Graciela Fernández Meijide | RED/ACCIÓN
Sie7e Párrafos | 19 de febrero de 2019

López Rega, comentado por Graciela Fernández Meijide

Graciela Fernández Meijide, docente. Participó en ONG de defensa de los DD HH en Argentina. Integró la CONADEP. Fue Diputada y Senadora nacional, Ministra de Desarrollo Social.

López Rega. El peronismo y la triple A
Marcelo Larraquy
Sudamericana

Uno (mi comentario)

Cuando finalizaba un programa sobre los años 70 en radio Ciudad, Marcelo Larraquy le recordó a Hilda Sábato que había sido su alumno en la carrera de Historia en la UBA y le preguntó por qué en las clases se hablaba tan poco de aquellos años violentos. Hilda contestó que estaban entonces, democracia recién recuperada, demasiado cerca de los hechos y eso dificultaba la objetividad. Leí casi todos los libros de Marcelo que, preferentemente, indagan sobre distintos aspectos de aquella época y mientras se desarrollaba aquel diálogo pude imaginar al joven curioso, de alrededor de 20 años, que habría cursado parte de su secundario todavía en dictadura, dedicado ya adulto, munido de las herramientas del investigador, a desmenuzar cada momento, cada protagonista de ese angustiante escenario de nuestra historia. (…)

Ahora termino de leer “López Rega. El peronismo y la triple A” y uno se puede preguntar cómo es posible que semejante personaje pudiera llegar a acumular tanto poder, a gozar de tanta impunidad. Caído por fin en desgracia, fue extraditado de su exilio. Juzgado, estuvo en la cárcel varios años hasta que murió, en 1989 en una clínica privada. Afecto al esoterismo, apegado al rito umbanda, con la convicción de estar tocado por Dios, fue cantor, autor, mayordomo servil, intrigante Rasputín en los oídos de Isabel de Perón. Ministro de Desarrollo Social, desde el edificio en el que se asentó cuando sintió que había tocado el cielo con sus manos, convertido en “el imán de la derecha de cualquier sector”, había impulsado con fe doctrinaria y armamento concreto la violencia estatal clandestina encubierta por el paraguas de la AAA (Alianza Anticomunista Argentina) . En este libro Larraquy pinta un fresco de pugnas, intrigas, competencias propias de la política más confrontativa y de lealtades inexplicables en el que la figura central es un “brujo”.

Dos (la selección)

Hacia fines de la década de los treinta, José López era uno más de los anónimos muchachos que jugaban a las barajas en el club El Tábano. En ese tiempo no tenía apuro por llegar a ningún lado y nada le interesaba tanto como indagar en las cuestiones del espíritu. Su padre, Juan López, era un inmigrante español que se había ganado la vida en Buenos Aires conduciendo un taxímetro, un viejo Buick negro. A su madre, Rosa Rega, no llegó a conocerla. Murió el 17 de octubre de 1916, en el mismo momento en que lo estaba pariendo.

Los primeros cincuenta años de su vida, López los vivió en la casa familiar de Guayra 3761, del barrio de Villa Urquiza. Pasó la infancia y buena parte de la primera adolescencia intentando sobrellevar la ausencia de su madre y jugando con cualquier bicho que apareciera bajo la tierra. Allí, en el patio de la casa, formaba ejércitos de soldados en miniatura y les daba instrucciones a los generales. Siempre recordaría que en esas tardes aprendió los significados de la soledad. Sin embargo, no podía entender quién era, de dónde había venido y hacia dónde iba. Esas cuestiones lo inquietaban. Su padre no sabría ayudarlo a develar esos misterios, pero cada tanto lo llevaba a un boliche de Congreso y Estomba para que lo acompañara, y eso resultaba, en parte, aliviador.

Tres

Mientras tanto, Perón se aferraba a la máquina de escribir para levantar la moral de sus seguidores. El 11 de julio de 1956 le escribió a Cooke:

El odio y el deseo de venganza ya sobrepasaron todos los límites tolerables hasta en nosotros mismos frente a tanta infamia y espíritu criminal. Es necesario confesar que aunque fuéramos santos tendríamos que descuartizar a los traidores y asesinos de inocentes ciudadanos y prisioneros indefensos. Yo dejé Buenos Aires sin ningún odio pero ahora, ante el recuerdo de nuestros muertos y asesinados en prisiones, torturados con el sadismo más atroz, tengo un odio inextinguible que no puedo ocultar.

Pero la pieza clave de toda esa etapa fueron las Instrucciones generales, que hizo llegar a los peronistas de la resistencia y de los comandos de exiliados para que las difundieran y aplicaran. Relataba cómo realizar crímenes contra sus enemigos y cómo preparar la “guerra de guerrillas” para el asalto final. Las Instrucciones… exhibían un grado de violencia tan manifiesto que muchos creyeron que eran apócrifas, pero él mismo se ocupó de confirmar su veracidad.

Cuatro

Durante su estadía en Ciudad Trujillo —actual Santo Domingo—, Perón se desembarazó de John William Cooke. El ex diputado había sido funcional a su estrategia de guerra revolucionaria durante más de dos años, responsable del armado de la “línea dura” del peronismo con activistas de la Resistencia Peronista. Pero luego de la firma del pacto con Frondizi, Perón comenzó a erosionar su liderazgo interno y lo puso en pie de igualdad con aquellos que habían buscado acomodarse primero con la Revolución Libertadora y luego con la política “integracionista” de la UCRI, seducidos por el calor oficial.

La influencia de Cooke dentro del Movimiento se vio reducida con la creación del Consejo Coordinador y Supervisor Peronista, un nuevo organismo de representación, “brazo táctico” de Perón, que integraban múltiples dirigentes, la mayoría de ellos pertenecientes a la “línea blanda”. Todos ellos se vigilaban entre sí y reportaban directamente al General. Con esta estrategia Perón lograba un efecto doble: por un lado, socavaba el poder interno de Cooke; por el otro, al integrar a la “capa blanda” a la conducción del Movimiento, evitaba la diáspora, aunque, según sus cartas, Perón confiaba en su propio poder de aniquilación.

Cinco

“López Rega resistió cada desprecio de Perón; se mostraba inmune a la burla y la ironía. Aguantar fue parte de su estrategia de largo plazo. También fue astuto. Los primeros tiempos empleó un raro ingenio para sostenerse en las mentiras más banales. Una vez apareció en el living de la residencia vestido de smoking. Estaba impecable. Dijo que durante dos años había sido primer mozo de salón del Hotel Savoy y que ahora iba a aplicarse para conseguir que la residencia funcionara del mismo modo. Empezó a dar instrucciones a la cocinera y a la mucama, y puso en práctica todas las reglas de protocolo que había aprendido de Buba Villone en Brasil, para servir la mesa del General y su esposa, como si fuera el mayordomo de una comedia italiana. En otra oportunidad, Perón lo encontró llorando en su cuarto de la planta baja. López Rega le dijo que su biógrafo, Enrique Pavón Pereyra, lo había tratado como a un perro. Al día siguiente el General organizó un careo entre su biógrafo y el mayordomo para aclarar el asunto. Pavón Pereyra aseguró que no existió entredicho alguno. Solamente le había ordenado a López Rega que no tocara la correspondencia del escritorio porque “Perón pone las cartas urgentes de un lado y las no tan urgentes de otro, y él las estaba mezclando”. Admitió que le había dicho dos veces “no toque eso” en tono enérgico. López Rega, por su parte, subrayó que, en la vehemencia de su orden, Pavón Pereyra le había dicho “¡fuchs, fuchs!”, como se trata a los perros. El biógrafo admitió que pudo haber actuado así, pero aclaró que su intención no había sido la de descalificarlo. Perón zanjó el incidente pidiéndole a Pavón Pereyra que tratara bien a López Rega para que no volviera a llorar por la noche.

Seis

El 25 de mayo de 1973 López Rega llegó al poder del Estado con amplias posibilidades de acción. Disponía de un amplio presupuesto para lanzar planes de obras públicas, entregar subsidios, responder a las necesidades populares. Y también podía movilizar recursos para formar y controlar grupos políticos y realizar alianzas con caudillos provinciales. El Ministerio le permitía construir poder y prestigio personal. Aspiraba a que su acción social fuese recordada como la de Evita. Y estaba dispuesto a mostrarle a la sociedad la idea que había formado sobre sí mismo: sería el hombre que salvaría a la Argentina. Perón le había dado esa oportunidad y le había demostrado su preferencia: el 26 de junio, un día antes de que lo sacudiera el infarto, recorrió con él los pasillos del Ministerio. En cambio, nunca visitó a Cámpora en la Casa Rosada durante los días de su fugaz gobierno.

Siete

López Rega partió en fuga hacia la nada, con la cobertura armada de seis de sus custodios y aferrándose al tubo negro que contenía el diploma que lo acreditaba como embajador extraordinario y plenipotenciario. Decidió hacer escala en el Brasil y encontrarse con Claudio Ferreira. La profunda amistad que lo unía con su hermano umbanda desde hacía casi veinticinco años, una amistad marcada a fuego a través de confesiones íntimas, búsquedas energéticas y retiros espirituales, a ojos de los otros parecía uno más de los aspectos misteriosos y exóticos —quizá también siniestros— de la personalidad del ex ministro.

López y Ferreira estuvieron dos días encerrados en el departamento 604 de avenida Atlántica 1186 de Río de Janeiro. Revivieron sus conversaciones nocturnas con los rosacruces de Uruguayana en los años cincuenta, recordaron la noche en que Ferreira, sin desprenderse de su pipa, le enseñó a bailar samba a Isabel en Puerta de Hierro bajo la mirada risueña de Perón, al que Ferreira se daba el lujo de tratar de “che” mientras el General, que le retribuía la confianza, lo llamaba “indio”. Los dos, Ferreira y López, vislumbraron que el sueño del retiro definitivo en la fina arena de Sombrío, donde pensaban montar un complejo turístico, se desvanecía. No hacía falta ponerlo en palabras: perderían para siempre la paz de esas playas. Los buenos tiempos habían terminado. Pero López Rega, tratando de que la hermandad que los unía no terminara, le pidió que lo acompañara a Europa con su pareja y su pequeño hijo, del cual él era el padrino. El dinero acumulado —dijo— les alcanzaría para vivir cómodos por bastante tiempo. Ferreira rehusó la oferta: no encontraba razones para escapar. Tenía intenciones de recuperar su nacionalidad brasileña, para impedir que la justicia argentina pudiera extraditarlo. En cuanto a sus bienes, Armonía, la hacienda de una veintena de hectáreas que había comprado en Mato Grosso, estaba a nombre de su pareja. En todo caso, le costaría recuperar los 56.000 dólares depositados en el Banco de la Nación Argentina, dinero que en verdad ya daba por perdido. Cada argumento con el que explicaba su negativa era parte de la despedida, y cada vez que decía que no, Eloá Copetti Vianna, su mujer, se enorgullecía más de él: Ferreira no era un criminal, de modo que no tenía razones que lo obligaran a escapar de su casa y someter a su familia a los peligros de una fuga dorada. En cambio, a López, Eloá lo miraba con tristeza: después de tantos años de sacrificio, después de tanto empeñarse en las prácticas mágicas para hacer retornar al General y salvar la Argentina, ahora tenía que largar todo e irse. Solo. Eloá lo miraba y pensaba: “Todos los muertos no le sirvieron de nada. Toda la atrocidad fue inútil, no había ninguna justificación. Muertos por nada”.


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Sie7e Párrafos | 31 de enero de 2019

La vida invisible, comentado por Graciela Fernández Meijide

La vida invisible
Silvia Iparraguirre
Ampersand

Graciela Fernández Meijide, docente. Participó en ONG de defensa de los DD HH en Argentina. Integró la CONADEP. Fue Diputada y Senadora nacional, Ministra de Desarrollo Social. Escribió: La ilusión, La historia íntima de los DD HH en la Argentina, Eran humanos, NO héroes, El diálogo (Sudamericana). Integra el Club Político Argentino.

Uno (mi comentario)

Me convertí en fan de Sylvia Iparraguirre hace muchos años,  cuando leí La tierra del fuego. En esa novela histórica, Sylvia indaga y ficciona el encuentro real, en Tierra del Fuego, del Capitán Fitz Roy con Omoy-lume, miembro de los Yamanas devenido en Jemmy Button y relata  el viaje de ambos a Inglaterra, su estadía ahí y la vuelta del yamana que retorna decepcionado, frustrado en sus expectativas, a la legitimidad de sus orígenes. Después leí El país del viento y El muchacho de los senos de goma y ahora La vida invisible.

En una entrevista que le hice a Sylvia para la Televisión Pública, en junio de este año- todavía yo no había leído su último libro-, ella habló de esa, su vida invisible y me sentí totalmente identificada: si bien la diferencia de edad es mucha, aunque pertenezcamos a generaciones distintas, encontré puntos de relación muy estrecha en lo que se refiere a verse atrapadas por la lectura. Las dos aprendimos a leer siendo muy chicas, nos compraban libros pero, además, tuvimos la biblioteca familiar tan a nuestra disposición que pudimos, devorando textos, zambullirnos en una fantasía que considerábamos, seriamente, nuestra realidad. Luchábamos contra piratas o esclavistas, o, en mi caso, subida en el techo de una habitación, era una aviadora, Carola Lorenzini – de la que supe por los diarios- volando hacia vaya a saber dónde.

En La vida invisible, Sylvia se abre y se describe no solo como una nena o una adolescente sino también como esa muchacha de 17 años criada en ciudad pequeña, que ve cómo queda atrás su mamá cuando se va con su bolso azul en colectivo hacia la universidad de la gran ciudad. Nos participa su deslumbramiento ante los profesores notables, Jorge Luis Borges, por ejemplo y no vacila en contar el inicio de su vida sentimental  y su formación literaria con el hombre al que le dedica su libro: el escritor Abelardo Castillo. También comparte con sus lectores tanto los poemas que la conquistaron porque, cuando ahonda en ellos la proveen de “lo que busca, lo que desea, lo que oculta, lo que ha perdido” como su novedosa caracterización de Ana Karenina como el ejemplo de la novela como género literario.

En fin, este libro de Sylvia se suma a los motivos por los que sigo siendo su fan.

Dos (la selección)

“La lectura fue para mí, desde que tengo memoria, una experiencia vital, tan decisiva como el conjunto de aprendizajes que forman nuestra identidad fundamental. Experiencia no condicionada por nada, ligada solo a las valoraciones primarias de las que nos erigimos como únicos jueces. Su placer mayor radicó en el poder de suspensión de la realidad circundante, en ponerme a vivir en otra dimensión. Era dueña de ir y venir por esos mundos.

El gusto por la lectura nació asociado a la libertad. Los autores que fui descubriendo en el camino fueron mis mentores, mis faros, aquellos cuyas palabras establecieron una mediación, un orden, una escala que me llevó a una comprensión más amplia y profunda de la realidad y de los otros. Mi agradecimiento incondicional a esos autores y escritoras, “padres y maestros mágicos”, que conversan conmigo desde la edad de la razón y me (nos) rescatan, como escribe Olaf Stapledon, “del trágico desorden de la colmena humana””.

Tres

“Invariablemente vestido de traje y chaleco, Borges se sentaba tras el escritorio, extraía del bolsillo del saco un reloj grande, con tapa; lo abría y lo dejaba abierto sobre el escritorio. Hecho esto, miraba al frente, a un punto indefinido en el aire del que no quitaría la aparente mirada en toda la hora, y comenzaba a hablar. Daba la clase de manera amable, sin retórica, apelando al humor e iba derivando, según su brújula interna, por aspectos insospechados de las antiguas literaturas germánicas y anglosajonas o de las sagas de Islandia: batallas, palabras, versos, fragmentos supervivientes de un mundo perdido que él veneraba. Explicando una batalla entre sajones y britanos decía que no imagináramos grandes ejércitos disciplinados de tipo napoleónico. “Eran un montón de gente –decía– como si pelearan los de Temperley contra los de Lomas de Zamora”. Cuando llegó al Beowulf nos desplegó la kenningar que encerraba ese nombre, “lobo de las abejas”, por depredador de la miel, es decir: “oso”, lo que indicaba la corpulencia del héroe de la epopeya escandinava. Para comentar la prepotencia de coraje de Beowulf, lo asimiló a un compadrito de un barrio de Buenos Aires y recitó la copla:

Soy del barrio ‘e Monserrá
donde relumbra el acero
lo que digo con el pico
lo sostengo con el cuero”.

Cuatro

“Cómo no empezar leyendo el poema que dice: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche / escribir por ejemplo / la noche está estrellada y tiritan azules los astros a lo lejos”; también: “El mar como un vasto cristal azogado / refleja la lámina de un cielo de zinc.” Y me quedé hasta hoy con Neruda y Asunción Silva y, a veces, con Darío.

Y, un poco después, con aquello de Roque Dalton: “La poesía, como el pan, es para todos”.

Más tarde, vinieron dos piedras angulares, César Vallejo:

Hay golpes en la vida tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

[…]

Y Miguel Hernández:

“Elegía”

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
Que por doler me duele hasta el aliento.
[…]”

Cinco

“Necesito decir antes que nada que el nuestro no fue un encuentro intelectual ni literario. Fue un encuentro vital, emocional. Nos gustamos; nos enamoramos de nuestras virtudes y defectos, y fue para toda la vida. A pesar de que yo era muy joven y de que la diferencia de edad al comienzo pesó, desde el primer momento, superando los alarmantes altibajos que respondían, básicamente, a nuestros caracteres empecinados, intuimos compartir un núcleo profundo, central, un sentido general de la existencia y de las cosas, que los años solo profundizarían. Eso fue lo esencial. La literatura, además de haber sido la causa de nuestro encuentro, le dio a nuestra relación una dimensión y una felicidad sumadas. Con “dimensión” quiero decir la posibilidad de una unión de otro tipo, una complicidad en algo que nos llevaba más lejos, que venía de antes e iba al futuro: los libros. Fuimos muy afortunados; tuvimos esa suerte que tienen algunas parejas que comparten un oficio o profesión que aman y en la cual se regocijan. Y si hubo un secreto fue este: nunca intenté domesticarlo; nunca interfirió en mi independencia. La nuestra fue una historia de amor profundo y de concesiones mutuas.

Con Abelardo la vida invisible se visibilizó, fluyó, para transformarse en un diálogo continuo. Si la biblioteca de la casa de mi abuela arma la primera escena de mi novela personal como lectora, en la biblioteca de Abelardo, en nuestro departamento de la calle Pueyrredón, empezó mi educación literaria”.

Seis

“Recuerdo haber leído de manera hipnótica, en un viaje en tren de Buenos Aires a Junín, la Teoría y estética de la novela. Cada tanto, levantaba los ojos para ver dónde estaba, seguramente con esa mirada de sonámbulo que tiene un lector atrapado por un libro. Página tras página, como una usina inacabable, Bajtín me descubría ideas y conocimientos; el horizonte se ampliaba, se corría la frontera arbitrariamente establecida por teorías, que ahora me parecían anacrónicas, vetustas, inmóviles. Yo crecía. En un viaje de cuatro horas y media, crecí años. Había hecho un salto cualitativo en mi formación; había llegado a la intuición y luego a la comprensión de aspectos de la cultura occidental de los que nunca volvería atrás: la teoría de la recepción, la microhistoria, de LeGoff a Carlo Ginzburg, de la pragmática (la incidencia del contexto en todo intercambio lingüístico) y del contexto sociohistórico como engarce ineludible para la comprensión cabal de una obra, del lenguaje como ideología. Los años, como suele suceder, dieron la prueba de lo transformador que fue el pensamiento bajtiniano. Cómo sus ideas originales, provocativas, siguieron produciendo significados culturales: polifonía, hibridez cultural, dialogismo, géneros discursivos, argumentación son base de los estudios culturales y lingüísticos de hoy. La otredad, término inaugurado por Bajtín, está presente en los estudios multiculturales y de la posmodernidad”.

Siete

“Al releer Ana Karenina pienso en dos lugares comunes que pertenecen al universo de la recepción de la novela. Dos tópicos que se citan como garantía de perfección o de excelencia. Se dice que “es una de las cimas de la novela”. Frase hecha que terminó como clisé poblando contratapas de innumerables ediciones. Y el otro lugar común, que considera tanto a Tolstói como a su literatura: “Más grande que la vida”. Se me ocurre que esta última calificación no le gustaría a Tolstói. Para un hombre que observó con la misma pasión las abejas, los árboles, los animales y los seres humanos no podía haber nada más grande que la vida. Sin embargo, le guste o no al autor, su literatura, como pocos otros casos, decantó estas dos formas tópicas; visiones universales, icónicas, aplicadas particularmente a Guerra y Paz y a Ana Karenina. Como si, reunidas todas las posibles lecturas de todos los posibles lectores en un crisol, diera por resultado el molde del lugar común”.


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