Cuando la ciencia despertaba fantasías. Prensa, literatura y ocultismo en la Argentina de entresiglos, comentado por Eliana de Arrascaeta | RED/ACCIÓN

Cuando la ciencia despertaba fantasías. Prensa, literatura y ocultismo en la Argentina de entresiglos, comentado por Eliana de Arrascaeta

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

Cuando la ciencia despertaba fantasías
Soledad Quereilhac   
Siglo Veintiuno editores  

Uno (mi comentario)

La fantasía al poder
Hubo un tiempo en el que los “avances” de las ciencias de la naturaleza parecían no tener límite, y tampoco un único método científico. Soledad Quereilhac nos sumerge en ese período fascinante, donde la credulidad ocupa un espacio difuso, una frontera inasible. Las ciencias imaginadas –así las llama la autora-, como el espiritismo, magnetismo, teosofía y otras fantasías razonadas con ambiciones cientificistas, alcanzaron gran impacto en la prensa y en la literatura.

Teorías científicas modernas convivían con estas auténticas maravillas seculares en las páginas de los diarios La Prensa y La Nación, en revistas como Caras y Caretas y, obviamente, en las publicaciones específicas como Constancia, Philadelphia, Luz astral y otras. Resulta un verdadero banquete degustar las distintas piezas del rompecabezas que la autora arma para unir saberes, prácticas y lecturas de este producto que comparte con las ciencias de la naturaleza y la literatura, la misma cultura secular.

Además de las páginas de noticias y curiosidades, Quereilhac analiza 4 escritores: Eduardo Holmberg cuya obra vincula darwinismo con espiritismo; Leopoldo Lugones mentor de un nacionalismo cultural en clave teosófica; Atilio Chiappori que describe la hipnosis, la locura y otras modernidades; y Horacio Quiroga, que extrae argumentos para sus cuentos fantásticos de los “casos raros”.

Me costó elegir seis párrafos de esta obra sesuda pero muy amena y bien escrita que, sin duda, nos permite repensar la historia de la cultura entre 1870 y 1910, a través del hilo tendido entre las prácticas y saberes de las ciencias ocultas. En rigor, esta arbitraria selección debiera tener un único párrafo: el libro entero.

Dos (la selección)

Durante la segunda mitad del siglo XIX, y sobre todo en el último cuarto de siglo para el caso de la Argentina, los avances científicos se convirtieron en verdaderas noticias, en ocasiones bajo el formato de la información seria, en otras siguiendo el tenor de las “curiosidades”, pero de un modo u otro los descubrimientos y las nuevas teorías adquirieron notable presencia entre los temas de interés del periodismo. Aquello que la historia de las ciencias y de las ideas ha establecido como temas centrales del período puede ser encontrado también en el discurso con que diarios y revistas daban cuenta del quehacer científico, aunque aquí bajo formas vulgarizadas, por lo general sincréticas o integradoras de conceptos diversos. Y, sobre todo, con un enfoque que se hacía eco de la probable recepción del lector común; esto es, el asombro, el desconcierto, la fascinación frente al nuevo mundo develado por las ciencias. En el siglo del imponente avance de la visión secular del mundo, la divulgación periodística pareció reservarse para sí un tratamiento maravillado, asombrado y laudatorio de los descubrimientos científicos, al presentarle al público informaciones tamizadas previamente con un prisma de asombro positivo, y al transmitir la información de un progreso indefinido.

Si bien resulta difícil reconstruir cuál era la efectiva capacidad de comprensión de las novedades científicas frente a un público no formado en las ciencias, sí es posible deducir la facilidad con que cualquier lector debía captar la valoración global con que se presentaba cada nuevo descubrimiento, cada nueva teoría, cada nuevo artefacto, e incluso los augurios del siglo por venir. Esta valoración global podría resumirse en el enfoque periodístico que abonaba siempre, de manera insistente, la idea de lo maravilloso ante los develamientos de la investigación científica. Maravillas en este caso laicas, racionales y explicables, pero no por ello menos asombrosas o, quizás por ello, más atractivas e impactantes porque ahora ciertos fenómenos que el sentido común hubiese relegado a la magia venían explicados por el prestigioso discurso de la ciencia. 

Tres

Viajes etéreos: telégrafo, teléfono, y telepatía

Entre las escasas narraciones que publicaba la revista Constancia existe una significativa, titulada “El sueño de Edison. Cómo se inventó el teléfono”, que imagina cómo fueron los espíritus de otras eminencias científicas ya fallecidas -todas expertas en electricidad-, quienes hicieron razonar a Edison, en sueños, sobre el hallazgo que tenía entre manos. Acorde con esta fantasía, los espíritus serían los responsables del perfeccionamiento del teléfono original de Bell, al haber usado al “mago del Menlo Park” como médium-ingeniero (5/6/1898). La elección del protagonista de esta fantasía no era aleatoria; además de ser el inventor más famoso de entresiglos, con la mayor cantidad de inventos patentados, fue en particular responsable de algunos artefactos con los cuales los espiritistas armaron otras analogías: inventó el fonógrafo, perfeccionó el teléfono y la bombita eléctrica, fue el padre, sin saberlo, de la electrónica y fue también, en parte, uno de los inventores del cinematógrafo.

Cuatro

En Philadelphia

De entre los colaboradores mencionados, la figura de Leopoldo Lugones emergía como el cuadro más integral y mejor preparado dentro de la teosofía local. En primer lugar, Lugones podía ejercer una tarea de propaganda y difusión de la doctrina entre el público no iniciado gracias a su ya ganada reputación como joven escritor. A ello se agregaba su condición de poeta, excepcional entre los teósofos porteños, lo que le permitía escribir sobre el arte desde una perspectiva teosófica. Por otro lado, si bien no poseía una formación científica de academia, Lugones leía, como muchos teósofos, bibliografía científica. Este perfil integral le otorgó un lugar destacado dentro de Philadelphia y le permitió ocupar el rol de vocero de las convicciones teosóficas. No es casual que tres de sus cuatro colaboraciones (sin contar la publicación original de su relato “La licantropía”, 7/9/1989) llevaran en su título la invariable presencia del pronombre “nuestro” acompañando el tema de la disertación: “Nuestras ideas estéticas” (7/12/1901), “Nuestro método científico” (7/8/1900), “El objeto de nuestra filosofía” (7/6/1900). Su adhesión al ideario teosófico parecía ser conocida en el ambiente intelectual de Buenos Aires y fue, de hecho, el motivo por el cual Caras y Caretas diseñó su caricatura en el número de su primer aniversario (nº 53, 7/10/1899): a diferencia del resto de los colaboradores caricaturizados, cuya fisonomía “humana” se respetó, a Lugones se lo presentó con pechos de mujer, cuerpo de sirena, brazos de león y alas de mariposa, mientras que el texto aludía a su culto del elitismo espiritual.

Cinco

A diferencia de Leopoldo Lugones, Holmberg no formó parte de ninguna sociedad espiritista o teosófica, al menos no durante las décadas de entresiglos. Pero, por su formación y sus lecturas, estaba al tanto de las pretensiones científicas de los espiritualismos de la época y de la asidua publicación en la prensa de los resultados de investigaciones con médiums y sensitivas. Y si bien nunca declaró haber ensayado personalmente la corroboración de estos fenómenos, es claro que sí los consideró material muy productivo para la creación de sus fantasías científicas. El oxímoron de lo material-espiritual, de la fuerza que es a la vez materia, de lo imposible pero real, fue una figura disparadora de muchas de sus ficciones fantásticas, y los ejercicios de corroboración empírica de esos híbridos gozaron de peculiar escenificación en muchos de sus relatos.

Seis

En este sentido, Holmberg representa al naturalista que, a diferencia de Wallace, no buscó aunar sus ambiciones científicas con sus inquietudes espiritualistas en el mismo terreno, sino que reservó para su labor literaria el tratamiento de aquellas cuestiones que no encontraban cabida en su ejercicio de la ciencia. Es por ello que los relatos de Holmberg parecen ser el resultado de la “calaverada” del científico decimonónico, una fuga hacia el juego y el derroche de la ficción fantástica, cargada en su caso de buenas dosis de humor y de una búsqueda por salirse de los terrenos de lo doctrinario para entregarse a la ensoñación de lo posible en el lenguaje de la literatura. Lejos de contaminar el efecto fantástico buscado, este tinte jocoso logra dar señales al lector del punto de vista del autor implícito: aquel que, tras el nivel diegético de la narración, se ríe un poco de aquello que está contando. No inocentemente Holmberg se refirió a sus relatos, en repetidas oportunidades, como “juguetes literarios”. En oposición a la productividad utilitaria de su labor científica, Holmberg parece concebir su literatura como la recreación alucinada de aquello que no podría enunciarse en los términos estrictos de la ciencia, pero que, sin embargo, se relaciona con ella. Sus relatos son, por ello, los ejercicios conjeturales de un naturalista devenido escritor.

Siete

Si bien no hay documentación sobre la participación de Chiappori en círculos espiritistas o teosóficos, uno de sus más cercanos amigos, Emilio Becher, fue colaborador regular de la revista espiritista Constancia entre 1898 y 1903, y subsecretario de redacción a partir de 1900. Ahijado de Cosme Mariño, el presidente de la sociedad, Becher abandonó luego la doctrina aduciendo “motivos de conciencia”, aunque, según afirma su otro amigo, Ricardo Rojas, incursionó luego en la teosofía (1938: 27-29). Becher fue el responsable de escribir la elogiosa reseña de Borderland en La Nación (26/11/1907), donde demostraba, sutilmente, conocer las doctrinas espiritistas inspiradoras de “Un libro imposible”.


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