Alejandra López | RED/ACCIÓN
Sie7e Párrafos | 9 de enero de 2019

Autobiografía del espacio de trabajo, lecturas e influencias de Giorgio Agamben

Autorretrato en el estudio
Giorgio Agamben
Adriana Hidalgo

Alejandra López, fotógrafa. Retratista.Trabajó en varios medios gráficos como Clarín, donde realizó innumerables retratos de personajes del espectáculo, La Nación, Bacanal, Elle, Harper’s Bazaar.

Uno (mi comentario)

Agamben se propone recorrer los distintos estudios donde escribió su obra (Venecia, París, Roma) y nos lleva de la mano por el pequeño museo que los habita: fotografías, postales, cartas, reproducciones de pinturas, libros. Todos los objetos desencadenan reflexiones, recuerdos, historias donde desfilan sus amigos, colegas, maestros, (la lista es abrumadora: Pasolini, Simone Weil, Ramón Gaya, José Bergamín, Elsa Morante, Giorgio Urbani y por supuesto Heidegger y muchísimos más). También es un recorrido por sus lecturas y sus autores adorados (Benjamin). Es un texto cálido, un poco melancólico, con una idea central: la de definirse como un epígono, alguien que existe a partir de los otros, que no reniega de esa dependencia sino que vive en una continua y feliz epigénesis.

Dos (la selección)

Se dice que a los viejos sólo les queda un cuerda para tocar. Y es, tal vez, una cuerda desafinada, que produce lo que Stefano llamah “la nota del lobo”. Sin embargo, esa nota desafinada suena más larga y profunda que el instrumento intacte de la juventud.

Tres

Smara en sánscrito significa tanto amor como memoria. Se ama a alguien porque se lo recuerda y, viceversa, se recuerda porque se ama. Amando se recuerda y recordando se ama y, al final, amamos el recuerdo -es decir, el amor mismo- y recordamos el amor, es decir, el recuerdo mismo. Por esto amar significa no llegar a olvidar, a sacarse de la mente un rostro, un gesto, una luz. Pero también significa que, en realidad, ya no podemos tener un recuerdo de ellos, que el amor está más allá del recuerdo, inmemorable, incesantemente presente.

Cuatro

Etty Hillesum escribe en sus diarios que un alma puede tener para siempre doce años. Esto significa que la edad que figura en nuestros documentos cambia con el tiempo, pero el alma tiene una edad que desde el nacimiento hasta la muerte permanece inmutable. No sé con exactitud cuál es la edad de mi alma, pero sin duda no debe ser mayor, en cualquier caso no más de nueve años, a juzgar por cómo me parece reconocerla en mis recuerdos de aquella edad, que por esto han permanecido tan vivos y eficaces. Cada año que pasa, la brecha entre la edad que consta en mi documento de identidad y la de mi alma aumenta, y la sensación de esta divergencia es una inescindible del modo en que vivo mi vida, de sus grandes descompensaciones como de sus precarios equilibrios.

Cinco

A su lado, dentro del tarjetero, hay una fotografía de una de las últimas telas de Tiziano, el Desollamiento de Marsias, conservada en la pinacoteca del Castillo de Kromeriz. Hace muchos años que no dejo de meditar sobre este cuadro, en el cual Tiziano se representa como Midas, que observa con compasión el suplico del sátiro. No puedo dejar de asociarlo con la invocación de Dante al comienzo del Paraíso, que considera una imagen de la inspiración que se lo arranque por la fuerza de su propia piel:

Penetra en mi pecho y habla por mi boca
Igual que cuando Marsias de la vaina
De sus miembros aún vivos arrancaste.

Seis

Lo inolvidable aquí no es lo que está depositado de modo imperecedero en los archivos de la memoria. Por el contrario, verdaderamente inolvidable es no sólo lo que exige no ser olvidado aunque nadie lo recuerde, sino y ante todo aquello que exige recordado en cuanto olvidado. Más profunda que cualquier recuerdo es la relación que el alma entabla con todo lo que ha sido olvidado desde siempre, pues en ningún caso podría estar inscripto en los registros de la reminiscencia. Inolvidable es la vida misma, en todas las infinitas operaciones que el cuerpo realiza a cada instante sin que sea posible tener conciencia ni recuerdo de ellas; inolvidable es la vida “sin recipiente ni forma” que un poeta de diecinueve años se quitó en Berlín el 8 de agosto de 1914.

Siete

¿Qué le debo a Benjamin? La deuda es a tal punto incalculable que no puedo siquiera intentar dar una respuesta. Una cosa al menos es segura: la capacidad de extraer y arrancar por la fuerza de su contexto histórico aquello que me interesa para volver a darle vida y hacerlo obrar en el presente. La operación debe realizarse tomando todos los posibles recaudos filológicos, pero debe hacerse hasta el fondo y resueltamente. Sin esto, mis incursiones en la teología, en el derecho, en la política y en la literatura no habrían sido posibles.


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