El hijo judío, comentado por Alejandro López | RED/ACCIÓN

El hijo judío, comentado por Alejandro López

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

El hijo judío
Daniel Guebel
Random House

Uno (mi comentario)

Es una novela hermosísima y conmovedora. No se me ocurren un adjetivos mejores. El narrador habla de su infancia, de la relación con su padre (antes y ahora, en que ese padre autoritario se ha transformado en un viejo confundido al que tiene que cuidar) y de la literatura como impulso vital. Y además, teje su autobiografía dialogando con Kafka. Es un texto breve, entre tierno y triste, escrito maravillosamente. 

Dos (la selección)

Leída en la edad adulta, la Carta al padre despierta pena por ese pobre hombre que se deslomó durante toda la vida para mantener dignamente a su familia y en los albores de la vejez debió enfrentarse a la evidencia de que había criado un hijo debilucho, una rata raquítica vegetariana que lo menospreciaba mientras fingía la mayor de las sumisiones. Me hubiese gustado tener un padre como él. Hubiese sido todo mucho más sencillo. En cambio yo... Yo, que solo esperaba un poco de aceptación y respeto y de amor, y que no guardaba en mi ánimo la menor voluntad de reproche,- solo conseguí golpes. Dudo mucho de que don Hermann se atreviera a alzar la mano sobre Franz.- 

Tres

“Rayo”, me dice. “¿Estás rayado?”, le digo. “Sí”. “¿Qué te pasa, papá?”. Inclina la cabeza, alza las manos y las mueve como si tratara de hacer girar tornillos, o más bien bulones, para que atraviesen la osatura del cráneo y le ajusten las volutas del cerebro. Después estira el dedo índice de la mano derecha y hacer el gesto de disparar. “¿Querés morir?”. “Sí”. “¿Querés matarte?”. “Sí”. “¿Querés matarte vos mismo?”. “Sí”. “¿Querés que te consiga una pistola?”. “Sí”. “¿Una de cebita o de las que disparan agua?”. Ríe. Baja la vista. 

Cuatro

El hecho es que la sentencia paterna sobre el fin del amor arruinó, de una manera completamente inesperada, y desde el inicio, la posibilidad de que yo desarrollara relaciones sentimentales completas, complejas y adultas. Como si la decisión de mi padre obrara a modo de una especie de sentencia anticipatoria, yo quedé marcado por la idea de que a la corta o a la larga reproduciría ese modelo de fracaso, por lo que un elemental principio de ética respecto del trato con el sexo opuesto me sustrajo desde el inicio a todo compromiso serio. 

Cinco

Pero eso, al tiempo que me irritaba, no dejaba de conmoverme. En eso, en su dedicación secreta, en su modesta voluntad de colaborar, en su devoción oculta y su disimulado orgullo, fue mejor y más íntegro que don Hermann Kafka, quien, cada vez que el hijo le entregaba un manuscrito buscando su aprobación, le decía: “Dejámelo sobre la mesa de luz” y nunca lo abría, o a lo sumo contestaba a las semanas: “Ah, eso… No, todavía no lo miré…”. A diferencia de Franz Kafka, más cerca del pequeño escribiente florentino, yo escribo en esta noche para que no me lea mi padre, y si copio su voluntad de letra es por extensión imaginaria de su intención que no cuajó. 

Seis

Pierdo la vida si no puedo escribir algo. Debería dejarme crecer las uñas para clavarlas en la madera del escritorio, o mejor los dientes. Claro que así no se puede escribir. Idiota. Idiota. Basta de esto. Hace unos meses vi unas viejas fotos en blanco y negro que sacó mi tío Alberto: mi padre y yo corremos por un parque, mi padre me sostiene y yo estoy sentado sobre el capot de nuestro Peugeot 403, reímos. Mi madre usa anteojos con lentejuelas y perlas falsas y sonríe. ¿Qué cuento siniestro estoy contando, entonces?

Siete

Ese espacio siempre en busca de su expansión y siempre a punto de estallar fue y sigue siendo para mí la literatura. Tal vez mi padre podía leer mis pensamientos o deducirlos de mis acciones. Pero lo que no fue capaz de hacer, debido a la velocidad e intensidad con que me sumergí en la lectura apenas aprendí a leer, era seguirme por ese territorio.


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