Lucía Álvarez | RED/ACCIÓN
Sie7e Párrafos | 28 de febrero de 2019

Las clases de Hebe Uhart, comentado por Lucía Álvarez

Lucía Alvarez es socióloga y periodista. Publicó "Mayo 68. La revuelta francesa y sus huellas en Argentina" (Ariel, 2018). Se desempeña como Directora General Estudiantil de la Universidad Nacional de San Martín y es docente del Instituto de Altos Estudios Sociales de esa universidad.

Las clases de Hebe Uhart
Liliana Villanueva
Blatt y Rios

Uno (mi comentario)

No hay escritor, hay personas que escriben, nos dice la voz de Hebe Uhart a través de los apuntes de Liliana Villanueva, su alumna-escriba, en este libro dedicado a pensar la literatura, los secretos del cuento y de la crónica, el modo de recuperar el habla de la gente, de construir diálogos y diálogos internos, personajes y metáforas. (…)

No hay escritor porque escribir, para Hebe, es una extraña artesanía. Requiere de paciencia y de constancia, no de actos de inspiración o virtuosismo. Un escritor debe escuchar y mirar abiertamente y eso se aprende, dejando de lado la vanidad, la crítica, el rencor. Así, las notas de Villanueva sobre el taller de Hebe nos van presentando una ética para el oficio de escribir, en tanto se trata de un labor que es al mismo tiempo íntima y pública. Una ética donde la duda le gana al juicio, el detalle a los conceptos, los “peros” a los adjetivos, lo cotidiano al exotismo, y a través de la cual podemos reflexionar sobre la escritura pero también sobre nosotros mismos y nuestro tiempo.

Dos (la selección)

El proceso de escribir plantea todos los problemas de cualquier tarea artesanal. Hay dudas, hay dificultades, hay preguntas, hay cosas mal resueltas que hay que arreglar, hay momentos de avidez, hay momentos en que sí se escribe y hay momentos en los que no tenés ganas de escribir (…) Lo que hacemos es un trabajo, una tarea, una especie de artesanía, cierto que se trata de una rara artesanía. Si hago un texto mal hecho o una silla de tres patas o una mesa sin terminar, demuestro falta de interés o apuro por publicar. Primero hay que sembrar un campo grande y después ver qué cosechamos. Se va escribiendo de a poco, así como uno va viviendo de a poco lo que a uno le pasa. No debo apurarme ni tener ansiedad, sólo debo preocuparme en escribir, como decía Isak Dinesen, ‘un poco cada día, sin esperanza y sin desesperación.

Tres

Todo arte es el arte de escuchar. Cuanto más miro, más salgo de mi prejuicio. Es difícil mirar lo real sin postergar el juicio, pero para escribir es necesario hacerlo. Muchas veces la gente no mira lo real, no miramos lo que hay. Flannery O’Connor habla de la mirada de lo concreto, dice que no se puede crear compasión desde la compasión. Si uno escribe ‘qué triste me siento’ no sirve, hay que mostrar esa tristeza. Si uno pone que un personaje que aparece solo un segundo tiene que saber para qué lo pone. Si no, no lo pongo. O’Connor decía: ‘el escritor está buscando una imagen que conecte, combine o encarne dos puntos; uno está arraigado en lo concreto, el otro es invisible a simple vista, pero el escritor cree firmemente en él, y es tan innegablemente real como el punto que todo el mundo ve’. Cuanto más se mira el mundo, más se ve.  

Cuatro

¿Por qué hacemos juicios rápidos? Porque nos da angustia mantenernos en la duda. Para escribir, el juicio rápido no sirve. Si yo digo de un personaje ‘es un aparato’, no digo nada, tengo que especificar qué clase de aparato es. Si digo ‘me molesta’, ‘no me gusta’, ‘no existe’ o ‘me molesta porque existe’ o ‘es un fantasma’, lo niego, son expresiones rápidas que no definen al personaje. Para escribir debo mantenerme en una duda razonable, quedarme un poco antes del concepto, de la crítica, del juicio rápido.

Cinco

Para escribir se necesita ocio, pero en nuestra sociedad el ocio está visto como nefasto. Hay gente que juega a las cartas ‘para matar el tiempo’, pero lo único que somos, como decía Schopenhauer, es tiempo. Uno cosifica el tiempo como si estuviera fuera de uno. La conexión con el presente, estar a tono con el mundo exterior, es importante. Si no puedo escribir, tengo que soportarlo, hasta que venga un momento mejor. La decisión no es abstracta, tiene un sustrato vital que es el deseo. Pero ¿qué es el deseo? Lo difícil es encontrarse con el propio deseo, aunque todo razonamiento o abstracción en la que me empeño es el deseo de hacer algo. Cuando uno se encuentra en un estado que se prolonga, cuando espera algo desde afuera y está en suspenso, se produce una pérdida del sentido de la vida. La postergación, entonces, me contamina todo, contamina la vida misma.

Seis

Al escribir no hay que dar mucha información, hay que eludir, sugerir, no explicitar. Hay que ponerse en la escritura, no dar una muestra de lo que puedo o soy capaz de hacer y listo. Se trata de entrar más en el sujeto que piensa, siente, hace, sin temor a ser sentimental o ridículo. Si no queda bien, después se poda.
No debemos engolosinarnos con las palabras, ni con los adjetivos redundantes, ni con las frases importantes. Al escribir no hay que quedarse en un concepto, hay que quedarse a unos pasos del concepto, un poco antes, sin llegar a él. Hay que darse tiempo y no cerrar. Ahí, en ese lugar antes del concepto, está la literatura, lo que nos hace ver, lo que abre las ventanas. Ahí y no en la frase conclusa, inteligente, pedante. Hay que desconfiar de las frases hechas, de los lugares comunes y de los conceptos terminados.

Siete

Para Sócrates, la verdad se arma en el diálogo con sus discípulos. En la democracia griega uno es parte de un todo, la verdad se busca entre todos. El que dialoga, desarrolla su capacidad de proyectarse en los otros y vence por convicción. En la perspectiva troyana el hombre se pone en el lugar del otro, pero para eso, para ponerme en el lugar del otro, tengo que escucharlo. La falta de diálogo implica falta de justicia. Todo tiene que ver con el espacio común.


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Sie7e Párrafos | 18 de febrero de 2019

El deseo de revolución, comentado por Lucía Álvarez

Lucía Alvarez es socióloga y periodista. Publicó "Mayo 68. La revuelta francesa y sus huellas en Argentina" (Ariel, 2018). Se desempeña como Directora General Estudiantil de la Universidad Nacional de San Martín y es docente del Instituto de Altos Estudios Sociales de esa universidad.

El deseo de la revolución
Tomás Abraham
Tusquets

Uno (mi comentario)

No existe una correspondencia directa entre las ideas filosóficas y los acontecimientos que le son contemporáneos. Pero hay resonancias: “el pensamiento de los filósofos no circula a diez metros sobre el nivel del mar”, advierte Tomás Abraham en El deseo de Revolución, un libro dedicado a establecer un diálogo entre la historia reciente de Francia y la de su pensamiento filosófico, y sobre todo a rastrear la preeminencia de ese deseo más allá de las decepciones y los supuestos anacronismos. (…)

La búsqueda de Abraham se inicia con la Resistencia, el período ideológico del ideal revolucionario, para continuar con el vacío abierto tras la Independencia de Argelia y el desplazamiento del pensamiento sartreano por la revolución teórica encabezada por Roland Barthes, Louis Althusser y Michel Foucault. Convertida la ideología en una noción en desuso, la revolución en esta etapa se enuncia, advierte Abraham, “con el rigor del concepto”. Mayo ‘68  y su propuesta libertaria inauguran un nuevo corte histórico y conceptual: el estallido juvenil cambia el modo de entender a la Revolución, su lenguaje y sujetos. 

El libro concluye finalmente con las reminiscencias posmaoístas de los setenta, pasando antes por las resonancias de algunas de esas discusiones en la Argentina, y más específicamente, en el pensamiento de David Viñas, Juan Carlos Portantiero y León Rozitchner, entre otros.

Dedicado a Sartre, a quien define como “sinónimo de cigarrillo negro, de literatura y de revolución”, el libro de Tomás Abraham reconstruye así las grandes discusiones intelectuales en torno a ese deseo, y pone de manifiesto el modo en el que éste fue motor de la historia. En ese sentido, su lectura nos revela una distancia. Lejos de negar los hechos que pusieron en cuestión a los proyectos emancipatorios, el libro muestra el contraste con nuestro presente, un presente sombrío en el que palabras como deseo y revolución son, sobre todo, parte del glosario neoliberal.

Dos (la selección)

La palabra revolución insiste. Como decía Kant de la revolución francesa: no se mide por sus éxitos o sus fracasos, es una virtualidad permanente. La revolución es un acto sublime, despierta entusiasmo. Es un deseo, y como tal, no tiene fecha de vencimiento. La ilusión sí es una entidad perecedera. Un deseo que insiste a pesar de la decepción, crea un problema que no se resuelve con la facilidad con la que Freud conjugó el principio de placer con el principio de realidad. Por eso este libro es una paradoja, pretende trazar el obituario de una insistencia deseante (…) Las filosofías no tienen identidad nacional, no perpetúan una esencia ni expresan a su pueblo. Hay filósofos singulares. Las tradiciones pueden dar un tono, pero nunca monocorde. Cada filósofo da un salto en un vacío, si no fuera así ni siquiera podría ser nombrable y menos recordado. Pero la falta de identidad no impide una repetición. En la filosofía francesa contemporánea hay un deseo de revolución. Y si la identidad se recibe, si, por otra parte, la voluntad se genera, el deseo insiste.

Tres

Sartre. Un minuto de silencio. Pertenezco a una generación que se educó con Sartre y que por él eligió su vocación. Despertó a una juventud que quiso escribir como él, y vivir una vida como la suya. Se inventó el existencialismo. Una de las últimas modas que ofreció la filosofía, la más importante, guiada por la acción de un escritor. Desde una forma de vestirse, un modo de fumar, la sexualidad, un estado anímico, la vivencia de la soledad, un vocabulario, estas y otras reseñas caricaturales, se hicieron universales (…) Sartre creó una forma de pensar que produjo efectos en la psiquiatría, en la política, además de la literatura y la filosofía. Fue el filósofo más popular en vida de la historia. Lo fue gracias a su teatro, a sus novelas, en una época en que estos dos géneros dominaban el ocio de la gente. Era el mundo sin pantalla, salvo el cine. He visto gente agolpada a la entrada de librerías del Barrio Latino, empujándose para hojear o robar sus libros. Ese mundo ya no existe. Pero la historia no es un réquiem, un calendario de feriados en homenaje a los muertos. Lo que sí podemos preguntarnos es por qué Sartre está vivo. Averiguar las razones de su retorno. Porque volvió.

Cuatro

Una curva temporal marca la diferencia entre una Francia derrotada y otra que debe ceder ante una guerra cruenta en Argelia para dejar en manos de los norafricanos la independencia de su país. Son dos derrotas de Francia, la primera infligida al país orgulloso de su tradición republicana heredada de los valores de la Ilustración y la Revolución francesa, y la otra señalando el irreversible desmembramiento del Imperio francés. Lo curioso es que esta doble derrota fue ungida como una doble victoria gracias a la megalomanía tan eficaz como necesaria del general De Gaulle (…) La tremenda guerra de liberación de los argelinos, la violación de los derechos humanos de los franceses, las torturas y por otra parte, la resistencia de militantes anticolonialistas en Francia que muchas veces desde la clandestinidad denunciaron la acción de los militares franceses, se solidarizaron y fueron apoyo para los combatientes argelinos; todo eso fue sepultado por el gesto del gran general que se hizo acreedor de la gesta patriótica de sus ex colonizados. Así como en la posguerra en Francia la izquierda vivió un momento de euforia al identificarse con los resistentes entre los que se contaban muchos comunistas, y soñó con procesos revolucionarios que en poco tiempo se canalizarían y fosilizarían de acuerdo a con los tiempos de las grandes potencias en el nuevo mundo bipolar, esta vez la misma izquierda se había quedado sin armas, sin consignas y sin ideales (…) El Partido Comunista fue considerado traidor a la causa argelina ya que contemporizaba con los intereses colonialistas si así le convenía a la estrategia de la URSS. En este contexto, las ideas revolucionarias quedaron huérfanas de causas y de masas, y una nueva aurora filosófica se presentaba en el horizonte. Sus semillas germinaban en el campo literario y en los aportes de la fonología, es decir, en el espacio de la lengua. Se inician los años del “saber”.

Cinco

Cuando Foucault en Las palabras y las cosas anuncia el programa teórico para la constitución de una ‘ciencia general de los signos’ no hace más que nombrar la pretensión cultural de la nueva generación de filósofos. Se trata de adscribirse al valor de la Ciencia, pero no de la ciencia en el sentido positivista sino una ciencia revolucionaria, un conocimiento que sea disruptivo, subversivo, con los conceptos adecuados para la tarea. Este deseo de revolución no será político ni ideológico sino teórico, configurará nuevas problemáticas, inventará un vocabulario, y tendrá nuevos objetos de pensamiento. De las disciplinas invitadas a este ágape epistemológico, la principal es el psicoanálisis lacaniano. Porque es en sus seminarios, a los que asisten casi todos los que escribirán los principales textos de la década, en donde se habla de subversión del sujeto, del campo de la palabra, de la lógica del significante, de la falta y de la carencia. La insistencia en el detalle, la mirada sobre la superficie, el rescate de lo insignificante, la idea de que lo importante aparece por distracción son recursos del psicoanálisis aplicados al análisis del discurso. ‘Discurso’; otra palabra que abrirá nuevos surcos, junto a letra, a texto, a escritura, a signo. La revolución que quedó huérfana de historia, de referente político, hasta de masas, reaparece en la teoría por la vía de la discontinuidad. Revolución es ruptura, corte, salto, barre con el mito del progreso, de la evolución, de la continuidad.

Seis

Así llegamos a la palabra que embrujaría a las nuevas huestes de la Universidad: Poder. Detrás de cada palabra, de cada acto, de cada autoridad, el tema del poder era nuclear. ¿En qué se originaba? ¿Quién lo ejercía? ¿Cómo se legitimaba? ¿Qué finalidad perseguía? Este cuestionamiento no podía responderse con el manual del marxismo leninismo. La revuelta estudiantil confirmaba que los intelectuales marxistas y sus aparatos una vez más estaban a contracorriente de los cambios radicales. La URSS había traicionado los ideales de la Revolución y la clase obrera francesa estaba domesticada por una burocracia que transaba con el poder. Mayo del 68 se originó en los espacios en los que se impartía el saber: la Universidad. El tono libertario que tuvo en sus comienzos enfocó su protesta en el modo en el que se ejercía y distribuía el poder y la transmisión de conocimiento. Por lo tanto, el corolario estaba a la vista, lo que había que discutir era la relación entre saber y poder.

Siete

Ser de izquierda era pertenecer a una ideología que reivindicaban los postulados marxistas sobre la lucha de clases, y que combatía al sistema capitalista y al imperialismo, sin por eso pertenecer al partido político de la revolución proletaria. ¿Por que no se afiliaban al partido? Para no perder la posibilidad de la crítica, para no ceder en el uso de la libertad. ¿Para qué querían conservar ese uso? Para que no se les impusiera qué pensar, qué condenar y qué aprobar sobre el curso del mundo y de la historia. A esa actitud se la denunciaba por su carácter pequeñoburgués, lo que quiere decir individualista, egoísta y en abierta complicidad de hecho con la clase dominante (…) Los intelectuales tenían así el problema y el conflicto de la representación. No representaban a nadie, a nadie más que a ellos mismos. Y no sólo eso, sino que inevitablemente estaban en una situación artificial, falsa, por lo que no eran más que una conciencia libre que podían inflarse sin límite hasta convertirse en conciencia universal, una especie de espíritu absoluto que en nombre de una verdad llamada libertad, legislaba sobre el mundo. (…) Ese era el problema de Sartre, y también, en nuestro país, de Abelardo Castillo, entre otros (…) Había dos diferencias entre Francia y la Argentina. Una era que los intelectuales argentinos leían a los franceses, sin reciprocidad, salvo a los tres mosqueteros que gozaban del privilegio de la traducción: Borges, Sábato, Cortázar, aunque ninguno de los tres podía ser catalogado de intelectual de izquierda. La otra diferencia, de corte centrípeto, era que mientras en Francia el órgano político que representaba a la clase obrera era el Partido Comunista, en nuestro país ese lugar era ocupado por el peronismo. Lo que significaba algo bien concreto, y era que los obreros de carne y hueso, no en cuanto fantasmas invocados, siempre que podían votaban a su partido o su movimiento, y no reconocían ninguna otra representación. Por eso nuestros intelectuales debieron con el tiempo decidirse sobre su relación con el peronismo, a pesar de que tampoco faltaron quienes se dedicaron a romper lanzas con el Partido Comunista argentino.


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