MeditacionNota

A mí, el celular me ayudó a encontrar la paz (o casi)

Me descargué una aplicación para meditar que tiene más de 20 millones de usuarios en el mundo. Probé Headspace durante dos meses y esto fue lo que aprendí.

Por Joaquín Sánchez Mariño

19 de junio de 2018

Esta nota fue escrita después de 431 minutos de meditación guiada, a lo largo de 44 sesiones en 63 días, usando la aplicación Headspace. Antes de comenzar yo estaba recién separado, hacía una semana había cambiado de trabajo y mi padre se recuperaba de un infarto. Además estaban: la ansiedad de nuestra época, la insatisfacción de mi generación, y la angustia de quienes vivimos en grandes ciudades. Más menos, ese fue el cuadro de situación que me llevó a bajar la aplicación por consejo de un amigo. Y aunque esa realidad no cambió materialmente (salvo por el dólar, claro, que subió como diez mangos en este tiempo), después de 431 minutos la situación es bastante diferente. Algo aprendí, y voy a tratar de contarlo en esta nota.

Si querés leerla con música de meditación, poné play acá abajo. Sino, seguí en silencio (como si fuera tan fácil...).

¿Qué corno es Headspace?

Literalmente, Headspace es “espacio para tu cabeza”. Es el nombre de la aplicación de mindfulness más famosa del mundo. Tiene más de 20 millones de descargas en 190 países y más de 1 millón de suscriptores que pagan casi 100 dólares por año. Sus creadores son Andy Puddicombe y Rich Pierson. Lo que hace la aplicación es básicamente enseñarte a meditar, pero según sus defensores el resultado final podría resumirse así: ser un poco más feliz.

Andy es inglés y tiene 45 años. A los veintipico dos amigos suyos murieron en un accidente de auto, y luego perdió a una media hermana. Decidió dejar sus estudios y viajar al Tíbet para hacerse monje budista. Su voz es la que escuchamos quienes usamos Headspace. Habla un inglés pausado y respira entre palabras. Como los sabios, me figuro.

La primera vez que lo escuché quedé fascinado. Fue en este video introductorio, antes de comenzar la sesión número 1.

Prometía, en pocos minutos de meditación, un cambio radical. ¿Pero puede caber en un teléfono, realmente, la clave de la felicidad?

En un teléfono, digo, y no es menor la paradoja. De allí vienen los whatsapp, las notificaciones, las fotos, los memes, los correos, las llamadas. El teléfono como puente entre la ansiedad y nosotros. El teléfono como un camino hacia fuera, nunca hacia dentro.

Excepto, pareciera, después de cinco minutos en Headspace. A lo largo de los días, se empieza a sentir que esa voz es a uno a quien le habla, que no son grabaciones a disposición de cualquiera sino pequeñas conversaciones privadas.

Hace algunos años, una amiga me regaló Cuando Todo se Derrumba, de Pema Chödrön, otra monje budista. Lo leí e intenté llevar a cabo la práctica que propone –eso que ella llama lojong–, pero no tuve mayores resultados. Con el tiempo –pongamos, una semana–, me olvidé la técnica.

Headspace logra avanzar ahí donde el libro no. Principalmente, por ir en el teléfono, por interactuar, por acompañar al principiante. Sus lecciones no se presentan como un corpus teórico que hay que adoptar, o como una forma de la sabiduría a la que se llega después del desapego y el ascetismo. Es, en cambio, una forma urbana del detenimiento.

En el dia 24, por mencionar uno, Andy propone iniciar algunos ejercicios sin el uso de la app en situaciones cotidianas: en la fila del supermercado, mientras se espera el colectivo, lo que sea. No es necesario, aclara, hacer el ejercicio completo. Basta con respirar y tratar de registrar las sensaciones del cuerpo. Ni elongar, ni corregir la postura, ni tomarse 10 segundos antes de insultar al enemigo de turno. Solo entretenerse con uno mismo unos segundos antes de volver a mirar el celular en busca de un divertimento.

Después de casi veinte años en el Tíbet, Andy vivió un tiempo en Moscú, donde empezó a dar cursos de meditación guiada. Según él, que practica desde chico, la mejor edad para adoptar la costumbre de la meditación es a los 3 años. Por eso, la aplicación también incluye packs para niños.

La idea se le ocurrió mientras estaba en Moscú, pero se materializó recién después de varias conversaciones con Rich Pierson, amigo suyo y co-fundador, a quien acompañó y guió en un momento de dificultad.

Juntaron plata entre amigos y familiares e invirtieron 50 mil dólares. Crearon una app que consistía en 365 meditaciones guiadas por Andy, una para cada día del año. Fue lanzada oficialmente en el 2010.

Su expansión llegó algunos años después. Hoy la compañía está radicada en Santa Mónica, California, y están por abrir nuevas oficinas en San Francisco. Vale más de 250 millones de dólares y están planeando ampliar la cantidad de idiomas, ya que solo funciona en inglés.

Hoy no es más un secreto a voces, como lo fue en los primeros años. Hay siete aerolíneas en el mundo que ofrecen la plataforma en sus vuelos, y la compañía hizo un convenio con Spotify para que los usuarios de algunos países escandinavos (Dinamarca, Noruega, Finlandia y Suecia -de donde es Spotify-), pueden suscribirse a los dos servicios de manera conjunta por un precio especial.

Así y todo, Pierson no se conforma: dijo que su ambición es hacer que la aplicación sea la guía mundial indiscutida para llegar a una vida feliz. Pavada de objetivo.

Andy Puddicombe, creador de Headspace y quien guía las meditaciones de la aplicación.

Contra el sufrimiento

Cada vez que mi viejo sufre por amor (casi lo único por lo que sabe sufrir), recorre librerías y compra todo tipo de libros de autoayuda. En los momentos más agudos, suele llamar a los autores o las autoras de esos textos y toma sesiones de terapia con ellos. Sale a correr, va al gimnasio, aprende a respirar de manera consciente. Hace todo lo que considera que es trabajar por estar bien.

Yo algo heredé de eso, pero como intento ser un hombre de mi tiempo, en vez de leer autoayuda veo videos motivacionales en Youtube. Uno de los más conocidos es “Use protector solar”. En él, una voz en off, una voz cálida, una voz sabia, una voz que parece arroparte, llevarte una sopa y guiarte por los sueños más dulces, dice que el único consejo que te puede dar en esta vida es que uses protector solar. Pero antes dice, además, que no hay que desesperarse por saber quiénes somos, que mucha de la gente más interesante que conoció no sabía lo que quería hacer de su vida incluso hasta después de los cuarenta o los cincuenta, y que a lo largo de los años siempre vas a ver los precios irse para arriba.

En el mercado de la motivación hay infinitos ejemplos, mucho más después de la llegada de las charlas TED. Sin embargo, nada tan novedoso, nada tan efectivo como la sabiduría milenaria del budismo.

Estamos en una sociedad que todo lo resuelve por adición más que por supresión. La suma de elementos para alcanzar la felicidad (o un rato de serenidad apenas), puede ser infinita. Ahí comienza la ansiedad. Aplicación tras aplicación, red social tras red social. Pantalla tras pantalla. La sociedad, si te agarra flojito, te liquida.

Ahí es donde aparece Headspace. ¿Qué es, entonces? ¿La evolución de la auto ayuda? ¿O es más que eso? ¿La evolución de la religión, por caso, de la fe? ¿Del budismo tan solo? ¿Qué sería de Andy si decidiera de pronto ser un nuevo dios? Digo, ¿no es así que empiezan las religiones, con un profeta y varios seguidores? Con esta app edificando su iglesia, con este dolor de cada quién, con esta ruptura que nos inclina, derrotados, a creer. Por que yo, súbitamente, creo. Bautizado, apóstata y agnóstico, en algo finalmente creo. Pero me da pudor decirlo. Ahí va, otra consagración clerical: que sea con culpa, o que no sea.

Lo que aprendí

“Si estoy mal en el trabajo, me escapo 10 minutos y hago una sesión. Si tengo que tomar una decisión, hago una sesión antes. Si estoy pensando demasiado en algo y no llego a ningún resultado, hago una sesión”, me dijo Gonzalo Bourdieu cuando me habló de Headspace por primera vez. “La clave no es resolver esos problemas sino más bien dejar de girar en falso sobre ellos”, aclaró.

Para él la app se volvió fundamental en muy poco tiempo y decidió pagar. Sale 12 dólares por mes o 94 por año (cada cual puede hacer cálculo de cuánto es en pesos al momento de leer la nota, para evitar imprecisiones).

En mi caso, en mis primeras sesiones me quedaba dormido. Hay un video introductorio en el que te muestran la mejor posición para meditar, pero yo lo hacía acostado. Dormirme, en esos primeros días, era el mejor premio que podía recibir. Dormir como la pausa a todo. Pero como toda pausa era, a su vez, una postergación.

Conforme uno va a avanzando en las sesiones se da cuenta de que se trata exactamente de lo contrario, de estar más despierto, más consciente, sin que eso signifique estar alerta. Los que tendemos antes a la neurosis que a la calma solemos pensar en la felicidad como la ausencia de pendientes, ese momento en el que ya no tenemos nada urgente por resolver. Por supuesto, son momentos que duran segundos, minutos con suerte. La primera clave de la meditación es dejar de desear eso y simplemente notarlo.

Se pueden hacer sesiones de 3 minutos, de 5 o de 10. Ya una vez superada la muestra gratis, se liberan las opciones de 15 o de 20 minutos. Al principio uno se la pasa deseando escuchar lo que Andy tiene para decir. Se trata más de esa voz, de esas enseñanzas, que de la práctica en sí. Con las sesiones, va ganando peso el silencio, los momentos de recogimiento. Para mi, que soy un ansioso insoportable y no conozco ración del día en que no esté haciendo algo pensando en lo siguiente, un rato de silencio es mucho. Ahí cobran sentido las sesiones de 20 minutos, donde por momentos nada pasa pero el cuerpo, créase o no, queda vibrando.

El día 22 de mi práctica por ejemplo anoté el siguiente consejo de Andy: “el ejercicio no tiene por qué terminar con el fin de la sesión. Intentá llevar durante todo el día esa conciencia que logras en el ejercicio”. El día 23: “Es muy fácil olvidarse de estar en el presente”. El día 14: “la relación que alcances con vos mismo mediante la meditación afectará a tu relación con los otros, o incluso, con los que ya no te relacionas”.

Ahí está otra de las claves: Headspace como método de relacionamiento o de olvido. Tiene lógica: debemos ser muchos los que entramos en su universo para superar el dolor, para olvidar a alguien, para no tener que ir en el subte leyendo un libro con una flor en la tapa y una frase que deschave nuestra soledad, nuestra angustia o nuestra desesperación. Usar Headspace como carta de amor. Hacia otro, al principio, hacia uno, al final.

***

Esta nota fue escrita después de 431 minutos de meditación guiada, a lo largo de 44 sesiones en 63 días. Antes de comenzar yo estaba recién separado, hacía una semana había cambiado de trabajo y mi padre se recuperaba de un infarto. Y además estaban la ansiedad de nuestra época, la insatisfacción de mi generación, y la angustia de quienes vivimos en grandes ciudades. Pero la cosa es diferente ahora: pago 12 dólares por mes, medito cada vez que puedo, y aunque más no sea una sensación pasajera, de repente siento algo parecido a estar en calma. O casi. No pierdo las esperanzas, ahora yo también soy parte de una fe.

La música que acompaña a esta nota es de la Meditation Society of Australia.

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