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“¿Soy el hombre que viniste a buscar?”
Bryan. 24 años.
(Camerún)

Por Mori Ponsowy

Desde que nos encontramos, hace tres horas, hemos hablado de muchas cosas. A veces es Bryan quien habla; otras, soy yo. Nunca pensé que escuchar las historias que vine a buscar significaría, también, contar la mía, pero esta noche me doy cuenta de que la única manera que tengo de darle algo a Bryan no es intentando consolarlo por sus pérdidas, ni guardando un silencio respetuoso ante su historia, sino compartiendo parte de mi vida, aunque mis pérdidas no sean nada comparadas con las suyas. Le cuento que mi hijo nació con una enfermedad. Que lo crié sola. Que los primeros tiempos fueron muy difíciles pero que ahora es un chico feliz. Bryan me escucha atentamente. "Algún día me gustaría conocerlo," dice.

El lugar donde estamos se ha ido llenando de gente. Todos negros. Muchos están borrachos y vociferan. Bryan ni los mira.

Bryan se siente culpable de la muerte de su padre.

"Cuando fueron a casa, me buscaban a mí," dice. “Por mi culpa, mi papá ya no está.”

Es esto en lo que piensa noche tras noche. Esto es lo que le impide dormir.

"Mi padre me enseñó tantas cosas," dice. "Ahora no tengo con quién hablar."

Bryan siente que le falta una parte. “Lucho por encontrar lo que me está faltando.” Siente que está haciendo lo mismo que hace años: yendo a la escuela, aprendiendo un idioma, estudiando historia y geografía para obtener el certificado de la escuela media. “Es como si mi vida volviera a empezar.” No ve un futuro. “Yo no era así: antes me reía.” No se siente libre: en el Centro di Accoglienza tiene que firmar cada vez que sale y cada vez que regresa. “No puedo culpar a nadie aquí. Tenemos que aceptar lo que nos dan y estoy agradecido: estamos aquí sin que nos hayan invitado.” Siente que las personas que ve en la calle llevan una vida normal, pero que la vida que él lleva no es normal. “Estoy perdido.”    

Le digo que me gustaría ir a África alguna vez. "Si vas, llorarías todo el tiempo," responde.

Entre un tema y otro, nos quedamos callados. Es un silencio cómodo y cercano.

Hace una semana, Bryan se enteró de que su hermana está viva. Tuvo que huir de la ciudad e irse a la aldea donde vive su abuela. Para tener acceso a Internet tiene que caminar dos días. A él le gustaría encontrar un trabajo, ganar dinero y poder traerla.

"¿Puedo preguntarte algo?" dice.

"Claro," respondo.

Justo antes de salir de viaje, cuando en el avión se encendieron las luces de abrocharse los cinturones, yo había escrito unas líneas en Facebook:

"El avión está por despegar. Hace meses que sueño con este viaje. Voy a Roma a buscar a un hombre. Un hombre que no conozco. Si lo encuentro, ¿querrá hablar conmigo? Y si no lo encuentro, ¿cuál habrá sido el sentido del viaje?"

Cuatro días después de ese post, soy la única persona blanca en un restaurante, estoy con un chico que ha perdido todo, que no tiene nada en el mundo, que aún no sabe si le otorgarán estatus de refugiado y que, mirándome como quien eleva una plegaria, me pregunta:

"¿Yo soy ese hombre que viniste a buscar?"

No tengo tiempo de buscar la respuesta adecuada y, entonces, casi sin pensarlo, empiezo a contarle a Bryan la historia de Bilal. Le cuento que hay un hombre que nació en Mauritania y que fue esclavo durante veinticinco años. Le cuento que ese hombre era un niño cuando estaba por la calle en su aldea y asistió a la matanza de mucha gente. Le cuento que corrió a su casa para avisar a sus padres pero que justo en ese instante llegaron los árabes. Le cuento del machete, del charco de sangre, del grito “¡A este no!”. Le cuento que Bilal recuerda que iba a pescar con su padre al río y que acompañaba a su madre a tirar la basura y que estos son los únicos recuerdos que conserva de ellos ahora, en su adultez. Le cuento que atravesó descalzo un desierto rocoso y que llegó a una ciudad cerca del mar en la que unos pescadores le dieron de comer y de beber y lo escondieron en un barco donde estuvo delirando durante seis meses por la fiebre causada por una infección. Le cuento que volvieron a atraparlo, que volvió a escapar, que volvió al desierto y que ahí, huyendo una vez más, perdió al único amigo que tenía.

Bryan escucha la historia de Bilal con la misma conmoción con que la escuché yo la primera vez. Bryan, este chico que hace tan poco perdió a sus padres, está conmovido por la historia de otro chico que también perdió a los suyos hace muchos años. Está hipnotizado por un relato, por la vida de otro hombre. ¡Qué misterio! Qué misterio que las vidas de los otros puedan distraernos por un momento de las pequeñeces y de las grandezas de las nuestras. Qué misterio que una historia, que un simple hilo de palabras, pueda hacernos sentir que no estamos solos.

Bryan me escucha hasta el momento del relato en que le digo que ya sé dónde está Bilal.

-Trabaja en Mercato Centrale -digo. -En Stazione Termini. A dos cuadras de aquí.

Bryan abre los ojos como si yo estuviera diciendo algo increíble. Como si trabajar en una pizzería fuera más inverosímil que atravesar a pie el desierto.

-¿Ya fuiste a verlo? –pregunta, con urgencia.

Muevo la cabeza de lado a lado.

-¿Por qué? –dice Bryan.

Busco las palabras para explicarle mis razones pero estoy segura de que no lo logro porque en ese momento ya no estoy pensando en Bilal.

Estoy pensando que me equivoqué.

Estoy pensando que sí.

Estoy pensando:

Sí, Bryan. 

Pero no me atrevo a decírselo.

Sí, Bryan. 

Qué misterio.

Sí.

Es a ti a quien vine a buscar.  

Leer siguiente capítulo:
"La primera vez que vi a Bilal"

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