La lucha contra la desigualdad es una opción política | RED/ACCIÓN

La lucha contra la desigualdad es una opción política

Bajo la Agenda de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, el mundo está comprometido a eliminar la pobreza extrema y reducir la desigualdad. Sin embargo, sin un esfuerzo mucho mayor por parte de los gobiernos y las instituciones multilaterales, no se logrará ningún objetivo.

El mundo ha dado pasos notables en la reducción de la pobreza extrema, pero en los últimos años esos avances se han ralentizado considerablemente. El problema está claro: para eliminar la pobreza extrema es necesario abordar la desigualdad.

La buena nueva es que la desigualdad en la población mundial ha bajado desde 1990, reflejando la reducción de la pobreza. La mala nueva es que se ha elevado al interior de los países. En comparación con hace 25 años, es mucho más probable que una persona promedio viva hoy en una economía más desigual. Y, más allá del ingreso y la renta, sigue habiendo grandes disparidades –entre y al interior de los países- en ámbitos como la alimentación y la nutrición, la atención de salud, la educación, la tierra, el agua potable y otros factores esenciales para llevar una vida digna y plena.

Lejos de ser inevitable, la desigualdad es una opción política. Los gobiernos que desean reducir las brechas en los ingresos y la riqueza, y mejorar las vidas y oportunidades a disposición de sus ciudadanos más pobres han demostrado su esfuerzo y algunos avances. Desde 2015, los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas (específicamente el Objetivo 10) han hecho que se preste una atención sin precedentes a este tema.

Y en el Foro Político de Alto Nivel de este mes, la comunidad internacional tiene su primera oportunidad de aprovechar los avances logrados para combatir la desigualdad, tanto a nivel global como nacional. Para tal fin, el Grupo del Banco Mundial y el Departamento de la ONU de Asuntos Económicos y Sociales sostuvo recientemente un encuentro preparatorio para enfatizar cómo los gobiernos pueden acelerar sus iniciativas en esta área. Se llegó a varias conclusiones y resultados:

  • La desigualdad suele originarse y estar causada por una combinación de circunstancias sociales, como el estatus económico o de composición de la familia, la ubicación geográfica, la etnicidad y el género. Todos estos factores pueden contribuir a la desigualdad de oportunidades, y la misma desigualdad de ingresos los exacerba. Además, puesto que la desigualdad de oportunidades reduce la movilidad social de una generación a la siguiente, crea persistentes trampas de desigualdad.
  • Para hacer tales inversiones será necesario contar con recursos nacionales adicionales. En general, la tributación progresiva es esencial para aumentar los ingresos del gobierno. Pero también lo es una mayor capacidad de administración, de modo que los gobiernos puedan prevenir la evasión de impuestos y limitar los flujos ilícitos de recursos entre fronteras. Con una mejor movilización de recursos, las protecciones y transferencias sociales se pueden convertir en potentes herramientas para reducir las disparidades de ingreso y riqueza.
  • Para eliminar las barreras a las oportunidades, los gobiernos deben abordar las causas raíces de la desigualdad, identificando y eliminando las leyes discriminatorias, y no en menor medida aquellas que criminalizan la desventaja. Más aún, dado que la desigualdad se origina en gran parte en la niñez, los gobiernos deben invertir mucho más en una atención de salud universal de alta calidad y en educación en la infancia temprana. Solo con la creación de capital humano desde temprano podemos asegurarnos de que las desigualdades no pasen de una generación a la siguiente.
  • Los gobiernos tienen que asegurarse de que los beneficios de las políticas progresivas lleguen a quienes más los necesitan. Para ello, las autoridades deberían pedir las perspectivas de sus ciudadanos menos privilegiados a la hora de diseñar e implementar nuevas medidas de reducción de la pobreza y la desigualdad. Dar voz a los pobres permitiría análisis más auténticos de los retos actuales, al tiempo que se aseguran los recursos se dirijan a quienes tienen más necesidad de ellos.
  • Por último, la falta de datos es una barrera para diseñar políticas efectivas. Para mapear la desigualdad de manera completa, las autoridades deben poder responder a la pregunta de quién se beneficia de una política, ley, estructura política o norma cultural determinadas. Ámbitos como la educación, el clima, la seguridad alimentaria y la infraestructura son solo algunos en los que los gobiernos precisan de más y mejores datos. Aunque su recolección es costosa y exige el uso de muchas habilidades, las innovaciones recientes han ampliado sustancialmente las opciones disponibles para los gobiernos.
  • Por ejemplo, las fuentes de datos tradicionales como las encuestas en el hogar generalmente no reflejan los ingresos más altos (incluido el 1 % superior) hoy se están complementando con datos tributarios y administrativos para llenar esas prolongadas brechas de conocimiento. De todos modos, necesitaremos desarrollar más y mejores indicadores que reflejen las diferentes manifestaciones de la desigualdad de modo que todos los actores –gobiernos, partes interesadas, instituciones multilaterales, organizaciones de la sociedad civil y medios de comunicación- puedan medir directamente los avances hacia el logro del ODS 10.

Las barreras a las políticas de reducción de la desigualdad suelen reflejar una falta de voluntad política para superarlas. Las autoridades deberían reconocer que la persistencia de grandes disparidades entre grupos no solo es perjudicial para la economía, sino también para la estabilidad política y social. Sin igualdad de oportunidades y políticas que reflejen narrativas de unidad no puede haber cohesión social ni confianza en las instituciones.

Los líderes mundiales evaluarán los avances hacia el logro del ODS en una cumbre que se celebrará en septiembre. Deben reafirmar su compromiso con los objetivos globales, y específicamente con el ODS 10. El Grupo del Banco Mundial centrará su energía y recursos en medir los avances entre hoy y el año 2030. Pero no bastará con eso. Para reducir la desigualdad a nivel planetario y dentro de los países será necesario que pensemos como una aldea global.

Mahmoud Mohieldin es Vicepresidente sénior del Grupo del Banco Mundial para la Agenda 2030 de Desarrollo de las Naciones Unidas. Carolina Sánchez-Páramo es Directora Global de Prácticas Mundiales sobre Pobreza e Igualdad del Banco Mundial.

© Project Syndicate 1995–2019.

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