Alejandro Melamed | RED/ACCIÓN
Sie7e Párrafos | 26 de febrero de 2019

¡Sálvese quien pueda!, comentado por Alejandro Melamed

¡Sálvese quien pueda!
Andrés Oppenheimer
Debate

Uno (mi comentario)

Andrés Oppenheimer realiza un trabajo de investigación y propuesta, focalizado en el futuro y el trabajo. A partir de una serie de entrevistas y encuentros con los principales referentes globales del tema, y recorriendo los centros especializados más importantes en América, Europa y Asia, en su libro logra sintetizar la realidad y los potenciales escenarios de los trabajos en general y pone la lupa sobre sobre determinadas actividades. (…)

Luego de un primer (y muy holístico) capítulo introductorio, va recorriendo en cada uno de los siguientes el futuro de:

  • Los periodistas
  • Los restaurantes, supermercados y tiendas
  • Los banqueros
  • Los abogados, contadores y aseguradores
  • Los médicos
  • Los docentes
  • Los trabajadores manufactureros y los transportistas
  • Los actores, músicos y deportistas

Para cerrar con dos capítulos referidos a los trabajos del futuro – revisando temas como el ingreso básico universal- y las diez áreas de los trabajos del futuro.
Es un libro llevadero, lleno de experiencias y testimonios, bien documentado y con múltiples referencias. Lo enriquece poder escuchar las voces de los principales protagonistas, que han sido entrevistados personalmente por Andrés Oppenheimer.

Dos (la selección)

Desde que un estudio de la Universidad de Oxford pronosticó que 47% de los empleos corren el riesgo de ser reemplazados por robots y computadoras con inteligencia artificial en Estados Unidos durante los próximos 15 o 20 años, no he podido dejar de pensar en el futuro de los trabajos. ¿Cuánta gente perderá su empleo por la creciente automatización del trabajo en el futuro inmediato? El fenómeno no es nuevo, pero nunca antes se había dado tan aceleradamente. La tecnología ha venido destruyendo empleos desde la Revolución Industrial de fines del siglo XVIII, pero hasta ahora los seres humanos siempre habíamos logrado crear muchos más fuentes de trabajo que los que habíamos aniquilado con la tecnología. ¿Podremos seguir creando más oportunidades de las que eliminamos?

Tres

Varios economistas antes de Frey y Osborne ya habían alertado en años recientes sobre los posibles efectos disruptivos de los robots y la inteligencia artificial. Sus argumentos eran que, a diferencia de los avances tecnológicos del pasado, la tecnología ahora está avanzando de manera exponencial, cada vez más acelerada. Según la llamada ley de Moore -basada en un artículo de Gordon Moore, el cofundador de Intel, de 1965- la capacidad de las computadoras aumenta 100% cada 18 meses, lo que significa que el poder de las computadoras aumentará alrededor de 10 000% en 10 años. Y eso cambiará el mundo mucho más que en las últimas décadas, entre otras cosas porque la aceleración tecnológica ocurrirá no sólo en el campo de la computación, sino también en el de la biotecnología, la robótica y la nanotecnología.

Cuatro

El célebre economista John Maynard Keynes advirtió sobre el desempleo tecnológico a comienzos de la década de 1930, pronosticando que el mundo sufriría un gran desempleo industrial porque “el descubrimiento de formas de reducir costos laborales está avanzando más rápidamente que nuestra capacidad de crear nuevas ocupaciones”. También el presidente estadounidense John F. Kennedy señaló en la década de 1960, cuando empezaban a difundirse las computadoras y los robots en las oficinas y las fábricas, que uno de los principales desafíos del mundo venidero sería “mantener el empleo de todos en momentos en que la automatización está reemplazando a los hombres”. Sin embargo, estas advertencias resultaron equivocadas: la tecnología siempre terminó creando más trabajos de los que aniquiló, dicen los optimistas.

Cinco

“Hoy día, 99% de los estadounidenses que viven por debajo de la línea de pobreza tienen electricidad, agua potable, servicios sanitarios y un refrigerador; 95% tiene un televisor; 88% tiene un teléfono; 71% tiene un carro y 70% tiene aire acondicionado. Esto puede no parecer gran cosa, pero hace 100 años hombres como Henry Ford y Cornelius Vanderbilt estaban entre los más ricos del planeta, aunque tenían pocos de estos lujos”, señalan.

Seis

¿Cuál fue mi conclusión tras entrevistar a algunos de los principales futurólogos del mundo? Una de mis principales conclusiones, además de las que citaré en el último capítulo, fue que algunos empleos dejarán de existir, pero la gran mayoría de los trabajos no desaparecerán, sino que se transformará. Muchas de las cosas que hacemos hoy serán hechas por las máquinas inteligentes. Eso requerirá que nos actualicemos mucho más de lo que lo hemos hecho hasta ahora, y que en muchos casos nos reinventemos. Pero no hay duda de que muchos perderemos nuestros trabajos. El gran problema para todos, como personas y como países, será cuán traumática será la transición de un mundo de trabajo humano a otro donde estará cada vez más automatizado.

Siete

Cuándo los jóvenes me piden consejos sobre qué estudiar y les digo que sigan la carrera que más les guste, se los digo por experiencia propia. Cuando yo era un adolescente y buscaba un lugar en la vida, sabía que quería ser periodista, que no era una profesión bien remunerada, ni lo es actualmente. Pero era mi pasión desde los 13 años, cuando comencé a escribir en cuadernos escolares diarios de viajes imaginarios inspirados en National Geographic y otras revistas. Probablemente mi pasión por el periodismo y la política me vino desde niño, en mi Argentina natal, porque tenía un abuelo político -yo lo llamaba “el concubino” de mi abuela, porque nunca se casaron y vivían en casa de mi abuela- que era escritor y diputado. Yo pasaba casi todos los días por su casa, de regreso de la escuela, y estaba fascinado por el mundo de libros y periódicos entre los que vivía. Y me deslumbraba su estilo de vida: escribía por las mañanas, dormía la siesta después del almuerzo, y varias veces por semana tenía visitantes en la casa con quienes entablaba apasionadas discusiones sobre los temas políticos del momento hasta altas horas de la noche. De niño miraba todo eso como magnetizado: me parecía mucho más divertido que trabajar de 9:00 a 5:00 en un banco o en una compañía de seguros.


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Sie7e Párrafos | 4 de enero de 2019

Radiografía del mal de época: el cansancio

La sociedad del cansancio
Byung – Chul Han
Herder

Selección y comentario por Alejandro Melamed, Doctor en Ciencias Económicas, Director Gral Humanize Consulting, Autor de El Futuro del Trabajo y El Futuro del Trabajo, entre otros. Speaker Internacional y Consultor Innovación Disruptiva en RRHH.

Uno (mi comentario)

Byung-Chul Han es uno de los filósofos más destacados del pensamiento contemporáneo. Nacido en Corea del Sur y educado en Alemania (donde también enseña) tiene un estilo muy personal y particular de describir el mundo actual y cómo las personas nos comportamos en el contexto del Siglo XXI. En La Sociedad del Cansancio se focaliza en las consecuencias negativas del exceso de positividad y cómo ello ha generado una serie de nuevas enfermedades “neuronales” como la depresión, el trastorno de déficit de atención con hiperactividad, trastorno de límite de personalidad y el síndrome de desgaste emocional. En esta dirección describe la violencia neuronal que se materializa en el agotamiento, la fatiga y la asfixia. (…)

(sigue mi comentario)

Para diferenciar de la teoría de la disciplina (en la que un “otro” nos marcaba los límites), analiza la sociedad del rendimiento, en la que somos cada uno de nosotros los que nos autoimponemos metas cada vez más altas, desafiantes y difíciles de cumpiir, convirtiéndonos en nuestros propios jefes que nos generamos obligaciones ya sea en el gimnasio, en el avión, en la oficina o en centro comercial. La excesiva presión por el rendimiento que nos autoimponemos desemboca en infartos psíquicos, con almas agotadas y quemadas. Somos verdugos y víctimas a la vez. Tal vez la mejor síntesis del libro es que la autorealización se transforma en la autodestrucción, por lo que estamos demasiado vitales para morir, pero demasiado muertos para vivir. Un texto corto (118 páginas) pero de lectura lenta, porque cada párrafo tiene una profundidad llamativamente impactante, que invita a la reflexión y revisión de múltiples paradigmas de la vida moderna.

Dos (la selección)

Toda época tiene sus enfermedades emblemáticas. Así, existe una época bacterial que, sin embargo, toca a su fin con el descubrimiento de los antibióticos. A pesar del manifiesto miedo a la pandemia gripal, actualmente no vivimos en la época viral. La hemos dejado atrás gracias a la técnica inmunológica. El comienzo del siglo XXI, desde un punto de vista patológico, no sería ni bacterial ni viral, sino neuronal. Las enfermedades neuronales como la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de la personalidad (TLP) o el síndrome de desgaste ocupacional (SDO) definen el panorama patológico de comienzos de este siglo. Estas enfermedades no son infecciones, son infartos ocasionados no por la negatividad de lo otro inmunológico, sino por un exceso de positividad. De este modo, se sustraen de cualquier técnica inmunológica destinada a repeler la negatividad de lo extraño.

Tres

La violencia de la positividad, que resulta de la superproducción, el superrendimiento o la supercomunicación, ya no es «viral». La inmunología no ofrece acceso alguno a ella. La repulsión frente al exceso de positividad no consiste en ninguna resistencia inmunológica, sino en una abreaccíón digestivo-neuronal y en un rechazo. El agotamiento, la fatiga y la asfixia ante la sobreabundancia tampoco son reacciones inmunológicas. Todos ellos consisten en manifestaciones de una violencia neuronal, que no es viral, puesto que no se deriva de ninguna negatividad inmunológica. Por eso, la teoría baudrillardesca sobre la violencia carece de claridad argumentativa, puesto que intenta describir la violencia de la positividad, o mejor dicho, de lo idéntico, que no implica ninguna otredad, desde claves inmunológicas.

Cuatro

La sociedad disciplinaria de Foucault, que consta de hospitales, psiquiátricos, cárceles, cuarteles y fábricas, ya no se corresponde con la sociedad de hoy en día. En su lugar se ha establecido desde hace tiempo otra completamente diferente, a saber: una sociedad de gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones, grandes centros comerciales y laboratorios genéticos. La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento. Tampoco sus habitantes se llaman ya «sujetos de obediencia», sino «sujetos de rendimiento». Estos sujetos son emprendedores de sí mismos. Aquellos muros de las instituciones disciplinarias, que delimitan el espacio entre lo normal y lo anormal, tienen un efecto arcaico. El análisis de Foucault sobre el poder no es capaz de describir los cambios psíquicos y topológicos que han surgido con la transformación de la sociedad disciplinaria en la de rendimiento. Tampoco el término frecuente «sociedad de control» hace justicia a esa transformación. Aún contiene demasiada negatividad.

Cinco

El cambio de paradigma de una sociedad disciplinaria a una sociedad de rendimiento denota una continuidad en un nivel determinado. Según parece, al inconsciente social le es inherente el afán de maximizar la producción. A partir de cierto punto de productividad, la técnica disciplinaria, es decir, el esquema negativo de la prohibición, alcanza de pronto su límite. Con el fin de aumentar la productividad se sustituye el paradigma disciplinario por el de rendimiento, por el esquema positivo del poder hacer (Kónnen), pues a partir de un nivel determinado de producción, la negatividad de la prohibición tiene un efecto bloqueante e impide un crecimiento ulterior. La positividad del poder es mucho más eficiente que la negatividad del deber. De este modo, el inconsciente social pasa del deber al poder. El sujeto de rendimiento es más rápido y más productivo que el de obediencia. Sin embargo, el poder no anula el deber. El sujeto de rendimiento sigue disciplinado. Ya ha pasado por la fase disciplinaria. El poder eleva el nivel de productividad obtenida por la técnica disciplinaria, esto es, por el imperativo del deber. En relación con el incremento de productividad no se da ninguna ruptura entre el deber y el poder, sino una continuidad.

Seis

Visto así, el síndrome de desgaste ocupacional no pone de manifiesto un sí mismo agotado, sino más bien un alma agotada, quemada. Según Ehrenberg, la depresión se despliega allí donde el mandato y la prohibición de la sociedad disciplinaria ceden ante la responsabilidad propia y las iniciativas. En realidad, lo que enferma no es el exceso de responsabilidad e iniciativa, sino el imperativo del rendimiento, como nuevo mandato de la sociedad del trabajo tardomoderna.

Siete

La sociedad de rendimiento, como sociedad activa, está convirtiéndose paulatinamente en una sociedad de dopaje. Entretanto, el Neuro-Enhancement reemplaza a la expresión negativa «dopaje cerebral». El dopaje en cierto modo hace posible un rendimiento sin rendimiento. Mientras tanto, incluso científicos serios argumentan que es prácticamente una irresponsabilidad no hacer uso de tales sustancias. Un cirujano que, con ayuda de nootrópicos, opere mucho más concentrado, cometerá menos errores y salvará más vidas. Incluso un uso general de drogas inteligentes, según ellos, no supone ningún problema. Solo hay que establecer cierta equidad, de manera que estén a disposición de todos. Si el dopaje estuviera permitido también en el deporte, este se convertiría en una competición farmacéutica.


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