La deuda de sueño de los argentinos

Dormir pocas horas puede tener consecuencias graves en el cuerpo. A su vez es una práctica tan frecuente que se ha vuelto una epidemia sanitaria. Un grupo de científicos, entre ellos algunos de nuestras universidades, está buscando una solución.

Por Laura Cukierman

2 de julio de 2018

NotaSueño

La vida de dos comunidades tobas de Formosa, una con acceso a luz eléctrica y otra no, fueron estudiadas por científicos de las universidades de Quilmes, Washington, Yale y Harvard. La investigación detectó cambios en los patrones de sueño según las estaciones del año. También develó que cada día los pobladores que vivían sólo con luz natural dormían entre 45 minutos y una hora más. El informe se tituló Journal of Biological Rhythms y se publicó en 2015.

Sufrimos una carencia de sueño de dos a tres horas desde que Thomas Edison inventó la bombilla de luz, acentuada por las condiciones de la sociedad contemporánea, y los especialistas sostienen que un sueño deficiente es un factor de riesgo para la salud física y psíquica, agravado en ciertos grupos etarios como los adolescentes.

Por otro lado, un estudio publicado en 2017 por el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina demostró que el 14,8% de los argentinos duerme menos de 6 horas por día. Un 14,2% manifestó una mala calidad del sueño y un 22% una somnolencia diurna.

Daniel Cardinali, doctor en Ciencias Biológicas e investigador de la medicina del sueño en la Universidad Católica Argentina (UCA) y el CONICET, dice que “un sueño diario deficiente es un factor de amplificación de los problemas relacionados con la salud tales como los trastornos psicológicos, la mala alimentación, el sedentarismo y la enfermedad cardiovascular”.

Los especialistas consideran que la somnolencia diurna asociada a los trastornos de sueño se vincula con el deterioro de la capacidad de trabajo y a un aumento del riesgo de accidentes de tráfico. Por otro lado, varios trastornos de salud tienen factores de riesgo asociados a una alteración del sueño. Es el caso de las enfermedades psiquiátricas como la ansiedad o la depresión; neurológicas como Alzheimer o Parkinson; trastornos cardiovasculares como la hipertensión arterial y las afecciones coronarias; enfermedades metabólicas como la diabetes y la obesidad; y ciertos casos de cáncer.

El fenómeno del sueño no es solo una cuestión de salud, sino social, económica y organizativa. En Estados Unidos los ingresos a los centros de salud por tratamientos de desórdenes del sueño aumentan un 12% por año y en Argentina se consumen 86,51 unidades de psicofármacos per cápita al año. Los conductores somnolientos provocan 1550 muertes por año y los accidentes vinculados representan 31.100 millones de dólares por año.

“La falta de sueño se volvió tan frecuente que hoy es considerada una epidemia para la salud pública por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos”, asevera Cardinali. Es que “el sueño está peleando por nuestro tiempo con la vida laboral, social y familiar; y termina en un lamentable cuarto lugar en esta competencia”, explica el especialista.

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El Mapa del Sueño de los argentinos

Si bien existen investigaciones que se hicieron en algunas ciudades y provincias, no hay un mapa completo de nuestra relación con el sueño. Y estos datos son imprescindibles para diseñar políticas públicas.

Para esto se diseñó “Crono Argentina”, una convocatoria abierta a completar una encuesta para graficar cuánto tiempo se destina al descanso y en qué horarios (está disponible en Crono Argentina; es gratuita y demanda unos 20 minutos).

Diego Golombek es uno de los tres científicos al frente de la investigación, junto a  María Juliana Leone y Marina C. Giménez, y la define como “un mapa del sueño en Argentina: una foto de cómo dormimos en este rincón del planeta”.  La encuesta ya tiene 15.000 respuestas y se espera llegar a una base de datos de 100.000 casos que permita obtener información precisa sobre nuestro ciclo sueño-vigilia.

“Sospechamos que nuestro huso horario no está bien puesto, sino que es una convención política más que geográfica”, dice Golombek. Y agrega: “Este mapa nos va a permitir saber dónde estamos parados con respecto a nosotros mismos y a nuestros vecinos. Cómo estamos respecto a nuestro huso horario y si realmente estamos en un ciclo sueño-vigilia que tiene que ver con nuestra geografía”.

Es decir que vamos a tener información real para discutir si existe la necesidad de recurrir a cambios horarios en verano y en invierno, o tener varios husos horarios para las provincias cordilleranas, que son las que más se diferencian.

“Estos datos del sueño además se van a poder correlacionar con otros datos estadísticos que tienen el Ministerio de Salud y las provincias para detectar trastornos metabólicos, trastornos cardiovasculares, vinculados con la calidad del sueño”, dice Golombek.

La encuesta también se centra en los cronotipos: las preferencias horarias para hacer determinadas actividades. Se pregunta, por ejemplo, en qué momento del día uno se siente mejor preparado para sobrellevar una situación laboral muy demandante, pero también a qué hora se realiza con mayor efectividad actividad física.

El biólogo y escritor Diego Golombek. Foto: Andrés Pérez Moreno / Ed. Siglo XXI.
El biólogo y escritor Diego Golombek. Foto: Andrés Pérez Moreno / Ed. Siglo XXI.

Los pioneros

Alemania es el país pionero en realizar este tipo de investigaciones. Till Roenneberg, especialista en cronobiología en la Universidad Ludwig Maximilians, de Munich, realizó un mapa de su país y ha llegado a correlaciones entre horas de sueño y diabetes tipo 2, demostrando que las alteraciones del ritmo circadiano pueden causar obesidad y favorecer el desarrollo de tumores.

Además, Roenneberg plantea la necesidad de que, así como existe un proyecto de genoma humano, hay que tener un “sueñoma humano” para poder determinar cómo es la estructura del sueño y qué está pasando en la sociedad contemporánea.

Su proyecto se llama Human Sleep Project y se propone recopilar información global sobre las pautas de sueño de un millón de personas de todo el mundo. Además, quiere utilizar la web y la telefonía móvil para recopilar información en tiempo real. Los resultados del proyecto podrían tener repercusiones sanitarias y quizás también se logre desarrollar horarios individualizados para adaptar los relojes biológicos de la población a los relojes sociales marcados por nuestra vida cotidiana.

Alumnos agotados a las 7:25 am

Este tipo de estudios en profundidad ha permitido que en algunos lugares de Estados Unidos y de Europa se demore el inicio de las clases del tuno mañana, ya que este horario no tiene ningún sentido biológico y genera problemas de rendimiento y de conducta en los alumnos.

Diego Golombek propone que una vez que haya datos concretos del mapa del sueño de los argentinos, habría que hacer una prueba piloto en algunas escuelas y retrasar el comienzo del turno mañana. “Esta propuesta en general no es muy bien recibida y en seguida los padres, los directores y los maestros se quejan porque están pesando que planteamos empezar a las 10 de la mañana, pero no es así”, dice.

“Se ha demostrado que retrasando la entrada media hora o idealmente una hora se obtienen grandes resultados en los alumnos. Los chicos se sienten mejor, faltan menos a la escuela y tienen mejores notas. Si das la oportunidad a los chicos de que duerman un poco más, el resultado es tremendo”, sostiene el científico.

Algunas escuelas del estado de Minnesota, en Estados Unidos, pasaron la hora de inicio de las jornadas de 7:25 a 8:30, lo que hizo que las notas en Matemáticas aumentaran un 15% entre los alumnos. Y en el estado de Kentucky se disminuyeron casi un 20% los accidentes de tráfico entre los adolescentes por este pequeño retraso.

Las nuevas tecnologías se inmiscuyen en la cama

A las horas que nos robó Edison hay que sumarle sin duda el papel que juegan en la actualidad las nuevas tecnologías dentro de un modelo de sociedad bastante parecido al que estudia Jonathan Crary en su libro 24/7: Capitalismo tardío y el fin del sueño, donde dice que el tiempo de descanso es demasiado costoso y que el ideal es estar produciendo todos los días, las 24 horas del día.

Incluso cuando llegamos a la cama al terminar el día no podemos dejar de estar consumiendo. Nuestros grandes compañeros en las noches, antes de dormir, son los celulares, que emiten una luz en una longitud de onda que “despierta” al reloj biológico. “Hay una directa relación entre iluminación digital y sueño que se interrumpe”, dice Daniel Cardinali, del CONICET. “La lectura en digital frente a la lectura de papel retarda el sueño unos 30 minutos”.

“El sueño puede sufrir prejuicios o mermas a causa de esa vida sin pausa inducida por las nuevas tecnologías y la globalización, pero nunca podrá ser totalmente colonizado o racionalizado”, escribe Jonathan Cray.  Quizás sea el último refugio que nos queda para escapar a esa lógica 24/7 sea el sueño.

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