Quiero escuchar tu historia | RED/ACCIÓN

14 / ¡Soy un súper star!

Tras las huellas de Bilal: "Soy el hombre que viniste a buscar".

Las plazas, en Roma, no son verdes. Son plazas secas. Hay plazas grandes y conocidas como Piazza Spagna o Campo dei Fiori siempre llenas de turistas, pero también hay plazas pequeñas, perdidas, en las que uno aparece de pronto, inesperadamente, al doblar en una esquina o al final de una calle angosta. Son plazas asimétricas que parecen haber nacido casi por azar en el trazo de la ciudad y que forman un remanso de luz al cabo de tanta calle angosta y serpenteante.

La Piazza in Piscinula es una de esas plazas desconocidas. Está rodeada de edificios bajos de tonos ocres con postigos de madera y puertas de hace cuatrocientos o quinientos años.

Yo había ido allí a escribir en un bar y ya me estaba yendo cuando de pronto escuché una canción en un idioma desconocido. Era una melodía de un tiempo pasado y de una geografía distinta. Cuando busqué de dónde venía la canción, vi un hombre negro que salía de la plaza por el extremo opuesto a aquel en donde yo estaba. El hombre cantaba a viva voz. Me sorprendió verlo ahí porque en las zonas donde no hay turistas, tampoco suele haber negros. Decidí seguirlo.

Él pasó delante de la pequeña Chiesa di San Benedetto y dobló en Via dei Salumi. Yo ya no lo veía, pero su voz seguía llegándome. Me apuré a cruzar la plaza y doblé por donde él había doblado. Lo seguí sin que me viera. Era alto, delgado y su cuerpo ondulaba con soltura, como si de alguna manera se meciera al son de su propia música. Lo seguí cuando dobló a la izquierda en Via Anicia, cuando dobló a la derecha en Via dei Genovesi y luego otra vez a la izquierda en Via della Luce. Él no paraba de cantar. Su voz reverberaba en las paredes de esos edificios medioevales. Cuando llegó a Vicolo dei Tabacchi apuré el paso hasta alcanzarlo.

-Ciao! Quanto bene canti! –le dije. –Da dove viene quella canzone?

-Da Senegal. Sono un super star.

-¡Felicitaciones! -dije.

-Soy famoso. Estoy en YouTube –respondió, en un italiano difícil de entender que él mezclaba con palabras en francés. –Cuando llegué a Italia no conocía a nadie, pero he llegado hasta donde estoy con valentía. Fui a Paris a grabar un disco y terminé en tres días.

Hizo un gesto alegre de despedida con la cabeza y dio unos pasos para seguir su camino.

-¡Espera! ¡Cuéntame más! -le dije. -¿Cómo hiciste para convertirte en estrella?

-Siempre con la cabeza en alto –dijo. –Ya vendí un millón de discos. Soy abogado, pero en Italia no hago ese trabajo. Aquí soy una súper star. De todas maneras, hay que ser modesto. ¿Me compras el disco?

-¿Cuánto cuesta?

-Diez euros.

-¿Lo tienes contigo? –pregunté.

-No. Está en Internet –dijo, y sacó de su mochila un bolígrafo y un papel arrugado. -¿Cómo te llamas?

Apoyó el papel en la mochila y, mientras escribía, volvió a cantar.

-Ahí está mi teléfono –dijo, y me dio el papel. -Cuando me llames, te mando el disco.

Me pareció que tenía ganas de irse y me despedí pero, esta vez, fue él quien me detuvo.

-¡Me tienes que pagar! –dijo.

-¿Ahora? –pregunté.

-¡Claro! ¿Cómo vivo yo, si no me pagas? –dijo. -Yo no robo. ¡Y tengo que comer! Si no trabajo, no como.

-¿Y el disco? –dije.

-Mañana me llamas, me dices dónde estás y te lo llevo. También me puedes mandar un mensaje. Pero recuérdame quién eres, porque soy un hombre público y no me puedo acordar de todos.

Mientras se iba cantando, miré el papel que me había dado. Era una fotocopia sucia con formato de tapa de CD. Tenía una foto suya y una leyenda que decía: “Laje Toure. Cantante. Autore. Compositore. Grazie Italia.”

En bolígrafo, él había escrito:

Amica MORI con Dio.

Grazie!

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