Astérix contra el coronavirus | RED/ACCIÓN

Astérix contra el coronavirus

En 2017, el famoso cómic francés introdujo un personaje con el nombre de la pandemia y hoy eso, que parece una increíble predicción, es una buena excusa para hablar de este galo. Además: tres preguntas a Gabriela Cabezón Cámara, finalista del International Booker Prize.

¡Hola, amigos! Un episodio de Astérix y Obélix muy comentado en estos días me obliga a repasar mi historia personal con los galos porque, como dice el tango, siempre se vuelve al primer amor. Hoy me permito ponerme autorreferencial.

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En el imperio romano. En el cielo italiano se escucha “¡Coronavirus, coronavirus!”. Detrás de los cánticos, aparece un legionario enmascarado y terrorífico. Astérix, mi héroe personal, lo mira y dice: “¡Parece que todos animan a ese romano!”. “Es normal, ¿no?”, acota Obelix. “Tiene una bonita sonrisa”. “¡Es una máscara, Obélix!”, lo reta el galo.

  • Parece escrito hoy, pero no: Astérix en Italia salió en 2017 y fue uno de los episodios más comentados en estos días porque, justamente, en ese número aparece, de algún modo, el Covid-19. Es Julio César disfrazado y escondido detrás de la identidad de un tal Coronavirus que se vuelve famoso en Italia y casi una profecía a la manera de Nostradamus, pero bajo la firma Goscinny-Uderzo.

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Primer amor. En cuanto empezó esta, cómo decirle ¿peli de ciencia ficción?, me acordé enseguida de ese número, porque tengo una confesión que hacer: soy fan de Astérix desde que tengo memoria. Y así, grandes hitos de mi biografía están marcados por el amor a las aventuras de Astérix y Obélix.

Me gusta mucho el francés, me gustan sus autores y la posibilidad de leerlos en su idioma original. Pero el motivo por el que me propuse estudiarlo  a los 12 años fue para poder leer Las aventuras de Astérix y Obélix.

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Esta imagen es de mi colección de cómics.

Bien de familia. Soy la mayor de siete hermanos y madre de cuatro. Pienso: quizás ahí está la razón por la que se me encarnó esta historia de resistencia. Y a todos ellos, hermanos e hijos, intenté pasarles mi pasión. Los interné, bah. Así, el muñeco de apego de mi primer hijo fue un Obélix con el que durmió 32 años. Hasta se lo llevó al viaje de egresados y se bancó todas las cargadas. Lo cedió, con dolor, cuando tuvo a su primera hija: ella es su nueva dueña.

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Desamor. Uno de mis mejores amigos es igual de enfermo que yo. Cuando teníamos 18 años empezó a salir con una chica que le encantaba, pero el idilio duró hasta que en un asado ella preguntó qué era la poción mágica. Chau noviazgo. Me pareció hípercomprensible el motivo de la ruptura y me lo sigue pareciendo casi 40 años después.

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Una experiencia. Ese mismo amigo me contó que había visitado un campo de menhires cerca de Lisboa, camino a Évora, al que solo se podía llegar en auto. Hacia allí partí con mis hijos. Alquilé una camioneta y nos embarcamos en una carrera loca (era más lejos de lo que pensaba e iba a oscurecer) en la que se transgredieron todas las leyes viales portuguesas. Mis hijos gritaban y yo iba a las chapas, dejando las marcas de las llantas en la ruta en cada curva cerrada. Pero llegamos a ver la puesta del sol en uno de los paisajes más hermosos que se pueda imaginar. En ese momento sentí en carne propia el absurdo enamoramiento de Obélix por esas piedras.

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La tradición continúa. Hace pocas semanas, otro de mis hijos (no el del muñeco) me contó que la razón por la que es economista está en la lectura de Obélix y compañía. Algo de eso que leyó y entendió cuando tenía 8 años lo sedujo y perduró. Ahora intenta explicármelo con términos como burbuja especulativa, fluctuaciones de mercado, bien de Giffen y otros conceptos que no manejo ni a palos. Sus definiciones se apilan en mi cabeza sin ningún sentido, igual que en la historieta con Cayo Coyuntural intentando instruir a Obélix. Pero me anoto esa victoria y me hincho de orgullo: en la base de su profesión está mi amor… por Astérix.

  • Y no solo el coronavirus me lo trajo de vuelta a este viejo amor. Este 24 de marzo murió Albert Uderzo, una noticia triste dentro de muchas. Vaya esto como mi humilde homenaje al guionista de mi serie favorita y, de algún modo, guionista de mi vida.

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Foto: Daniel Mordzinski

Tres preguntas a Gabriela Cabezón Cámara [por Javier Sinay]. La versión británica de su novela Las aventuras de la China Iron está entre los seis finalistas del International Booker Prize, que premia la mejor ficción traducida al inglés.

  • Estás publicando un diario de cuarentena y en una entrada escribiste “No quiero volver a la normalidad”. ¿Por qué no?
    Yo no quiero volver a una normalidad en la que todo el tiempo tengo que exigirle a mi cuerpo más de lo que puede. Y tampoco quiero volver a una normalidad donde la desigualdad y la ley del más fuerte sea lo único que impera.
  • ¿Cómo fue la génesis de Las aventuras de la China Iron y por qué había que escribirlo?
    Me había caído como del cielo una beca de la Universidad de California para ser escritora residente en Berkeley. Fue una hermosura, era un lugar muy verde y ahí descubrí el pinot noir. Para dar un taller que me habían pedido, me puse a leer gauchesca y me saltó a la vista que no había voces de mujeres. Y así un día, en ese ambiente de maravilla, me dije: ¡lo que hay que hacer es escribir la voz de la China y contar ese mundo desde otra perspectiva! Era algo que estaba en el aire…
  • ¿Qué fue lo mejor que leíste últimamente?
    Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez.

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Va un fuerte abrazo,

Flor

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