Agustina López | RED/ACCIÓN
Sustentabilidad | 6 de julio de 2018

La falta de espacios verdes y el impacto en la vida de los porteños

Cada habitante de la ciudad de Buenos Aires dispone de seis metros cuadrados de espacio verde, tres por debajo de lo que recomienda Naciones Unidas. La falta de estos lugares tiene consecuencias ecológicas pero también afecta a la salud física, mental y a la capacidad de socialización de los ciudadanos.

Hasta los seis años Tomás vivió en el barrio de Parque Patricios, en un departamento sobre la Avenida Jujuy. El parque Florentino Ameghino quedaba a cuatro cuadras de su casa y era un destino habitual cuando lo buscaban después del colegio. A veces se llevaba una pelota y otras, algunos autitos para jugar.

Hace cuatro años su familia se mudó al barrio de Boedo y las tardes en la plaza desaparecieron: la más cercana a su casa queda a más de 20 cuadras y es complicado visitarla en la semana. Por eso sus padres sacaron una membresía en un club de Tigre para ir los fines de semana a disfrutar del verde.

La Ciudad de Buenos Aires cuenta hoy con 6,1 metros cuadrados de espacio verde (plazas, parques, canteros, zonas al lado de las autopistas) por habitante, tres metros por detrás de lo que sugiere como mínimo la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En total son 1826 hectáreas.

Consultar datos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires

Estos espacios ni siquiera están distribuidos equitativamente: hay comunas como la 1 (Retiro, Puerto Madero, San Telmo, Monserrat, Constitución) que cuentan con 18,5 metros por habitante (sumando la reserva ecológica) o la 14 (Palermo) que por sus bosques suma 13,8. En cambio, otros barrios como Balvanera y San Cristóbal (comuna 3) o Boedo y Almagro (comuna 5) contabilizan apenas 0,4 metros y 0,2 metros por habitante respectivamente. El barrio de Tomás tiene una sola plaza para casi 200 manzanas.

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Con solo ver estos datos salta a la vista que la cantidad de verde de la ciudad no es el óptimo y no sólo por una cuestión estética. Según estudios y especialistas consultados la falta de espacios verdes tiene un efecto negativo sobre el medioambiente, el bienestar y las formas de sociabilización de los vecinos.

En ese sentido, el abogado ambientalista, Enrique Viale, señaló: “Los espacios públicos son el lugar de esparcimiento primario y más inmediato para los habitantes de la ciudad e inciden muchísimo en la salud física y mental de las personas. Las plazas y parques son los lugares de recreación de los que menos tienen y también de las clases medias, en donde todos equiparan sus posibilidades”.

Viale apuntó que, además de la insuficiencia de los espacios verdes, hay una degradación de los mismos. “Hay un proceso de cementización de las plazas, de meter la obra pública a la fuerza: ponen caniles o caminos de cemento. Esto es muy alienante y además quita la posibilidad de hacer ejercicio”.

Finalmente, Viale se refirió a las consecuencias ambientales: “Las plazas y parques son espacios de absorción de las lluvias y los árboles funcionan como saneadores del aire. Mientras haya más árboles, mejor pueden cumplir su función”.

Los barrios de Boedo y Almagro, que conforman la comuna 5, sólo tienen 0,2 mts2 de verde por habitante.

Los barrios de Boedo y Almagro, que conforman la comuna 5, sólo tienen 0,2 mts2 de verde por habitante.

Buenos Aires, detrás de sus vecinos

Según el informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) “Ambientes saludables y prevención de enfermedades: Hacia una estimación de la carga de morbilidad atribuible al medio ambiente”, una mejora de los espacios urbanos “reduciría las enfermedades provocadas por la contaminación atmosférica y fomentarían la práctica de actividades físicas”.

Consultar informe de la OMS

Como ejemplo, el informe pone a la ciudad de Curitiba, en Brasil, que cuenta con 51,5 metros verdes per cápita. Esta ciudad invirtió significativamente en un sistema de transporte similar al Metrobús pero integrado con los espacios verdes y los carriles peatonales y logró  “alentar los desplazamientos a pie y en bicicleta”. Además, sus niveles de contaminación atmosférica son inferiores si se comparan con los de otras ciudades del país y la esperanza de vida es dos años superior a la de la media nacional.

Curitiba es un ejemplo excepcional, pero hay otras ciudades latinoamericanas que también están en mejores condiciones que Buenos Aires. Bogotá, por ejemplo, cuenta con 16,9 metros cuadrados por habitante, São Paulo con 11,58, Montevideo con 12,68 e incluso Rosario supera a los porteños con 10,4. Santiago de Chile y Lima están atrás con 4,2 mts y 2,2 metros respectivamente.

Ante la consulta de RED/ACCIÓN, el ministerio de Ambiente y Espacio público de la Ciudad reconoció vía mail la importancia de los espacios verdes y aseguró que en los próximos años se integrarán 110 nuevas hectáreas de verde a la ciudad, aunque no especificaron dónde o de qué manera.

Barrancas de Belgrano, uno de los espacios verdes de la comuna 13. | Facebook Gobierno CABA

Barrancas de Belgrano, uno de los espacios verdes de la comuna 13. | Facebook Gobierno CABA

También apuntaron que aumentó la cantidad de espacio verde entre 2015 y 2016: pasó de 1.807 a 1.826 hectáreas en un año. Sin embargo, basta con remontarse a 2011 para ver que, según datos del propio Gobierno de la Ciudad, en realidad disminuyó la cantidad: en ese año era de 1.924 hectáreas.

“Hay estudios que comprueban que residir en barrios caminables disminuye el riesgo de desarrollar diabetes que en los no caminables. Incluso, la gente que reside en barrios más amigables en términos de verde suele cumplir con gran parte de la cuota de actividad física por semana que las que no. El mismo barrio te empuja a caminar más y a usar tu bicicleta”, explicó Fernando Laiño, Director del departamento de investigación de la Fundación Instituto Superior de Ciencias de la Salud.

Al tiempo que una publicación de la revista médica, The Lancet, en 2017, corrobora lo que apuntó Laiño en cuanto a la salud. “Las personas que viven en áreas rodeadas de verde reducen en un 20% la posibilidad de sufrir enfermedades mentales, mientras que los niños cuyas escuelas están cerca de espacios verdes mejoraron un 6% su memoria” en comparación a niños rodeados de gris.

La comuna 1, que incluye la reserva ecológica, prácticamente duplica lo mínimo recomendado por la ONU. | Foto: Daniel Dabove - Télam

La comuna 1, que incluye la reserva ecológica, prácticamente duplica lo mínimo recomendado por la ONU. | Foto: Daniel Dabove – Télam

Justamente los niños se ven sumamente afectados por la falta de espacios verdes. Sobre todos aquellos de los estratos socioeconómicos más bajos ya que las plazas y parques suele ser el único lugar en donde pueden realizar actividades por fuera del colegio. Según el informe de la Universidad Católica Argentina (UCA) “Insuficiente actividad física en la infancia: niños, niñas y adolescentes entre 5 y 17 años en la Argentina urbana” (2014) el 45,4% de los niños de la Argentina realiza menos de los 60 minutos semanales recomendados de actividad física. Sólo en la Ciudad de Buenos Aires este porcentaje es de 22,4.

Consultar informe de la UCA

Quienes se ven más afectados en este área son los chicos con menos recursos, ya que muchas veces no cuentan con actividades en el colegio y viven en barrios peligrosos, que los expulsan de la calle. Por eso es tan importante contar con espacios verdes de buena calidad. “En la medida que los chicos/as que cuentan con parques, plazas, baldíos y clubes de barrio en las proximidades de su vivienda registran menor déficit en el ámbito del juego”.

¿Posibles soluciones?

Para tratar de alcanzar lo recomendado por la ONU, Viale propone distintas estrategias. Primero, coordinar con el Gran Buenos Aires para crear diseños de espacios verdes de manera conjunta e integrada. Incluso tratar de recuperar el espacio de la costanera y apuntar a una “ciudad que mire al río”. Además, destinar fábricas abandonadas o incluso edificios públicos que estén en desuso para crear plazas y parques.

Como último recurso sugiere la expropiación de inmuebles en las zonas más grises de la ciudad para demolerlos y hacer lugar al verde. Un dato: durante el 2017 y lo que va del 2018, el Estado se desprendió de 24 predios y edificios públicos. Ninguno fue destinado a un espacio verde y la gran mayoría fueron a parar a grandes desarrolladoras inmobiliarias.

Laiño, en tanto, consideró que hay que hacer un relevamiento adecuado de los espacios públicos, identificar los recursos con los que cuentan y que utilizan o necesitan los vecinos del lugar. En función de esto hacer cambios pero además mantener y acondicionar los lugares. Finalmente, sugiere el experto, “hacer campañas de estímulos para que la gente aproveche y se apropie del espacio público”.

La Organización Mundial de la Salud sintetizó en su informe “Urban Green Space Interventions and Health” (2017) dos cuestiones claves a la hora de generar más y mejores espacios verdes. Primero, planificar y tratar de integrar estos espacios al mapa urbano y al trazado de transporte por medio de la coordinación de varios ministerios. Y lo segundo que apunta el documento es que “los cambios físicos (por ejemplo, la creación de un nuevo lugar) estén acompañados de cambios sociales”. Esto implica desde involucrar a la comunidad en el diseño del espacio hasta facilitar actividades para el disfrute del verde, comunicar novedades y generar compromiso de la sociedad para cuidarlo.

Consultar informe de la OMS

Series | 25 de junio de 2018

Nora Veiras: “Si la noticia te es indiferente es muy difícil ser buen periodista”

100 MUJERES

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Nora Veiras

Es la editora general del diario Página 12 y una de las pocas mujeres al frente de un medio nacional en nuestro país. Defiende la marcada línea editorial del diario pero asegura que la clave del buen periodismo está en la rigurosidad y la pasión por el oficio.

Por Agustina López

25 de junio de 2018






El día en el que se hizo esta entrevista, la tapa de Página 12 estaba ocupada en su totalidad por una imágen del clásico dibujito del Correcaminos huyendo a toda velocidad por una ruta desierta. En lugar de su típica cara de suficiencia hay una de George Washington y el título dice: “Se escapa. Beep beep”. La original referencia es a los dólares que tuvo que vender el Banco Central para contener la divisa. Esta tapa fue creada por Nora Veiras y su equipo.

Todas las tardes, a las 16, Veiras llama a la reunión de edición del día y ahí se va delineando la tapa con algún tema que sobresalga. La acompaña un equipo, en donde ella destaca a Ernesto Tiffenberg y a Hugo Soriani, y se evalúan dos posibilidades de tapa, por si el tema pensado “no aguanta” hasta la edición siguiente.

Veiras fue nombrada directora de Página 12 el año pasado. La noticia la sorprendió porque, asegura, nunca se pone metas profesionales. Es una de las pocas mujeres que lidera un medio en el país. Sin embargo, el ambiente no es nuevo para ella: está en el periódico desde su concepción, hace 31 años y nunca se quiso ir, a pesar de ofertas que le hicieron en distintos lugares. Antes hizo algunas pasantías en otros diarios, como Clarín, pero siempre la atrajo el “compromiso con los derechos humanos de Página”.

Casi siempre trabajó en política, en el medio hizo radio -que ahora extraña- y también tuvo un marcado paso por el programa 6, 7, 8. “Fue un trabajo en donde siempre dije lo que quise, pero no me imaginé ese nivel de exposición. Es cierto que se transformó en un programa de defensa al Gobierno cuando no fue pensado para eso. Creo que incomodó mucho porque exponía contradicciones e intereses pero se lo demonizó injustamente”

Si bien destaca que en Página 12 históricamente se dio mucho lugar a las mujeres, sobre todo en puestos de edición, reconoce que el periodismo es machista porque es “gen de su tiempo”. Hay varias mujeres en puestos claves, pero cuando Veiras levanta la cabeza, aún ve mayoría de hombres. “Pero eso está cambiando. Creo que se va avanzando de a poco a pesar de que muchos compañeros aún no saben cómo pararse. Todavía persiste el micromachismo. Ojo, tampoco creo que las cosas están siempre bien porque las haga una mujer”.

Durante la entrevista que le hicimos contó que nunca se imaginó periodista (llegó allí luego de empezar la carrera de diseño gráfico y después de un paso fugaz por la de publicidad) pero que ahora, habiendo transitado el oficio, no se imagina haciendo otra cosa. Celebra que Página 12 tenga una marcada línea editorial en contra del Gobierno, aunque defiende profundamente el chequeo de datos y la información confiable. Asegura que no es una militante del kirchnerismo, pero que hoy lo apoya incluso más que en el pasado.

¿La mayor dificultad de su profesión? “Lidiar con la falta de entusiasmo de algunos periodistas que están achanchados y no los apasiona el oficio. Si la noticia te es indiferente es muy difícil ser un buen periodista”.

NoraVeiras

Nombre: Nora Veiras
Edad: 54 años
Profesión: Periodista
Sector en el que trabaja:  Periodismo, como editora general de Página 12
Lugar
de Nacimiento: General Rodríguez, Buenos Aires
Lugar en el que desarrolla su actividad: Ciudad de Buenos Aires

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
El desafío de la vida. Saber que nada es para siempre y que todo puede ser. Uno tiene la posibilidad de hacer muchas cosas si el contexto ayuda porque La vida siempre da posibilidades. En cuanto a mi profesión, el periodismo hoy está en una revolución. Primero en una reforma tecnológica, maravillosa y terrible porque todo puede ser cierto y todo puede ser mentira y eso para mi es una oportunidad increíble para el periodista. Se revaloriza nuestro rol como orientadores en una selva. Eso me resulta atractivo.

2. ¿Qué te hace feliz?
El bienestar de la gente que quiero. Un recuerdo feliz… (hace un pequeña pausa y se le humedecen los ojos) diría el orgullo que les generó a mis padres todos mis logros profesionales.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Duermo muy bien, no suelo tener problemas. Alguna que otra vez me quedo pensando en una nota que no entró en la edición impresa o algún tema que no llegamos a dar. En esos momentos me levanto y trato de acomodarlo aunque sea en la web.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Todo. El mundo no puede ser tan injusto. Es increíble la destrucción del ser humano luego de siglos de historia occidental, más allá de los avances científicos que se lograron en todo este tiempo. Creo que hay que replantear muchas cosas.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
En principio quise ser arquitecta. Yo terminé el secundario en plena dictadura militar y en esa época los arquitectos eran taxistas. En ese momento un profesor me dijo “¿Por qué no estudias diseño grafico?” y eso hice con la intención después de estudiar publicidad. Cuando empecé esa carrera me di cuenta de que la publicidad no tenía nada que ver conmigo porque se apoyaba en una falacia. Me cambié a periodismo y nunca paré. Empecé a trabajar de muy chica. La verdad es que nunca me pensé periodista pero desde que empecé a trabajar nunca me imaginé otra cosa.

El periodismo no sólo sirve para contar el mundo,
también sirve para cambiarlo.

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Sociedad | 10 de junio de 2018

A 36 años de Malvinas: una red de veteranos y profesionales lucha por saldar la deuda histórica de la salud de los ex combatientes

En un nuevo aniversario de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Malvinas, Islas y Sector Antártico, aquellos que volvieron de la guerra buscan que el Estado y la sociedad reconozcan las secuelas emocionales que tomaron demasiado tiempo en ser tratadas y aún hoy siguen causando pérdidas.

Si alguien quiere saber cuántos ex combatientes se suicidaron después de la Guerra de Malvinas lo primero que probablemente hará sea googlear: “Suicidios+veteranos+Malvinas”. Enter. 77.100 resultados. La mayoría, notas periodísticas sobre el tema con datos dudosos.

RED/ACCIÓN intentó reconstruir esta estadística y pidió estos datos al ministerio de Salud, la Comisión Nacional de Ex Combatientes de Malvinas y al Centro de Salud de las Fuerzas Armadas de Veteranos, que engloba a las tres fuerzas. Todos respondieron que no contaban con los datos completos y actualizados.

Entonces, ¿Cuántos veteranos se suicidaron después de la guerra?, ¿Quiénes eran y por qué lo hicieron? Las estimaciones de varios centros de ex combatientes indican los fallecidos por esta causa serían entre 350 y 400. No hay exactitud. Tampoco hubo nunca un plan de alcance nacional para contener a esos 23.000 hombres y mujeres que regresaron de la guerra con heridas físicas pero, sobre todo, secuelas emocionales. Se suicidaron cientos de veteranos y miles murieron por enfermedades que, en muchos casos, se desencadenaron producto del estrés vivido en las islas. Otros conviven desde hace décadas con trastornos que nunca se trataron.

A fuerza de voluntad y movilizados por el padecimiento de los ex combatientes, distintas agrupaciones y centros de veteranos, asistidos por médicos y psiquiatras, formaron una red de contención para ellos y sus familias. No conformes con el trato que les dio la sociedad y el Estado durante las primeras décadas de la posguerra, ahora buscan revertir esa situación, devolverles calidad de vida a los ex combatientes y evitar más muertes. También, a través de estas acciones, los veteranos que se involucraron encontraron una forma de sanación, de jugarle una revancha a la Guerra.

Héctor Mastrulli tiene 55 años, es veterano de Malvinas, y hace diez que trabaja como captador en el “Programa de Salud del Veterano de Guerra Bonaerense” que funciona desde 1997 en el Hospital Ramón Carrillo, en Ciudadela, y recibe a 300 ex combatientes por mes.

Su trabajo consiste en contactarse con centros de ex combatientes y tratar de acercar al programa a los veteranos que necesitan ayuda psicológica o psiquiátrica. También es a quien llaman si tienen una situación de emergencia o de suicidio inminente de un compañero. Su trabajo es ese: acercarse, entrar en confianza y contactarlo con un profesional.

Héctor Mastrulli es ex combatiente y ahora dedica su vida a acercarle ayuda psicológica a otros veteranos que la necesitan. En la foto, exhibe su tatuaje en honor a las islas.

Héctor Mastrulli es ex combatiente y ahora dedica su vida a acercarle ayuda psicológica a otros veteranos que la necesitan. En la foto, exhibe su tatuaje en honor a las islas.

“Lo hago porque hay una necesidad. Tenés una necesidad de darle una mano a tu camarada. Si te sentís mentalmente bien, tenés que darle una mano al que no lo está”, cuenta Héctor en una charla en el Carrillo con RED/ACCIÓN.

El 11 de abril de 1982, a los 19 años, Héctor desembarcó en Malvinas con solo dos meses de instrucción militar. Permaneció en el conflicto hasta el 20 de junio, cuando regresó en el Almirante Irízar a tierra. De allí lo trasladaron a Campo de Mayo y le hicieron completar un test en donde sus superiores lo obligaron a decir que “todo estaba bien”.

Héctor volvió con su familia y a la fábrica metalúrgica en la que trabajaba antes del conflicto. En agosto empezó a sufrir dolores de cabeza insoportables y mucho malestar estomacal. No podía quedarse quieto y no entendía qué le pasaba. La empresa le puso un médico particular que detectó que lo que tenía era síndrome de abstinencia: durante su estadía en Malvinas sus superiores le habían dado metanfetaminas haciéndole creer que eran vitaminas para mantenerlo alerta. Le tomó dos años desintoxicarse.

Ya mayor, a los 30 años, Héctor empezó a agruparse con otros veteranos para tratar de conseguir algunos beneficios y reconocimientos. De a poco se fue metiendo más y se encontró con muchos compañeros que sufrían y cuyas familias no entendían por qué. Por eso dejó su trabajo, hizo un curso de formación para ser captador y se sumó al programa.

“Para un veterano, nada mejor que otro veterano. Yo me puedo acercar a ellos porque estuve ahí, en las islas, se lo que se siente. Siempre trabajamos de a dos. Lo primero que hacemos es escuchar, dejar que se desahogue. Muchos se sienten mal porque creen que fallaron, otros porque no pudieron abatir al enemigo y les mataron al compañero que estaba al lado. Esos recuerdos en algún momento te tocan la croqueta”, explica Héctor.

El seguimiento, una vez que logran acercarlos al programa, es bastante personalizado: él llama a los veteranos con frecuencia, les pregunta cómo les está yendo con la medicación (si es que están tomando alguna) y los invita a charlar cuando necesitan.

El momento de mayor dolor para Héctor es enterarse de que ha fallecido un compañero. “Todo nos cuesta tanto, todo llega tan tarde que cuando alguien se muere decís “¿Para qué tanta lucha?. Es muy doloroso ver que no cumplieron sus sueños. ¿Cuál es el mío? Llegar a viejo”.

El síndrome de los veteranos olvidados

El programa se creó en la Provincia en 1997, 15 años después de finalizado el combate. Se logró gracias a la insistencia de los veteranos que veían cómo se acrecentaba el número de suicidios. Originalmente funcionaba en varios hospitales de Buenos Aires, pero ahora sólo está en el Carrillo y no cuenta con un presupuesto propio. Ni siquiera está en el organigrama del Ministerio de Salud.

Los médicos provinciales destinados a este programa recibieron en su momento asesoramiento de veteranos de las guerras de Vietnam y de Corea para tratar, principalmente, las secuelas de la guerra y el síndrome de estrés postraumático.

“Estrés postraumático tiene toda persona que haya sido expuesta a una situación en donde haya corrido peligro su vida o vio que estaba en peligro la vida de alguien más. Si ese estrés post traumático no es tratado inmediatamente, pasa de algo agudo a crónico. En el caso de los veteranos es crónico, porque no se los trató en su momento”, explica Lilia Marimón, psiquiatra a cargo del programa del Carrillo. Según la investigación que realizó la doctora Silvia Bentolila, otra profesional que participó del programa, a 15 años de finalizado el conflicto, el 88% de los ex combatientes nunca había recibido atención psicológica.

Foto: Télam.
Foto: Télam

“A algunos se los llevó a Campo de Mayo si estaban muy mal y se los trató como psicóticos y nada que ver, porque ellos no alucinan, tienen flashbacks. Ante un estímulo, por cuestiones de segundos, vuelven a vivir la situación que les provocó el estrés. Un estímulo pueden ser los días grises y fríos, escuchar un avión, el sonido de los petardos a fin de año. Ellos se acuerdan de alguna situación de ellos en Malvinas”, dice Marimon.

Más allá del diagnóstico puntual del Síndrome del Estrés Post Traumático, cuya particularidad son los flashbacks, los veteranos tienen otro montón de síntomas como trastorno depresivo, problemas de atención y concentración, hipervigilancia (estar alertas permanentemente) y falta de control de los impulsos. Esto muchas veces los llevó a quitarse la vida.

Suicidios encubiertos

Con el tiempo, disminuyó la cantidad de suicidios pero los profesionales advierten sobre la cantidad de muertes por causas “naturales” que hay en la población de veteranos y que no son acordes a su edad.

“Toda enfermedad sobre la que se pueda accionar en forma inmediata tiene posibilidad de ser un caso de éxito. De hecho la mejor forma es la prevención. Acá hubo prevención nula porque no somos un país que históricamente haya tenido guerras. El segundo gran desastre y potenciador del primer trauma fue el después, el olvido. Un Estado que no estuvo presente, una sociedad que no estuvo presente”, explica a RED/ACCIÓN Martín Bourdieu, psiquiatra y Director Médico del Centro de Salud de las Fuerzas Armadas para Veteranos de Malvinas, que funciona desde 2012 en Palermo.

“Lo primero que te preguntaban cuando sabían que habías ido a la guerra era ‘¿Mataste a alguien?’. Solo eso. Te abrían la herida y después se iban”.

Bourdieu es veterano conscripto de Malvinas y una prueba viviente de cómo la guerra cambia a las personas: él era estudiante de veterinaria y cuando volvió de la guerra empezó medicina y se especializó luego en psiquiatría.

Martín Bourdieu es veterano pero también psiquiatra y director médico del Centro de Salud de las Fuerzas Armadas para Veteranos de Malvinas. | Foto: Télam

Martín Bourdieu es veterano pero también psiquiatra y director médico del Centro de Salud de las Fuerzas Armadas para Veteranos de Malvinas. | Foto: Télam

“Como no existió prevención ni atención temprana sobre los veteranos, la resultante es la cronicidad. Entonces, hoy los veteranos, a los 55 años, tienen las secuelas del estrés crónico. Cuando vos estás en combate, tu organismo se acondiciona para pelear: te libera hormonas como adrenalina que te produce vasodilatación y te agranda las pupilas. Tenés más cortisol en sangre, que te libera azúcar para tener energía. Eso durante mucho tiempo empieza a desgastarte y en la cronificación de la enfermedad esa respuesta es totalmente disfuncional. Empezás a tener diabéticos, cuadros hipertensivos. El cortisol te baja las defensas, así que hay muchos casos de cáncer”.

Según un relevamiento informal de la Comisión de Veteranos, el año pasado fallecieron 112 veteranos: a 34 les dio un infarto y 32 murieron de cáncer. Son cifras fuera de lo común si se considera que la población de ex combatientes, en su mayoría, es menor de 60 años. “Muchos veteranos también se van dañando a sí mismos, hay suicidios encubiertos, porque tienen enfermedades y no se las tratan. Te dicen: ‘Total, ya está, ya pasé por lo peor. Otros también desarrollaron adicciones para tratar de evadir el dolor”, cuenta Bourdieu.

Para empezar a remediar esta situación Bourdieu, junto con un equipo del centro y a través de la asistencia del PAMI está encarando un relevamiento a nivel nacional con el objetivo de tener datos exactos sobre la salud de los veteranos y sus causas de muerte.

Veteranos en el Centro de las Fuerzas Armadas, luego de un encuentro. | Foto: Gentileza teniente coronel Marcelo Pollicino.

Veteranos en el Centro de las Fuerzas Armadas, luego de un encuentro. | Foto: Gentileza teniente coronel Marcelo Pollicino.

Mientras, mantienen el acompañamiento terapéutico en el centro disponible para todos los ex combatientes y sus familias. Allí se atienden con psicólogos y psiquiatras pero también hacen actividades grupales con las familias e incluso se organizan grupos de asistencia para colaborar en inundaciones o incendios. “El punto es la calidad de vida. Que la persona aprenda sobre su enfermedad y que se corra de la posición de víctima para poder ser más actor de su propia existencia. Sos psiquiátrico, sí, pero aún así podés trasmutar esto en algo positivo”

El coronel Esteban Vilgré Lamadrid, ex combatiente de Malvinas,que también participó de conflictos bélicos en la ex Yugoslavia e Irak, estuvo al frente del Centro hasta hace algunas semanas. Es uno de los principales promotores de la importancia de la atención médica y cuidado de la salud mental de lo veteranos. Busca que todos los centros que trabajan individualmente puedan generar una red nacional e interconectada. Actualmente su lugar lo ocupa el teniente coronel Marcelo Pollicino.

“Estamos tratando de que Pami y el Ministerio de Defensa trabajen juntos en cumplir la ley 23.109 que dice que el Estado Nacional debe hacer un reconocimiento psicofísico de todos sus veteranos. Hay soldados que nunca en 36 años hablaron. Esa es la deuda que tiene el Estado con sus veteranos. No solo para darles dinero, sino salud”.

Lamadrid se ocupó de formarse mucho en estos temas. Hace apenas dos meses estuvo en Inglaterra, en un centro de ex combatientes, para compartir experiencias y aprender de ellos.

Su objetivo es, más allá de ayudar ahora, poder prevenir: “Queremos que quede algo permanente para las futuras generaciones. No sabemos si va a haber otro conflicto o incluso algo relacionado al narco-terrorismo. El objetivo es que si vos entraste al Ejército 100% apto, el Ejército te devuelva a tu casa 100% apto o al menos 70% y por ese 30% faltante, reconocértelo y ayudarte. Que no se discrimine más”.

Aprender de otros

Gran Bretaña volvió de la guerra con muchos menos muertos que Argentina (255 contra 650) pero también sus soldados vivieron experiencias traumáticas. Sin embargo, según un relevamiento que hizo el Ministerio de Defensa inglés en 2012, la tasa de suicidios de sus ex combatientes es menor a la de la población civil. Esto se debe en parte a que eran personal más entrenado pero también a que recibieron mejor contención al volver.

El Reino Unido, como Estados Unidos, tiene gran tradición en conflictos bélicos y, por lo tanto, desarrollaron un aparato más adecuado para cuidar la salud de sus veteranos. No hay un programa estatal pero sí una organización muy extendida, Combat Stress, que se financia con capitales mixtos.

Foto: Télam.
Foto Télam

“Debería haber una cultura de comprometerse más. Nosotros, en la organización, pedimos plata al Estado, le hacemos entender que estamos haciendo su trabajo y es una buena inversión, pero también a las empresas y a los ciudadanos”, explica a RED/ACCIÓN Geoffrey Cardozo, oficial inglés retirado que, además de tener un rol clave en la identificación de los soldados argentinos en Darwin, trabajó durante 15 años con soldados afectados psicológicamente.

Algo que le llamó la atención a Cardozo es que en la Argentina se pone el ojo exclusivamente en lo que el Estado debería hacer y no también la sociedad civil.

Hacia el final de charla, dio su opinión sobre la problemática de los veteranos que no conoce geografía. “El estrés post traumático no se puede curar pero sí controlar y con bastante éxito, sobre todo, si se lo agarra a tiempo. Es como un niño que se cae y su madre lo consuela de inmediato. Nunca olvidará la caída pero podrá lidiar con ella”.

Sociedad | 10 de junio de 2018

G. Cardozo, el inglés que enterró los cuerpos en Malvinas: “Tenía mucha bronca porque no había podido identificar a todos los chicos, ahora siento algo de alivio”

Fue quien diseñó Darwin y, 25 años después, les acercó un informe a veteranos argentinos con todos los datos que había recolectado sobre los soldados no identificados. Ese fue el puntapié inicial para que las tumbas “sólo conocidas por Dios” se reencuentren con sus nombres.

Después de 33 días de trabajar casi sin parar, el 19 de febrero de 1983 el capitán inglés Geoffrey Cardozo concluyó su tarea: con ayuda de un equipo de civiles enterró a 220 soldados argentinos cuyos cuerpos habían quedado dispersos después del combate por la intrincada geografía de las islas Malvinas. La ceremonia de entierro fue breve, aunque solemne: monseñor Spaggon, de la Iglesia Santa María, de Puerto Argentino, hizo una oración por esos cuerpos, se descargaron disparos militares sobre las tumbas y se tocaron dos marchas.

Antes de envolverlos en tres capas de bolsas mortuorias y depositar los cuerpos en ataúdes para darles un descanso final en el cementerio de Darwin, Cardozo había revisado las chapas identificatorias de aquellos cuerpos que las tenían. Y los anotó en su libreta con nombre y apellido. De los que no, dio vuelta los bolsillos y miró con cuidado las características de los uniformes, las pocas pertenencias que tenían encima. También anotó esto en su libreta con la esperanza de que alguna vez los familiares pudieran identificar a sus caídos. “Yo fui el último que había tocado a esos chicos y no pude identificarlos a todos. Tenía mucha ira y sentía una responsabilidad hacia esas familias”, contó en una charla con RED/ACCIÓN en Buenos Aires, durante su última visita al país en marzo, para el viaje de los familiares a Malvinas.

Redactó un informe final, envió una copia a las autoridades británicas, otra a las argentinas y una última a la Cruz Roja. Después de eso volvió a su casa, en Inglaterra, continuó su carrera militar y no volvió a pensar en el entierro. Hasta 25 años después.

Ya jubilado Cardozo se enteró que su informe nunca había llegado a las familias argentinas; que los soldados “sólo conocidos por Dios” no habían tenido siquiera la chance de reencontrarse con sus nombres. Así, en 2008 aprovechó un encuentro entre veteranos argentinos e ingleses y le dejó una copia de su informe a Julio Aro, un ex combatiente. Con esa información, Aro creó la fundación “No me olvides” y emprendió una campaña para identificar a los soldados. Llegó, gracias a la mediación de la periodista Gabriela Cociffi, hasta Roger Waters quien, en una visita a la Argentina, le entregó el pedido de indentificación y una copia del informe a la presidenta Cristina Kirchner.

Foto: Télam.

Foto: Télam

Así, la rueda que inició el “Informe Cardozo” comenzó a girar y culminó este año con la identificación de 92 soldados en el cementerio de Darwin. Intervinieron profesionales locales y de la Cruz Roja, representantes de ambos gobiernos y cientos de familiares que dieron sus muestras de ADN. Fue uno de los momentos históricos más significativos para nuestro país y todo comenzó con una libreta.

RED/ACCIÓN habló con Cardozo luego de estos eventos para compartir sus impresiones sobre este momento histórico y contar qué queda por delante.

¿Quedó trabajo por hacer en la identificación de los cuerpos?
Hay un trabajo que todavía tenemos que hacer porque aún quedaron soldados sin identificar (33). Hay familias que sufren un enorme dolor y deben saber dónde están sus hijos. Quedan familias que no dieron sus muestras y esperemos que cambien de opinión. También hay muestras que no eran lo suficientemente fuertes (con un grado de parentesco alejado) y hay que tratar de conseguir muestras de familiares directos. Ya quedó hecha la base de datos de los soldados.

¿Vas a seguir involucrado en este proceso?
No lo sé. No es mi papel. El proyecto de identificación fue una idea totalmente argentina. Yo he dado los detalles con mi informe y ciertamente puedo aportar ayuda técnica. Tengo alguna responsabilidad hacia los familiares porque fui el último que tocó a sus chicos. Es una responsabilidad.

¿Qué representó para vos haber visto la culminación de este trabajo?
Es un enorme alivio, un enorme alivio para las familias. Yo tenía un sentimiento de culpa de haber cometido un error profesional porque no pude identificarlos. No pude identificar a todos los chicos. No había registros dentales o de ADN en ese momento. Tenía mucha ira porque nosotros habíamos hecho un trabajo y las familias no lo sabían. Ahora ya tengo algo de alivio.

Apenas se conoció tu labor muchas personas querían que te nominen, junto a Julio Aro, para el Nobel de la Paz ¿Qué sentiste?
(Se ríe). Fue muy emocionante pero creo que sencillamente fue una idea. El mejor premio para mí fue secar una lágrima de los ojos de una madre y ver una sonrisa aparecer. Ese es el premio más bonito para mi.

Cardozo habla en un castellano pausado y casi sin errores. Antes de completar una oración en inglés prefiere pensar y encontrar la palabra correcta en español. Incluso pronuncia la doble ele en buen porteño y no dice “tu” sino “vos”.

No es un improvisado: cuando supo que iba a venir a la Argentina tomó lecciones de castellano con Agustina, una porteña que vivía en Francia, donde tiene su trabajo actual. Agustina lo ayudó además a grabar un video para los familiares, en donde se intercalan imágenes de la ceremonia en Darwin en el ‘83 con un relato en perfecto español de Geoffrey contando la tarea que había realizado a la hora de enterrar a sus hijos.

¿A qué te dedicás ahora?
Trabajé por 15 años con veteranos que vivían en la calle en Londres y tenían problemas psicológicos. Ahora, desde hace dos años y medio soy el patrón de una fundación en París que se ocupa de personas con problemas psicológicos.

¿Por qué lo hacés?
Hay una necesidad. Son palabras tontas pero hay un privilegio, un honor…. no, una satisfacción enorme en hacerlo. Ahora que estoy retirado pude hallar la energía para dedicarme a esto.

¿Ese día en Darwin, en 1983, pensaste: “Estoy frente a un momento histórico”?
No, en ese momento era mi trabajo como soldado. Era algo lógico, si se puede decir que la guerra es lógica aunque nunca lo es. Hay muchas personas que echan la culpa a Margaret Thatcher de lo que pasó pero esa decisión no se hubiera tomado si la población no hubiera estado de acuerdo. Es fácil echarle la culpa a una mujer. Esto no hubiera ocurrido sin el apoyo de todos mis compatriotas.

¿Cómo se sintió venir a la Argentina durante el proceso de identificación y ser una especie de celebrity para la prensa?
Yo viene solamente por las familias. Luego me di cuenta de que las entrevistas conmigo eran más buscadas de lo que yo pensaba. Me di cuenta de que el dolor no era solamente de las familias, sino un dolor nacional. Y dije, yo tengo que ayudar. Por eso siempre que tuve un pedido de entrevista nunca dije que no. Siempre con cuidado. Ahora ya creo que está bien

¿Creés que esta identificación es una forma de empezar a sanar la herida que dejó la guerra?
Si, de sanar el dolor nacional. Pero hay una ironía en todo esto. Yo siempre pensé que era bueno, que era bueno para la relación de nuestros países pero veo que se removió de nuevo la cuestión Malvinas ¿Era esto lo que quería? Tal vez no.

¿Qué pesa más en ese caso?
No tengo dudas. Las familias.

Cultura | 6 de junio de 2018

Paste up, el movimiento artístico que busca posicionar a Buenos Aires en el arte urbano

Ale Giorgga y Gerdy Harapos son dos referentes de esta técnica que implica pegar afiches, pósters o stickers en las paredes de la calle y construir un collage. Ellos buscan que Argentina sea un ícono de esta expresión efímera y en constante intervención. El Gobierno los incentiva aunque están en el límite con lo ilegal.

Es sábado a la tarde y varias personas esperan en línea con los teléfonos en la mano. Frente a ellos hay una enorme medianera, totalmente empapelada. La perdición de los instagramers. Un cowboy arriba de un cohete espacial. Al lado, un castor con traje de astronauta. Superpuesta, una calavera y varios muñecos de ventrílocuo. Abajo un cartel de “Anímese”. Más allá una golondrina sobre un mandala. Arriba de todo, en letras negras y con fondo tropical: “Viva la pepa”. Así, metros y metros. Capas de pegamento, sobre afiche, sobre pegamento, sobre afiche.

Ni en el momento más álgido de la campaña presidencial, esa pared vio tanta gloria.

Foto: BA Paste Up
Un paredón en pleno palermo, intervenido por más de 200 artistas del paste up. | Foto: BA Paste Up

Al ojo inexperto, el muro es una gran -y colorida- intriga, que se repite constantemente, con distintos diseños, en miles de paredes de Buenos Aires. ¿Son afiches, pegatinas, stencil? ¿Es un solo artista, son varios? ¿Por qué alguien se tomaría el trabajo de hacer un mural equilibrando tantos factores cuando quedará hecho pedazos ante la primera tormenta? La única pista, tal vez, está debajo de uno de los carteles: “Movimiento Petrushaus”.

Con una rápida búsqueda en redes sociales se aprende que Movimiento Petrushaus es la obra de Ale Giorgga, artista urbano y licenciado en museología, que trabaja desde hace ocho años la técnica de la pegatina o paste up (pegado de afiches y papel) en la calle.

Sistemáticamente, tres veces por semana, recorre la ciudad y pega alrededor de 60 piezas por salida. Son consignas en letras negras, sólidas, sobre un fondo brillante. “Tercer trimestre”. “Internet es droga”. “No te gastes todo en caramelos”. “Crisis bananera”. “Por favor baje su consumo”.

“Mi objetivo es rescatar la visibilidad de ciertas problemáticas y poder acercarlas a través de este soporte que predispone a mirarlo y a generar una conciencia pero con un un guiño muy sutil. Algo fascinante es que el interlocutor es muy variado”, suelta Giorgga en una charla en su taller.

El lugar está en el barrio porteño de Chacarita, justo en medio de su ruta habitual: Saavedra, Coghlan, Belgrano, Colegiales, Chacarita, Palermo, la Boca a veces. Movimiento Petrushaus tiene cinco temáticas que se replican con distintas frases: drogas, sustentabilidad, lunfardo popular, la era digital y la política. ¿Una pequeña ironía? Este arte, ahora a la vanguardia de lo urbano (antes fue el stencil o el el grafitti), se imprime al igual que los diarios del siglo pasado: sobre una plancha se colocan letras de metal o madera hasta formar una frase y con una prensa se pasan sobre papel reciclado.

– ¿Por qué la calle?
– Siempre estuve en la calle, desde chico. La conozco y es uno de los pocos espacios que el transeúnte realmente habita. Siento que es uno de los canales más potentes. Por algo los políticos apuestan a la calle a través de la pintada, el afiche y el pasacalles.

Un método artesanal, en el límite de lo legal

Es una guerrilla silenciosa: él embadurna la pared, pega su obra y pasa el rodillo. Sigue. Al día siguiente verá si su marca se mantiene erguida o si sucumbió a la lluvia, ante las espátulas la cuadrilla de limpieza del Gobierno, si cayó ante el arrancador serial o, peor, quedó tapada por una publicidad de ofertas del supermercado. De a poco, con los años, fue ganando terreno, conquistando espacios. Un poco lo conquistaron a él también: la obra es intervenida todo el tiempo por otras personas que encuentran en sus pósters un soporte para crear algo nuevo. La ciudad está llena de los ¿contradictorios? espectadores activos. Cualquiera puede mirar, cualquiera puede pintar arriba. Giorgga lo encuentra fascinante.

Foto: BA Paste Up

rgga empapelando con afiches de Movimiento Petrushaus.

– ¿Es ilegal hacer este tipo de obras?
– En general la expresión urbana, por ley, es una contradicción. Siempre estás ahí en el límite entre lo vandálico y lo legal. Si vos hacés un acuerdo entre partes con el dueño de una propiedad, no hay problema.

Según el ministerio de Ambiente y Espacio Público de la Ciudad lo que dice Giorgga es así: siempre es necesario el permiso del frentista y no se pueden intervenir edificios o fachadas con valor patrimonial. Los grises surgen en los edificios abandonados, paredes en construcción o espacios públicos. Lo cierto es que el Gobierno está incentivando el arte urbano (incluso hay varios recorridos para hacer), aunque mayormente en murales.

“Hay programas como Color BA que trabajan con intervenciones de artistas plásticos en el espacio público, con el objetivo de fomentar el arte urbano. Por ahora es pintura, no collage”, explicaron en el ministerio. El festival Color BA comenzó a realizarse el año pasado en el distrito de las artes y apuesta a nuevos formatos de expresión que se plasman callejeramente.

Además de Petrushaus, Giorgga tiene otros proyectos. Uno es “Homenajes Urbanos” que acerca la obra de artistas ya fallecidos a cualquiera que se detenga a mirar uno de sus afiches. El año pasado dedicó días enteros a empapelar la ciudad con un cartel que, con letras negras y fondo blanco, decía (o dice, porque algunos siguen allí): “Federico Manuel, te leo y me siento menos loco”. Es en honor al artista Federico Manuel Peralta Ramos.

Foto: Ale Giorgga

Una de las intervenciones más populares de Giorgga, en honor a Federico Manuel Peralta Ramos. | Foto: Ale Giorgga

Giorgga también es parte del colectivo BA Paste Up que reúne a cinco artistas que se dedican a ese tipo de intervenciones collage. Se conocieron en las paredes y se contactaron. Cada uno trabaja distintas técnicas (stencil, pintura, grabado, todo en papel) y luego se ensamblan en la pared. El mural de Palermo fue una ocasión especial que reunió a 203 artistas de distintas partes del mundo. Gracias a su gestión y de un colega, Gerdy Harapos, lograron que el festival de arte en pósters, Worldwide Wall, se haga el año pasado en la Argentina.

Un gran aliado son las redes sociales. A las paredes ya no la miran sólo los ojos, sino las lentes y cualquiera con un celular puede retratar y difundir. Gracias a esta comunicación muchas marcas convocan a estos artistas para sus publicidades. Coleccionistas también les piden intervenciones particulares y algunos restaurantes les demandan diseños para ambientar el lugar. A pesar de que colonizó buena parte de las calles de la ciudad, el paste up es cool y algo exclusivo. Eso vende y de algo hay que vivir.

El grito de Gerdy

Hace 10 años que Gerardo, licenciado en artes visuales, trabaja con pegatinas y stencil que deja en donde encuentra un hueco en una pared. O en un cartel de una parada de colectivo. O pisando la esquina de un afiche de Petrushaus. En las calles lo conocen como Gerdy Harapos y su marca distintiva es un stencil de un hombre negro con anteojos, gritando de sorpresa. El de la imagen es Spike Lee, director y a la vez protagonista de la película Do The Right Thing. Una de las favoritas de Gerdy. Toda su obra se apoya en íconos, objetos o conceptos que le llaman la atención.

Quien quiera disfrutar de su arte no tiene más que caminar por las avenidas de Palermo, Villa Crespo, Chacarita o La Boca. También puede visitar alguna de las hamburgueserías y cervecerías que intervino y pagar por ello. Cada uno elige su propia aventura.

Foto: Gerdy

El grito, basado en el personaje de la película Do The Right Thing, es el elemento que caracteriza la obra de Gerdy. | Foto: Gerdy

“Sin ser nadie podés mostrar tu trabajo, eso te permite la calle”, sintetiza en una charla telefónica. Si el diálogo fuera personal creo que se habría encogido de hombros. “Coloco las cosas en donde creo que van a tener bastante visibilidad. Avenidas y eso. Trato de no bardearla mucho”.

Colocar pósters o stickers puede parecer sencillo pero tiene ciertos códigos. Más allá de evitar molestar a los vecinos si no quieren ese tipo de intervención, la calle tiene una regla de oro: no tapar el arte de otro. También evitar pegar obras en paredes inmaculadas. Ahí entra en juego el ecosistema urbano porque quienes suelen abrir el camino son los que estampan su firma sin ton ni son. Sacan una lata, pintan, siguen. También aquellos que hacen “bombas”, esas firmas más elaboradas, con letras gordas y brillantes pintadas con aerosol.

Gerdy y Giorgga trabajan juntos en BA Paste Up y suelen pegar en tándem. Ahora tienen un proyecto de convocar a muralistas brasileros para hacer un gran trabajo en conjunto en Buenos Aires y luego otro en San Pablo. “La ciudad es muy permeable para esto. Lo que queremos es que Argentina se posicione a nivel mundial en paste up y sticker art como puede ser Alemania”. Justamente con ese concepto comenzó BA Paste Up: potenciarse entre ellos y resaltar el conjunto.

Foto: BA Paste Up

Gerdy trabajando con un compañero de BA Paste Up para crear un mural.

Consultar los recorridos de arte urbano en C.A.B.A.

Hay ciudades que son mecas de este arte, como Berlín, Barcelona o Nueva York. Los artistas suelen viajar para hacer intervenciones o incluso van armando una red de conocidos, se pasan piezas y se “pegan” unos a otros en sus recorridos. Los dos artistas tienen una gran cantidad de obra en esas ciudades y también en el interior del país.

El paste up implica mucho diálogo con el ambiente y entre los propios artistas. También entender los caprichos del clima, que atentan contra la durabilidad. Allí radica el atractivo para muchos, tanto consumidores como hacedores: la permanente transformación. Los murales y las piezas se reparan o se superponen con otras cuando se deterioran. Nunca es igual.

Foto: BA Paste Up

El mismo mural de Palermo, luego de las lluvias.

Basta con pasar por el mural de Palermo por estos días de lluvia: algo descoloridos, los afiches se despegan de las esquinas y caen sobre los adoquines. Lo que antes fueron colores y diseños ahora es material para la escoba. Una gran grieta se abrió en el medio y descubre una pared verdosa debajo. Se acabó la magia o, mejor, empezó de nuevo: un nuevo escuadrón saldrá esta noche a reencontrarse con el lugar.

Educación | 28 de mayo de 2018

Cómo enfrentan el día a día en la ciudad de Buenos Aires los adultos analfabetos

Según el Censo 2010, el 1,9% de los argentinos mayores de 14 años es analfabeto. En la capital del país, el 0,49% no sabe leer y escribir. Hoy, en la ciudad, 84.565 adultos cursan la primaria o hacen cursos especiales buscando mejorar su calidad de vida.

Luz Marina no podrá leer estas líneas de corrido. Tal vez le pida ayuda a su hija y así irán juntando primero letras, luego palabras y finalmente oraciones. De a poco, el texto se abrirá camino para las dos.

Luz Marina tiene 40 años y llegó de Paraguay a los 19. Nunca fue al colegio. La crió su abuela porque su madre se vino a la Argentina a probar suerte. Finalmente ella también pudo acompañarla tiempo después. Cuando llegó a Buenos Aires se las arregló para trabajar sin saber leer ni escribir y recién el año pasado, cuando su hija ya estaba totalmente adaptada al colegio, decidió empezar ella también. Ahora van las dos al turno mañana y cada tarde se cuentan lo que aprendieron.

Luz Marina es parte de los 84.565 adultos que están haciendo la primaria, o algún oficio, a través de la Dirección de Jóvenes y Adultos de la Ciudad de Buenos Aires. Según los datos del censo del 2010, el 1,9% de los argentinos mayores de 14 años es analfabeto. En la Ciudad, el 0,49% no sabe leer y escribir y el el 3,4% no terminó la escuela. Sin embargo, directores y maestros advierten que hay una gran cantidad de extranjeros -sobre todo paraguayos, peruanos y bolivianos – que no están contemplados en esa cifra y que no tienen educación primaria.

Luz Marina (fondo a la izquierda) junto a sus compañeros en la primaria para adultos Manuel Belgrano, en La Boca.
Luz Marina (fondo a la izquierda) junto a sus compañeros en la primaria para adultos Manuel Belgrano, en La Boca.

“En el colegio de la nena me mandaban papeles para completar y yo no podía. Apenas se hacer mi firma. Me duele porque no puedo ayudarla con la tarea y ahora la estoy mandando apoyo escolar. Por eso quise empezar”, cuenta Luz Marina. Lo hace frente a una docena de compañeros, sentada en su pupitre. Desde el año pasado es alumna de la escuela N°29 Manuel Belgrano en la Boca, la única que es exclusiva para adolescentes desde los 14 años y adultos y que funciona durante todo el día. Tienen alrededor de 900 alumnos. Su marido se la “consiguió” y aunque le queda lejos (la familia vive en Barracas) ella viaja todos los días.

Hay 82 escuelas donde se puede cursar la primaria desde el principio o terminarla y 135 centros que funcionan en parroquias, hospitales o clubes de barrio de la ciudad. En todos los casos son tres ciclos y se ubica al alumno en el primero, segundo o tercero, según sus conocimientos. En la mayoría de los establecimientos se incluyen talleres para aprender oficios como cocina, peluquería o computación. Según datos oficiales la zona sur reúne la mayor cantidad de personas en condiciones de analfabetismo o que no terminaron la primaria. Estos números coinciden con los mayores focos de pobreza y desocupación de la ciudad.

Además de tener primaria para adultos, la escuela Manuel Belgrano de la Boca da talleres de capacitación. Fotos: Rodrigo Mendoza.
Además de tener primaria para adultos, la escuela Manuel Belgrano de la Boca da talleres de capacitación. Fotos: Rodrigo Mendoza.

Un dato llamativo que aportó el Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires es que en los últimos años el número de adultos que empiezan su escolarización aumentó significativamente: entre el 2016 y el 2017 se inscribieron 14% más y este año, 10%. Los docentes lo atribuyen a la situación económica. A mayores complicaciones, más necesidad hay de tener un título primario o un oficio para poder acceder a un trabajo.

El problema es que muchas veces, por estos incrementos, hay que “estirar” los recursos. Algunos centros están tratando de adaptarse a la nueva reestructuración del gobierno que busca que los adultos reciban más horas de clase pero es difícil cuando faltan materiales.

“Hacemos mucho a pulmón” fue una de las frase que docentes y directores más repitieron durante el recorrido que hicimos por distintas escuelas. El presupuesto destinado a este año al área de adultos es de $857.474.837, 65% más que el año pasado. De todos modos, es el área que menos recibe del total de $19.388.439.842 disponibles para la Dirección General de Educación Estatal.

Un método artesanal

“Alfabetizar un adulto implica trabajar uno a uno con la persona. No hay un método único que puedas usar sino que partís de las ganas y de sus propios conocimientos. Vos tenés una persona que ya está formada en la vida, no es como la lógica del niño. Tenés toda la riqueza de su historia de vida, la experiencia y también mucha fuerza de voluntad”, explica Dolores Jiménez. Ella es la directora de la escuela Manuel Belgrano. Trabaja allí hace 26 años y antes de eso fue alfabetizadora de los trabajadores en el gremio Luz y Fuerza.

El método para alfabetizar comienza con el nombre propio ya que, en general, saben escribirlo correctamente y se parte de esas pocas letras para enseñarle las demás. Se suman luego el uso de diarios y revistas y se evita, en un primer momento, todo lo audiovisual ya que demanda mucha velocidad de lectura.  

“En general vienen a saldar una deuda. A veces lo hacen por sus hijos o por ellos mismos. Muchos vienen empujados por una necesidad laboral: terminar el primario para después poder hacer y tener el título secundario”, cuenta Jiménez. “Una vez que superan la barrera de la vergüenza, el alumno encuentra la posibilidad de entender el mundo y de encontrar palabras para sí mismo. En el aula se genera un proceso muy divertido, de mucha colaboración entre ellos y de reconocimiento. Les da mucho orgullo poder avanzar”.

Vivir sin saber leer y escribir demanda contar con un repertorio de estrategias para poder ir a trabajar, hacer las compras o incluso llenar formularios. “Me olvidé los anteojos ¿Me lo podrás leer y completar?” o “¿Podrías indicarme de qué color es el cartel del colectivo que me tengo que tomar?” son frases comunes.

También se valen de otros recursos: memorizan recorridos, llevan direcciones anotadas y comparan esas letras con las de los carteles o reconocen por imágenes ciertos productos que vieron en la televisión. El resurgimiento de la escritura a través de lo digital sumó una complicación inesperada que las llamadas telefónicas o los audios de WhatsApp sortean más o menos exitosamente.

Dejar de postergarse

Felipa Costa vivió 67 años echando mano a estas estrategias. El año pasado una amiga le recomendó que se inscriba en Caacupé, un anexo de la escuela N°11 para adultos, que funciona dentro de la villa 21-24. Superó la vergüenza de ser “la más grande de la clase” y se anotó. A su bisnieto, que había empezado el jardín al mismo tiempo, le extrañó. Después encontró provechoso que su “tata” pudiera leerle cuentos y enseñarle a él.

Felipa nació en Paraguay, en una zona rural sin colegios a los que asistir. Apostando a una mejor educación, su madre la envió a vivir con una familia a la ciudad más cercana pero en vez de mandarla al colegio, la usaron como empleada doméstica. No aprendió a leer y escribir pero sí a contar dinero. Llegó a la Argentina hace tanto tiempo que ya no recuerda cuánto y siempre trabajó. Crió a sus seis hijos, se armó su casita en la 21-24 y ahora tiene tiempo para saldar una deuda pendiente.

“Antes yo no quería venir ¿Qué voy a hacer con esta edad? No podía juntar las palabras. Pero aprendí y ahora leo y escribo un poco. Si vos te interesás es bueno, estoy orgullosa porque progresé y ahora, mientras Dios y la virgencita me lo permitan, voy a seguir estudiando”, cuenta Felipa en voz baja. Todavía tiene las pausas y los saltos en la voz característicos de la tonada paraguaya.

Felipa tiene 68 años y el año pasado arranco la primaria en Caacupé.
Felipa tiene 68 años y el año pasado arranco la primaria en Caacupé.

Caacupé depende de la parroquia que funciona dentro de la 21-24. El padre Lorenzo De Vedia o “Toto”, como lo conocen todos, les presta el lugar a los seis docentes de la escuela N°11 que todas las tardes dan clases allí. Son tres grupos y los docentes trabajan en parejas pedagógicas.

“Trabajar con adultos es mucho más gratificante que con niños porque ellos quieren estar ahí, vienen porque quieren aprender y es increíble cuando me dicen “pude leer”, aunque sólo sea en un cartel”, explica Miriam Vázquez, docente del curso multiciclo al que asiste Felipa.

Por la gran cantidad de alumnos extranjeros (alrededor del 80%) los carteles están escritos en español y guaraní. Incluso trabajan en conjunto con la cátedra de Etnolingüística de la carrera de Letras de la UBA, que asiste a los docentes y los ayuda a comunicarse con aquellos alumnos que hablan otra lengua como guaraní o quechua. La idea es integrar los idiomas y valorar el aporte cultural de aquellos que las hablan.

Los desafíos de escolarizar a adultos es algo que tiene muy presente Alicia Pasquí, directora de la escuela N°11. “Es necesario crear un vínculo y eso lo hacés comprometiéndote con ellos. Ellos confían en vos, pasás a ser parte de su vida. Los adultos que vienen suelen tener mucha necesidad afectiva y tal vez llevaron una vida de postergación o incluso maltrato. Maltrato de su familia, de su ambiente y también institucional. Acá vienen a buscar una segunda oportunidad”.

La escuela n°29 de La Boca necesita materiales y artículos de librería. Para donar:


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Series | 10 de mayo de 2018

Noé Ruiz: “Hay mucho egocentrismo en la dirigencia sindical”

100 MUJERES

5

Noé Ruiz

Es una de las dos mujeres que se sienta en la mesa chica de la CGT. Sostiene que sus compañeros sindicalistas han cambiado, pero no tanto como para aceptar que una mujer ocupe sus puestos.

Por Agustina López

10 de mayo de 2018






La vida de Noé Ruiz parece ser una cadena de hechos contradictorios. Siendo mujer, se sienta en la mesa chica de la CGT (Confederación General del Trabajo de la República Argentina). Siendo hija de una familia acomodada, fue madre a los 16 años. Crió a su hijo mientras trabajaba como modelo de alta costura, repartiéndose entre desfiles y campañas en el exterior.

Cuando recién se estaba introduciendo en el intrincado mundo sindical, la primera persona que la llamó “dirigente” fue Domingo Cavallo.

Ruiz es la representante del sindicato de Modelos y una de las dos mujeres en la dirigencia de la CGT (la otra es Sandra Maiorana, de Médicos). También está al frente de la Secretaría de Género y Oportunidad. Y es desde ese lugar que trabaja para evitar que sus aparentes contradicciones sean una excepción y se conviertan en una situación cotidiana.

Sus objetivos son lograr el reconocimiento de los modelos como trabajadores con derechos y no como objetos con una vida útil limitada y la inclusión de la mujer en una situación de igualdad laboral.

“Los compañeros sindicalistas han cambiado, pero no tanto como para darnos a las mujeres sus puestos. Si la mujer quiere cambios, tiene que afiliarse. Hay que dejar de pensar que es una traba para crecer en el trabajo”, dice.

Aún hoy, después de décadas en la CGT, siente la exclusión machista en los gestos cotidianos: en diciembre, cuando se discutía la reforma laboral, no le avisaron de la reunión ni la incluyeron en la lista.

Se crió en una familia de dinero. Su padre era un empresario español que logró una buena posición invirtiendo en distintos emprendimientos inmobiliarios. Ella pasó su infancia entre clases de ballet, lecciones de piano, colegios de primer nivel y desfiles de moda, a los que empezó a ir desde muy joven. Justamente un agente la vio en uno de esos eventos y le propuso empezar a modelar alta costura: era 1973, ella tenía 15 años, las piernas largas y el pelo muy rubio.

Se dedicó al modelaje. A los 16 quedó embarazada y tuvo a su hijo Pablo justo cuando terminó el colegio. Nunca hubo padre. Su familia la apoyó pero ella rápidamente usó sus ahorros para comprar un departamento y contrató una niñera.

A los desfiles y a las campañas iba siempre con dos bolsos: uno con cosméticos, otro con pañales y mamaderas.

Al sindicalismo llegó “casi de casualidad”. A fines de los ‘80, instalada en España, seguía modelando. Pero también pensaba en abrir un centro para que las mujeres pudieran dejar a sus hijos e ir a trabajar.

Alguien de la Asociación de Modelos de Argentina, sabiendo de sus intereses, la contactó para que diseñara un proyecto para crear una obra social que garantizara cierta cobertura de salud y tuviera en cuenta lo irregular de la profesión. Al principio dudó pero después aceptó el desafío.

“Casi que ni sabía lo que era un sindicato, menos de convenios internacionales y obras sociales. Tuve que informarme y hacer cursos de economía. descubrí un mundo muy duro en los sindicatos”, recuerda.

Poco después, desembarcó en Argentina, se informó y elaboró un plan. Inscribió a la Asociación de Modelos en la CGT y pidió una reunión con el entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo, para contarle su propuesta de obra social para los modelos.

“Se que tenía todo para que me peguen: rubia, modelo y nariz parada”, sostiene. De hecho, el ministro comenzó la reunión ninguneándola pero antes de concluir el encuentro terminó reconociéndola como dirigente. A partir de entonces no paró de ascender en la estructura del sindicato.

Su lucha sindical no se circunscribió sólo a Argentina. En los ‘90 fue a República Dominicana para apoyar la lucha de los trabajadores de Nike, que tenían duras condiciones de explotación. Esa experiencia la marcó a fuego. En un segundo comprendió que no había edad para morir. “La policía le disparó a un chico en plena protesta y él se murió al lado mio. Me agarró del pantalón, apenas pude tocarle la mano”, rescata de su memoria.

A fines de los ‘90 llegó a la secretaría general. Desde esa posición impulsó la ley de cupo sindical (que prácticamente no se cumple) y se hizo cargo de la  secretaría de Género y Oportunidades de la CGT. Hoy mantiene su lucha por “un mundo más justo y equitativo” aunque reconoce “yo no lo voy a llegar a ver”.

NOEEE

Nombre: Noé Ruiz
Edad: 59 años
Profesión: Lic. en Comunicación, Modelo
Sector en el que trabaja: CGT, es secretaria general de la Asociación de Modelos Argentinos
Lugar de Nacimiento: Ciudad de Buenos Aires
Lugar en el que desarrolla su actividad: Ciudad de Buenos Aires

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
El profundo amor que siento por mi profesión y el respeto por el otro. Pienso que este trabajo no es para mí, es para aportar hacia algo mejor. Busco que se entienda que la organización que yo represento no es una organización del glamour. Nosotros somos hacedores, a través de nuestra imagen, del PBI y del consumo. Siempre me estoy preguntando qué puedo hacer yo desde mi lugar para construir un mundo más justo o equitativo.

2. ¿Qué te hace feliz?
Ver a mi hijo avanzar. Nosotros nos criamos juntos. También me gusta leer y estudiar. Pero el nacimiento de mi hijo Pablo es el recuerdo más feliz que tengo. Fue cuando tenía 16 años. Fue un desafío, me costó mucho: iba a los desfiles con mi hijo literalmente bajo el brazo y un bolso con ropa en el otro.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Cuando veo la pobreza, cuando veo a jóvenes que por determinadas situaciones de la vida pueden quedar marginados. Hace una semana me estaba costando dormir… Yo sigo muy de cerca los proyectos de innovación tecnológica y quiero que el país entienda que deben existir este tipo de desarrollos. Pero también pienso que en este proceso de innovación puede quedar mucha gente excluida y que tenemos que poder prever y dar respuesta a eso.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
El egoísmo y el egocentrismo. Sobre todo en la política y en la economía. Tal vez está en la naturaleza del ser humano ser así pero creo que la economía debe tener como objetivo el bienestar social. Tenemos que reformular muchas cosas. Lamentablemente en el mundo sindical no todos tenemos esta visión. También hay mucho egocentrismo en la dirigencia sindical.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Quería ser bailarina clásica. Tomé clases de baile y de piano, eran parte de mi educación. Siempre pedía que me lleven al Colón a ver a bailar y también a los desfiles. Una persona que me inspiró muchísimo cuando entré en el modelaje es Karin Pistarini. Fue la primera secretaria general de nuestra agrupación, la que armó nuestra institución pensando en el futuro. Era una mujer brillante aparte de muy bella.

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100 MUJERES

5

Noé Ruiz

“Hay mucho egocentrismo en la dirigencia sindical”

Por Agustina López


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100 Mujeres | 25 de abril de 2018

Ilustración: Mana Le Calvet

Soledad Deza: “Las mujeres vivimos cadenas de injusticias en todos los ámbitos”

Es abogada y tucumana. Lucha por la legalización del aborto y contra las prácticas patriarcales. También carga sus contradicciones internas: tiene una posición económica acomodada y recibió una formación religiosa.

Cuando se enteró del caso, Soledad Deza, abogada tucumana especializada en temas de género, fue corriendo al penal. Como no la recibieron dejó una tarjetita con sus datos. “Te quiero ayudar”, escribió al dorso. Era el 13 de abril de 2016. Más temprano ese día una psicóloga había ido a su casa porque necesitaba que la asesore para declarar en un tribunal. El juicio empezaba al día siguiente y la acusada era una joven de 26 años que había llegado a la guardia de un hospital con un dolor abdominal, había sufrido un aborto espontáneo de un embarazo de pocas semanas y cuando recuperó la conciencia la policía la acusaba del asesinato de un feto de ocho meses que había aparecido en el baño del hospital.

Belén estaba presa hacía dos años por ese aborto y sus abogados no apelaban a la excarcelación. Incluso le dijeron que podría recibir cadena perpetua. Finalmente le cayó una condena por ocho años por “homicidio agravado por el vínculo”. En una sociedad en donde se entremezclan la religión con el Estado, no tenía a quien rezarle. Quien la sacó de la cárcel y logró su absolución fue Deza. Para Belén, el momento más oscuro de su vida se partió así: AS y DS. Antes y después de Soledad.

* * *

Deza tiene hoy 46 años y es férrea militante de los derechos de la mujer. Actualmente lucha por la legalización del aborto y contra las prácticas patriarcales pero también carga con sus contradicciones internas: de una posición económica acomodada, toda su juventud recibió una formación religiosa. Al momento de terminar el secundario no pensaba en el aborto e incluso su familia le había inculcado que para poder tener sexo debía estar casada. Cuando se anotó en la Universidad Nacional de Tucumán pudo romper, en parte, con esos condicionamientos. Estudió derecho, dejó atrás el dogma religioso e incluso se fue a vivir con su novio de ese momento.

Durante muchos años ejerció la abogacía en estudios que asesoraban a bancos y a privados que pudieran pagar sus honorarios. Se divorció cuando sus hijos eran chicos y no veía forma de poder mantenerlos si no era con ese tipo de trabajo. En 2009 finalmente, cuando su situación se acomodó realizó una maestría de género en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y conoció a referentes del feminismo. Empezó a hablar de aborto y se capacitó. En 2012 se unió a la agrupación Católicas por el Derecho a Decidir, una organización que respalda los derechos de la mujer y particularmente los asociados a la sexualidad y la reproducción. Desde entonces se aboca a asesorar y defender mujeres criminalizadas por abortar y mantiene su religión como algo personal. “Vivo de forma libre mi fe, creo que la espiritualidad es algo propio”.

* * *

La mamá de Belén la contactó unos días después de encontrar su tarjetita. Luego de charlar durante tres horas con la joven, Deza se puso en campaña para organizar su defensa desde lo legal pero también mediáticamente: pactó la difusión del caso con la prensa independiente de Tucumán e instaló un estado de movilización en la calle. El caso recorrió con indignación el país, aunque le valió, en el proceso, varios insultos. “Me escribían personas de mi pasado por Facebook para decirme que no podían creer lo que estaba haciendo. En la facultad y en el colegio, a mis hijos los miraban mal. Copté muchas sobremesas con este tema. Fue un alivio cuando se revirtió la condena”, dice y un poco se ríe.

“Lo de Belén me marcó y me interpeló desde mi lugar de privilegio. No tenía dudas de que estaba injustamente presa pero sabía que iba a tener que remontar todo el peso del poder policial. Tuve miedo de no lograrlo. Sentía mucha angustia por la situación, cada vez que iba a la cárcel a explicarle que no habíamos avanzado, que todavía faltaba, sentía el encierro en carne propia”, cuenta.

Después de cuatro meses en el caso, Deza logró la excarcelación de Belén. En el proceso demostró que se había violado el secreto profesional, que la joven había sido encarcelada sin probar su vínculo con ese feto de ocho meses -que desapareció antes de poder practicarle una autopsia- y que no le correspondía estar presa por un proceso del cual no había sido responsable. El año pasado, Belén fue absuelta por la Corte de Tucumán y ahora vive en Buenos Aires, tratando de rehacer su vida. Le pidió al Estado un trabajo y una casa como compensación pero nunca se la dieron. 800 días estuvo en el penal.

Deza escribió luego un libro: “Libertad para Belén. Grito nacional” en donde cuenta todas las particularidades del caso. Hoy sigue trabajando en Católicas por el Derecho a Decidir y milita intensamente por la despenalización del aborto. Cree que la victoria del movimiento feminista está en que sea más pragmático y político. Que no caiga en los dogmas que ella siempre quiso dejar atrás.

SoledadDeza

Nombre: Soledad Deza
Edad: 46 años
Profesión: Abogada
Sector en el que trabaja: Justicia
Lugar de Nacimiento: Tucumán
Lugar en el que desarrolla su actividad: Tucumán

1. ¿Cuál es tu motor interior, qué te inspira a hacer lo que hacés?
La injusticia y la desigualdad que vivimos las mujeres en esta sociedad. Tengo una hija de 18 años a quien quisiera legarle una vida más justa. En todos los ámbitos vivimos cadenas de injusticias: en lo laboral, en la salud, en la educación y en nuestra propia autonomía. Esa sensación de que todo nos cuesta el doble, que tenemos que demostrar el doble, posicionarnos más fuerte. Eso me parece injusto.

2. ¿Qué te hace feliz?
Mis hijos, mi familia. La lucha feminista me hace muy feliz, me realiza plenamente y no quiero que pierda fuerza. A veces creo que nos radicalizamos un poco y que queremos ganar batallas exclusivamente en nuestros términos, tenemos que volvernos más pragmáticas. El feminismo es un movimiento político y como tal tiene sus reglas y las tenemos que saber manejar. El feminismo no puede ser un dogma, tiene que ser flexible para que seamos cada vez más. También me realiza la docencia. Siento que es un espacio para incidir a futuro. Para meter cuestiones de género en la facultad, enseño gratis. Me gustaría que mi facultad fuera un poco menos dogmática la verdad.

3. ¿Qué cosa no te deja dormir?
Cuando tengo casos en donde se que las mujeres están en peligro. Duermo muy poco la verdad.

4. ¿Qué te gustaría cambiar del mundo?
Los estereotipos en los que nos han encasillado a las mujeres. El mundo tiene que deponer a esa mujer monolítica al servicio exclusivo de la reproducción social. Esa es una mujer sometida. Aprendí mucho del movimiento feminista, de otras compañeras, de gente sobre la que leí y que pude conocer. El feminismo es muy horizontal y creo que hoy es un valor reconocerse así, cuando hasta hace poco no lo era. Todavía estoy aprendiendo y me reconozco en algunas prácticas patriarcales como decirle a mi hija “no podés vovler sola, yo te voy a buscar”, cosa que no hago con mi hijo varón. Quiero legarle a mis hijos que que luchen, que tengan una mirada crítica de las cosas, que no se conformen y que le devuelvan al mundo lo que a ellos no les costó.

5. Cuándo eras chica, ¿qué querías ser de grande?
Quise ser médica, luego psicóloga. Cuando terminé el colegio me quise inscribir en esa carrera pero se me venció el plazo y entonces decidí ser abogada. Igual algo de mandato hay: mi mamá es abogada y mi abuelo era abogado. Mi ex marido también. Mi padre es médico. Con lo que estoy haciendo ahora logré juntar un poco las dos cosas.

Salud | 12 de abril de 2018

Soy María y quiero donar mi pelo

La quimioterapia se lleva el cabello de los niños casi de un día para otro. Pero un montón de voluntarios que no se conocen entre sí han creado una forma fascinante para ayudarlos.

Hace calor y María lleva el pelo atado. Es oscuro y grueso; muy ondulado. Si se lo suelta, le llega por debajo de la cadera, casi que la abriga. Por un año se lo dejó crecer: ahora finalmente lo cortará y lo meterá en un sobre para enviarlo por correo.

“Hola soy María, tengo 10 años y quiero donar mi pelo para que hagan pelucas para los chicos con cáncer”. La última semana de febrero, cuando ya estuvo segura de que el largo de su cabello era el correcto, María escribió esta frase en un mail dirigido a la Red Solidaria.

La historia había comenzado un año antes, cuando vio por televisión en el programa Puentes de Esperanza a unas voluntarias que armaban pelucas para pacientes con cáncer y pedían donaciones de cabello. Ella quedó muy sorprendida de las consecuencias de la quimioterapia y decidió enviar el suyo. Comenzó así una espera de meses: su pelo debía superar 15 centímetros y todavía no lo tenía lo suficientemente largo para que, al cortarlo, le quedara por los hombros.

“Cuando vi que mostraban a los nenes en el hospital, me puse a pensar que muchas mujeres siempre se quejan de su pelo, del color, del largo. Pero esta nena no tenía pelo. Así me dieron ganas de donar el mío”, dice con voz muy baja pero firme.

María en su casa de Glew, unos días antes de cortar su pelo.
María en su casa de Glew, unos días antes de cortar su pelo.

Es tímida y cuando habla prefiere mirar por la ventana. Está sentada en el living comedor de su casa en Glew. El lugar es sencillo, pero sus muñecos y una alfombra de goma eva de su hermana menor le dan calidez al ambiente. Afuera, su perro recorre de punta a punta un jardín amplio y bien cuidado, que da a una calle de tierra. Mientras la escucha, a su mamá, Noelia, que trata de hacer dormir a su hija menor, se le llenan los ojos de lágrimas. “Ella quiso hacer todo esto sola. Yo sólo respondí sus preguntas y la ayudé a mandar un mail”, dice.

Unas semanas después de ese encuentro, llegó a la redacción una foto: María sostiene orgullosa tres mechones larguísimos. Su pelo cae hasta los hombros y su sonrisa es grande.

Pelucas de Esperanza

El programa de televisión que vio María contaba la historia de Pelucas de Esperanza, un banco de pelucas de Gualeguaychú que las fabrica con los mechones de pelo natural que llegan de todo el país. Evangelina García Blanco, dueña de una peluquería y creadora del banco, tuvo la idea en el año 2010, cuando la hermana de una de sus empleadas enfermó de cáncer y le pidió que le armara una peluca porque no podía pagar los 10.000 pesos que costaba la pieza más barata que había en el mercado. Y ni soñar con la más cara, que salía 70.000 pesos. En la Argentina, lograr que la quimioterapia no se vea es un privilegio costoso para un paciente.

Abrir el sobre. Sacar el mechón de pelo. Separarlo por color y extensión. Desenredarlo y ordenarlo sobre la mesa para que queden todos los cabellos a la misma altura. Pegarlo con cinta. Coserlo con máquina o a mano sobre una tira de tul elastizado para formar una cortina. Colocar un gorro de red sobre un maniquí y zurcir la cortina al gorro.

Y entonces sí: la peluca está creada.

“La hicimos con el pelo que teníamos acá y lo cosimos a breteles de corpiño y elásticos de bombacha. Mirábamos YouTube para aprender a armarla”, cuenta García Blanco, la creadora de Pelucas de Esperanza, en una conversación telefónica con RED/ACCIÓN. Después de la primera, la voz se fue corriendo a poco por Gualeguaychú y muchas mujeres comenzaron a pedirle más piezas. Pero el verdadero desafío surgió cuando García Blanco recibió un pedido para una nena de cuatro años. “No sabíamos hacer una peluca tan chiquita, entonces armamos una campaña por Facebook para ver si alguien la podía donar”. Esa persona llegó del otro lado del Atlántico: Feliciano Juan Román, un entrerriano radicado en Madrid que hace pelucas para teatro, se la envió por correo. Como vio que la iniciativa tenía buenas intenciones pero poca técnica, Román aprovechó un viaje de visita a su provincia y le enseñó a García Blanco y a sus colaboradoras algunos trucos; por ejemplo, a usar cortinas de pelo tejidas con telar.

Cortinas de pelo natural, listas para ser cosidas a un gorro.
Cortinas de pelo natural, listas para ser cosidas a un gorro. Foto: Rodrigo Mendoza

“En ese momento, el banco se empezó a viralizar por Facebook y mucha gente nos contactó para donar pelo o para llevarse una peluca o para armar en otro lugar un centro como el nuestro”, dice García Blanco. Desde entonces, hay ocho nuevas filiales con voluntarios en distintos puntos del país. Sólo en Gualeguaychú, ya entregaron 400 pelucas que fueron usadas, devueltas, reacondicionadas y prestadas de nuevo hasta tres veces por unas 1200 personas. Pelucas de Esperanza recibe entre 200 y 250 mechones por semana de voluntarios y de algunas peluquerías que quisieron sumarse y colaborar con sus recortes. “Nuestro slogan es: el pelo crece y el amor también”, dice García Blanco. “Nosotras cambiamos una peluca por una sonrisa”.

Peluca en construcción: se van agregando cortinas hasta que queda totalmente cubierto el gorro.
Peluca en construcción: se van agregando cortinas hasta que queda totalmente cubierto el gorro. Foto: Rodrigo Mendoza

Los chicos del Garrahan

Cada año, 180 niños con tumores neurológicos llegan al hospital de pediatría Dr. Juan Pedro Garrahan, en la ciudad de Buenos Aires. Sólo en 2017 se recibieron 28.569 consultas oncológicas: el 35 por ciento del total nacional. Según el Registro Oncopediátrico Hospitalario Argentino (ROHA), 1.400 niños son diagnosticados año a año con esta enfermedad, que es la principal causa de muerte entre los 5 y los 15 años. La Argentina tiene un problema con este asunto: cada 100.000 habitantes, 217 se enferman de cáncer anualmente. En relación al resto de la región, es una tasa de incidencia media-alta.

Muchos de los niños que llegan al hospital Garrahan son tratados con quimioterapia para interrumpir la formación de células enfermas (y también sanas). La droga hace efecto en dos semanas: a partir de entonces, el pelo cae de a mechones. De un día para el otro queda en la almohada, en el plato de comida, en la bañadera. En todos lados.
“Cuando escuchan la palabra ‘quimioterapia’, la primera pregunta que me hacen los pacientes es cuándo se les va a caer el pelo y cuándo les va a volver a crecer”, dice Lorena Baroni, una neurooncóloga infantil del Garrahan, en una charla breve. Es viernes por la tarde y los pasillos están en ebullición. Lejos de un aura lúgubre, el lugar es un auténtico hospital para niños, con murales en las paredes y áreas marcadas con colores. Padres, médicos y pacientes recorren los larguísimos corredores con paso veloz.

El hospital tiene su propia fundación para conseguir pelucas si algún niño pide una, pero se entregan con una condición: los niños deben ser pacientes mayores de 9 años. Si una niña más pequeña quiere una peluca, su médico debe justificar que realmente la necesita.

Pelucas lúdicas, especialmente para niñas. Imitan el pelo de las princesas y son muy populares entre las más chiquitas.
Pelucas lúdicas, especialmente para niñas. Imitan el pelo de las princesas y son muy populares entre las más chiquitas. Foto: Rodrigo Mendoza

Fernando Contreras, un neurocirujano oncológico del mismo equipo, conoce de memoria el proceso de los pacientes: comienzan con una preocupación por la estética y a medida que atraviesan el tratamiento, van enfocándose en la recuperación. “Al principio es un golpazo para ellos; sobre todo para las mujeres”, dice. “Por eso el uso de pelucas puede ayudarlas en la reinserción. Como los tratamientos oncológicos son ambulatorios, salvo que haya complicaciones, el paciente sigue con su vida cotidiana. A veces no quieren volver al colegio, aún terminado el tratamiento, hasta que no les haya crecido el pelo”. Cuando Contreras hace intervenciones en la cabeza tiene mucho cuidado con las cicatrices y las áreas que va a rapar. A veces es inevitable hacer varias incisiones y las niñas igual le piden que les deje los mechones aunque no se vean bien. “Quieren tener la sensación de tener pelo, de tocarlo”, dice.

Por historias como éstas, la senadora Silvia Elías de Pérez, de la UCR, presentó un proyecto de ley para crear lo que ella llama “Red nacional de asistencia estética para pacientes con tratamientos oncológicos”. El objetivo de la ley es fortalecer los bancos de pelucas con campañas de donación, brindarles capacitaciones a sus responsables y formar un órgano coordinador de todos los bancos del país. “Hay pacientes que pueden comprar una peluca, pero ¿qué pasa con los que no pueden? Es muy importante el cuidado estético en las personas con cáncer, y sobre todo de las mujeres”, dice la senadora. Además, quiere promover que este tipo de recursos se incluya en la cobertura de cualquier obra social.

Donantes de distintos puntos del país envían por correo sus mechones a los talleres de pelucas.
Donantes de distintos puntos del país envían por correo sus mechones a los talleres de pelucas. Foto: Rodrigo Mendoza

La historia de Ana

Dos semanas antes de cumplir 13 años, a Ana le diagnosticaron un linfoma de Burkitt que afectaba su hígado y sus ovarios. La quimioterapia empezó inmediatamente y el 26 de septiembre de 2014, el día de su cumpleaños, se le cayó el primer mechón de pelo. Unas horas después tuvo fiebre y la internaron.

Ana no recibió la peluca con el cabello de María, pero en esta historia Ana y María son los dos extremos de un mismo hilo, de un ovillo que se agranda a medida que recorre camino.

“Lo primero que pensé cuando me dijeron que tenía cáncer es: ‘Me voy a quedar pelada’”, dice Ana, que logró salir adelante: hoy tiene 16 años y está en remisión, con controles periódicos.

“Pensé que iba a perder mi pelo rubio, una de las cosas más lindas que tenía”, sigue, en una charla por teléfono. Su voz es alegre y habla de su enfermedad con mucha seguridad y sin dramatismos: “Te volvés una experta”, aclara ante este comentario de sorpresa.

Antes de que acabara su primera internación, su hermana Mirian comenzó a buscar pelucas oncológicas y se encontró en Facebook con Pelucas de Esperanza. Sin dudarlo, se cortó el pelo muy corto, recogió lo poco que quedaba del cabello que se le había caído a Ana y llevó todo a Gualeguaychú para que hicieran una peluca. “Disfruté de ella todo lo que pude. Era muy chica y me interesaba mucho mi apariencia. Era raro ir por la calle y que me miren. Después, con el tiempo, fui aceptando mi condición”, cuenta Ana.

Luego de la primera parte del tratamiento, Ana tuvo una recaída y debió hacer más quimioterapia, y luego un trasplante autónomo de células madres; es decir, células de su propio cuerpo. “El poco pelo que me había crecido se me volvió a caer”, dice.

“Después del trasplante, terminé con todo. Y empezaron a pasarme cosas maravillosas: tuve mi fiesta de quince, mis dos hermanas se casaron y me encantó usar mi peluca. Hasta la mandé a peinar”. Después de todo esto, Ana decidió que quiere estudiar medicina.

Todavía no devolvió su peluca: dice que es muy especial para ella y que le cuesta entregarla, pero que “si alguien la necesita, la va a tener”. En su perfil de Instagram, Ana tiene fotos de su fiesta, con un vestido celeste y la peluca peinada en un recogido. También hay de las otras, con un gorro de lana o directamente pelada. En las más nuevas lleva el pelo corto y todavía muy fino. Su sonrisa es siempre la misma.

El otro lado del ovillo

La peluquera le dividió el pelo en tres. Ató cada mechón con una gomita y la deslizó para que queden justo debajo de los hombros. “¿Estás nerviosa?”. María no contestó: asintió con la cabeza, mirando al espejo. “¿Muy?”. María se sonrió y asintió con más fuerza. Por un segundo se agarró de la bata de animal print que la cubría como una frazada. Cuando la tijera se acercó e hizo el primer corte a ella le dio risa. Chac, chac, chac. Y los mechones ya no fueron suyos. La peluquera los peinó con la mano y los dejó en un costado. “Bueno, ahora sí, vamos a emparejar”.

María envió por correo sus mechones gruesos a Doná Cabello Argentina, un taller de pelucas oncológicas en Baradero que nació como un centro de recolección de pelo, pero que ahora ofrece pelucas a unos 90 pacientes por año y recibe unos 200 sobres por mes. Algunas de sus voluntarias se capacitaron en Pelucas de Esperanza. Todos los sábados, el taller se pone en marcha y del centro cultural que funciona durante la semana queda poco.

El sonido de las máquinas de coser se apropia del lugar, los estantes se llenan de cabezas de plástico con peinados sofisticados y en las sillas se apilan cajas rubias, castañas y hasta canosas. Diez mujeres voluntarias abren paquetes con mechones, los catalogan por color y extensión, arman las pelucas y reciben a quienes llegan para probárselas. Si las personas que las necesitan no pueden viajar, la peluca se envía por correo. Todo lo que hacen las voluntarias queda registrado en una página de Facebook para que los donantes de pelo vean el destino y los interesados, conocer su trabajo. Por estos días, Doná Cabello necesita el tiempo y la experiencia de una peluquera profesional.

A diferencia de otros bancos, incorporaron la peluca lúdica para niñas: es de tela que imita el pelo las princesas de los dibujos animados. Melenas rosas, celestes y verdes; con flores y vinchas brillantes. “La peluca de pelo natural debe ser devuelta, pero la peluca lúdica se regala y en general las niñas pasan más tiempo con esta. Para ellas es un juego, es como disfrazarse”, dice Isabel Fidalgo, al frente de la iniciativa. Los niños que donan muchas veces escriben cartas para quienes reciban las pelucas y Fidalgo trabaja para que la donación de cabello se difunda tanto como la de sangre. “Las pelucas alivian mucho a la gente”, dice. “Es muy gratificante ver cómo llegan con dudas y con la cabeza baja y luego se van contentas”.

Fidalgo se frena un instante, piensa y dice: “Es impresionante la cadena de cosas que ocurren hasta que la peluca por fin está terminada: desde la persona que dona su mechoncito, pasando por todo el tejido y la elaboración, hasta el que se la prueba y se la lleva. Todos los sábados entregamos pelucas y siempre nos despedimos llorando de emoción”.

María ya se cortó el pelo y lo donó. Ahora está convenciendo a sus amigas para que hagan lo mismo. Ante la pregunta de qué espera que pase con sus mechones, se encogió de hombros y respondió con sencillez: “Espero que un nene reciba esa peluca. Que lo haga feliz. Creo que me gustaría conocerlo algún día”.

María, ya con el pelo corto, envió sus mechones por correo.
María, ya con el pelo corto, envió sus mechones por correo.

Los nombres de algunas personas mencionadas en esta nota han sido cambiados para preservar su intimidad.

Si querés donar pelo:
Doná Cabello Argentina (Baradero)

Ayudá

Pelucas de Esperanza (Gualeguaychú)
 Teléfono: 03446-426509

Ayudá

Fotografía: Rodrigo Mendoza