Soberbia - Tras las huellas de Bilal | RED/ACCIÓN

4 / Soberbia

Tres meses después, leo la carta y me avergüenzo. La carta se regodea en las palabras. Es presuntuosa. Busca causar una cierta impresión pero lo que no logra -lo que no logré yo, lo que no me preocupé en hacer entonces- es pensar en la persona a quien le estaba escribiendo.

Obvié a mi destinatario. Escribí pensando en el libro que escribiría. Me dejé llevar por la música de las palabras y no pensé en Bilal. No me pregunté quién era él. No me puse en su lugar. Cometí el pecado de omisión. Peor aun: fui soberbia.

El sábado 27, Bruna me envió una selfie de ella con Bilal y un Whatsapp que decía: "Bilal y yo te saludamos. El encuentro estuvo muy lindo. Él leyó la carta y dijo que era un poco larga. Estaba sorprendido, pero aceptó contar su historia." La foto mostraba los rostros de una mujer de unos sesenta años, blanca con ojos celestes y pelo gris cortado muy corto, y de un hombre negro, serio, en su cuarentena. En mi celular la cara de Bilal estaba a la izquierda y ocupaba todo el cuarto superior de la pantalla. La de Bruna, abajo y a la derecha, apenas si llegaba a llenar la cuarta parte. Bruna tiene un pañuelo floreado de tonos pastel alrededor del cuello y sonríe. Bilal, camisa azul oscura con puntos blancos, mira a cámara con una mirada que no sé descifrar y que me infunde un poco de temor. Estoy contenta pero, por alguna razón, no es la alegría que esperaba.

Yo le había dicho a Bruna que no quería entrevistar a Bilal durante una o dos horas: si viajaba a Roma era para escucharlo, para verlo durante varios días. Le había pedido que se lo explicara. Emilio me había advertido: “Quizás sería mejor que yo lo contacte primero. Temo que la carta de una desconocida pueda asustarlo. Aunque la carta está bien, no sé cuánto podrá entender él. Es un hombre muy simple. No es fácil hablar con estas personas." Pero para entonces yo había dejado de escuchar a Emilio. Me daba la impresión de que no quería ayudarme y de que, aunque no me lo dijera, de alguna manera se oponía a mi proyecto. No me importaba. Yo había pasado el último mes y medio empecinada en encontrar a Bilal y, al fin, no sólo lo había logrado, sino que ese sábado él había aceptado verme. Ni siquiera le escribí a Emilio para contárselo.

El lunes 28 de enero, en el preciso instante en que estaba por comprar el pasaje para ir a Roma, recibí un breve Whatsapp de Bruna. Decía así: "Hola Mori. Frena todo. Me escribió Bilal. Dice que cambió de idea. Te escribo en cuanto tenga noticias más precisas."

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