Cómo medir si un país es feliz

La “felicidad” es sólo un elemento en la evaluación del bienestar propio, pero no es el único. Hay consenso respecto a que el bienestar no se puede reducir al consumo, que otros aspectos de la vida, como la salud y las buenas relaciones sociales son esenciales.

Por Henry Richardson y Erik Schokkaert

22 de mayo de 2018

Dinamarca es considerado el país más felíz del mundo.

Las opiniones difieren en lo que tiene que ver con la definición del bienestar. Con todo, existe un creciente consenso en el sentido de que no se puede reducir al consumo material y que otros aspectos de la vida, como la salud y las buenas relaciones sociales, son esenciales.

El aumento del bienestar es aceptado generalmente como uno de los componentes esenciales del progreso social, pero si diferentes aspectos de la vida contribuyen en su conjunto al bienestar ¿podemos o debemos articular una medida general sobre el bienestar? Por ejemplo ¿es la “felicidad” una buena medida?

Antes de que podamos empezar a monitorear el progreso social en términos de bienestar, necesitamos más claridad sobre el concepto en sí.

Medición de la felicidad

Una posibilidad consiste en utilizar extensas encuestas de opinión en las que los individuos responden preguntas simples sobre su grado de felicidad o satisfacción en la vida. Lo que revelaron estos sondeos fueron patrones sólidos, que confirman que el crecimiento económico tiene un efecto más débil del esperado en el grado de satisfacción, y que otros aspectos de la vida, como la salud y el desempleo, son importantes.

Estas simples medidas de la encuesta parecen creíbles. Sin embargo, en opinión de los psicólogos, la felicidad y la satisfacción con la vida no coinciden. La satisfacción con la vida cuenta con un componente cognitivo -los individuos deben tomar distancia para evaluar sus vidas -mientras que la felicidad refleja emociones negativas y positivas que fluctúan.

El hecho de centrarnos en las emociones positivas y negativas puede conducir a una comprensión del bienestar de una forma “hedonista”, basada en el placer y la ausencia de dolor. Buscar, en cambio, los juicios de la gente sobre qué es lo que vale la pena buscar sugiere un enfoque basado en preferencias (posibilidad que discutimos más abajo). La gente considera que hay todo tipo de cosas distintas que vale la pena perseguir.

En otras palabras, la felicidad sería un elemento en la evaluación del bienestar propio, pero no es el único.

El enfoque de la capacidad

El ganador del Premio Nobel Amartya Sen destacó que el hecho de entender al bienestar sobre la base de sentimientos de satisfacción, placer, o felicidad, encierra dos problemas.

Al primero lo denomina “descuido de la condición física”. Los seres humanos se adaptan al menos de manera parcial a las situaciones desfavorables, lo que significa que los pobres y enfermos pueden ser todavía relativamente felices. Un sorprendente estudio realizado por un equipo de médicos franceses y belgas mostró que aún en un grupo de pacientes con síndromes crónicos, la mayoría decía ser felíz.

El segundo problema es el “descuido de valoración”. La valoración de una vida es una actividad reflexiva que no debiera reducirse a sentirse feliz o infeliz. Desde ya que, tal como admite Sen, “sería raro decir que a una persona destruída por el dolor y la miseria le va muy bien”.

Por ende, no debiéramos descuidar por completo la importancia de sentirse bien, pero reconocer también que no es la única cosa de la que se preocupa la gente.

Sen formuló junto con Martha Nussbaum una alternativa: el enfoque de la capacidad, que estipula que tanto las características personales como las sociales afectan lo que la gente puede lograr con una cantidad dada de recursos.

Darle libros a una persona que no sabe leer no aumenta su bienestar (lo opuesto probablemente), de la misma forma como darle un auto no aumentará su movilidad si no existen rutas buenas.

En opinión de Sen, lo que la persona logra hacer o ser -como estar bien alimentada o poder aparecer en público sin vergüenza- es lo que cuenta realmente para el bienestar. Sen llama a estos logros los “funcionamientos” de la persona. Sin embargo, asegura después que definir al bienestar solamente en términos de funcionamiento resulta insuficiente, porque el bienestar incluye también a la libertad.

Su ejemplo clásico es la comparación entre dos individuos desnutridos. El primero es pobre y no puede darse el lujo de comprar comida; el segundo es adinerado, pero opta por ayunar por motivos religiosos. Si bien logran el mismo nivel de alimentación, no puede decirse que gozan del mismo nivel de bienestar.

Por consiguiente, Sen sugiere que el bienestar debiera ser entendido en términos de las oportunidades reales de la gente -esto es, todas las combinaciones posibles de funcionamientos que pueden elegir.

El enfoque de la capacidad es multidimensional intrínsecamente; pero aquellos que buscan guiar políticas piensan muchas veces que el hecho de lidiar racionalmente con intercambios exige contar con una única medida definitiva. Quienes adhieren al enfoque de la capacidad, que sucumben a este pensamiento, desconfían muchas veces de las preferencias individuales y aplican en cambio una serie de indicadores que son comunes a todos los individuos.

Los denominados “indicadores compuestos” -como el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, que suma el consumo, la expectativa de vida y la performance educativa a nivel del país- son un resultado frecuente de este tipo de pensamiento. Se han vuelto populares en los círculos políticos, pero son víctimas de la simple suma de marcadores, considerados todos igualmente importantes.

Tomando con seriedad las convicciones personales

Más allá del enfoque subjetivo y del enfoque de la capacidad, una tercera perspectiva -el enfoque sobre el bienestar basado en la preferencia- tiene en cuenta que la gente discrepa en cuanto a la importancia relativa de distintas dimensiones de vida.

Alguna gente piensa que el trabajo duro es necesario para tener una vida valiosa, mientras que otros prefieren pasar más tiempo con la familia. Otros creen que salir con amigos es la clave, en tanto que hay quienes prefieren leer un libro en un lugar tranquilo.

La perspectiva “basada en la preferencia” comienza en la idea de que la gente está mejor cuando su realidad se ajusta mejor a lo que consideran importante.

Es así como las preferencias tienen un componente “de valorización” cognitivo: reflejan las ideas bien consideradas y bien informadas de la gente sobre lo que es una buena vida y no meramente su conducta en el mercado.

Esto no coincide con la satisfacción subjetiva de la vida. Recuerde el ejemplo de los pacientes con el síndrome de enclaustramiento (o de cautiverio) que denunciaron altos niveles de satisfacción porque se habían adaptado a su situación. Esto no significa que no preferían recuperar su salud -y ciertamente no significa que a los ciudadanos sin el síndrome de enclaustramiento no les importaría enfermarse de esto.

Un ejemplo de una medida basada en la preferencia, defendida por el economista francés Marc Fleurbaey, dirige a la gente a elegir valores de referencia para todos los aspectos de la vida no generadores de ingresos (como la salud o la cantidad de horas trabajadas). Estos valores de referencia dependerán del individuo: todo el mundo está de acuerdo probablemente en que no estar enfermo es el mejor estado posible, pero un abogado adicto al trabajo asignará posiblemente un valor muy distinto a las horas de trabajo que alguien con un arduo y peligroso trabajo en una fábrica.

Fleurbaey sugiere luego que la gente define un salario que, combinado con el valor de referencia basado en algo no generador de ingresos, satisfaga al individuo tanto con su situación actual.

El grado con el que este “ingreso equivalente” difiere del ingreso real de la persona basado en el trabajo ayuda a responder la pregunta: “¿Qué tantos ingresos estaría dispuesto a abandonar por una salud mejor o por más tiempo libre?”.

Algunos psicólogos se muestran escépticos sobre los enfoques basados en las preferencias porque asumen que los seres humanos tienen ideas bien informadas y bien consideradas sobre lo que conforma una buena vida. Aún si este tipo de preferencias racionales existen, uno se esfuerza por medirlas porque estos son aspectos de la vida -salud, tiempo para la familia- que no se comercian en los mercados.

¿Importa todo esto en la práctica?

La siguiente tabla, compilada por los economistas belgas Koen Decancq y Erik Schokkaert, muestra la forma cómo enfoques diferentes sobre el bienestar pueden tener consecuencias prácticas.

Clasifica a 18 países europeos en 2010 (justo después de la crisis financiera) según tres medidas posibles: ingreso promedio, satisfacción en la vida promedio e “ingreso equivalente” promedio (teniendo en cuenta salud, desempleo, seguridad y calidad de interacciones sociales).

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Algunos resultados son sorprendentes. Los daneses se sienten mucho más satisfechos que ricos, mientras que Francia lo contrario. Estas grandes divergencias no se ven de todos modos al comparar ingresos equivalentes, lo que sugiere que la satisfacción en estos dos países se ve fuertemente influenciada por las diferencias culturales.

Alemania y los Países Bajos arrojan también peores resultados en satisfacción que en ingresos, pero sus clasificaciones de ingresos equivalentes confirman que les va relativamente peor en el ámbito de la dimensión no generadora de ingresos.

Grecia cuenta con un nivel de satisfacción en la vida llamativamente bajo. Los factores culturales jugarían un papel aquí, pero Grecia se caracteriza también por una elevada desigualdad en los ingresos, que no se ve reflejada en los promedios de la tabla.

Estas diferencias entre varias medidas de bienestar insinúan los importantes temas involucrados en la decisión sobre qué medida de bienestar elegir, si es que se elige una. Si deseamos usar la medida para clasificar la performance de las naciones a la hora de suministrar bienestar, entonces nos veremos arrastrados hacia una única y sencilla medida, la de la felicidad subjetiva. Si tratamos de seguir el rastro, por fines políticos, de si a la gente le va bien en los aspectos que realmente importan, nos veremos arrastrados hacia una evaluación más multidimensional, como la ofrecida por el enfoque de la capacidad. Y si nos sentimos muy impresionados por el desacuerdo entre la gente sobre qué es lo que importa, tendremos razones para entender al bienestar entre los lineamientos sugeridos por el enfoque basado en las preferencias.

Esta entrega pertenece a una serie de colaboraciones provenientes de la “Comisión Internacional sobre Progreso Social”, una iniciativa académica global de más de 300 académicos de todas las ramas de las Humanidades y las Ciencias Sociales, que preparan un informe sobre las perspectivas de progreso social en el Siglo XXI. En sociedad con The Conversation, las entregas ofrecen una mirada sobre los contenidos del informe y la investigación de los autores.

Henry S. Richardson es profesor de Filosofía e investigador senior en el Instituto de Etica Kennedy de la Universidad de Georgetown.

Erik Schokkaert es profesor de Economía en la Universidad Católica de Leuven.

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The Conversation

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