Las clases de Hebe Uhart, comentado por Lucía Álvarez | RED/ACCIÓN

Las clases de Hebe Uhart, comentado por Lucía Álvarez

Las clases de Hebe Uhart
Liliana Villanueva
Blatt y Rios

Uno (mi comentario)

No hay escritor, hay personas que escriben, nos dice la voz de Hebe Uhart a través de los apuntes de Liliana Villanueva, su alumna-escriba, en este libro dedicado a pensar la literatura, los secretos del cuento y de la crónica, el modo de recuperar el habla de la gente, de construir diálogos y diálogos internos, personajes y metáforas. (...)

No hay escritor porque escribir, para Hebe, es una extraña artesanía. Requiere de paciencia y de constancia, no de actos de inspiración o virtuosismo. Un escritor debe escuchar y mirar abiertamente y eso se aprende, dejando de lado la vanidad, la crítica, el rencor. Así, las notas de Villanueva sobre el taller de Hebe nos van presentando una ética para el oficio de escribir, en tanto se trata de un labor que es al mismo tiempo íntima y pública. Una ética donde la duda le gana al juicio, el detalle a los conceptos, los “peros” a los adjetivos, lo cotidiano al exotismo, y a través de la cual podemos reflexionar sobre la escritura pero también sobre nosotros mismos y nuestro tiempo.

Dos (la selección)

El proceso de escribir plantea todos los problemas de cualquier tarea artesanal. Hay dudas, hay dificultades, hay preguntas, hay cosas mal resueltas que hay que arreglar, hay momentos de avidez, hay momentos en que sí se escribe y hay momentos en los que no tenés ganas de escribir (...) Lo que hacemos es un trabajo, una tarea, una especie de artesanía, cierto que se trata de una rara artesanía. Si hago un texto mal hecho o una silla de tres patas o una mesa sin terminar, demuestro falta de interés o apuro por publicar. Primero hay que sembrar un campo grande y después ver qué cosechamos. Se va escribiendo de a poco, así como uno va viviendo de a poco lo que a uno le pasa. No debo apurarme ni tener ansiedad, sólo debo preocuparme en escribir, como decía Isak Dinesen, ‘un poco cada día, sin esperanza y sin desesperación.

Tres

Todo arte es el arte de escuchar. Cuanto más miro, más salgo de mi prejuicio. Es difícil mirar lo real sin postergar el juicio, pero para escribir es necesario hacerlo. Muchas veces la gente no mira lo real, no miramos lo que hay. Flannery O’Connor habla de la mirada de lo concreto, dice que no se puede crear compasión desde la compasión. Si uno escribe ‘qué triste me siento’ no sirve, hay que mostrar esa tristeza. Si uno pone que un personaje que aparece solo un segundo tiene que saber para qué lo pone. Si no, no lo pongo. O’Connor decía: ‘el escritor está buscando una imagen que conecte, combine o encarne dos puntos; uno está arraigado en lo concreto, el otro es invisible a simple vista, pero el escritor cree firmemente en él, y es tan innegablemente real como el punto que todo el mundo ve’. Cuanto más se mira el mundo, más se ve.  

Cuatro

¿Por qué hacemos juicios rápidos? Porque nos da angustia mantenernos en la duda. Para escribir, el juicio rápido no sirve. Si yo digo de un personaje ‘es un aparato’, no digo nada, tengo que especificar qué clase de aparato es. Si digo ‘me molesta’, ‘no me gusta’, ‘no existe’ o ‘me molesta porque existe’ o ‘es un fantasma’, lo niego, son expresiones rápidas que no definen al personaje. Para escribir debo mantenerme en una duda razonable, quedarme un poco antes del concepto, de la crítica, del juicio rápido.

Cinco

Para escribir se necesita ocio, pero en nuestra sociedad el ocio está visto como nefasto. Hay gente que juega a las cartas ‘para matar el tiempo’, pero lo único que somos, como decía Schopenhauer, es tiempo. Uno cosifica el tiempo como si estuviera fuera de uno. La conexión con el presente, estar a tono con el mundo exterior, es importante. Si no puedo escribir, tengo que soportarlo, hasta que venga un momento mejor. La decisión no es abstracta, tiene un sustrato vital que es el deseo. Pero ¿qué es el deseo? Lo difícil es encontrarse con el propio deseo, aunque todo razonamiento o abstracción en la que me empeño es el deseo de hacer algo. Cuando uno se encuentra en un estado que se prolonga, cuando espera algo desde afuera y está en suspenso, se produce una pérdida del sentido de la vida. La postergación, entonces, me contamina todo, contamina la vida misma.

Seis

Al escribir no hay que dar mucha información, hay que eludir, sugerir, no explicitar. Hay que ponerse en la escritura, no dar una muestra de lo que puedo o soy capaz de hacer y listo. Se trata de entrar más en el sujeto que piensa, siente, hace, sin temor a ser sentimental o ridículo. Si no queda bien, después se poda.
No debemos engolosinarnos con las palabras, ni con los adjetivos redundantes, ni con las frases importantes. Al escribir no hay que quedarse en un concepto, hay que quedarse a unos pasos del concepto, un poco antes, sin llegar a él. Hay que darse tiempo y no cerrar. Ahí, en ese lugar antes del concepto, está la literatura, lo que nos hace ver, lo que abre las ventanas. Ahí y no en la frase conclusa, inteligente, pedante. Hay que desconfiar de las frases hechas, de los lugares comunes y de los conceptos terminados.

Siete

Para Sócrates, la verdad se arma en el diálogo con sus discípulos. En la democracia griega uno es parte de un todo, la verdad se busca entre todos. El que dialoga, desarrolla su capacidad de proyectarse en los otros y vence por convicción. En la perspectiva troyana el hombre se pone en el lugar del otro, pero para eso, para ponerme en el lugar del otro, tengo que escucharlo. La falta de diálogo implica falta de justicia. Todo tiene que ver con el espacio común.


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