a todos. Acá hay que desarrollar muy fuertemente las capacidades productivas entre los pobres, las capacidades productivas de los micro emprendimientos, achicando la brecha entre la economía formal e informal, alentando la desurbanización para crear economías regionales y locales más fortalecidas. Pero esto es difícil y muy caro. Entonces necesitamos un acuerdo político económico para que los sectores de alta renta (agraria, financiera, industrial) hagan una mayor contribución tributaria para redistribuir y desarrollar aquellas capacidades.

Suena muy desafiante…
Tenemos las condiciones intelectuales, la ingeniería científica, las organizaciones, pero falta un bloque de poder que esté convencido de esto. Esto no se puede hacer rápido, en una transición, y creo que este gobierno sirve a esta transición. Por supuesto es un proyecto con una dosis de utopía, como lo tiene todo proyecto de transformación. Me resisto a que la utopía sea solamente que los pobres estén un poco mejor de lo que están.

¿Cómo fue su vuelta a la Argentina después de su autoexilio?
Primero volví en 1984, y conseguí un trabajo como director de cultura en la municipalidad de Lanús. Presenté un proyecto de cultura popular, con teatro en la calle, radio abierta por todos los barrios, “colaboración deportiva” en lugar de competencia… Hasta que me llama Quindimil, el intendente, y me dice: “pibe, acá vamos con el Campeonato Evita y corte y confección para las chicas”. Duré dos semanas…