Tiene cáncer y empezó quimio en cuarentena: la historia de Cristian, un joven que aprendió a convivir con la enfermedad | RED/ACCIÓN

Tiene cáncer y empezó quimio en cuarentena: la historia de Cristian, un joven que aprendió a convivir con la enfermedad

Tiene 35 años y se está recuperando de un tumor “raro y agresivo”. Escribió esta crónica con la idea de ayudar a otras personas que atraviesan tratamientos médicos durante esta pandemia. En la Argentina, cada año se registran unos 129 mil casos de cáncer. El autor cuenta que pudo apoyarse en su familia, que volvió a la casa de sus padres y que recibió ayuda económica. “¿Cuánta gente atraviesa este proceso sola?”, se pregunta Cristian.

Intervención: Pablo Domrose

Existe un cierto período de tiempo hasta que una persona enferma y su entorno logran trasladar la palabra cáncer a su vida cotidiana. En mi caso, la primera vez fue durante un ataque de ira hacia el vacío la semana previa a tener que empezar quimioterapia en plena pandemia. 

Tengo 35 años y en junio del 2019 entré al quirófano por un quiste que me estaba molestando.  Ante los resultados de la biopsia, el urólogo que me operó explicó que debía derivarme a oncología porque se trataba de un leiomiosarcoma, un tumor maligno muy “raro y agresivo”.

Pero empecemos por lo que tuve que aprender yo, lo más básico.

Un tumor es una alteración de los tejidos que produce un agrandamiento anormal en una parte del cuerpo. Puede ser benigno o maligno. Cuando el diagnóstico incluye la palabra "sarcoma" significa que esa alteración de los tejidos es cancerosa.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el cáncer es una de las principales causas de muerte del mundo y, junto a los problemas cardiovasculares y la diabetes, integra el grupo de enfermedades no transmisibles más relevantes.

El vaso medio lleno es que la mortalidad en la Argentina viene decreciendo desde 1980 gracias al avance de la medicina y su detección temprana.

Volvamos a lo que pasó después de haber escuchado que era un tumor “raro y agresivo”.

Comencé el circuito de estudios: tomografía, resonancia y ecografía, entre otros. Decidí hacerlos en otro lugar por recomendación de la oncóloga del sanatorio y para no perder tiempo en el espiral burocrático de la obra social.

Con la ayuda de mi familia logramos juntar los 40.000 pesos que costaba el combo de análisis privados. Esos valores se alejaban de las posibilidades de un trabajador monotributista como yo.

Las imágenes mostraron otro quiste en el hígado y algunas marcas en los pulmones que la oncóloga del sanatorio desestimó. ¿Qué me dijeron que debía hacer? Continuar yendo, pero sólo para controles de rutina.

Previo a Nochebuena, empecé a sentir otra masa en la zona de la ingle. Consulté al urólogo que me operó y me dijo que seguramente se trataba de un granuloma, un tejido que a veces se desarrolla alrededor de una cicatriz reciente.

Si continuaba creciendo, debía volver enseguida.

Así fue.

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El 20 de marzo del 2020 el Gobierno Nacional decretó el aislamiento social, preventivo y obligatorio por el coronavirus y todo se complicó: sacar un turno se volvió una epopeya y el personal de la clínica recibía a los visitantes con desconfianza.

La soledad en la sala de espera se parecía cada vez más al montaje de una película sobre un futuro distópico.

Todos hemos desaparecido un poco de nuestras vidas en cuarentena. Algunas ausencias fueron más oportunas que otras. El urólogo que me operó, por ejemplo, dejó de atender sin explicación y lo reemplazó un joven que no se mostró optimista ante el informe de una nueva ecografía.

Algo no andaba bien.

“Esto no es granuloma, es un tumor paratesticular en el epidídimo que hay que extirpar cuanto antes con una cirugía radical y mandarlo a analizar”, determinó el urólogo Carlos Miranda, a quien había llegado por recomendación.

Hace poco, el doctor Miranda llamó para saber cómo estaba y le pregunté cuándo un paciente debe pedir una segunda opinión: “Depende de qué tan frecuente sea la enfermedad y su evolución. Lo fundamental es que sea a un profesional de jerarquía y sirva para definir el diagnóstico”, respondió.

Un año después volví al quirófano, pero esta vez era diferente. Sabía qué tenía que hacer por más que hubiese preferido no hacerlo así que, entre mi familia y amigos, logramos juntar los 88 mil pesos que costó la operación.

Pedí licencia en varios de los trabajos que los periodistas freelance debemos tener para poder vivir del oficio, dejé el departamento que alquilaba en Retiro y volví a la casa de mis padres en Villa Luro para recuperarme.

La nueva biopsia volvió a presentar un leiomiosarcoma, lo que significaba que el tumor había vuelto y que debía arrancar todo de nuevo.

Mudarme me permitió invertir mis ingresos en salud y atenderme en el Instituto Alexander Fleming, una de las clínicas más prestigiosas del país. La primera consulta salió 4.000 pesos y, a partir de la segunda, 2.900. Por suerte, sólo tuve que ir dos veces.

Ante los nuevos estudios, el oncólogo Mauro Orlando fue contundente: “No son buenas noticias, hay una masa en el hígado y nódulos en ambos pulmones. La enfermedad comenzó a expandirse y hay que empezar quimioterapia cuanto antes”.

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Tener cáncer es una circunstancia de vida.  ¿Qué lo causa? No hay certezas. ¿Le puede pasar a cualquiera? Sí. ¿Se puede aprender a convivir con el cáncer? Absolutamente.

Absolutamente, repito. 

El panorama no era ideal: la enfermedad había hecho metástasis (células cancerosas que se desprenden del tumor original y comienzan a circular por el cuerpo) y debía hacer un tratamiento invasivo en medio de una pandemia con miles de contagios y cientos de muertes diarias por un virus desconocido.

Todo lo que tuve que atravesar el último año lo hice acompañado de mi familia. Sinuosa ante mis cada vez más impredecibles cambios de humor y librando su propia lucha hacia adentro.

En Argentina hay 129.000 casos nuevos de cáncer por año. ¿Cuánta gente debe haber tenido que atravesar este proceso sola?

Los médicos del instituto me pusieron en contacto con un profesional que atendía por mi obra social en un centro de Monserrat. A la semana siguiente ya estaba en su consultorio.  

Me explicó cómo íbamos a encarar el tratamiento, me recomendó empezar a hacer psicooncología, una terapia especializada en casos como el mío. Y me preguntó si estaba en mis planes ser padre alguna vez. Sí, existía la posibilidad de quedar estéril a causa de los medicamentos.

Era difícil pensar en algo tan a futuro mientras me estaba planteando la muerte como una posibilidad cercana y concreta por primera vez. 

Me dio una semana para considerar si quería hacer la criogenización de esperma o no y, en tal caso, ocuparme del asunto por mis propios medios.

Finalmente, el 3 de agosto comencé el tratamiento.

"Le tenía tanto miedo al tratamiento como a la enfermedad".

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La quimioterapia utiliza varios fármacos para reducir o eliminar células cancerígenas. Los medicamentos y sus efectos secundarios son fuertes, pero varían en cada persona y tipo de cáncer que se esté tratando.

Hay días en los que tengo un malestar general que no me deja salir de la cama, el pelo se me cayó de la noche a la mañana y el cansancio se volvió una constante. Todo esto acompañado de una dieta en la que los embutidos, verduras y fritos son una tentación prohibida.

Para cada sesión tengo que hacerme análisis de sangre y esperar la confirmación de que mis defensas estén lo suficientemente fuertes como para tolerar los químicos. Por último, me llevan a una sala donde me inyectan durante una y dos horas. 

Después, ya puedo volver a casa.

Un ciclo se conforma por dos sesiones semanales y una semana más de descanso. Como el tipo de medicamentos que tomo me deja sin anticuerpos, tengo que ser muy cuidadoso de no agarrarme ni siquiera un resfriado.

Estoy en una especie de cuarentena dentro de otra. Sin embargo, ningún aislamiento parece ser del todo suficiente en épocas de pandemia.

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Cuando mi papá comenzó con síntomas, automáticamente llamamos a su obra social. El hisopado dio positivo y lo mantuvieron aislado 10 días en un hotel mientras mi mamá y yo comenzamos la cuarentena preventiva.

Una semana después, perdí el gusto y el olfato. Toda la mañana intenté comunicarme con mi obra social. Fue en vano: una máquina me paseaba de un interno a otro sin posibilidad de respuesta ni contacto con otra voz humana.

Fui a hacer la fila en la Unidad Febril de Urgencia frente al Hospital Santojanni de Mataderos bajo la lluvia. Cinco días más tarde tuve el resultado: positivo. La última vez que habíamos salido a la calle había sido para ir al centro de salud.  

Al poco tiempo, mi mamá levantó fiebre y dolor de garganta. Por suerte, los cuadros fueron leves y con el correr de los días tuvimos el alta. Por prevención, el nuevo oncólogo prefirió continuar con las sesiones de manera más esporádica.

El dato de color es que la mayoría de la gente se mostró más preocupada cuando les conté que me había contagiado de COVID-19 que cuando les dije que tenía cáncer.

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Según estadísticas de la Agencia Internacional de Investigación sobre Cáncer (IARC), en 2018 Argentina presentó 212 casos cada 100.000 habitantes. Esto la ubica como el séptimo país latinoamericano de incidencia media-alta.

Al entrar y esperar entre sesiones de quimio me encuentro y reflejo constantemente con gente mayor, de mi edad o incluso más joven.

Algunos tienen una energía envidiable, otros una sonrisa de ojera a ojera. Hay quienes cruzan la mirada y la sostienen. Y quienes la esquivan y prefieren mirar a otro lado.

Cada cual tiene su propia historia y lucha como puede. En lo que a mí respecta, aún me quedan varias sesiones y estudios para ver cómo sigue la cosa.

Cáncer y pandemia. No puedo evitar trazar un paralelismo entre una y otra y buscar algún punto de encuentro.

¿Qué quedará después de todo esto? ¿Saldremos mejores, iguales o peores?

Nadie lo sabe. Sin embargo, sería una lástima desaprovechar la certeza de que el futuro no es un asunto para siempre.

"Aceptar tener cáncer es aprender a convivir con la enfermedad".

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