Marcos Novaro | RED/ACCIÓN
Sie7e Párrafos | 22 de enero de 2019

Contra el separatismo

Contra el separatismo
Fernando Savater
Ariel

Selección y comentario por Marcos Novaro, estudió Sociología y Filosofía en la UBA y actualmente es investigador principal del CONICET y dirige el Centro de Investigaciones Políticas (Cipol) y el Archivo de Historia Oral de Argentina Contemporánea en el Instituto Gino Germani. Sus últimos libros son La Argentina en el fin de siglo (Ariel, 2010); Historia de la Argentina 1955-2010 (Siglo XXI, 2010), y Peronismo y democracia (2014, Edhasa).

Uno (mi comentario)

Como sostiene de partida Savater, es perfectamente legítimo en un panfleto como este construir un adversario de paja para hacer más liviano el trabajo de denostarlo. Y hay que decir que no pocos de sus argumentos dan en el blanco: el intento separatista emprendido en 2017 por una muy acotada mayoría (o primera minoría según como se la cuente) de los ciudadanos catalanes y sus representantes es convincentemente desnudado en sus rasgos más caprichosos y patéticos, dejando en evidencia que estaba desde el principio destinado a un penoso final.

(sigue mi comentario)

Pero la pregunta que vale la pena plantearse no es tanto si el affaire catalán merece la catarata de descalificaciones que recibe de Savater, si no si el separatismo en general merece el tratamiento que de rebote le toca. ¿No es acaso pertinente, tal vez no para pensar Cataluña, pero si la Europa y el mundo de hoy en día, una reflexión más matizada al respecto?. Por caso, ¿qué unidades, solidaridades y autoridades políticas van a primar en la Europa del futuro próximo, las de los europeos, las de las naciones que la fundaron, unas más locales y étnicas, u otras nuevas que hoy no podemos ni imaginar y están apenas emergiendo? Y junto a esa pregunta, consideremos otra más teórica sobre el problema, que a Savater le parece irrelevante o incómodo considerar, pero no conviene ignorar: si el separatismo resulta un enemigo tan amenazador e invivible para nuestros Estados nación, ¿será por las razones morales y constitucionales que da el autor, por su carácter “destructivo” y “diabólico”, o porque usa contra estos Estados actualmente existentes los mismos mitos y argumentos a que ellos apelan para justificarse, que su soberanía no es más que la suma de los derechos de los individuos que los habitan, unidos por lazos culturales y de identidad claros y distintos para todos ellos, y que les permiten diferenciarse prístinamente de otros pueblos para perseguir un destino común? Savater abraza el dogma de que estas son verdades evidentes para todos los españoles vivos y deben seguir siéndolo. De allí que considere una aberración inaceptable, por caso, que los catalanes quieran hacer un uso de la educación y otras fábricas de identidad que desde siempre los Estados han utilizado para fortalecer la que ellos ofrecen a sus gobernados. Pero, ¿por qué llamar a una educación patriótica y a la otra ideología disolvente? ¿Por qué si aceptamos que el Estado español, como cualquier otro, sólo tras conformarse adquirió derecho a existir, y admitimos también el carácter azaroso de sus fronteras y el convencional de sus leyes, nos cuesta tanto aceptar que no es eterno, tarde o temprano va a fundirse en una unidad mayor o descomponerse en fracciones menores, o perder pedazos a manos de sus vecinos o en las de algunos de sus propios ciudadanos? No era esta una buena ocasión ni una buena manera de cambiar la relación entre España y Cataluña. Pero el problema dista de agotarse en el mal concebido y peor manejado episodio catalán. Los argumentos que desgrana Savater en su panfleto distan de diferenciar entre una cosa y la otra. Por lo que solo sirven al objetivo inmediato que él se propuso, agitar la discusión. Y en eso hay que valorarlos.

Dos (la selección)

“No se llamen a engaño: esto es un panfleto. No un tratado, ni un estudio académico, ni una refutación erudita de puntos de vista ajenos. No, sólo es un panfleto….. Cuando algo goza de una fama conseguida por medios inmundos, es lícito difamarlo un poco aunque n se juegue demasiado limpio. La cuestión del separatismo no es un tema para escribir una tesis o mostrar que estamos al tanto de la última bibliografía, sino una flecha envenenada que ha hecho diana en el centro mismo de nuestra convivencia nacional. Me resultan insoportables… las doctas discusiones sobre el ataque felón que pone a nuestra patria en la agonía en sentido unamuniano, es decir, en un combate moral y político a vida o muerte”. (13)

Tres

“Este panfleto va dirigido contra el separatismo, no contra el nacionalismo. Hay que distinguir entre ambos, aunque a veces se usen como sinónimos (y también el de independentismo). El nacionalismo es un narcicismo colectivo que puede ser leve y hasta simpático (amén de inevitable en este grado menor, creo que toda persona mentalmente sana es nacionalista) o convertirse en una psicopatología agresiva que legitima guerras y propulsa a los peores demagogos”. (14)

Cuatro

“Los que, en Barcelona, sacaron por fin a la calle la bandera constitucional española se rebelaban con ese gesto contra la imposición ideológica y la marginación cívica que sufren desde hace años en la orgía del separatismo obligatorio. Las banderas que postraron con orgullo no eran excluyentes de nadie sino inclusivas. Y, sobre todo, el suyo no fue un gesto narcisista sino una demostración de coraje en defensa propia. Porque lo que pretende imponerse en Cataluña no es simple nacionalismo, es decir, exaltación y apego a lo propio, aunque sea con desmesura; es separatismo, es decir, aborrecimiento de lo español, odio feroz al no nacionalista y, sobre todo, exclusión práctica de quienes no comulgan con el dogma del sacrosanto pueblo catalán y subversión de cuanto representa al Estado español. El separatismo no es una opinión política o un ensueño romántico, como el nacionalismo, sino una agresión deliberada, calculada y coordinada contra las instituciones democráticamente vigentes y contra los ciudadanos que las sienten como suyas sin dejar por ello de considerarse catalanes. No es un delirio más o menos grave, sino un ataque en roda regla contra el núcleo más importante de nuestra garantía de ciudadanía, el Estado de derecho. Con algo de paciencia y sentido del humor se puede convivir mejor o peor con los nacionalistas; pero con los separatistas no hay más arreglo posible que obligarlos a renunciar a sus propósitos”. (16)

Cinco

“De modo que, si queremos obtener catalanes o vascos de pura cepa, sean cuales fueran sus orígenes y su deambular por el mundo, habrá que fabricarlos. Y habrá que encontrar un rasgo característico, inconfundible, a poder ser indeleble, que los selle como tales para mayor gloria del separatismo militante. Ese rasgo habrá que imponérselo como la circuncisión o la ablación del clítoris: cuanto más pequeños, mejor. Y esa marca nacionalizante no es otra que el odio a España y a todo lo que suene a español. O, si prefieren, la costumbre adquirida de llamar “español” a cuanto se odia. Para acuñar ese bautismo que imprime su carácter están la educación y la acción incansable de los medios de comunicación oficiales de la región. Hace años, la inmersión lingüística hizo una purga de cientos de maestros de lengua castellana, que fueron sustituidos por otros que enseñaban en catalán pero con la ideología puesta… De ahí han brotado los separatistas irreductibles… Y en vano se buscará un acuerdo político que satisfaga conciliadoramente sus ansias con el resto de los ciudadanos españoles, pues mientras esa educación y esos medios de masas sigan siendo lo que son … seguiremos teniendo patentes o latentes según las circunstancias del momento los factores de la discordia civil cuyas nocivas consecuencias hemos padecido durante décadas…”. (37)

Seis

“Siempre que se deshace un país que llevaba mucho tiempo unido, no digamos si son varios siglos, aunque sea con consentimiento legal, deja una ristra de dramas personales y familiares, como se ha visto en Pakistán, en Yugoslavia…. En muchos sitios. La generación que padece la división, sobre todo cuando ha sido precedida y acompañada por una campaña de odio social al distinto fomentada por la educación sectaria y los medios de comunicación criminógenos, queda inevitablemente traumatizada y a veces duraderamente resentida. El que pierde a sus compatriotas sufre algo más que un daño administrativo o una serie de molestias burocráticas…” (41)

Siete

“Declaraciones de víctimas como aquella señora de Esquerra a la que los represores le habían roto uno tras otro todos los dedos de la mano mientras le manoseaban las tetas. Llevaba un aparatoso vendaje en la extremidad herida… ¡Ah, no, en la mano contraria! ¡Vaya con las prisas! Y a los dedos no les pasaba nada, gracias a Dios, salvo uno que tenía una leve contusión. Más de ochocientos heridos, pero sin hospitalizados ni partes clínicos alarmantes. Vamos, todo puro trola. Pero en Europa los medios aceptaron el escándalo con hipocresía, como si nunca hubiesen visto utilizar porras y bastantes métodos coactivos más contundentes en manifestaciones contra el G8 en Francia, en Alemania, en todas partes… De los Estados Unidos llegó una reconvención sobre los males de la violencia policial. ¡De los Estados Unidos, donde la policía mata a un negro por saltarse el semáforo todos los meses! Ah, pero es que en Barcelona se trataba de gente pacífica que sólo quería votar. Aceptemos que la mayoría eran no violentos, aunque no pacíficos: porque la gente pacífica no se moviliza para realizar un simulacro democrático expresamente prohibido, que desafía a leyes fundamentales del país y agrede los derechos de sus conciudadanos. La gente pacífica no desobedece a los jueces ni a la policía y obstaculiza masivamente el orden democrático sólo porque no le gusta, poniendo –eso sí- a niños y ancianos como escudos para ver si ocurría algo gordo. ¡Y luego atribuirán a Donald Trump la patente miserable de la posverdad!”. (80).


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Sie7e Párrafos | 2 de enero de 2019

Estudio sobre el campo productivo por excelencia de la Argentina

¿Cómo pensaron el campo los argentinos?
Roy Hora
Siglo XXI

Selección y comentario por Marcos Novaro, estudió Sociología y Filosofía en la UBA y actualmente es investigador principal del CONICET y dirige el Centro de Investigaciones Políticas (Cipol) y el Archivo de Historia Oral de Argentina Contemporánea en el Instituto Gino Germani. Sus últimos libros son La Argentina en el fin de siglo (Ariel, 2010); Historia de la Argentina 1955-2010 (Siglo XXI, 2010), y Peronismo y democracia (2014, Edhasa).

Uno (mi selección)

La gran empresa tiene mala prensa en la sociedad argentina. El estudio de Hora rastrea esa mala imagen en un sector en particular, el campo, en que la concentración de la propiedad no gravita especialmente, pero respecto al cual sí ha imperado la opinión de que sus destinos, y por extensión los del país, han estado signados por la voluntad arrolladora de una oligarquía terrateniente muy concentrada, atrasada y parasitaria. (…)

(sigue mi comentario)

Hora reconstruye paralelamente el desarrollo del “campo”, como sector productivo y sociedad pampeana, y las visiones que sobre él circularon y lograron imponerse en distintos momentos de nuestra historia, centradas alternativamente en el desafío de construir instituciones republicanas y ciudadanos acordes con ellas, el ansia de justicia social, y las claves para alcanzar el desarrollo económico. El texto de todos modos tiene una densidad y solidez mucho mayor en su primera parte, referida a los períodos de la historia argentina que el autor mejor domina, que en la segunda, la que va del experimento peronista a la actualidad, en que se ofrecen más bien pantallazos y reflexiones bastante más precarias de lo que la propuesta inicial anuncia y lo que hubiera podido resultar de un trabajo historiográfico más exhaustivo. Temas centrales del debate económico y político de las últimas décadas, como las retenciones a las exportaciones, la revolución tecnológica e integración productiva, y la “primarización” de la economía son apenas mencionados. Nada de eso desmerece el gran valor de un trabajo que se atreve a analizar uno de los costados más peculiares de nuestra cultura anticapitalista, la generalizada idea de que las empresas, mientras más grandes sean, resultan más dañinas para el desarrollo, el progreso social y la misma democracia.

Dos (la selección)

“La Argentina respira campo. Es el país de las grandes estancias y el  hogar de la que en sus años de apogeo fue la clase terrateniente más opulenta de América Latina.  Nación de eximios jinetes, forjó un poderoso mito ecuestre —el gaucho— que celebra a las clases populares de la campaña. Gran potencia agrícola, ayer del trigo y hoy de la soja, llegó a vanagloriarse de su condición de “granero del mundo”…. Hace ya mucho tiempo, sin embargo, que ese mundo rural es más evocado que conocido, más imaginado que experimentado. De hecho, otras dimensiones de la vida pública reflejan cuán central ha sido la ciudad en el desarrollo histórico de nuestro país. Para 1900, a la vez que se vanagloriaba de sus dorados trigales y sus valiosos ganados, la Argentina poseía una de las tasas de urbanización más elevadas del planeta, además de ciudades enormes y vibrantes como Rosario o Córdoba y sobre todo Buenos Aires, la mayor urbe de América Latina…” (13)

Tres

“… no sorprende que la concentración del suelo pampeano se haya convertido, desde muy temprano, en uno de los objetos de crítica preferidos de los descontentos con el orden existente. El vasto eco alcanzado por la denuncia de la gran propiedad que impuso su marca sobre las mejores tierras del país suele concebirse como uno de los triunfos ideológicos más significativos de nuestra izquierda. De hecho, desde las contribuciones al tema que dio la pluma de Juan B. justo a comienzos del siglo XX, los actores ubicados en el margen izquierdo del arco político no solo alzaron la voz contra el latifundio sino que se preciaron de haber colocado esta problemática en el centro de la discusión pública” (16).

Cuatro

“El universo de los enemigos de la gran propiedad fue más vasto de lo que nuestra imaginación histórica gusta reconocer…. Enemigos de la concentración del suelo en pocas manos y del arcaísmo productivo habitualmente asociado a ella, nuestros liberales aspiraron a torcer las fuerzas del mercado con el fin de incidir sobre el patrón de desarrollo agrario… ni siquiera los compañeros de ruta y los herederos políticos de Julio A. Roca y Roque Sáenz Peña se excluyeron del consenso antilatifundista” (17-8).

Cinco

“La modestia de los esfuerzos orientados a combatir la gran propiedad, además de estar asociada a la primacía de una manera moderada y reformista de concebir a la sociedad, debe ser relacionada con un conjunto de factores cuya gravitación fue cambiando con el transcurso de las décadas. El más relevante de ellos es que, contra lo que sugieren las posiciones que enfatizan la rigidez de la estructura agraria y sus limitadas potencialidades productivas, el patrón de crecimiento centrado en las exportaciones rurales no sólo tuvo un notable dinamismo económico sino que, a lo largo de extensos períodos, también exhibió una considerable capacidad inclusiva. Aunque distribuyó sus frutos de manera muy desigual, el desarrollo agrario pampeano no fue un proyecto para pocos. Por más de un siglo, la explotación de esta vasta pradera hizo de la Argentina el país más exitoso de América Latina no sólo en materia económica sino también social. La gran estancia fue parte central de un entramado productivo dinámico y complejo, cuya expansión trajo importantes mejoras para vastos sectores de la población rural y urbana y que, por largas décadas, generó más acuerdos que conflictos.. los principales impugnadores de las desigualdades del campo siempre tendieron a exagerar el grado de concentración del suelo, y a negar la importancia de las explotaciones agrícolas de menor tamaño con las que, en líneas generales, las empresas de gran escala tenían más puntos de colaboración que de conflicto” (25-6).

Seis

“Estas miradas (se refiere a las de las décadas de 1920 y 1930) nos revelan que el campo ya no servía como punto de observación a partir del cual imaginar el porvenir de una nación cada vez más urbanizada, que dependía de él para crecer y prosperar, pero en la que los habitantes rurales de las provincias pampeanas no representaban siquiera un tercio de la población total de esa región” (90).

Siete

“(Desde 1960) el chacarero pobre y el agricultor en pequeña escala perdieron relevancia entre las categorías sociales más significativas en la región pampeana. El ocaso del mundo de los chacareros arrendatarios debilitó las presiones para acceder al suelo surgidas del interior de la sociedad rural y volvió cada vez menos audibles las voces que convocaban a forjar un campo dominado por la agricultura familiar… Para entonces (la) invitación a batallar contra el atrasado latifundio en nombre de agricultores explotados por un sistema semifeudal se asentaba sobre una imagen anacrónica del campo, cuyos parámetros seguían fijados en los años de la Gran Depresión. Los voceros de eta postura, sin eco alguno en los distritos agrícolas tampoco parecían capaces de advertir que los agricultores propietarios que todavía residían o trabajaban en el campo no solo no se sentían interpelados por esta consigna sino que de sus filas estaban emergiendo muchos de esos productores de nuevo tipo que… conformaban un sector de peso creciente en la vanguardia tecnológica de una agricultura en crecimiento” (180-1).


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