Marcelo Figueras | RED/ACCIÓN
Sie7e Párrafos | 29 de enero de 2019

Vida de perro, comentado por Marcelo Figueras

Vida de perro
Horacio Verbitsky
Siglo XXI

Marcelo Figueras, escritor, periodista y guionista, autor —entre otras novelas— de ‘Kamchatka’ y ‘El negro corazón del crimen’.

Uno (mi comentario)

Horacio Verbitsky es el mejor y más resonante periodista argentino de los últimos treinta años. Cualquiera que quiera entender qué cosa esencial pasó durante estas últimas décadas necesita alejarse de la hojarasca de las portadas de los diarios masivos y concentrarse en el foco que Horacio hace sobre las placas tectónicas de nuestra sociedad: aquellos movimientos profundos que son los que hacen que las cosas, aquí arriba, se muevan como se mueven. De un rigor impiadoso y dueño de una ironía feroz —me encanta llamarlo “Horácido”—, Verbitsky es el tábano que irrita a los poderosos, que no logran ocultar cuánto les gustaría meterlo en un cohete y enviarlo a la luna… o aún más lejos. “Vida de perro”, su libro de conversaciones con Diego Sztulwark, es lo que dice su subtítulo (“Balance político de un país intenso, del 55 a Macri”) pero también, para quienes lo admiramos, es una oportunidad perfecta para revisar su historia personal y arrimarnos a la forja de un gran periodista.

Dos (la selección)

Mi padre hizo una serie de notas donde por primera vez usó las palabras “villa miseria”. Primero escribió esas notas en el diario y después publicó una novela que se llamó Villa Miseria también es América. Es una paráfrasis de una poesía de Langston Hughes, que es el gran poeta del renacimiento de Harlem. Además se trata de un recuerdo muy fuerte, imborrable, formativo: nosotros vivíamos en Ramos Mejía y tomábamos el Ferrocarril Sarmiento. Antes de llegar a Ciudadela, el tren corre sobre un terraplén de un metro y medio por encima del nivel de la calle. Desde la ventanilla veíamos algo que nos impresionaba, un universo de casillas, totalmente distintas a las edificaciones, que nos llamaba mucho la atención. Un día mi viejo me dice: “Vamos a ver qué eso eso”. Teníamos como referencia una fábrica, una papelera que se llamaba Fumagalli, que siempre recuerdo porque tenía como logotipo un efecto óptico una serie de cubos que según mirabas los veías o no los veías. Entonces caminamos varias cuadras, llegamos a Fumagalli y no veíamos nada, lo que habíamos divisado desde el tren no lo encontrábamos. Empezamos a caminar, a dar vueltas, hasta que nos metimos por una calle lateral y ahí abrimos una puerta mal cerrada. No era una típica puerta de una casa, era la puerta de acceso a la villa, y entramos. Estuvimos recorriendo, hablando con la gente. A partir de ahí, mi viejo fue todos los fines de semana para hablar con la gente y yo lo acompañaba. En esa villa recopiló el material e hizo la investigación para las notas y el libro, que se publicó en 1957. Esa también es una historia que me marcó: había muchos paraguayos y además eran todos peronistas. Esas son, de alguna manera, las experiencias que yo recuerdo.

Tres

Un día nos encontramos (con Rodolfo Walsh) en la casa de Torre Nilsson y Beatriz Guido. Cada vez que estrenaban una película hacían una gran fiesta. Tenían un departamento a una cuadra de Plaza San Martín, sobre la avenida Santa Fe, entre Maipú y Esmeralda, invitaban a muchísimas personas y había sobre todo charlas. Era un lugar de encuentro con gente interesante del mundo de la cultura. Rodolfo había publicado el cuento sobre Eva Perón, Esa mujer. …Estábamos en un círculo de gente entre la que había dos intelectuales argentinos muy conocidos, que editaban una revista cultural. Conversaban con Rodolfo y se referían al cuento con mucho elogio, le decían que era muy bueno, pero le sugerían que introdujera algunos cambios porque tal como estaba no se iba a poder traducir al francés. Rodolfo los miró y les dijo: “Yo no sé si me interesa que se traduzca al francés”, y me guiñó un ojo. Bueno, se deshizo el círculo ese y Rodolfo me dijo: “¿Por qué no nos rajamos de acá?”, y nos fuimos a comer un bife. Esto fue en 1964 o 1965, y ahí empieza una etapa más intensa y próxima de relación.

Cuatro

Rodolfo almorzaba mirando el programa de Mirtha Legrand porque siempre había alguna modelo que cuando le preguntaban: “¿Y qué leés?”, contestaba: “Estoy leyendo a Rodolfo Walsh”. Y eso a él le gustaba mucho. Hasta que un día en el televisor, que era muy viejo, la imagen dejó de verse bien. Rodolfo se acercó para ajustar la sintonía, cuando de golpe, con la imagen de MIrtha Legrand, apareció una voz masculina que dijo: “Comando llama, 222, comando llama”.

Nos quedamos paralizados de la sorpresa, hasta que nos dimos cuenta de que se trataba de la red radioeléctrica de la Policía Federal. Rodolfo enloqueció, se olvidó de Mirtha Legrand y de las modelos, y se dedicó a manipular el dial hasta poder direccionar cuándo y cómo llegaba la interferencia, y ya en ese momento descular cómo funcionaba eso. Cada cosa era una sigla, una convención, el alfabeto policial.

Así empezó un trabajo minucioso.

Cinco

Justo ayer leí algo extraordinario: una entrevista que le realizó una revista norteamericana a Bob Haldeman, que fue uno de los principales asesores de Nixon y de su secretario de Estado, Henry Kissinger. Haldeman fue procesado y condenado por el Watergate. La revista lo encuentra trabajando en una ciudad perdida y lo entrevista en el marco de una investigación, a punto de cumplirse cincuenta años del lanzamiento de la guerra contra las drogas. En la actualidad ese paradigma está bajo profunda revisión. La revista le pregunta por qué lanzaron la guerra contra las drogas, cómo la articularon. Haldeman responde: “Nosotros teníamos dos problemas principales, dos problemas básicos. Teníamos, por un lado, el problema racial, con los negros, que estaban muy violentos, y teníamos el pacifismo hippie, que cuestionaba la guerra y se estaba movilizando y haciendo mucho daño al gobierno. Nosotros no podíamos ilegalizar a los hippies y a los negros, en cambio la idea de la guerra contra las drogas nos dio un perfecto instrumento, porque los hippies fumaban marihuana y los negros consumían heroína. Y entonces fue el instrumento perfecto para controlar a esos dos colectivos”.

Seis

Hace unos años, Naciones Unidas me convocó para trabajar en la revisión crítica del Informe de Desarrollo Humano. Entre el grupo de asesores que evaluaba el informe, el economista argentino Bernardo Kosacoff planteaba que el golpe (del ’76) se había producido cuando el proceso de sustitución de las importaciones estaba agotado. (Eduardo) Basualdo, con quien yo coincido, sostiene todo lo contrario: el golpe se hizo para impedir ese salto. En aquel momento, por ejemplo, Fate había sumado a los neumáticos la producción de aluminio y el desarrollo de la electrónica con Cifra. La empresa informática de Fate, creada por Gelbard, estaba muy cerca de la punta tecnológica mundial. Las calculadoras que se fabricaban en Argentina, entre 1973 y 1975, se aproximaban a lo máximo que se podía fabricar internacionalmente. Esa fue una de las primeras cosas que destruyó la dictadura.

Siete

Creo que el día que comenzaron los juicios (a las Juntas) fue la primera vez que entré en Tribunales. Nunca antes había estado ahí, salvo por mi divorcio. Me iba a acreditar para cubrir el juicio, y cuando estaba entrando me encuentro con un compañero del colegio secundario. Fue algo gracioso, me reconoce y nos saludamos. Le dije que iba a acreditarme para cubrir el juicio y él me cuenta, riéndose, que era el presidente del Tribunal. Era Carlitos Arslanian.


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