Natalia Zuazo | RED/ACCIÓN
Sie7e Párrafos | 13 de marzo de 2019

La calesita argentina, comentado por Natalia Zuazo

La calesita argentina
Nicolás Tereschuk
Capital Intelectual

Uno (mi comentario)

Si el formato Intratables de “hablar de política” siempre termina en el eterno retorno (la conclusión de que todos los gobiernos son iguales en hacernos padecer la vida cotidiana), en La calesita argentina el politólogo Nicolás Tereschuk se propone el desafío contrario. Su objetivo es tomar la madeja de lo repetido y tirar de sus hilos para ver qué nos dicen sobre nuestra identidad, recurriendo a autores clásicos y contemporáneos, a la historia y a experiencias que nos permitan salir de la conclusión obvia del que se vayan todos.

El libro tiene el valor de salir del ese aparente refresh de ideas que nos devuelve la ruedita de las redes sociales, donde siempre encontramos algo nuevo pero pocas veces algo novedoso de verdad. Con humildad, el autor dice no ser original en recurrir a lecturas (Platón, Maquiavelo, Perón, Bobbio, O´Donnel, Laclau, por citar algunos) previas para leer el presente. Sin embargo, en sus relecturas para interpretar algunas preguntas importantes de nuestros días (¿por qué a los proyectos populares les cuesta generar horizontes de futuro?, ¿se debilitó el kirchnerismo?, ¿se fortaleció el macrismo?), agrega lo que la era de la polarización no permite: terrenos un poco movedizos desde donde ver desde lejos, pero al menos ver algo más que lo habitual. Para lograr claridad, Tereschuk busca despejar algunas nubes que lo obsesionan: los ciclos políticos y sus causas, los límites (y la audacia) de los modelos, el timing de las políticas, la crítica a lo que lleva al campo popular a un reformismo que no termina de generar revoluciones. En definitiva, la calesita argentina es un libro que habla de paradojas, esos caminos que a veces que hay que recorrer con coraje para lograr llegar hasta un lugar mejor.

Dos (la selección)

“La mirada cíclica augura también una dificultad intrínseca. Cosas que no se pueden desanudar o resolver. Cuestiones que vuelven, que nos acechan. Gobernar la Argentina es una experiencia de enorme dificultad, aunque el optimismo del presidente Macri, de su entorno, de los grandes medios de comunicación, de los empresarios, del “mundo” durante sus primeros dos años de mandato parecieron olvidar esta noción que a algunos nos resulta tan clara.”

Tres

“De alguna manera, la idea de los ciclos no hace otra cosa que ponernos frente a la paradoja de que cuanto más se fortalece, cuanto más se despliega, cuanto más madura una determinada forma de gobierno, más se acerca al momento en que ya ha dado todo lo que se puede dar. No solo está más cerca de su decadencia, sino que más cerca está de abrir paso con su muerte a otro esquema de organización que bien puede tener características polares o contrarias a las que analizamos.”

Cuatro

“Por poner un ejemplo que nos interesa: el kirchnerismo siempre apostó por impulsar el consumo interno, incluso en momentos en que muchos economistas desaconsejaban ese curso de acción. Siguiendo algunas de las ideas que mencionamos aquí, podría pensarse que fue esa voluntad de fomentar el consumo lo que, por un lado, le permitió ser lo que fue: por caso, gobernar doce años, imponiéndose en tres elecciones presidenciales, un gran éxito político. Y, por otra parte, esa misma forma de ser del kirchnerismo puede pensarse como la que produce sus propios obstáculos, pensamos aquí en un engrosamiento de las clases medias que terminan exigiendo menos Impuesto a las Ganancias, más acceso a bienes de consumo durables importados y dólares en forma de billetes, más producción industrial con el consiguiente aumento de las importaciones de insumos, bienes de capital y partes, o incluso la compra de bienes extranjeros terminaos que tarde o temprano generaron problemas más que económicos para el kirchernismo. Desde este enfoque sería necesario pensar si es eso que está en el ADN kirchernista lo que a su vez generó el recambio hacia el macrismo y no hacia el propio kirchnerismo.”

Cinco

“Si avanzamos algunos pasos más, nos encontraremos con el problema de buena parte de los gobiernos del «giro a la izquierda» en la región para renovar horizontes de futuro de cara a la sociedad. Mi impresión es que, de alguna forma, este ánimo reactivo, minimalista, reparador pero no conquistador del pueblo genera serios obstáculos para transmitir un programa completo, una noción renovada de futuro, una promesa llena de imágenes –aunque más no sea- del porvenir, de modernidar, de apuntar a estar al día con lo que se lleva en el mundo. El sector social que tiene como programa máximo poner en caja –por un tiempo- a las elites, defenderse de un ansia de dominio potencialmente ilimitado, encuentra de manera recurrente dificultades para desplegar al mismo tiempo toda una cosmovisión, una estética que se retroalimente, que venda un mediano o largo plazo de brillo y esplendor al cual aspirar”

Seis

“(…) Perón hace explícita su idea de que lo que se trata es más bien de evitar una revolución que de hacerla. La mirada contiene postulados más bien módicos. No pocos dirán que contrarrevolucionarios o hasta conservadores. (…) Como si se tratara de una transacción –no de una imposición, de una conquista- Perón calcula en 30% el costo de este esquema de justicia social que pocos días después la Unión Industrial Argentina echará por tierra con duras críticas. Los propietarios sienten el discurso de Perón como una amenaza, aunque está lejos de tener una perspectiva desbordante, agresiva y de dominio. Supongamos por un instante que el peronismo sí tuvo ese humor en algunos tramos durante los diez años de gobierno en las décadas de 1940 y 1950. Que en algún momento tuvo un ansia de poder hasta agresiva. Y que logró exponer una cierta visión intelectual y moral de largo plazo: una ética y una estética válidas y potentes, incluso con rasgos de modernidad a través de la promoción del desarrollo industrial o científico-tecnológico soberano. Supongamos también que en algún momento de esa década se pasó de rosca en su épica y en su estética. Pensemos que más temprano que tarde algo de esa pulsión de dominio político se desbordó o se convirtió intolerable para las elites. Veamos qué ocurrió con el correr de la historia. Qué tipo de horizonte representó ese sector político y social.”

Siete

“En este contexto, el límite a la eventual hegemonía oficialista (*) parece estar tanto en la resistencia de los sectores subalternos como en las desavenencias entre los sectores dominantes. Los intereses de los sectores financieros y especulativos versus los de los productores de bienes. Los intereses de los sectores exportadores versus los de los importadores. Los intereses de los sectores bendecidos por las (des)regulaciones del gobierno de Macri versus las de aquellos perjudicados. Los intereses de los sectores que tienen más sillones ocupados con sus integrantes en puestos de gobierno versus aquellos que se ven más raleados en el elenco oficinal. Los intereses de los acreedores externos, grandes jugadores de Wall Street que no dudan en desprenderse de los papeles argentinos cuando la cosa viene mal, disparando así una vez más el riesgo país o derrumbando las acciones de compañías locales o haciendo subir el valor del dólar y los empresarios que tienen inversiones hundidas en el país. No parece existir una comunidad de negocios, un esquema que deje a todos los actores que se oponen al populismo conformes”

(*) de Macri

Selección y comentario por Natalia Zuazo, periodista de poder y tecnología, politóloga. Directora de la agencia tecnopolítica Salto. Autora de Guerras de internet (Debate, 2015) y Los dueños de internet (Debate, 2018).


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Sie7e Párrafos | 23 de enero de 2019

Manual para dar el salto

Decir no no basta
Naomi Klein
Paidós

Selección y comentario por Natalia Zuazo, periodista de poder y tecnología, politóloga. Directora de la agencia tecnopolítica Salto. Autora de Guerras de internet (Debate, 2015) y Los dueños de internet (Debate, 2018).

Uno (mi comentario)

Para los que trabajamos entre el mundo de las ideas y de la acción, existe una búsqueda permanente entre encontrar nuevas formas de pensar el mundo y estrategias para cambiarlo. ¿Cómo nos explicamos lo que pasa?, primero. ¿Cómo lo cambiamos?, después. En ese intercambio –que siempre es con otros- está el día a día.  Desde los 2000, la canadiense Naomi Klein nos aporta sus libros para este fin, a veces destinados a un análisis que nos lleve a comprender lo nuevo (No logo, La doctrina del shock) y otras a tomar una acción más inmediata en temas como la ecología o el apremio de los trabajadores a recuperar sus puestos de trabajo. (…)

(sigue mi comentario)

Decir no no basta está en el segundo grupo, el de los libros que ofrecen soluciones para la acción. Pero además aprendió: del gobierno de Trump que ya coronó la clase empresaria para tomar decisiones públicas (quien lo quiera leer como espejo de la Argentina o Brasil viene perfecto) y de los gobiernos progresistas que no se animaron a hacer verdaderas reformas cuando llegaron al poder. Y, sobre todo, aprendió de su experiencia en primera persona junto a los nuevos movimientos populares que decidieron dejar de decir que “no” y empezar a unirse y decir “sí” a sus demandas comunes, más allá de sus diferencias. Allí, en esa construcción colectiva de sindicatos, trabajadores, identidades disidentes, minorías que ya son mayorías, unidas por valores y el no común a un mundo gobernado por el dinero, está su mapa posible. Y tal vez el único que nos quede.

Dos (la selección)

“Ya el propio gabinete de Trump, formado por millonarios y multimillonarios, nos dice mucho de los objetivos ocultos de su Administración. Exxon Mobile, a la Secretaría de Estado. General Dymamics y Boeing, a la cabeza del Departamento de Defensa. Y los chicos de Goldman Sachs para casi todo lo demás. El puñado de políticos de carrera a los que se ha puesto al frente de alguna agencia gubernamental parecen elegidos, bien porque no creen en la función básica de la agencia, bien porque directamente creen porque la agencia no debería existir. Steve Bannon, el aparentemente marginado estratega jefe de Trump, fue muy claro al respecto en febrero de 2017, dirigiéndose a un público conservador. El objetivo, dijo, era la «deconstrucción del Estado administrativo» (se refería con esto a las normativas y agencias gubernamentales encargadas de proteger a la población y sus derechos). Y añadió: «Si te fijas en la lista de candidatos a un puesto en el gabinete, han sido seleccionados por una razón, y es la deconstrucción».”

Tres

“Los pilares fundamentales del proyecto político y económico de Trump son: la deconstrucción del Estado regulador; una ofensiva total contra el Estado de bienestar y los servicios sociales (justificada en parte con un discurso belicoso que instiga el miedo racial y ataca en parte a las mujeres por ejercer sus derechos); el desencadenamiento de una fiebre por los combustibles fósiles nacionales (que pasa por ignorar los estudios científicos sobre el clima y neutralizar gran parte de la burocracia gubernamental); y una guerra de civilizaciones contra los inmigrantes y el «terrorismo islamista radical».

Además de suponer una amenaza evidente para quienes ya son los más vulnerables, este proyecto entraña una visión que generará con toda seguridad una ola tras otra de crisis y shocks. Shocks económicos, a medida que estallen las burbujas del mercado, infladas gracias a la desregulación; shocks de seguridad, cuando nos alcancen las represalias por las políticas antiislamistas y las agresiones en el exterior; shocks climáticos, al desestabilizar aún más el clima; y shocks industriales, cuando se produzcan vertidos de los oleoductos y accidentes en las plataformas petrolíferas, lo que tiende a ocurrir siempre que se cercenan las normativas medioambientales y de seguridad.”

Cuatro

“Si algo he aprendido de informas desde docenas de lugares sumidos en una crisis, de la Atenas sacudida por la debacle de la deuda griega hasta la Nueva Orleans tras el huracán Katrina, pasando por Bagdad durante la ocupación estadounidadense, es esto: que es posible ofrecer resistencia a estas tácticas. Para hacerlo, han de ocurrir dos hechos cruciales. Primero, hemos de entender perfectamente cómo funcionan las políticas de shock y a qué intereses sirven. Es esa comprensión la que nos permite salir rápidamente del estado de shock y empezar a contraatacar. Segundo, e igualmente importante, tenemos que contar una historia distinta de la que nos venden los doctores del shock, una visión del mundo lo bastante convincente como para competir con la suya de igual a igual. Esta visión, fundamentada en valores, ha de ofrecer una vía diferente, lejos de shocks encadenados; una que se base en unirnos por encima de divisiones raciales, étnicas, religiosas o de género, en vez de dejar que nos enfrenten aún más, y en sanar el planeta en vez de desatar más guerras desestabilizadoras y seguir contaminándolo. Y sobre todo, esa visión debe ofrecer a quienes están sufriendo –por falta de trabajo, falta de asistencia sanitaria, falta de paz, falta de esperanza- una vida tangiblemente mejor.”

Cinco

“He aquí una teoría: la interacción entre los sueños idealistas y las victorias terrenales siempre ha estado en el centro de los momentos de transformación profunda. Los avances logrados para los obreros y sus familias tras la Guerra Civil y durante la Gran Depresión, así como en materia derechos civiles y medio ambiente en los años sesenta y principios de los setenta del siglo pasado, no fueron meras reacciones ante una crisis u otra. Fueron reacciones a crisis que ocurrieron en momentos en los que las personas se atrevieron a soñar a lo grande, alto y claro, en público, con auténticas explosiones de imaginación utópicas.”

Seis

“Y, sin embargo, a las generaciones que habían crecido en el neoliberalismo les costó imaginar algo, lo que fuera, pero algo que fuera distinto de lo único que habían conocido. Es posible que el poder de la memoria también influyera. Cuando los trabajadores se sublevaron contra las depravaciones de la era industrial, muchos conservaban recuerdos vívidos de otro modelo de economía. (…) AL haber conocido algo distinto eran capaces de imaginar –y luchar por- un futuro radicalmente mejor. Incluso aquellos que jamás han sido tremendamente creativos a la hora de buscar caminos –a menudo por medio de formas artísticas clandestinas- de alimentar y mantener con vida el sueño de la libertad, el autogobierno y la democracia. (…) Es precisamente esta capacidad de imaginar, la habilidad de concebir un mundo completamente distinto del actual, lo que ha brillado por su ausencia desde que el grito de «no» empezó a oírse por todo el mundo en 2008.”

Siete

“Nos habíamos reunido para detectar las conexiones entre las crisis a las que nos enfrentamos y para tratar de esbozar una visión holística del futuro que resolviera muchos de los desafíos que se cruzan a la vez. Igual que en Standing Rock, mucha gente está empezando a ver y hablar sobre estas conexiones, señalando, por ejemplo, los intereses económicos que más promueven las fuerzas, tanto en casas como en el extranjero, son precisamente las fuerzas más responsables del calentamiento global.

Muchas de las crisis a las que nos enfrentamos son síntomas de la misma enfermedad subyacente: una lógica basada en la dominación que trata a muchas personas, e incluso a la propia Tierra, como si fueran desechables. Nos unía la convicción de que la persistencia de estas desconexiones, de esa formas de pensar «por compartimientos» es la causante de que los progresistas estén perdiendo terreno en prácticamente todos los frentes y tengan que pelear por conseguir migajas, cuando todos sabemos que el momento histórico presente exige un cambio transformador. Estas divisiones y compartimentaciones nos están arrebatando todo nuestro potencia y han logrado convencer a demasiadas personas de que las soluciones duraderas siempre estarán fuera de nuestro alcance.”


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Tecnología | 17 de mayo de 2018

Medio siglo después del nacimiento de Internet, Europa comienza a limitar el uso abusivo de nuestros datos

Internet cumple 50 años. Tras la violación a la privacidad de los usuarios por parte de Cambridge Analytica el mundo mira a la Unión Europea. Allí, el 25 de mayo entra en vigencia un nuevo reglamento de datos personales (GRDP) que demanda más transparencia a las corporaciones. Con la agencia de Acceso a la Información Pública la Argentina puede avanzar en ese camino.

Hoy, 17 de mayo, es el día de internet. El número 13 desde que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) estableció la efeméride en la Cumbre de la Sociedad de la Información de Túnez. Si nos ponemos precisos, la Red tiene bastantes años más: en 2019 se cumplirán cinco décadas desde que, desde Santa Mónica, California, se conectaron los primeros nodos de Arpanet, la primera forma que adoptó el monstruo que hoy conecta al 43% de la humanidad.

Desde los 90, cuando internet comenzó a expandirse masivamente en Estados Unidos y luego por el mundo, la acompañaron las metáforas del progreso. En esos años, Al Gore, vicepresidente de la administración demócrata de Bill Clinton, había bautizado a la Red como una “autopista de la información”, una “supercarretera” que había que ayudar a desarrollar desde los gobiernos del mundo porque, a su vez, iba a llevar al progreso de los ciudadanos. La asociación era lineal: a más infraestructura, más conexiones, más comunicación, más libertad, más crecimiento económico.

Casi veinte años después, seguimos repitiendo ese mantra. También el de la supuesta “democratización” que ofrecen las tecnologías. “Utilizar el comercio electrónico es superdemocratizador del lado del comprador y del vendedor”, dijo Marcos Galperín, el fundador de la empresa argentina Mercado Libre a la periodista Martina Rúa. “La nube se está convirtiendo en el gran democratizador de los servicios de virtualización, big data e inteligencia artificial para todas las empresas”, según Larry Ellison, fundador de Oracle. “Con su plataforma Discover, Snapchat crea una relación más accesible entre marcas y consumidores, abrazando la democratización del mercado y la economía”, declaró Jeff Fromm, columnista de Forbes.

“La tecnología no hace más que mejorarnos la vida”, leemos como mantra de la publicidad tecno-optimista. Es cierto: gracias a ella hacemos cosas como ir al supermercado desde la computadora, llevamos en la mochila una colección infinita de libros en un lector digital o miramos del otro lado de la cámara a nuestro abuelo que vive lejos. También la tecnología aplicada a la salud mejoró la esperanza de vida de gran parte del planeta: en 2015 una persona vivía un promedio de 71 años, cinco años más que en el año 2000, el mayor salto desde el año 1960. Sin embargo, hay un problema que no mejoró, sino que, al contrario, se profundizó: la desigualdad.

Hoy, 8 personas en el mundo (todas ellas hombres) concentran la misma riqueza que el 50% de la humanidad. Y cuatro de ellos son dueños de empresas de tecnología: Jeff Bezos de Amazon, Bill Gates de Microsoft, Mark Zuckerberg de Facebook y Larry Ellison, el fundador de Oracle.. A diferencia de la anterior súper clase de millonarios, su poder no se basa en fábricas, pozos de petróleo o ferrocarriles. Su riqueza está en la concentración de grandes cantidades de datos personales, que recabaron sin una gota de sangre, sin una guerra ni una explosión.

Los dueños del mundo controlan grandes plataformas tecnológicas que conforman monopolios en distintos sectores de la economía. Google lidera las búsquedas, la publicidad y el aprendizaje automatizado. Facebook controla gran parte del mercado de las noticias. Amazon dirige el comercio en gran parte de Occidente. Uber no sólo quiere intermediar y ganar dinero con cada viaje, sino que busca convertirse en la empresa que transporte los bienes del futuro, incluso sin necesidad de conductores.

A casi 50 años de la primera versión internet, vivimos su etapa más concentrada. Un colonialismo digital donde unas pocas empresas se reparten la Red como alguna vez Europa dividió los límites de África a su antojo. Hasta ahora, las pocas luchas contra estos poderes han venido desde las leyes anti monopolio. En junio de 2017, la Comisión Europea aplicó a Google la mayor multa antitrust que se haya impuesto en la historia de Europa: 2.7 mil millones de dólares.

Con esa suma ejemplar, el organismo dijo que la empresa había favorecido en su buscador a su servicio de compras Google Shopping por sobre otros negocios competidores y le dio 90 días para abandonar la práctica, a riesgo de pagar el 5% de sus ingresos diarios, es decir 14 millones cada 24 horas, hasta cumplirlo.

“Google ha negado a otras empresas la oportunidad de competir en base a sus méritos y de innovar. Y, lo más importante es que ha negado a los consumidores europeos los beneficios de la competencia, la elección genuina y la innovación”, explicó la comisaria de la Competencia de la Unión Europea, la social liberal danesa Margrethe Vestager. Los números la avalan: 74% de los anuncios de compra-venta de Google que reciben clics pertenecen a su servicio Shopping. Como en las ocasiones anteriores (Google enfrenta acusaciones y conflictos legales por monopolio desde 2008 en Estados Unidos y 2010 en la Unión Europea), la corporación dijo que apelaría la multa y minimizó el problema. Poco después, el Washington Post reveló que sus ejecutivos donaron más dinero a la campaña de Barack Obama que cualquier otra empresa del país y participaron de una serie de reuniones en la Casa Blanca entre la acusación antimonopolio y el momento en que la misma fue abandonada por el gobierno.

Entonces, otras voces advirtieron que la mejor estrategia no era ir contra la estructura gigante de estas compañías, sino atacarlas en su corazón, en sus activos más pequeños pero a la vez valiosos: los datos. Si es la información lo que las hace ricas hoy y lo que les dará su poder mañana, entonces hay que quitarles el control absoluto de ese activo de la forma en que lo hacen hoy: de manera completa y con poca transparencia pública. Fascinados por lo que las empresas facilitan en nuestras vidas, dejamos de ver que todo lo que hacen es gracias a los datos. Sus algoritmos avanzados, sus servidores y chips con procesamiento ultra rápido, sus compañías de inteligencia artificial y toda la beneficencia que despliega en el mundo para garantizar su imagen positiva no serían nada sin esos granos de arena en forma de bits que le dan, todos juntos, su gran poder.

Madurar es dejar las excusas

Sentado frente a los senadores norteamericanos en el Capitolio y con un traje asfixiante para sus costumbres de remera, Mark Zuckerberg primero balbuceó y luego aceptó: “No es que nos oponemos a la regulación, senador. Sí: el reglamento de la Unión Europea puede ser un camino”.

Días después de la investigación periodística que había demostrado que Facebook había permitido que la consultora de big data inglesa Cambridge Analytica usara los datos de 50 millones de usuarios de su plataforma para hacerles llegar publicidad política, el dueño de la gran red social tuvo que admitir que su compañía no había cuidado (una vez más) los datos de sus usuarios, es decir, de sus clientes. Mientras tanto, del otro lado del Atlántico, en la Unión Europea los países ya habían acordado que a partir del 25 de mayo de 2018 sus ciudadanos estarían protegidos y podrían reclamar ante un problema similar.

El Reglamento General de Protección de Datos (GDRP por sus siglas en inglés) está vigente desde 2016, pero este año llega la hora de que los países lo comiencen a aplicar en sus territorios y sancionar a las empresas locales que no lo cumplan. La base del reglamento está en darles el poder a los usuarios. Y en hacer más transparentes la circulación de la información que las empresas (no sólo las de internet) tienen de los ciudadanos.

Entre otras cosas, establece que los europeos tienen derecho a saber para qué fines se utilizarán los datos, por cuánto tiempo se conservarán, si sus datos son transferidos, etc. Todo esto debe ser claro y sencillo de entender.

También, supone que cada persona le puede pedir a las empresas una copia de todo lo que recopila sobre ella, que un usuario puede corregir o revocar un dato, o que si prefiere trasladar su información a otro operador (más transparente, más barato, más justo) puede hacerlo sin dilación.

Además de multa por el no cumplimiento de estas reglas, sanciona a las compañías que no informen sobre filtraciones de datos o problemas de seguridad. Les pide que denuncien estos problemas en 72 horas. Entre otros avances interesantes, también dispone que se pueda indagar sobre los procesos automáticos de toma de decisiones, por ejemplo, los algoritmos que deciden si nos dan un crédito en el banco o, por poner un ejemplo porteño, si obtenemos una vacante en una escuela de la Ciudad de Buenos Aires.

La situación en Argentina

La entrada en vigor de esta norma ha despertado interés no sólo entre los europeos, sino también en Estados Unidos, que empieza a darse cuenta que sus grandes empresas necesitan mayores controles, y también en regiones como América Latina donde las leyes de protección de datos personales requieren una actualización.

La de Argentina, por ejemplo, es del año 2000, unas cuantas eras atrás en términos tecnológicos. “Nuestra reglamentación es muy completa y avanzada, pero también en los últimos años se abrió un proceso de reformas en el que participamos activamente”, sostiene Valeria Milanés, directora del área digital de la Asociación por los Derechos Civiles (ADC).

En febrero de 2017, la Dirección de Datos Personales, entonces bajo el ala del ministerio de Justicia, abrió una consulta dentro del programa Justicia 2020. “Cámaras empresarias y organizaciones como ADC presentamos nuestras sugerencias. Hay una versión final del borrador de la ley y el presidente Macri anunció que se avanzaría con su tratamiento durante la apertura de sesiones legislativas de 2017”, señala Milanés. Sin embargo, el proyecto por ahora está en pausa.

Mientras tanto, la Dirección de Datos Personales, que entre sus funciones tiene también el control y la sanción de las violaciones a la información de las personas, se transformó en un organismo autónomo, bajo el nombre de Agencia de Acceso a la Información Pública. El cambio fue recibido como algo positivo por las organizaciones de la sociedad civil. Sin embargo, la Agencia hoy cuenta con un presupuesto menor al que necesita para su funcionamiento. “Esto limita su capacidad de acción. Si a eso le sumamos que todavía no tenemos Defensor del Pueblo, todavía queda bastante por avanzar en términos de aplicación efectiva de la ley actual o de una que la mejore en el futuro”, alerta Milanés.

Más allá de la Argentina, en el ámbito regional, el Grupo Agenda Digital del Mercosur también comenzó a reunirse y tratar la adecuación de las leyes de protección de datos personales de los países de la región. Tal vez, en el caso latinoamericano, también haya que apelar a la unión y a que la política, a través de los estados, recupere su accionar político frente a las corporaciones. La valentía, en la lucha contra los grandes poderes de internet, reside allí, en los usuarios reclamando nuestros derechos como ciudadanos.