Contra el separatismo | RED/ACCIÓN

Contra el separatismo

Contra el separatismo
Fernando Savater
Ariel

Selección y comentario por Marcos Novaro, estudió Sociología y Filosofía en la UBA y actualmente es investigador principal del CONICET y dirige el Centro de Investigaciones Políticas (Cipol) y el Archivo de Historia Oral de Argentina Contemporánea en el Instituto Gino Germani. Sus últimos libros son La Argentina en el fin de siglo (Ariel, 2010); Historia de la Argentina 1955-2010 (Siglo XXI, 2010), y Peronismo y democracia (2014, Edhasa).

Uno (mi comentario)

Como sostiene de partida Savater, es perfectamente legítimo en un panfleto como este construir un adversario de paja para hacer más liviano el trabajo de denostarlo. Y hay que decir que no pocos de sus argumentos dan en el blanco: el intento separatista emprendido en 2017 por una muy acotada mayoría (o primera minoría según como se la cuente) de los ciudadanos catalanes y sus representantes es convincentemente desnudado en sus rasgos más caprichosos y patéticos, dejando en evidencia que estaba desde el principio destinado a un penoso final.

(sigue mi comentario)

Pero la pregunta que vale la pena plantearse no es tanto si el affaire catalán merece la catarata de descalificaciones que recibe de Savater, si no si el separatismo en general merece el tratamiento que de rebote le toca. ¿No es acaso pertinente, tal vez no para pensar Cataluña, pero si la Europa y el mundo de hoy en día, una reflexión más matizada al respecto?. Por caso, ¿qué unidades, solidaridades y autoridades políticas van a primar en la Europa del futuro próximo, las de los europeos, las de las naciones que la fundaron, unas más locales y étnicas, u otras nuevas que hoy no podemos ni imaginar y están apenas emergiendo? Y junto a esa pregunta, consideremos otra más teórica sobre el problema, que a Savater le parece irrelevante o incómodo considerar, pero no conviene ignorar: si el separatismo resulta un enemigo tan amenazador e invivible para nuestros Estados nación, ¿será por las razones morales y constitucionales que da el autor, por su carácter “destructivo” y “diabólico”, o porque usa contra estos Estados actualmente existentes los mismos mitos y argumentos a que ellos apelan para justificarse, que su soberanía no es más que la suma de los derechos de los individuos que los habitan, unidos por lazos culturales y de identidad claros y distintos para todos ellos, y que les permiten diferenciarse prístinamente de otros pueblos para perseguir un destino común? Savater abraza el dogma de que estas son verdades evidentes para todos los españoles vivos y deben seguir siéndolo. De allí que considere una aberración inaceptable, por caso, que los catalanes quieran hacer un uso de la educación y otras fábricas de identidad que desde siempre los Estados han utilizado para fortalecer la que ellos ofrecen a sus gobernados. Pero, ¿por qué llamar a una educación patriótica y a la otra ideología disolvente? ¿Por qué si aceptamos que el Estado español, como cualquier otro, sólo tras conformarse adquirió derecho a existir, y admitimos también el carácter azaroso de sus fronteras y el convencional de sus leyes, nos cuesta tanto aceptar que no es eterno, tarde o temprano va a fundirse en una unidad mayor o descomponerse en fracciones menores, o perder pedazos a manos de sus vecinos o en las de algunos de sus propios ciudadanos? No era esta una buena ocasión ni una buena manera de cambiar la relación entre España y Cataluña. Pero el problema dista de agotarse en el mal concebido y peor manejado episodio catalán. Los argumentos que desgrana Savater en su panfleto distan de diferenciar entre una cosa y la otra. Por lo que solo sirven al objetivo inmediato que él se propuso, agitar la discusión. Y en eso hay que valorarlos.

Dos (la selección)

“No se llamen a engaño: esto es un panfleto. No un tratado, ni un estudio académico, ni una refutación erudita de puntos de vista ajenos. No, sólo es un panfleto….. Cuando algo goza de una fama conseguida por medios inmundos, es lícito difamarlo un poco aunque n se juegue demasiado limpio. La cuestión del separatismo no es un tema para escribir una tesis o mostrar que estamos al tanto de la última bibliografía, sino una flecha envenenada que ha hecho diana en el centro mismo de nuestra convivencia nacional. Me resultan insoportables… las doctas discusiones sobre el ataque felón que pone a nuestra patria en la agonía en sentido unamuniano, es decir, en un combate moral y político a vida o muerte”. (13)

Tres

“Este panfleto va dirigido contra el separatismo, no contra el nacionalismo. Hay que distinguir entre ambos, aunque a veces se usen como sinónimos (y también el de independentismo). El nacionalismo es un narcicismo colectivo que puede ser leve y hasta simpático (amén de inevitable en este grado menor, creo que toda persona mentalmente sana es nacionalista) o convertirse en una psicopatología agresiva que legitima guerras y propulsa a los peores demagogos”. (14)

Cuatro

“Los que, en Barcelona, sacaron por fin a la calle la bandera constitucional española se rebelaban con ese gesto contra la imposición ideológica y la marginación cívica que sufren desde hace años en la orgía del separatismo obligatorio. Las banderas que postraron con orgullo no eran excluyentes de nadie sino inclusivas. Y, sobre todo, el suyo no fue un gesto narcisista sino una demostración de coraje en defensa propia. Porque lo que pretende imponerse en Cataluña no es simple nacionalismo, es decir, exaltación y apego a lo propio, aunque sea con desmesura; es separatismo, es decir, aborrecimiento de lo español, odio feroz al no nacionalista y, sobre todo, exclusión práctica de quienes no comulgan con el dogma del sacrosanto pueblo catalán y subversión de cuanto representa al Estado español. El separatismo no es una opinión política o un ensueño romántico, como el nacionalismo, sino una agresión deliberada, calculada y coordinada contra las instituciones democráticamente vigentes y contra los ciudadanos que las sienten como suyas sin dejar por ello de considerarse catalanes. No es un delirio más o menos grave, sino un ataque en roda regla contra el núcleo más importante de nuestra garantía de ciudadanía, el Estado de derecho. Con algo de paciencia y sentido del humor se puede convivir mejor o peor con los nacionalistas; pero con los separatistas no hay más arreglo posible que obligarlos a renunciar a sus propósitos”. (16)

Cinco

“De modo que, si queremos obtener catalanes o vascos de pura cepa, sean cuales fueran sus orígenes y su deambular por el mundo, habrá que fabricarlos. Y habrá que encontrar un rasgo característico, inconfundible, a poder ser indeleble, que los selle como tales para mayor gloria del separatismo militante. Ese rasgo habrá que imponérselo como la circuncisión o la ablación del clítoris: cuanto más pequeños, mejor. Y esa marca nacionalizante no es otra que el odio a España y a todo lo que suene a español. O, si prefieren, la costumbre adquirida de llamar “español” a cuanto se odia. Para acuñar ese bautismo que imprime su carácter están la educación y la acción incansable de los medios de comunicación oficiales de la región. Hace años, la inmersión lingüística hizo una purga de cientos de maestros de lengua castellana, que fueron sustituidos por otros que enseñaban en catalán pero con la ideología puesta… De ahí han brotado los separatistas irreductibles… Y en vano se buscará un acuerdo político que satisfaga conciliadoramente sus ansias con el resto de los ciudadanos españoles, pues mientras esa educación y esos medios de masas sigan siendo lo que son … seguiremos teniendo patentes o latentes según las circunstancias del momento los factores de la discordia civil cuyas nocivas consecuencias hemos padecido durante décadas…”. (37)

Seis

“Siempre que se deshace un país que llevaba mucho tiempo unido, no digamos si son varios siglos, aunque sea con consentimiento legal, deja una ristra de dramas personales y familiares, como se ha visto en Pakistán, en Yugoslavia…. En muchos sitios. La generación que padece la división, sobre todo cuando ha sido precedida y acompañada por una campaña de odio social al distinto fomentada por la educación sectaria y los medios de comunicación criminógenos, queda inevitablemente traumatizada y a veces duraderamente resentida. El que pierde a sus compatriotas sufre algo más que un daño administrativo o una serie de molestias burocráticas…” (41)

Siete

“Declaraciones de víctimas como aquella señora de Esquerra a la que los represores le habían roto uno tras otro todos los dedos de la mano mientras le manoseaban las tetas. Llevaba un aparatoso vendaje en la extremidad herida… ¡Ah, no, en la mano contraria! ¡Vaya con las prisas! Y a los dedos no les pasaba nada, gracias a Dios, salvo uno que tenía una leve contusión. Más de ochocientos heridos, pero sin hospitalizados ni partes clínicos alarmantes. Vamos, todo puro trola. Pero en Europa los medios aceptaron el escándalo con hipocresía, como si nunca hubiesen visto utilizar porras y bastantes métodos coactivos más contundentes en manifestaciones contra el G8 en Francia, en Alemania, en todas partes… De los Estados Unidos llegó una reconvención sobre los males de la violencia policial. ¡De los Estados Unidos, donde la policía mata a un negro por saltarse el semáforo todos los meses! Ah, pero es que en Barcelona se trataba de gente pacífica que sólo quería votar. Aceptemos que la mayoría eran no violentos, aunque no pacíficos: porque la gente pacífica no se moviliza para realizar un simulacro democrático expresamente prohibido, que desafía a leyes fundamentales del país y agrede los derechos de sus conciudadanos. La gente pacífica no desobedece a los jueces ni a la policía y obstaculiza masivamente el orden democrático sólo porque no le gusta, poniendo –eso sí- a niños y ancianos como escudos para ver si ocurría algo gordo. ¡Y luego atribuirán a Donald Trump la patente miserable de la posverdad!”. (80).


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