Analfabetismo

Cómo enfrentan el día a día en la ciudad de Buenos Aires los adultos analfabetos

Según el Censo 2010, el 1,9% de los argentinos mayores de 14 años es analfabeto. En la capital del país, el 0,49% no sabe leer y escribir. Hoy, en la ciudad, 84.565 adultos cursan la primaria o hacen cursos especiales buscando mejorar su calidad de vida.

Por Agustina López

28 de mayo de 2018

Luz Marina no podrá leer estas líneas de corrido. Tal vez le pida ayuda a su hija y así irán juntando primero letras, luego palabras y finalmente oraciones. De a poco, el texto se abrirá camino para las dos.

Luz Marina tiene 40 años y llegó de Paraguay a los 19. Nunca fue al colegio. La crió su abuela porque su madre se vino a la Argentina a probar suerte. Finalmente ella también pudo acompañarla tiempo después. Cuando llegó a Buenos Aires se las arregló para trabajar sin saber leer ni escribir y recién el año pasado, cuando su hija ya estaba totalmente adaptada al colegio, decidió empezar ella también. Ahora van las dos al turno mañana y cada tarde se cuentan lo que aprendieron.

Luz Marina es parte de los 84.565 adultos que están haciendo la primaria, o algún oficio, a través de la Dirección de Jóvenes y Adultos de la Ciudad de Buenos Aires. Según los datos del censo del 2010, el 1,9% de los argentinos mayores de 14 años es analfabeto. En la Ciudad, el 0,49% no sabe leer y escribir y el el 3,4% no terminó la escuela. Sin embargo, directores y maestros advierten que hay una gran cantidad de extranjeros -sobre todo paraguayos, peruanos y bolivianos - que no están contemplados en esa cifra y que no tienen educación primaria.

Luz Marina (fondo a la izquierda) junto a sus compañeros en la primaria para adultos Manuel Belgrano, en La Boca.
Luz Marina (fondo a la izquierda) junto a sus compañeros en la primaria para adultos Manuel Belgrano, en La Boca.

“En el colegio de la nena me mandaban papeles para completar y yo no podía. Apenas se hacer mi firma. Me duele porque no puedo ayudarla con la tarea y ahora la estoy mandando apoyo escolar. Por eso quise empezar”, cuenta Luz Marina. Lo hace frente a una docena de compañeros, sentada en su pupitre. Desde el año pasado es alumna de la escuela N°29 Manuel Belgrano en la Boca, la única que es exclusiva para adolescentes desde los 14 años y adultos y que funciona durante todo el día. Tienen alrededor de 900 alumnos. Su marido se la “consiguió” y aunque le queda lejos (la familia vive en Barracas) ella viaja todos los días.

Hay 82 escuelas donde se puede cursar la primaria desde el principio o terminarla y 135 centros que funcionan en parroquias, hospitales o clubes de barrio de la ciudad. En todos los casos son tres ciclos y se ubica al alumno en el primero, segundo o tercero, según sus conocimientos. En la mayoría de los establecimientos se incluyen talleres para aprender oficios como cocina, peluquería o computación. Según datos oficiales la zona sur reúne la mayor cantidad de personas en condiciones de analfabetismo o que no terminaron la primaria. Estos números coinciden con los mayores focos de pobreza y desocupación de la ciudad.

Además de tener primaria para adultos, la escuela Manuel Belgrano de la Boca da talleres de capacitación. Fotos: Rodrigo Mendoza.
Además de tener primaria para adultos, la escuela Manuel Belgrano de la Boca da talleres de capacitación. Fotos: Rodrigo Mendoza.

Un dato llamativo que aportó el Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires es que en los últimos años el número de adultos que empiezan su escolarización aumentó significativamente: entre el 2016 y el 2017 se inscribieron 14% más y este año, 10%. Los docentes lo atribuyen a la situación económica. A mayores complicaciones, más necesidad hay de tener un título primario o un oficio para poder acceder a un trabajo.

El problema es que muchas veces, por estos incrementos, hay que “estirar” los recursos. Algunos centros están tratando de adaptarse a la nueva reestructuración del gobierno que busca que los adultos reciban más horas de clase pero es difícil cuando faltan materiales.

“Hacemos mucho a pulmón” fue una de las frase que docentes y directores más repitieron durante el recorrido que hicimos por distintas escuelas. El presupuesto destinado a este año al área de adultos es de $857.474.837, 65% más que el año pasado. De todos modos, es el área que menos recibe del total de $19.388.439.842 disponibles para la Dirección General de Educación Estatal.

Un método artesanal

“Alfabetizar un adulto implica trabajar uno a uno con la persona. No hay un método único que puedas usar sino que partís de las ganas y de sus propios conocimientos. Vos tenés una persona que ya está formada en la vida, no es como la lógica del niño. Tenés toda la riqueza de su historia de vida, la experiencia y también mucha fuerza de voluntad”, explica Dolores Jiménez. Ella es la directora de la escuela Manuel Belgrano. Trabaja allí hace 26 años y antes de eso fue alfabetizadora de los trabajadores en el gremio Luz y Fuerza.

El método para alfabetizar comienza con el nombre propio ya que, en general, saben escribirlo correctamente y se parte de esas pocas letras para enseñarle las demás. Se suman luego el uso de diarios y revistas y se evita, en un primer momento, todo lo audiovisual ya que demanda mucha velocidad de lectura.  

“En general vienen a saldar una deuda. A veces lo hacen por sus hijos o por ellos mismos. Muchos vienen empujados por una necesidad laboral: terminar el primario para después poder hacer y tener el título secundario”, cuenta Jiménez. “Una vez que superan la barrera de la vergüenza, el alumno encuentra la posibilidad de entender el mundo y de encontrar palabras para sí mismo. En el aula se genera un proceso muy divertido, de mucha colaboración entre ellos y de reconocimiento. Les da mucho orgullo poder avanzar”.

Vivir sin saber leer y escribir demanda contar con un repertorio de estrategias para poder ir a trabajar, hacer las compras o incluso llenar formularios. “Me olvidé los anteojos ¿Me lo podrás leer y completar?” o “¿Podrías indicarme de qué color es el cartel del colectivo que me tengo que tomar?” son frases comunes.

También se valen de otros recursos: memorizan recorridos, llevan direcciones anotadas y comparan esas letras con las de los carteles o reconocen por imágenes ciertos productos que vieron en la televisión. El resurgimiento de la escritura a través de lo digital sumó una complicación inesperada que las llamadas telefónicas o los audios de WhatsApp sortean más o menos exitosamente.

Dejar de postergarse

Felipa Costa vivió 67 años echando mano a estas estrategias. El año pasado una amiga le recomendó que se inscriba en Caacupé, un anexo de la escuela N°11 para adultos, que funciona dentro de la villa 21-24. Superó la vergüenza de ser “la más grande de la clase” y se anotó. A su bisnieto, que había empezado el jardín al mismo tiempo, le extrañó. Después encontró provechoso que su “tata” pudiera leerle cuentos y enseñarle a él.

Felipa nació en Paraguay, en una zona rural sin colegios a los que asistir. Apostando a una mejor educación, su madre la envió a vivir con una familia a la ciudad más cercana pero en vez de mandarla al colegio, la usaron como empleada doméstica. No aprendió a leer y escribir pero sí a contar dinero. Llegó a la Argentina hace tanto tiempo que ya no recuerda cuánto y siempre trabajó. Crió a sus seis hijos, se armó su casita en la 21-24 y ahora tiene tiempo para saldar una deuda pendiente.

“Antes yo no quería venir ¿Qué voy a hacer con esta edad? No podía juntar las palabras. Pero aprendí y ahora leo y escribo un poco. Si vos te interesás es bueno, estoy orgullosa porque progresé y ahora, mientras Dios y la virgencita me lo permitan, voy a seguir estudiando”, cuenta Felipa en voz baja. Todavía tiene las pausas y los saltos en la voz característicos de la tonada paraguaya.

Felipa tiene 68 años y el año pasado arranco la primaria en Caacupé.
Felipa tiene 68 años y el año pasado arranco la primaria en Caacupé.

Caacupé depende de la parroquia que funciona dentro de la 21-24. El padre Lorenzo De Vedia o “Toto”, como lo conocen todos, les presta el lugar a los seis docentes de la escuela N°11 que todas las tardes dan clases allí. Son tres grupos y los docentes trabajan en parejas pedagógicas.

“Trabajar con adultos es mucho más gratificante que con niños porque ellos quieren estar ahí, vienen porque quieren aprender y es increíble cuando me dicen “pude leer”, aunque sólo sea en un cartel”, explica Miriam Vázquez, docente del curso multiciclo al que asiste Felipa.

Por la gran cantidad de alumnos extranjeros (alrededor del 80%) los carteles están escritos en español y guaraní. Incluso trabajan en conjunto con la cátedra de Etnolingüística de la carrera de Letras de la UBA, que asiste a los docentes y los ayuda a comunicarse con aquellos alumnos que hablan otra lengua como guaraní o quechua. La idea es integrar los idiomas y valorar el aporte cultural de aquellos que las hablan.

Los desafíos de escolarizar a adultos es algo que tiene muy presente Alicia Pasquí, directora de la escuela N°11. “Es necesario crear un vínculo y eso lo hacés comprometiéndote con ellos. Ellos confían en vos, pasás a ser parte de su vida. Los adultos que vienen suelen tener mucha necesidad afectiva y tal vez llevaron una vida de postergación o incluso maltrato. Maltrato de su familia, de su ambiente y también institucional. Acá vienen a buscar una segunda oportunidad”.

La escuela n°29 de La Boca necesita materiales y artículos de librería. Para donar:
Caacupé también necesita materiales pero, sobre todo, un proyector. Para donar:

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