Actualidad | 1 de noviembre

¿Puede un país acelerar su crecimiento endeudándose en el extranjero?

A propósito del debate en la Argentina, que un país se endeude en el extranjero no es necesariamente malo. Si se hace responsablemente, se fomenta el crecimiento. Ese endeudamiento ha permitido que países como Corea del Sur y Singapur se desarrollen. Pero es necesario cambios profundos de las reglas del juego internacionales de modo que los países que se endeudan para invertir no queden a merced de los caprichos de los mercados internacionales de capital. El tema será debatido en la Cumbre G20 de Buenos Aires.

“Hoy día, es pecado incurrir en un déficit de cuenta corriente, lo que es una locura”, lamentó el Vice Primer Ministro de Singapur, Tharman Shanmugaratnam, en la reunión anual del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial sostenida en Bali a principios de octubre. Los ministros que pudieron, se jactaron del equilibrio de sus cuentas corrientes, mientras que las autoridades de países con déficits fueron tratadas como herejes. No obstante, Tharman recordó ante el público, países como Corea del Sur y Singapur “crecieron incurriendo en déficits de cuenta corriente en las etapas tempranas del desarrollo, para poder así invertir y hacer posible el crecimiento mientras acumulábamos ahorros”.

La teoría económica concuerda plenamente con Tharman. Para adquirir una casa, una familia no necesita esperar que el monto de sus ahorros equivalga al valor del inmueble. Por el contrario, es razonable pedir un préstamo mientras los padres son jóvenes y tienen ingresos relativamente bajos, y repagarlo más adelante cuando su situación económica es más sólida. Esta misma lógica se aplica a un país en desarrollo, el cual, para salir de la pobreza, debería incurrir en un déficit y endeudarse cuando todavía es pobre.

Endeudarse como estrategia de desarrollo

En un país pobre, el capital –ya sean fábricas, infraestructura o escuelas– es escaso, de modo que la tasa de retorno de una inversión nueva es alta. Es precisamente la brecha entre la rentabilidad de su inversión y la tasa de interés de sus deudas lo que permite que un país pobre prospere. Esta es la estrategia que hizo ricas a Singapur, Corea del Sur y otras naciones exitosas.

A los países que incurren en déficits se les trata como pecadores, porque al hacerlo pasan a depender del tristemente impredecible capital extranjero. Endeudarse en el exterior puede fomentar el crecimiento económico de un país, pero al mismo tiempo lo deja vulnerable frente a las crisis.

Los riesgos de financiar el crecimiento con deuda

Todo marcha bien siempre que los inversores extranjeros sigan prestando y el país siga invirtiendo. Pero si los inversionistas se espantan, la resultante “parada súbita” en los flujos de capital exige que, de la noche a la mañana, el país disminuya importaciones clave, gatillando una recesión.

En ese momento, los inversionistas asustados no solo pueden negarse a otorgar nuevos préstamos, sino que también pueden exigir el repago de los previos. En ese caso, la banca y las empresas locales se ven obligadas a liquidar inversiones. Pero si hay muchos vendedores y pocos compradores, los precios de los activos solo pueden bajar bruscamente, lo que se traduce en quiebras y una profunda crisis financiera. Con ello se reivindican las expectativas pesimistas iniciales de los inversionistas.

El ejemplo de Argentina

Esto es exactamente lo que ha sucedido en numerosas economías emergentes durante el último cuarto de siglo. Es también lo que sucedió en Argentina no hace mucho: luego de una freno súbito en los flujos de capital, el peso perdió la mitad de su valor y la economía cayó en recesión (menos mal que una crisis financiera generalizada no fue la consecuencia). No sorprende, entonces, que los déficits de cuenta corriente parezcan pecaminosos.

Los países emergentes que comprenden estos riesgos suelen hacer una de dos cosas: aplicar políticas fiscales y monetarias tan estrictas que los déficits de cuenta corriente son imposibles, o mantener amplios stocks de reservas internacionales. La primera estrategia equivale a que una familia prescinda de todo préstamo al adquirir una casa propia. La segunda equivale a endeudarse solo en la misma cantidad que ya se tiene ahorrada. Ninguna de las dos estrategias es muy razonable desde el punto de vista de la eficiencia.

La propuesta al G20

Volvamos a Tharman, quien presidió un grupo nombrado por los gobiernos del G20 para proponer reformas financieras internacionales (yo fui uno de sus integrantes). En un informe que presentó a los ministros de hacienda y a los presidentes de los bancos centrales reunidos en Bali, el grupo sostiene que es posible que los países se beneficien de préstamos desde el extranjero sin correr el riesgo de crisis ni de una excesiva volatilidad de los mercados. Pero esto requiere de cambios profundos en los marcos de las políticas locales y globales.

El informe comienza por reconocer que las economías emergentes deberían desarrollar sus mercados financieros locales. Una parte del financiamiento de las inversiones tiene que provenir de fuentes locales, del mismo modo que la cuota inicial del pago de una casa debe provenir de los ahorros de una familia prudente. Además, los préstamos locales suelen ser en la moneda nacional, lo que protege a los deudores del riesgo cambiario.

El rol de un red de seguridad financiera global

El informe también propone un mecanismo mejorado de vigilancia global. El hecho de que algunas crisis financieras sean causadas por el pesimismo autocumplido no debería ocultar la realidad de que otras obedecen a políticas erradas. Si se identifican y corrigen estos errores antes de que sea demasiado tarde, el mundo tiene una probabilidad más alta de evitar la próxima ronda de colapsos. Y puesto que las crisis financieras contagian e imponen costos a otros países con buenas políticas, una vigilancia más efectiva significa que los chicos “bien comportados” del vecindario también gozarán de mayor seguridad.

En su aspecto más crucial, el informe propone crear una red de seguridad financiera global muy mejorada, que asegure a los países una buena protección frente a la volatilidad excesiva de los flujos de capital y a los pánicos autocumplidos en los mercados financieros.

La red de seguridad financiera global se ha ampliado desde la crisis de hace una década. El informe indica que en 2006, el 90% de los recursos de la red provenía del FMI, pero en 2016 este organismo proveía solo un tercio de dichos recursos, mientras que el resto provenía de acuerdos financieros regionales y de convenios de canje bilaterales.

Sin embargo, los acuerdos regionales no existen en todos los continentes, y solo un número limitado de bancos centrales tiene acceso a convenios de canje. Todavía más, según el informe, estos nuevos mecanismos de financiamiento “no han sido probados en una crisis”, “están sujetos a las condiciones que imperan en los países que los proporcionan”, y “no cubren” varias economías de importancia “sistémica”. Por último, pero no por ello de menos peso, “el sistema en general carece de la coordinación necesaria”.

A fin de asegurar que los países tengan acceso oportuno a ayuda pasajera durante las crisis de liquidez, es preciso conectar los diversos componentes de la red de seguridad financiera global. Y el corazón de una red mejorada debería estar constituido por una nueva línea permanente de liquidez en el FMI. Para garantizar que este financiamiento adicional sea suficiente para enfrentar crisis de liquidez semejantes a la de 2008-2009, el FMI necesitará acceso a mayores recursos, ya sea a endeudándose directamente en el mercado o por otros medios.

Los escépticos señalarán que los intentos previos por establecer líneas permanentes de liquidez en el FMI han fracasado porque acceder a ellas era demasiado engorroso o estigmatizante. Pero esa no es una razón para no volver a intentarlo, especialmente dado que cada vez hay más evidencia de que las crisis de liquidez fácilmente se transforman en problemas de solvencia que con rapidez traspasan fronteras regionales y nacionales. Las pérdidas resultantes en los ámbitos del empleo y la producción causan gran sufrimiento humano que se habría podido evitar si hubiesen existido las políticas adecuadas.

Para hacer frente a las objeciones de siempre sobre el riesgo moral, la nueva línea exigiría que los países precalificaran demostrando que tienen políticas internas sólidas. Y, precalificar para la ayuda del FMI también implicaría acceso al acuerdo financiero regional relevante, de existir, con lo que se contribuiría a integrar el sistema en general.

En la reunión de Bali, el Banco Mundial develó su nuevo Índice de Capital Humano, en el que Singapur y Corea del Sur ocupan los primeros puestos. Las economías emergentes deberían apuntar a emular los logros en educación y salud de estos dos países y, al mismo tiempo, emular el modo en que Singapur y Corea del Sur financiaron todas sus escuelas y hospitales: endeudándose en el exterior e incurriendo en déficits externos cuando fue necesario. Pero ello será imposible sin tener políticas globales nuevas y audaces, que controlen la dañina volatilidad de los flujos de capital. El informe muestra cómo; ahora hace falta la voluntad política para hacer posible ese cambio.

Traducción de Ana María Velasco

Andrés Velasco, ex Ministro de Hacienda de Chile, es Decano de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics and Political Science. Es autor de numerosos libros y artículos sobre economía internacional y desarrollo, y ha sido catedrático de la Universidad de Harvard, de la Universidad de Columbia y de New York University.

© Project Syndicate 1995–2018 | Foto: Juan Mabromata – AFP

Actualidad | 4 de septiembre

El ABC de las crisis: por qué golpea a la Argentina más que al resto de las economías emergentes

Supongamos dos países, A y B. A tiene un déficit fiscal de poco más del 5% del PIB, mientras que el de B alcanza al 9%. Todavía más, hasta hace poco la deuda pública de A apenas excedía el 50% del PIB, mientras que la de B ha ido aumentando y pronto llegará al 90%.

Entre estos dos países, es más probable que B sufra una crisis monetaria, ¿o no?

No es así. A es Argentina y B es Brasil. Desde comienzos de 2018, el peso argentino ha perdido la mitad de su valor. Casi sin divisas, Argentina ha tenido que adoptar medidas de austeridad para obtener un rescate de 50 mil millones de dólares del Fondo Monetario Internacional, pero ni siquiera esto ha calmado a los inversionistas. Entre tanto, el real brasileño se ha debilitado, más que nada en respuesta a lo incierto del resultado de las elecciones presidenciales de octubre, pero no se vislumbra una crisis financiera obvia en el horizonte.

Según la lógica convencional, Argentina está aproblemada pero Brasil no lo está por la diferencia entre sus cuentas corrientes: a fines de 2017, la de Argentina tenía un déficit de cerca del 5% del PIB, en contraste con el casi equilibrio de la de Brasil. Dado que Brasil no necesita depender de acreedores extranjeros, los mercados financieros apenas se inmutan incluso cuando los políticos hacen extravagantes promesas en sus campañas.

Lo anterior algo tiene de correcto. La repentina paralización de los flujos de capitales internacionales requiere que Argentina reduzca sus importaciones y aumente sus exportaciones de la noche a la mañana, lo que exige que su moneda sufra una importante devaluación.

El problema de la cuenta corriente

Pero la historia no termina aquí. Recordemos que la cuenta corriente es la diferencia entre lo que un país invierte y lo que ahorra. El déficit de Argentina revela que ella invierte en su capacidad productiva más de lo que ahorran su gobierno y su sector privado juntos: el 19% versus el 14% del PIB.

En contraste, la equilibrada cuenta corriente de Brasil, junto con su déficit fiscal de casi el 9% del PIB, significa que las empresas y los hogares del país deben tener un superávit de exactamente el mismo 9% del PIB. Dicho de otro modo, el sector privado de Brasil prefiere invertir en bonos del gobierno que en capital fijo. Puesto que el gobierno brasileño invierte poco, la inversión total del país, en torno al 15% del PIB, es minúscula. (El vecino Chile invierte el 23%, mientras que India y China invierten el 33% y el 44% respectivamente).

Entonces, ¿cuál de los dos países debería ser visto como más seguro por los prestamistas, el que dedica casi un quinto de sus recursos anuales a aumentar su capacidad productiva (y por lo tanto su capacidad de repago en el futuro), o el que invierte considerablemente menos? Los brasileños pueden debatir incansablemente acerca de si las generosas pensiones gubernamentales que explican gran parte de su déficit son justas o injustas, pero lo que está claro es que tener jubilados con buena situación económica hoy día no garantiza que Brasil tendrá recursos para pagar sus deudas mañana.

Entonces, ¿por qué no toman esto en cuenta los mercados? ¿No deberían preocuparse de Brasil y dejar en paz a Argentina?

El factor de las reservas

Aquí surge la siguiente línea de defensa de la lógica convencional: Brasil dispone de 360 mil millones de dólares de reservas, mientras que Argentina apenas tiene alrededor 50 mil millones, más el monto no desembolsado del préstamo del FMI. Pero, ¿por qué habría de importar esta diferencia? Los dos países tienen moneda flotante, lo que supone que sus bancos centrales no intervienen en la venta ni en la adquisición de divisas, y por lo tanto en teoría no necesitan reservas.

Además –y este punto es fundamental– ¿por qué tratar las reservas de manera diferente a los otros activos del balance nacional? Supongamos que Ilan Goldfajn, el respetado presidente del Banco Central de Brasil, emite un bono en Nueva York y emplea esos dólares en incrementar las reservas internacionales de su país. Lo mejor que podría pasar es que los agentes del mercado aplaudan su decisión, y lo peor que permanezcan indiferentes porque que la deuda neta de Brasil no ha variado.

Ahora supongamos que uno de los exportadores agrícolas privados de Argentina también emite un bono internacional y emplea esos dólares en ampliar una de sus modernas y competitivas plantas de lácteos, con el fin de vender más leche en polvo al Asia. Es posible que esto sea aplaudido por los analistas de acciones, pero si una operación semejante se repite muchas veces preocupará a los expertos en macroeconomía, puesto que ello incrementaría la deuda neta del país.

La diferencia evidentemente reside en que, al calcular la deuda neta de un país, la convención permite restar un tipo de activo (las reservas internacionales), pero no otro (la nueva planta de lácteos). La explicación estándar es que la planta es menos líquida que las reservas, las que se pueden convertir en efectivo de modo instantáneo. Sin embargo, en presencia de mercados financieros que funcionan bien y de un sistema jurídico sólido, la planta se puede hipotecar y así también convertirla rápidamente en efectivo.

Además, en el futuro la planta generará un contundente flujo de dólares (lo que implica una rentabilidad elevada), mientras que las reservas internacionales probablemente rindan muy poco, e incluso puede que su rentabilidad sea negativa si se las deposita en el extranjero. Por otra parte, ciertas decisiones que aumentan la liquidez hoy bien pueden disminuirla mañana. En respuesta a las presiones del mercado, hoy día Argentina está cancelando inversiones en infraestructura que parecen muy necesarias. Esto ahorrará algunos dólares a corto plazo, pero hará que el país sea menos capaz de generar dólares en el mediano plazo.

La arbitrariedad de los mercados

La conclusión es que las convenciones para medir el endeudamiento o la liquidez de un país pueden ser bastante arbitrarias. Y –esto resulta crucial– la liquidez es endógena: puede crearse en momentos de optimismo y destruirse de manera instantánea cuando colapsa la confianza. Las acciones, los bonos, e incluso las plantas de lácteos, son altamente líquidos cuando todos quieren adquirirlos, pero sucede lo opuesto a la hora de deshacerse de ellos cuando todos quieren vender en medio de un pánico.

Es decir, las crisis de liquidez pueden ocurrir de manera bastante inesperada y por razones que no suelen estar relacionadas con las condiciones económicas subyacentes. Argentina optó por un ajuste fiscal gradual y pasó a ser la estrella de los mercados –hasta que inesperadamente dejó de serlo–. En realidad, un par de decisiones equivocadas por parte del Banco Central contribuyó a minar la confianza. Pero cualquier otro factor (por ejemplo, contagio con Turquía) también pudo haber gatillado el ataque contra el peso.

El lenguaje de corte bíblico que se suele emplear para describir las crisis de los mercados emergentes (países “virtuosos” versus “derrochadores”, por ejemplo) no es apropiado, puesto que, como hemos visto, el mercado no siempre castiga por sus supuestos pecados a los imprudentes pero líquidos, mientras que los ahorrativos pero ilíquidos bien pueden recibir una sanción por parte del mercado.

Una lección más útil es que los países no deberían ponerse en una situación que permita que las preocupaciones acerca de la liquidez sean las únicas que cuentan. La vía del ajuste gradual adoptada por Argentina parecía plausible, excepto que eventualmente dejó al país vulnerable a la lógica (o ilógica) de la liquidez.

Finalmente, pero no por ello menos importante, hay algo que no funciona bien en estos mercados financieros internacionales que exponen a tantos países, con tanta frecuencia, a crisis de liquidez autocumplidas. ¿Se necesita más capital y menos deuda? ¿Más proyectos de infraestructura concesionados, del tipo build-operate-and-transfer, y menos obras financiadas con bonos? ¿Un prestamista mundial de última instancia en dólares que sea más grande y más rápido que el FMI?

La crisis financiera europea se contuvo cuando Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo se comprometió a hacer “lo que sea necesario” para salvar el euro. ¿Quién desempeñará el papel de Draghi en el drama argentino?

Traducción por Ana María Velasco

Andrés Velasco, exministro de Hacienda de Chile, es autor de numerosos libros y artículos sobre economía internacional y desarrollo. Ha sido catedrático de la Universidad de Harvard, de la Universidad de Columbia y de New York University.

© Project Syndicate 1995–2018 | Juan Mabromata – AFP

Actualidad | 8 de agosto

La política identitaria liberal es una respuesta al nacionalismo y la xenofobia

Mientras más globalizada se vuelve la economía, más depende la política alrededor del mundo de identidades muy locales. Las sociedades abiertas educan o atraen a personas con diversos y valiosos conocimientos, y prosperan de esa manera. Es hora de que más líderes comiencen a destacar este hecho y saquen ventajas electorales del mismo.

Pronunciar las palabras política identitaria hoy en día conlleva el riesgo de que se desate una polémica. En la izquierda estadounidense, casi toda la política es de esta índole, lo que saca de quicio a la derecha de ese país. Y no solo a la derecha: intelectuales liberales como Mark Lilla de la Universidad de Columbia sostienen, de manera cada vez más persuasiva, que la política identitaria es mala como política electoral. Según afirman, es muy posible que la culpa de que Donald Trump haya sido elegido recaiga en un Partido Demócrata débil, que es poco más que un mosaico compuesto por una infinidad de grupos diferentes, basados cada uno en su propia identidad.

El problema es que algunos críticos de la política identitaria presumen que en realidad existe política desligada de la identidad. Sin embargo, al echar un vistazo alrededor del mundo se advierte exactamente lo opuesto: lo que tienen en común los partidarios del Brexit, los nacionalistas rusos y los fundamentalistas islámicos es que todas sus posturas políticas se relacionan con la identidad. Y ¿qué es la violenta reacción contra la inmigración si no la afirmación de la primacía de una identidad sobre otra? Mientras más globalizada se vuelve la economía, más depende la política alrededor del mundo de identidades muy locales.

¿Por qué es preocupante esto? Y ¿qué se puede hacer a su respecto?

Empecemos por lo obvio: no toda forma de política identitaria es nociva. En una era de falta generalizada de confianza en los políticos, es de celebrar que un elector se identifique con un candidato. La familiaridad (y la similitud) pueden dar origen a la confianza en lugar de al desprecio. Es más probable que una votante mujer se identifique con una candidata mujer; y lo mismo vale para miembros de minorías étnicas o religiosas.

A su vez, es más probable que los políticos actúen de modo coherente con los intereses de aquellos ciudadanos con quienes comparten una identidad. Es posible que sin Martin Luther King, Jr. y otros inspiradores líderes afroamericanos, no hubiera existido el movimiento por los derechos civiles. Raghabendra Chattopadhyay del Indian Institute of Management y Esther Duflo del MIT, han demostrado que en India quienes mejor atienden los problemas de la mujer son las mujeres que han sido elegidas para ocupar puestos políticos. Rohini Pande de la Universidad de Harvard ha encontrado que sucede algo similar cuando miembros de castas desaventajadas llegan al poder.

De modo que la identidad puede mejorar la representatividad de la democracia representativa. Y en un momento en que escasea la credibilidad de los políticos, los candidatos con identidad más clara pueden hacer promesas más creíbles. Este es uno de los aspectos positivos de la política identitaria.

Pero, también existe un aspecto negativo –varios, en realidad–. El más evidente es que un sistema político marcado por diferentes identidades puede fragmentarse fácilmente. Y si los valores, preferencias o intereses de dichas identidades son muy diferentes, no hay mayor distancia entre la fragmentación y la polarización. En Irlanda del Norte, católicos y protestantes ciertamente tenían identidades fuertes, al igual que los hutus y los tutsis en Ruanda, lo que no fue parte de la solución, sino del problema.

Existe también el riesgo de que la política identitaria reemplace –o debilite fuertemente– la necesidad de justicia económica. Es evidente que muchas injusticias son tanto económicas como identitarias. No es coincidencia que las personas de descendencia africana en Estados Unidos o las poblaciones indígenas en América Latina, se encuentren entre los grupos de mayor pobreza.

No obstante, hay veces en que la discriminación no se basa en la identidad sino en la clase social (Karl Marx no está completamente muerto). En otros casos, el fracaso económico no discrimina. Un crecimiento económico lento puede mantener bajas todas las remuneraciones. Los colapsos que siguen a las burbujas financieras causan desempleo y sufrimiento entre personas de todas las etnias y géneros. Si el foco en la identidad nos lleva a dejar de prestarle atención a la economía, todos sufrimos.

Otro problema, como lo ha señalado Ricardo Hausmann, reside en que el conocimiento necesario para hacer que crezca una economía moderna, no se encuentra en libros de texto, sino al interior de individuos. Y si a estos se los ahuyenta porque su identidad es diferente, ciertamente lo que sufre es la prosperidad económica.

Esto es lo que ha conseguido el chavismo en Venezuela: tras que se despidiera o exiliara a los ingenieros que manejaban la empresa estatal de petróleo, la producción petrolera colapsó, arrastrando consigo a toda la economía venezolana.
El peligro más grande reside en que las identidades pueden manipularse para obtener ventajas políticas. Eso es precisamente lo que hacen los populistas. Las identidades no son fijas, como tampoco lo son las reglas de conducta que ellas conllevan.

Se puede ser un patriota acérrimo sin detestar a los ciudadanos de un país vecino. Sin embargo, en la historia abundan los ejemplos de líderes carismáticos que avivan el tóxico fuego del chauvinismo. Cada vez que el presidente de Bolivia, Evo Morales, enfrenta algún problema político interno, emite una proclama contra Chile, lo que parece haberle dado resultados: lleva 12 años en el poder y, según dice la prensa, se postulará a un cuarto período en 2019.

La solución es el pluralismo

Políticos como Nelson Mandela y Barack Obama son admirados, y con razón, por haber practicado una política y un lenguaje de la inclusión. Todos –blancos y negros, ricos y pobres– tenían cabida en las grandes carpas que erigieron. Sin embargo, hoy parecen llevar la delantera quienes practican la retórica de la división: el muro de Donald Trump y las fronteras cerradas de Viktor Orbán atraen a gran número de votantes.

Afortunadamente, esto no es lo único que atrae votos. Los demócratas liberales creen en el nosotros común de los ciudadanos que tienen los mismos derechos. El desafío está en construir una identidad compartida centrada en estos valores liberales, y demostrar que estamos orgullosos de nuestros países precisamente porque ellos encarnan dichos valores. Esto es lo que han logrado tan bien el Primer Ministro Justin Trudeau en Canadá y el Presidente Emmanuel Macron en Francia.

Ese nosotros común más amplio puede ayudar no solo en el ámbito electoral, sino también en el económico. Las sociedades abiertas educan o atraen a individuos que tienen variados y valiosos tipos de conocimiento y, al hacerlo, prosperan. El pluralismo es la solución al problema de Hausmann. No es coincidencia que las ciudades tolerantes y diversas, como San Francisco y Nueva York, también tengan algunos de los ingresos más altos del mundo.

Entonces, en realidad existe una política identitaria liberal. Y puede ser muy efectiva. Es hora de que más líderes comiencen a practicarla.

Traducción por Ana María Velasco

Andrés Velasco, exministro de Hacienda de Chile, es autor de numerosos libros y artículos sobre economía internacional y desarrollo. Ha sido catedrático de la Universidad de Harvard, de la Universidad de Columbia y de New York University.

Copyright: Project Syndicate, 2018.

Actualidad | 29 de junio

AMLO, la amenaza populista a la democracia mexicana

Los gurús de los mercados financieros no están planteando la pregunta correcta. La cuestión clave no es el daño que él pueda hacerle a la economía. El populismo debilita los mecanismos de consulta y contrapeso, pisotea las instituciones, y reemplaza la deliberación pluralista por el liderazgo supuestamente infalible de un solo líder carismático.

Con el resultado de la elección presidencial del 1 de julio en México prácticamente seguro, los analistas de los mercados financieros se preguntan ahora qué tan negativo será el efecto en la economía de Andrés Manuel López Obrador (popularmente conocido como AMLO). La respuesta honesta es que, en realidad, nadie lo sabe con certeza.

La verdad es que hay pocas cosas que les gusten más a los mercados que concluir que un populista no es tan malo después de todo. Al igual de lo que hicieron con el Presidente Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil y Ollanta Humala en Perú, entre otros, los entendidos se están apresurando a encontrar razones para el optimismo.

Un motivo de esperanza es que AMLO ha moderado su incendiaria retórica y ya no amenaza con eliminar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Otro es que los populistas latinoamericanos también pueden ser estrictos en materia fiscal, como lo ha demostrado Evo Morales en Bolivia. El desempeño de AMLO como alcalde de Ciudad de México fue fiscalmente sólido, y Carlos Urzúa, su probable ministro de hacienda, jugó un papel en ello.

Más aún, el banco central de México es competente y tiene una larga tradición de independencia. El jefe de campaña de AMLO ha invertido mucho tiempo intentando crear confianza entre los inversionistas, y es posible que los mercados ya hayan incorporado el costo de lo que AMLO pueda hacer. Y así la lista continúa.

Probablemente todo esto sea verdad, pero también es de importancia secundaria. Los gurús de los mercados financieros no están planteando la pregunta correcta. La cuestión clave no es el daño que AMLO pueda hacerle a la economía, sino a la democracia mexicana. Y en este ámbito las noticias no son buenas.

El populismo político es una amenaza creciente a la democracia liberal

Es cierto que el populismo es un enfoque de política económica que se niega a reconocer la existencia de limitaciones presupuestarias. En consecuencia, cuando los populistas están en el poder, tienden a recaudar montos insuficientes, a gastar y a endeudarse demasiado, y a permitir que aumente la inflación.

Pero, además –y por sobre todo– el populismo es un estilo de política que debilita los mecanismos de consulta y contrapeso, pisotea las instituciones, y reemplaza la deliberación pluralista por el liderazgo supuestamente infalible de un solo líder carismático. Debido a estas razones, como lo subrayan académicos que van desde Jan-Werner Muller de la Universidad de Princeton hasta Yascha Mounk de la Universidad de Harvard, el populismo político es una amenaza creciente a la democracia liberal.

Es posible que Estados Unidos y Europa recién descubran (o redescubran) esto, pero los latinoamericanos saben bien, a partir de su historia, que el populismo entraña una peligrosa veta autoritaria. Desde Getúlio Vargas en Brasil y Juan Domingo Perón en Argentina hace décadas, hasta Daniel Ortega en Nicaragua y Nicolás Maduro en Venezuela hoy día, los populistas han abusado de las normas democráticas y, en algunos casos, se han convertido en dictadores. AMLO se ha ceñido a las reglas del juego democrático durante la mayor parte de su larga carrera política. Sin embargo, no es necesario creer que es chavista o castrista –no lo es– para llegar a la conclusión de que su presidencia podría debilitar aún más las ya vulnerables instituciones de la democracia mexicana.

El comportamiento de AMLO luego de que perdiera la elección presidencial de 2006 por solo el 0,5% de los votos, sugiere lo que podría estar por venir. Sin presentar la más mínima prueba, afirmó que le habían robado la elección y, en un intento inútil por evitar que el ganador asumiera el poder, se instaló a acampar en la plaza principal de Ciudad de México. De hecho, el país había progresado mucho en cuanto a reformas democráticas, fortaleciendo el Instituto Federal Electoral (IFE), que es independiente, para que supervisara un proceso electoral que, según el escritor y periodista Héctor Aguilar Camín, fue el “más competido y mejor contado de la historia de México”. Pero, esto no impidió que AMLO se refiriera a los consejeros del IFE como “delincuentes”, a las elecciones como un “cochinero”, y al ganador, Felipe Calderón, como un “presidente ilegítimo”.

La corrupción se tomó la campaña

No debería sorprender a nadie que AMLO haya convertido la lucha contra la corrupción en el elemento central de su campaña. Al hacerlo se ha conectado con un electorado que no solo está cansado de los embustes de los políticos, sino que también asustado frente a lo que a veces parece ser el colapso del estado de derecho bajo la presión de la creciente (aunque geográficamente circunscrita) violencia relacionada con las drogas.

Nadie espera que AMLO presente un plan de diez puntos para luchar contra la corrupción y la ilegalidad. Uno de los problemas reside en que algunos de sus aliados dentro de la heterogénea coalición que intenta llevar a AMLO a la presidencia no son exactamente dechados de transparencia. Todavía más fundamental, AMLO aborda la corrupción con un populismo de manual: los problemas sociales que parecen complejos tienen soluciones simples, y no han sido resueltos tan solo porque las élites tradicionales no quieren que así sea. De elegirse un líder fuerte con suficiente fuerza de voluntad, dichos problemas convenientemente desaparecerán.

El modelo Trump

Dicho líder, por supuesto, solo puede ser AMLO. Como lo expresa el politólogo Jesús Silva-Herzog, “el remedio que ofrece AMLO para combatir la corrupción, es AMLO”. Esto nos recuerda el alarde de Trump en la convención del partido republicano: “Solo yo puedo arreglarlo [el sistema]”. El paralelo sería gracioso si no fuera tan alarmante.

El populismo es una forma de política de identidad. Se nutre de la división. Siempre se trata de nosotros contra ellos. El discurso divisivo que culpa a los otros –banqueros y empresarios, extranjeros e inmigrantes, musulmanes o judíos, beatos o ateos– de todos los males de la sociedad, es el elemento común que liga a los populistas de derecha, como Trump o Viktor Orbán de Hungría, con los de izquierda, como Hugo Chávez o Rafael Correa de Ecuador.

AMLO es un fiel miembro de esa hermandad. Sus insultos políticos son legendarios. Es probable que haya perdido la elección de 2006 por haber llamado “chachalaca” (un pájaro pequeño y ruidoso) al presidente Vicente Fox. Hace poco se refirió al empresariado mexicano como una “minoría rapaz” que se opone a él porque no desea “dejar de robar”. Para AMLO, la política es la continuación de una guerra a través de otros medios.

México ya está profundamente polarizado. No necesita un presidente que predique una política de la división, aun cuando él resulte ser fiscalmente prudente. Sin embargo, es lo que el país tendrá después de que vote por AMLO.

Traducción de Ana María Velasco

Andrés Velasco, exministro de Hacienda de Chile, es autor de numerosos libros y artículos sobre economía internacional y desarrollo. Ha sido catedrático de la Universidad de Harvard, de la Universidad de Columbia y de New York University.

Copyright: Project Syndicate, 2018

Actualidad | 1 de junio

Una solución para la nueva crisis de Argentina

La importancia del éxito de un enfoque reformista liberal se extiende mucho más allá de sus fronteras. Con populistas ya en el poder en Estados Unidos, Europa y Asia, su retorno al poder en México y Brasil tendría ramificaciones a nivel mundial. Argentina puede demostrar que otra vía es posible.

En los años ’80, el difunto profesor Rüdiger Dornbusch del MIT solía decir a sus estudiantes que existían cuatro tipos de países: los ricos, los pobres, Japón y Argentina. Hoy, ya no se teme que Japón llegue a dominar el mundo. Sin embargo, el mundo nuevamente vuelve a preocuparse de Argentina.

El país acaba de sufrir otro ataque clásico a su moneda. El 24 de abril, el rendimiento de los bonos del Tesoro de Estados Unidos a diez años plazo superó el 3% por primera vez desde 2014. Ese mismo día, los inversionistas empezaron a deshacerse de los pesos argentinos y a buscar la seguridad de un dólar en alza. Para estabilizar su moneda a un tipo de cambio muy depreciado, Argentina tuvo que elevar las tasas de interés al 40% y pedir ayuda al Fondo Monetario Internacional.

Después de toda esta tormenta, los mercados llevan tres semanas en calma. Este es el momento de preguntarse qué fue lo que falló, y qué es lo que el país puede –y debe– hacer para evitar que regrese la inestabilidad.

Desde diciembre de 2015, el gobierno de Argentina ha estado en manos de un reformista promercado. En comparación con los delincuentes y demagogos que lo precedieron (no hace mucho, se filmó a uno escondiendo millones en efectivo detrás del altar de un monasterio local), el presidente Mauricio Macri y su equipo de bien formados tecnócratas representan una enorme mejora. Debido a que ningún integrante del equipo de Macri había ocupado un cargo a nivel nacional previamente, los analistas e inversionistas al principio subestimaron sus habilidades políticas. Hasta ahora, Macri ha demostrado ser un administrador capaz y un político astuto.

Una historia que se repite

La crisis monetaria no pudo haberle ocurrido a un tipo más bonachón. Pero le ocurrió igual.

Todo comenzó con una desafortunada conferencia de prensa que se realizó en diciembre pasado, durante la cual se alzó la meta de inflación para el 2018 del 8-12% al 15%. Esta nueva cifra sugería una aceptación realista de que era imposible alcanzar la meta anterior sin causar un caos en la economía. Sin embargo, el hecho de que el jefe de gabinete de Macri estuviera sentado en la misma mesa que el equipo económico cuando se hizo el anuncio, despertó la preocupación de una posible intromisión política. Dos recortes posteriores a las tasas de interés (de un total de 150 puntos) no ayudaron a la credibilidad.

La política monetaria de Argentina se basa en un régimen de metas de inflación y un tipo de cambio flotante. Pero a fines de marzo, inquieto por el efecto de la depreciación de la moneda sobre la inflación, el banco central nuevamente empezó a intervenir, al parecer intentando fijar el tipo de cambio en alrededor de 20 pesos por dólar. Naturalmente, los inversionistas se preguntaron si esto significaba un cambio en el régimen de política monetaria.

Consciente de una larga historia de intentos fallidos de “terapia de shock”, Macri decidió corregir de a poco el desbarajuste fiscal que había heredado. Rebajó los subsidios a los combustibles y a la energía eléctrica y algunos gastos innecesarios, pero también decidió –de manera bastante razonable– reducir los impuestos a las exportaciones a fin de estimular el crecimiento. El resultado es que el déficit fiscal ha disminuido, pero todavía se mantiene en alrededor del 5,5% del PIB. El gobierno ha tenido que endeudarse masivamente en el exterior para cubrir la diferencia.

Los críticos afirman que el ajuste fiscal fue demasiado lento, pero los mercados no parecen preocupados de que la brecha presupuestaria en el vecino Brasil sea del 8% del PIB. Es cierto que el déficit en cuenta corriente de Argentina es superior al 5% del PIB, mientras que la posición externa de Brasil se encuentra casi en equilibrio. Pero esto solo muestra que el sector privado en Argentina invierte lo que ahorra, mientras que las empresas privadas de Brasil se desapalancan aceleradamente y casi no invierten.

En Argentina, el ajuste fiscal gradual parecía ser una estrategia plausible hasta que las tasas de interés en Estados Unidos subieron y el dólar se apreció. Con el regreso de las preocupaciones acerca de la solvencia de los mercados emergentes, Argentina y Turquía fueron los primeros en recibir el golpe.

El costo político de acudir al FMI

Pero mientras que el gobierno de Turquía ha titubeado y la situación del país ha seguido deteriorándose, las autoridades argentinas optaron por tomar el toro por las astas y emprender acciones decisivas. Acudir al FMI acarrea un costo político, pero era necesario hacerlo: solo a partir de una posición fuerte de acceso a las divisas puede Argentina convencer a los inversionistas de que pagará sus deudas y de que su moneda no seguirá depreciándose. Lo que impera ahora es la técnica militar del dominio rápido.

El agudo incremento de las tasas de interés domésticas fue necesario no solo para estabilizar la moneda, sino también para que los inversionistas estuvieran dispuestos a renovar un gran stock de bonos en pesos que vencían a principios de mayo. La renovación ocurrió, y el peso se estabilizó en 25 por dólar. ¿Qué viene ahora?

Hoy día, las operaciones de arbitraje son muy atractivas, especialmente en títulos y deuda con vencimiento a largo plazo, dado que el umbral de rentabilidad ocurre al tipo de cambio real más depreciado desde hace décadas. Si resulta que el peso argentino termina siendo más fuerte en términos reales, lo que es probable, las ganancias de los inversionistas serán cuantiosas. Es decir, los jugadores astutos en este momento apuestan por el peso, no en su contra.

No obstante, es imposible mantener las tasas de interés al 40% por mucho tiempo sin dañar la credibilidad. Es preciso persuadir a los mercados de que una reducción gradual de las tasas es tanto plausible como sustentable. Para evitar una bola de nieve, es probable que el banco central reduzca las tasas de interés gradualmente después de que se anuncien los detalles del paquete del FMI.

Una buena noticia es que el riesgo de la reinversión dista de ser tan alto como lo han sugerido los titulares de algunos diarios, porque la mayor parte el stock de bonos está en manos de bancos locales y de entidades del sector público que tienen necesidades estables de liquidez.

El FMI debe ser flexible

El FMI, por su parte, debe actuar rápidamente. Asimismo, debe entender que un ajuste fiscal demasiado abrupto puede provocar una reacción política que ponga en peligro la credibilidad del paquete. La oposición peronista, que hasta ahora ha aparecido debilitada y dividida, tiene esperanzas de resurgir fomentando manifestaciones contra los recortes presupuestarios y los nuevos reajustes de los precios de la energía. El Fondo, precisamente por ser una institución internacional que se encuentra por encima de la política local, debería tener cuidado de no dar a uno de los competidores toda la munición que este necesita en el período previo a las elecciones presidenciales de octubre de 2019.

Nada de esto significa que a las autoridades argentinas se les extienda un cheque en blanco. Además de exigir cierto ajuste fiscal adicional, el Fondo debe insistir en que a medida que se modera la emergencia, las autoridades aclaren las reglas de funcionamiento del régimen cambiario. Las intervenciones ocasionales cuando el tipo de cambio está profundamente desalineado son usuales en sistemas de metas de inflación y tipo de cambio flotante. Al banco central le corresponde asegurarse de que los participantes en el mercado comprendan esto.

La importancia del éxito de un enfoque reformista liberal en Argentina se extiende mucho más allá de sus fronteras. Populistas de derecha y de izquierda, algunos con tendencias autoritarias, lideran en los sondeos de opinión de Brasil y México. En ambos países se realizarán elecciones presidenciales antes de que finalice este año. Con populistas ya en el poder en Estados Unidos, Europa y Asia, su retorno a los dos países de mayor población de América Latina tendría ramificaciones a nivel mundial. Argentina, si cuenta con políticas adecuadas y un fuerte apoyo de la comunidad internacional, puede demostrar que otra vía es posible.

Traducción de Ana María Velasco

Andrés Velasco, exministro de Hacienda de Chile, es autor de numerosos libros y artículos sobre economía internacional y desarrollo. Ha sido catedrático de la Universidad de Harvard, de la Universidad de Columbia y de New York University.

© Project Syndicate 1995–2018