Cómo hizo la humanidad para transformar la fértil llanura del Sahara en un desierto

El potencial humano para alterar los ecosistemas debería enviar un fuerte mensaje a las sociedades modernas.

por David K. Wright

23 de abril de 2018

Hubo una época en que el Sahara era verde. Y había grandes lagos. Vivían allí jirafas e hipopótamos. Grandes grupos poblacionales de pescadores buscaban alimentos en las riberas de los lagos.

El “Período Húmedo Africano” o “Sahara verde” fue un tiempo registrado hace entre 4.000 y 11.000 años cuando había muchas más lluvias que hoy en dos tercios del norte de África.

La vegetación del Sahara era sumamente diversa e incluía especies comúnmente encontradas en las márgenes de las selvas tropicales de hoy junto con plantas adaptadas al desierto. Era un ecosistema altamente predecible y productivo en el que parecen haber florecido los cazadores.

Todas estas condiciones representan un marcado contraste con el clima actual del norte de África. Hoy, el Sahara es el desierto más grande del mundo. Se encuentra en las latitudes subtropicales dominadas por frentes de alta presión, en donde la presión atmosférica de la superficie terrestre es mayor que en el ambiente circundante. Estos frentes inhiben el flujo de aire húmedo tierra adentro.

De qué forma el Sahara se convirtió en un desierto

La marcada diferencia entre 10.000 años atrás y el presente existe mayormente debido a las condiciones orbitales cambiantes de la Tierra -el tambaleo de la Tierra sobre su eje y dentro de su órbita en relación al Sol.

Pero este período concluyó de manera desigual. En algunas zonas del norte de África, la transición entre condiciones húmedas a secas tuvo lugar con lentitud. En otras, parece haber tenido lugar de forma abrupta. Este patrón no se ciñe a las expectativas sobre condiciones orbitales cambiantes, ya que ese tipo de cambios son lentos y lineales.

La teoría más comúnmente aceptada sobre este cambio sostiene que la deforestación del paisaje hizo que más luz se reflejara desde la superficie del suelo (un proceso conocido como albedo), que ayudó a crear el frente de alta presión que domina hoy al Sahara.

Pero ¿qué es lo que causó la deforestación inicial? Esto es algo incierto, en parte porque la zona en cuestión en la que se estudian los efectos es muy grande. De todos modos, mi artículo reciente muestra pruebas de que zonas en donde el Sahara se secó rápidamente son las mismas en donde aparecieron por primera vez los animales domesticados. En esta época, sobre la que hay pruebas que lo muestren, podemos ver que la vegetación cambia y pasa de praderas a matorrales.

Hoy, la vegetación con arbustos es la que domina a los ecosistemas modernos del Sahara y el Mediterráneo y la que tiene más efectos albedo que las praderas.

Si mi hipótesis es correcta, los agentes iniciales de cambio fueron los seres humanos, quienes dieron inicio a un proceso que afectó a todo el paisaje hasta que la región cruzó un umbral ecológico. Esto funcionó en tándem con los cambios orbitales, que empujaron a los ecosistemas hasta el extremo.

Antecedente histórico

Existe un problema para la prueba de mi hipótesis: los datos son escasos. Rara vez se llevan adelante en el norte de África investigaciones arqueológicas y ecológicas combinadas.

Abundan de todos modos las comparaciones en registros históricos y prehistóricos de todo el mundo. Se sabe que los primeros agricultores del Neolítico en el norte de Europa, China y el sudoeste asiático deforestaron significativamente su medio ambiente.

En el caso del este asiático, pastores nómadas habrían escarificado intensamente el paisaje 6.000 años atrás al punto de reducir la evapotranspiración -proceso que permite la formación de las nubes- de las praderas, lo que debilitó las lluvias del monzón.

Sus prácticas de quema y despeje del terreno eran tan inéditas que desencadenaron importantes alteraciones en la relación entre la tierra y la atmósfera, capaces de ser medidas cientos de años después de su introducción.

Una dinámica similar tuvo lugar cuando se introdujeron animales domesticados en Nueva Zelanda y Norteamérica luego del asentamiento inicial de los europeos en el 1800 -sólo que en estos casos los ecologistas de la época lo documentaron y cuantificaron.

Ecología del temor

La quema del paisaje ha estado teniendo lugar desde hace millones de años. Los paisajes del Viejo Mundo albergaron a los seres humanos durante más de un millón de años y a los animales salvajes de pastoreo durante más de 20 millones de años. Los cambios en el clima inducidos orbitalmente son tan antiguos como los mismos sistemas climáticos de la Tierra.

Entonces ¿qué es lo que hizo la diferencia en el Sahara? Una teoría denominada “ecología del temor” tendría algo que aportar a esta discusión. Los ecologistas reconocen que la conducta de los animales depredadores hacia su presa tiene un impacto importante sobre los procesos del paisaje. Por ejemplo, los ciervos evitan pasar mucho tiempo en paisajes abiertos porque esto los convierte en blancos fáciles de los depredadores (incluyendo a los humanos).

Si uno elimina la amenaza de la depredación, las presas se comportan distinto. En el Parque Nacional Yellowstone, la ausencia de depredadores habría cambiado los hábitos de los animales que pastan. Las presas se sentían más cómodas pastoreando en las riberas de los ríos, algo que aumentó la erosión esas zonas. El regreso de los lobos al ecosistema modificó por completo esta dinámica y los bosques se regeneraron a los pocos años. Al modificar la “ecología basada en el temor”, se sabe que habrá cambios significativos en los procesos del paisaje.

La introducción de ganado en el Sahara habría tenido un efecto similar. La quema del paisaje tiene una historia importante en los pocos lugares en los que ha sido probada en el Sahara. Pero la principal diferencia entre la quema previa y posterior al Neolítico tiene que ver con que la ecología del temor se vio alterada.

La mayoría de los animales de pastoreo evitan los paisajes que han sido quemados, no sólo porque los recursos alimentarios allí son escasos, sino también por la exposición a los depredadores. Las zonas de tierra quemada presentan muchos riesgos y pocas recompensas.

Pero con los seres humanos como su guía, los animales domesticados no están sujetos a la misma dinámica existente entre depredador y presa. Pueden ser guiados hasta zonas recientemente quemadas en donde las pasturas estarán seleccionadas como aptas para el alimento y en donde los matorrales serán dejados a un lado. Durante el siguiente período de regeneración del paisaje, el matorral -menos apetecible- crecerá más rápido que los suculentos pastizales y, por ende, el paisaje habrá cruzado un umbral.

Podría argumentarse que los primeros campesinos del Sahara modificaron la ecología del temor en la zona, lo que a su vez mejoró a los matorrales a costas de los pastizales en algunos sitios, lo que realzó a su vez la producción de polvo y albedo y aceleró la culminación del Período Húmedo Africano.

Puse a prueba esta hipótesis relacionando los casos y efectos de la introducción en la región de las primeras reses de ganado, si bien se necesitan realizar más investigaciones paleoecológicas detalladas. De ser probada, la teoría explicaría la naturaleza irregular de la transición de las condiciones húmeda a seca en todo el norte de África.

Lecciones para hoy

Si bien queda más trabajo por realizar, el potencial de los seres humanos para alterar profundamente los ecosistemas debiera enviar un fuerte mensaje a las sociedades modernas.

Más del 35% de la población mundial vive en ecosistemas en tierra seca, y estos paisajes deben ser administrados cuidadosamente si es que van a sustentar vida humana. El fin del Período Húmedo Africano es una lección para las sociedades modernas que viven en tierra seca: si uno elimina la vegetación, alterará la dinámica entre la atmósfera y la tierra, y la lluvia podría disminuir.

Esto es precisamente lo que demuestran los registros históricos de lluvia y vegetación en el desierto del sudoeste de los Estados Unidos, si bien las causas precisas siguen siendo motivo de especulación todavía.

En el interín, debemos equilibrar el desarrollo económico frente al cuidado de la naturaleza. La ecología de la época nos enseña que cuando se cruza un umbral ecológico, no se puede volver atrás. No hay segundas oportunidades, y por ello es que la viabilidad a largo plazo del 35% de la humanidad descansa en el mantenimiento de los paisajes en donde vive. De otro modo, estaríamos creando más desiertos del Sahara, en todo el mundo.

Traducción aprobada por el autor

The Conversation

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