La vida invisible, comentado por Graciela Fernández Meijide | RED/ACCIÓN

La vida invisible, comentado por Graciela Fernández Meijide

La vida invisible
Silvia Iparraguirre
Ampersand

Graciela Fernández Meijide, docente. Participó en ONG de defensa de los DD HH en Argentina. Integró la CONADEP. Fue Diputada y Senadora nacional, Ministra de Desarrollo Social. Escribió: La ilusión, La historia íntima de los DD HH en la Argentina, Eran humanos, NO héroes, El diálogo (Sudamericana). Integra el Club Político Argentino.

Uno (mi comentario)

Me convertí en fan de Sylvia Iparraguirre hace muchos años,  cuando leí La tierra del fuego. En esa novela histórica, Sylvia indaga y ficciona el encuentro real, en Tierra del Fuego, del Capitán Fitz Roy con Omoy-lume, miembro de los Yamanas devenido en Jemmy Button y relata  el viaje de ambos a Inglaterra, su estadía ahí y la vuelta del yamana que retorna decepcionado, frustrado en sus expectativas, a la legitimidad de sus orígenes. Después leí El país del viento y El muchacho de los senos de goma y ahora La vida invisible.

En una entrevista que le hice a Sylvia para la Televisión Pública, en junio de este año- todavía yo no había leído su último libro-, ella habló de esa, su vida invisible y me sentí totalmente identificada: si bien la diferencia de edad es mucha, aunque pertenezcamos a generaciones distintas, encontré puntos de relación muy estrecha en lo que se refiere a verse atrapadas por la lectura. Las dos aprendimos a leer siendo muy chicas, nos compraban libros pero, además, tuvimos la biblioteca familiar tan a nuestra disposición que pudimos, devorando textos, zambullirnos en una fantasía que considerábamos, seriamente, nuestra realidad. Luchábamos contra piratas o esclavistas, o, en mi caso, subida en el techo de una habitación, era una aviadora, Carola Lorenzini – de la que supe por los diarios- volando hacia vaya a saber dónde.

En La vida invisible, Sylvia se abre y se describe no solo como una nena o una adolescente sino también como esa muchacha de 17 años criada en ciudad pequeña, que ve cómo queda atrás su mamá cuando se va con su bolso azul en colectivo hacia la universidad de la gran ciudad. Nos participa su deslumbramiento ante los profesores notables, Jorge Luis Borges, por ejemplo y no vacila en contar el inicio de su vida sentimental  y su formación literaria con el hombre al que le dedica su libro: el escritor Abelardo Castillo. También comparte con sus lectores tanto los poemas que la conquistaron porque, cuando ahonda en ellos la proveen de “lo que busca, lo que desea, lo que oculta, lo que ha perdido” como su novedosa caracterización de Ana Karenina como el ejemplo de la novela como género literario.

En fin, este libro de Sylvia se suma a los motivos por los que sigo siendo su fan.

Dos (la selección)

“La lectura fue para mí, desde que tengo memoria, una experiencia vital, tan decisiva como el conjunto de aprendizajes que forman nuestra identidad fundamental. Experiencia no condicionada por nada, ligada solo a las valoraciones primarias de las que nos erigimos como únicos jueces. Su placer mayor radicó en el poder de suspensión de la realidad circundante, en ponerme a vivir en otra dimensión. Era dueña de ir y venir por esos mundos.

El gusto por la lectura nació asociado a la libertad. Los autores que fui descubriendo en el camino fueron mis mentores, mis faros, aquellos cuyas palabras establecieron una mediación, un orden, una escala que me llevó a una comprensión más amplia y profunda de la realidad y de los otros. Mi agradecimiento incondicional a esos autores y escritoras, “padres y maestros mágicos”, que conversan conmigo desde la edad de la razón y me (nos) rescatan, como escribe Olaf Stapledon, “del trágico desorden de la colmena humana””.

Tres

“Invariablemente vestido de traje y chaleco, Borges se sentaba tras el escritorio, extraía del bolsillo del saco un reloj grande, con tapa; lo abría y lo dejaba abierto sobre el escritorio. Hecho esto, miraba al frente, a un punto indefinido en el aire del que no quitaría la aparente mirada en toda la hora, y comenzaba a hablar. Daba la clase de manera amable, sin retórica, apelando al humor e iba derivando, según su brújula interna, por aspectos insospechados de las antiguas literaturas germánicas y anglosajonas o de las sagas de Islandia: batallas, palabras, versos, fragmentos supervivientes de un mundo perdido que él veneraba. Explicando una batalla entre sajones y britanos decía que no imagináramos grandes ejércitos disciplinados de tipo napoleónico. “Eran un montón de gente –decía– como si pelearan los de Temperley contra los de Lomas de Zamora”. Cuando llegó al Beowulf nos desplegó la kenningar que encerraba ese nombre, “lobo de las abejas”, por depredador de la miel, es decir: “oso”, lo que indicaba la corpulencia del héroe de la epopeya escandinava. Para comentar la prepotencia de coraje de Beowulf, lo asimiló a un compadrito de un barrio de Buenos Aires y recitó la copla:

Soy del barrio ‘e Monserrá
donde relumbra el acero
lo que digo con el pico
lo sostengo con el cuero”.

Cuatro

“Cómo no empezar leyendo el poema que dice: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche / escribir por ejemplo / la noche está estrellada y tiritan azules los astros a lo lejos”; también: “El mar como un vasto cristal azogado / refleja la lámina de un cielo de zinc.” Y me quedé hasta hoy con Neruda y Asunción Silva y, a veces, con Darío.

Y, un poco después, con aquello de Roque Dalton: “La poesía, como el pan, es para todos”.

Más tarde, vinieron dos piedras angulares, César Vallejo:

Hay golpes en la vida tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

[…]

Y Miguel Hernández:

“Elegía”

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
Que por doler me duele hasta el aliento.
[…]”

Cinco

“Necesito decir antes que nada que el nuestro no fue un encuentro intelectual ni literario. Fue un encuentro vital, emocional. Nos gustamos; nos enamoramos de nuestras virtudes y defectos, y fue para toda la vida. A pesar de que yo era muy joven y de que la diferencia de edad al comienzo pesó, desde el primer momento, superando los alarmantes altibajos que respondían, básicamente, a nuestros caracteres empecinados, intuimos compartir un núcleo profundo, central, un sentido general de la existencia y de las cosas, que los años solo profundizarían. Eso fue lo esencial. La literatura, además de haber sido la causa de nuestro encuentro, le dio a nuestra relación una dimensión y una felicidad sumadas. Con “dimensión” quiero decir la posibilidad de una unión de otro tipo, una complicidad en algo que nos llevaba más lejos, que venía de antes e iba al futuro: los libros. Fuimos muy afortunados; tuvimos esa suerte que tienen algunas parejas que comparten un oficio o profesión que aman y en la cual se regocijan. Y si hubo un secreto fue este: nunca intenté domesticarlo; nunca interfirió en mi independencia. La nuestra fue una historia de amor profundo y de concesiones mutuas.

Con Abelardo la vida invisible se visibilizó, fluyó, para transformarse en un diálogo continuo. Si la biblioteca de la casa de mi abuela arma la primera escena de mi novela personal como lectora, en la biblioteca de Abelardo, en nuestro departamento de la calle Pueyrredón, empezó mi educación literaria”.

Seis

“Recuerdo haber leído de manera hipnótica, en un viaje en tren de Buenos Aires a Junín, la Teoría y estética de la novela. Cada tanto, levantaba los ojos para ver dónde estaba, seguramente con esa mirada de sonámbulo que tiene un lector atrapado por un libro. Página tras página, como una usina inacabable, Bajtín me descubría ideas y conocimientos; el horizonte se ampliaba, se corría la frontera arbitrariamente establecida por teorías, que ahora me parecían anacrónicas, vetustas, inmóviles. Yo crecía. En un viaje de cuatro horas y media, crecí años. Había hecho un salto cualitativo en mi formación; había llegado a la intuición y luego a la comprensión de aspectos de la cultura occidental de los que nunca volvería atrás: la teoría de la recepción, la microhistoria, de LeGoff a Carlo Ginzburg, de la pragmática (la incidencia del contexto en todo intercambio lingüístico) y del contexto sociohistórico como engarce ineludible para la comprensión cabal de una obra, del lenguaje como ideología. Los años, como suele suceder, dieron la prueba de lo transformador que fue el pensamiento bajtiniano. Cómo sus ideas originales, provocativas, siguieron produciendo significados culturales: polifonía, hibridez cultural, dialogismo, géneros discursivos, argumentación son base de los estudios culturales y lingüísticos de hoy. La otredad, término inaugurado por Bajtín, está presente en los estudios multiculturales y de la posmodernidad”.

Siete

“Al releer Ana Karenina pienso en dos lugares comunes que pertenecen al universo de la recepción de la novela. Dos tópicos que se citan como garantía de perfección o de excelencia. Se dice que “es una de las cimas de la novela”. Frase hecha que terminó como clisé poblando contratapas de innumerables ediciones. Y el otro lugar común, que considera tanto a Tolstói como a su literatura: “Más grande que la vida”. Se me ocurre que esta última calificación no le gustaría a Tolstói. Para un hombre que observó con la misma pasión las abejas, los árboles, los animales y los seres humanos no podía haber nada más grande que la vida. Sin embargo, le guste o no al autor, su literatura, como pocos otros casos, decantó estas dos formas tópicas; visiones universales, icónicas, aplicadas particularmente a Guerra y Paz y a Ana Karenina. Como si, reunidas todas las posibles lecturas de todos los posibles lectores en un crisol, diera por resultado el molde del lugar común”.


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