Laura Cukierman | RED/ACCIÓN
Salud | 2 de agosto de 2018

Sobrepeso y obesidad, los graves riesgos de un país mal nutrido

El sobrepeso ya es una pandemia que afecta a 2000 millones de personas en el mundo y provoca 3,4 millones de muertos por año. La Argentina ocupa el primer lugar de América Latina en los índices de obesidad y el problema de la mala nutrición afecta sobre todo a los niños.

El ser humano es el único animal sobre la tierra que padece obesidad y ya existe una pandemia declarada. Los expertos aseguran que es consecuencia del entorno en el que se vive hoy, que ya no coincide con el entorno para el cual su cuerpo fue desarrollado. La Argentina ya se ubica en el primer lugar entre los países de América Latina y el Caribe con mayor cantidad de obesos por habitantes. Al mismo tiempo, la obesidad infantil también está creciendo a gran escala en todo el mundo con los riesgos que esto implica a futuro para la población más joven.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) reporta más de 2000 millones de personas con sobrepeso, de las cuales 650 millones son obesas. Una persona con obesidad tiene más riesgo de sufrir diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares , algunos tipos de cáncer, apnea del sueño y, problemas osteoarticulares, entre otros. De hecho, cada año fallecen alrededor de 3,4 millones de personas adultas en el mundo como consecuencia del exceso de peso y la obesidad, según la OMS.

Los cambios en las formas de consumir alimentos, de cocinarlos y envasarlos junto con los productos de una industria alimentaria poderosa que impone sus pautas de consumo forman parte de una coyuntura muy propicia para que la obesidad siga creciendo desde hace por lo menos cuatro décadas. Vivimos en lo que los especialistas consideran un ambiente obesogénico y los datos dan cuenta de esto.

La Argentina lidera un penoso ranking: según la OMS, la tasa de sobrepeso del país es la más alta de América Latina: 60 por ciento. De esta forma, comparte el podio junto con Canadá y Estados Unidos. El mismo ministro de Salud de la Argentina afirmó que se trata del problema más grave en materia de salud pública que enfrenta el país.

¿Pero qué es la obesidad y cómo llegó a convertirse en una pandemia? Como afirma Marcelo Rubinstein, investigador superior del CONICET y Director del Instituto en Investigaciones en Ingeniería Genética y Biología Molecular (INGEBI) “la obesidad no es una enfermedad en sí misma, sino una condición en la que el cambio de un conjunto de factores fisiológicos, bioquímicos y clínicos aumenta el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares y cáncer, entre otras. Al instalarse ese conjunto de cambios, llamado síndrome metabólico, el organismo presenta una gran dificultad de controlar la concentración de glucosa en la sangre – resistencia a la insulina- y con el tiempo se pueden deteriorar los vasos sanguíneos en todo el cuerpo. La ingesta exagerada de azúcares y harinas aumenta la cantidad de energía acumulada en forma de grasa que en las condiciones de vida actuales deja de representar una ventaja adaptativa para convertirse en un problema crónico y creciente de deterioro de la salud.”  

A pesar de lo que algunos suponen, la obesidad no responde a un trastorno genético. Tampoco se trata de una adicción a la comida sino más bien un trastorno de híper consumo. Uno come más de lo que necesita, pero no porque lo pida el cerebro sino porque hay una terrible influencia de señales que te llevan a comer. De esta forma, Rubinstein explica que “nosotros somos organismos perfectamente adaptados a vivir en un mundo donde conseguir alimentos era absolutamente esencial y esos alimentos era escasos y cambiantes en la manera en como se distribuían. Además, para conseguirlos necesitábamos competir contra propios y ajenos. El problema es que ahora no sólo el plano inclinado está al revés, sino que vivimos en un mundo en el cual no hay que hacer grandes esfuerzos por conseguir alimentos, sino que hay una sobre producción de comestibles baratos con propiedades nutricionales escasas y que al consumirse en altas cantidades y frecuencia deterioran nuestra salud”.

Pero el aumento de la oferta alimentaria no asegura que se tenga una alimentación balanceada, que aporte la cantidad adecuada de nutrientes necesarios para mantener un peso adecuado y llevar una vida activa y saludable. De hecho, por primera vez en la historia de la humanidad hay más sobrepeso que desnutrición, dos caras de la misma moneda en muchos casos. Es que en los últimos veinte años la industria alimentaria fue capaz de producir alimentos baratos y con muy bajo valor nutricional convirtiéndose en una parte importante de la comida diaria de las personas con menos recursos. “Los estudios epidemiológicos han marcado en últimos años un traslado de obsesos de los sectores con mejores condiciones socioeconómicas a sectores con escasos recursos. Las comidas procesadas resultan mucho más barata y accesible que aquellos productos más naturales y altos en nutrientes”, señala el investigador.
El presidente Mauricio Macri en la inauguración de sesiones legislativas de 2018 se refirió a la necesidad de combatir esta epidemia al tiempo que sostuvo que “somos el país con mayor obesidad infantil en América Latina y, aunque sorprenda, somos uno de los cuatro que más azúcares consume en el mundo”. El presidente no se equivoca. La obesidad infantil es una de las problemáticas más graves. No sólo está creciendo la cantidad de niños con sobrepeso, sino que estamos asistiendo a las primeras generaciones de bebes obesos. “Esto es totalmente nuevo, se trata de las primeras generaciones que van a vivir menos que las anteriores porque tiene una enfermedad crónica no transmisible con efectos gravísimos”, afirma Rubinstein.

Entre los menores de cinco años se concentran las tasas más altas de obesidad infantil en nuestro país. El Panorama de Seguridad Alimentaria y Nutricional elaborado por la Organización Panamericana de la Salud /OMS y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura indican que el 10% de los niños menores de cinco años padecen obesidad, y ubica a la Argentina en el segundo lugar dela regió.

Uno de los grandes problemas es que la obesidad es muy difícil de revertir en adultos sino se controla en la niñez. “El cuerpo acumula en su memoria todo lo bueno y lo malo.. Es muy difícil cambiar la curva de lo que el cerebro computa de cuál es el peso corporal a defender”, explica Marcelo Rubinstein.

La gran pregunta que hay que hacerse entonces es sencilla: qué consumen nuestros niños. Según cifras oficiales del Ministerio de Salud, el 80% realiza ingestas elevadas de azúcar y el 100% consume sodio por encima de lo recomendado en detrimento de la presencia de frutas y verduras en la dieta. Los expertos coinciden en que lo recomendable es que los chicos incorporen el 17% de sus calorías a partir de las frutas y las verduras; contra un 7% mostrado por las estadísticas  A su vez, solo en 1 de cada 4 escuelas ofrece frutas y verduras en los kioscos mientras que en 8 de cada 10 se venden bebidas azucaradas..

Algunas experiencias exitosas

Todos los especialistas coinciden en señalar que la única solución para enfrentar esta pandemia es aplicar fuertes políticas públicas para cambiar la cultura alimentaria de la población. El desafió no es sencillo pero varios países ya trabajan en esta dirección cuyo objetivo es disminuir el consumo de productos perjudiciales para la salud a través de la aplicación de impuestos específicos a bebidas azucaradas, etiquetado informado de productos, campañas de bien público en medios de comunicación y estímulos a beber agua corriente en los hogares y espacios públicos.

Un caso ejemplar es el chileno que decidió aplicar una serie de medidas concretas: restricciones a la publicidad, rediseños obligatorios de los envases y reglas sobre los etiquetados para transformar los hábitos alimentarios. La ley 20.606, además, prohíbe la venta de comida chatarra en las escuelas chilenas y no permite que sean publicitados durante programas televisivos o en sitios web dirigidos a públicos infantiles. También se prevé que el año próximo ni siquiera podrán aparecer en TV, radio o salas de cine entre las 6 y las 22 horas. La industria alimentaria rápidamente mostró su rechazo por esta iniciativa, llegando incluso hasta la justicia, pero no lograron revertirla. Todo lo contrario a lo que sucedió en Argentina cuando, a fines de 2017, se dio marcha atrás con la posibilidad de aplicar un impuesto a la bebidas azucaradas para fomentar un disminución en su consumo directamente vinculado a la obesidad. Apenas conocido el proyecto, la empresa Coca Cola anunció que pondría en revisión su plan de inversiones en el país. En Argentina se consumen 137 litros per capita de bebidas azucaradas, el doble que hace dos décadas.

La OMS ha señalado que existe suficiente evidencia respecto de que los impuestos selectivos al consumo, diseñados apropiadamente, resultan en una disminución del consumo de bebidas azucaradas, especialmente si estos incrementan en 20% o más el precio a minoristas. El camino estaría entonces en una decisión política capaz de sostener con firmeza medidas a largo plazo que permitan modificar las pautas de consumo y alimentación en toda la población. De lo contrario, el avance de la enfermedad lenta y silenciosa, traerá consecuencias aún más graves.

Sociedad | 2 de julio de 2018

La deuda de sueño de los argentinos

Dormir pocas horas puede tener consecuencias graves en el cuerpo. A su vez es una práctica tan frecuente que se ha vuelto una epidemia sanitaria. Un grupo de científicos, entre ellos algunos de nuestras universidades, está buscando una solución.

La vida de dos comunidades tobas de Formosa, una con acceso a luz eléctrica y otra no, fueron estudiadas por científicos de las universidades de Quilmes, Washington, Yale y Harvard. La investigación detectó cambios en los patrones de sueño según las estaciones del año. También develó que cada día los pobladores que vivían sólo con luz natural dormían entre 45 minutos y una hora más. El informe se tituló Journal of Biological Rhythms y se publicó en 2015.

Sufrimos una carencia de sueño de dos a tres horas desde que Thomas Edison inventó la bombilla de luz, acentuada por las condiciones de la sociedad contemporánea, y los especialistas sostienen que un sueño deficiente es un factor de riesgo para la salud física y psíquica, agravado en ciertos grupos etarios como los adolescentes.

Por otro lado, un estudio publicado en 2017 por el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina demostró que el 14,8% de los argentinos duerme menos de 6 horas por día. Un 14,2% manifestó una mala calidad del sueño y un 22% una somnolencia diurna.

Daniel Cardinali, doctor en Ciencias Biológicas e investigador de la medicina del sueño en la Universidad Católica Argentina (UCA) y el CONICET, dice que “un sueño diario deficiente es un factor de amplificación de los problemas relacionados con la salud tales como los trastornos psicológicos, la mala alimentación, el sedentarismo y la enfermedad cardiovascular”.

Los especialistas consideran que la somnolencia diurna asociada a los trastornos de sueño se vincula con el deterioro de la capacidad de trabajo y a un aumento del riesgo de accidentes de tráfico. Por otro lado, varios trastornos de salud tienen factores de riesgo asociados a una alteración del sueño. Es el caso de las enfermedades psiquiátricas como la ansiedad o la depresión; neurológicas como Alzheimer o Parkinson; trastornos cardiovasculares como la hipertensión arterial y las afecciones coronarias; enfermedades metabólicas como la diabetes y la obesidad; y ciertos casos de cáncer.

El fenómeno del sueño no es solo una cuestión de salud, sino social, económica y organizativa. En Estados Unidos los ingresos a los centros de salud por tratamientos de desórdenes del sueño aumentan un 12% por año y en Argentina se consumen 86,51 unidades de psicofármacos per cápita al año. Los conductores somnolientos provocan 1550 muertes por año y los accidentes vinculados representan 31.100 millones de dólares por año.

“La falta de sueño se volvió tan frecuente que hoy es considerada una epidemia para la salud pública por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos”, asevera Cardinali. Es que “el sueño está peleando por nuestro tiempo con la vida laboral, social y familiar; y termina en un lamentable cuarto lugar en esta competencia”, explica el especialista.

El Mapa del Sueño de los argentinos

Si bien existen investigaciones que se hicieron en algunas ciudades y provincias, no hay un mapa completo de nuestra relación con el sueño. Y estos datos son imprescindibles para diseñar políticas públicas.

Para esto se diseñó “Crono Argentina”, una convocatoria abierta a completar una encuesta para graficar cuánto tiempo se destina al descanso y en qué horarios (está disponible en Crono Argentina; es gratuita y demanda unos 20 minutos).

Diego Golombek es uno de los tres científicos al frente de la investigación, junto a  María Juliana Leone y Marina C. Giménez, y la define como “un mapa del sueño en Argentina: una foto de cómo dormimos en este rincón del planeta”.  La encuesta ya tiene 15.000 respuestas y se espera llegar a una base de datos de 100.000 casos que permita obtener información precisa sobre nuestro ciclo sueño-vigilia.

“Sospechamos que nuestro huso horario no está bien puesto, sino que es una convención política más que geográfica”, dice Golombek. Y agrega: “Este mapa nos va a permitir saber dónde estamos parados con respecto a nosotros mismos y a nuestros vecinos. Cómo estamos respecto a nuestro huso horario y si realmente estamos en un ciclo sueño-vigilia que tiene que ver con nuestra geografía”.

Es decir que vamos a tener información real para discutir si existe la necesidad de recurrir a cambios horarios en verano y en invierno, o tener varios husos horarios para las provincias cordilleranas, que son las que más se diferencian.

“Estos datos del sueño además se van a poder correlacionar con otros datos estadísticos que tienen el Ministerio de Salud y las provincias para detectar trastornos metabólicos, trastornos cardiovasculares, vinculados con la calidad del sueño”, dice Golombek.

La encuesta también se centra en los cronotipos: las preferencias horarias para hacer determinadas actividades. Se pregunta, por ejemplo, en qué momento del día uno se siente mejor preparado para sobrellevar una situación laboral muy demandante, pero también a qué hora se realiza con mayor efectividad actividad física.

El biólogo y escritor Diego Golombek. Foto: Andrés Pérez Moreno / Ed. Siglo XXI.

El biólogo y escritor Diego Golombek. Foto: Andrés Pérez Moreno / Ed. Siglo XXI.

Los pioneros

Alemania es el país pionero en realizar este tipo de investigaciones. Till Roenneberg, especialista en cronobiología en la Universidad Ludwig Maximilians, de Munich, realizó un mapa de su país y ha llegado a correlaciones entre horas de sueño y diabetes tipo 2, demostrando que las alteraciones del ritmo circadiano pueden causar obesidad y favorecer el desarrollo de tumores.

Además, Roenneberg plantea la necesidad de que, así como existe un proyecto de genoma humano, hay que tener un “sueñoma humano” para poder determinar cómo es la estructura del sueño y qué está pasando en la sociedad contemporánea.

Su proyecto se llama Human Sleep Project y se propone recopilar información global sobre las pautas de sueño de un millón de personas de todo el mundo. Además, quiere utilizar la web y la telefonía móvil para recopilar información en tiempo real. Los resultados del proyecto podrían tener repercusiones sanitarias y quizás también se logre desarrollar horarios individualizados para adaptar los relojes biológicos de la población a los relojes sociales marcados por nuestra vida cotidiana.

Alumnos agotados a las 7:25 am

Este tipo de estudios en profundidad ha permitido que en algunos lugares de Estados Unidos y de Europa se demore el inicio de las clases del tuno mañana, ya que este horario no tiene ningún sentido biológico y genera problemas de rendimiento y de conducta en los alumnos.

Diego Golombek propone que una vez que haya datos concretos del mapa del sueño de los argentinos, habría que hacer una prueba piloto en algunas escuelas y retrasar el comienzo del turno mañana. “Esta propuesta en general no es muy bien recibida y en seguida los padres, los directores y los maestros se quejan porque están pesando que planteamos empezar a las 10 de la mañana, pero no es así”, dice.

“Se ha demostrado que retrasando la entrada media hora o idealmente una hora se obtienen grandes resultados en los alumnos. Los chicos se sienten mejor, faltan menos a la escuela y tienen mejores notas. Si das la oportunidad a los chicos de que duerman un poco más, el resultado es tremendo”, sostiene el científico.

Algunas escuelas del estado de Minnesota, en Estados Unidos, pasaron la hora de inicio de las jornadas de 7:25 a 8:30, lo que hizo que las notas en Matemáticas aumentaran un 15% entre los alumnos. Y en el estado de Kentucky se disminuyeron casi un 20% los accidentes de tráfico entre los adolescentes por este pequeño retraso.

Las nuevas tecnologías se inmiscuyen en la cama

A las horas que nos robó Edison hay que sumarle sin duda el papel que juegan en la actualidad las nuevas tecnologías dentro de un modelo de sociedad bastante parecido al que estudia Jonathan Crary en su libro 24/7: Capitalismo tardío y el fin del sueño, donde dice que el tiempo de descanso es demasiado costoso y que el ideal es estar produciendo todos los días, las 24 horas del día.

Incluso cuando llegamos a la cama al terminar el día no podemos dejar de estar consumiendo. Nuestros grandes compañeros en las noches, antes de dormir, son los celulares, que emiten una luz en una longitud de onda que “despierta” al reloj biológico. “Hay una directa relación entre iluminación digital y sueño que se interrumpe”, dice Daniel Cardinali, del CONICET. “La lectura en digital frente a la lectura de papel retarda el sueño unos 30 minutos”.

“El sueño puede sufrir prejuicios o mermas a causa de esa vida sin pausa inducida por las nuevas tecnologías y la globalización, pero nunca podrá ser totalmente colonizado o racionalizado”, escribe Jonathan Cray.  Quizás sea el último refugio que nos queda para escapar a esa lógica 24/7 sea el sueño.