Cuando la radio une a tres generaciones

Un experimento del Laboratorio Sonoro de la licenciatura en Comunicación Social de la Universidad Nacional de Rosario busca rescatar las experiencias de la vida cotidiana de una generación que creció al lado de la radio.

Por Juan Mascardi

21 de septiembre de 2018

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Hay un libro que no solo se lee sino también que se escucha.

No porque posea un cedé, ni porque tenga una versión digital en podcast, ni disco, ni casete. Simplemente porque está escrito con las voces de la gente. Y, escribir como habla la gente es escribir con tonos, colores, ritmos, repeticiones. Ese libro se llama ¿Qué pasa que no está encendida la radio, qué pasa? y forma parte de un experimento de Laboratorio Sonoro de la licenciatura en Comunicación Social de la Universidad Nacional de Rosario. La idea es sencilla pero innovadora: un grupo de estudiantes dirigidos por las profesoras Andrea Calamari y María Clara López, entrevistaron a sus abuelos procurando rescatar de la memoria las vivencias de una generación al lado de la radio. Pero el libro no solo se trata de la radio. El libro es un signo de los tiempos, los cambios y la vida cotidiana. Un libro como bitácora del pasado. Como faro de un futuro en el presente.

La radio puede ser una excusa. O es esa botella que se arroja al mar para recupera un diálogo generacional. Son voces del pasado en tiempo presente donde se repasa la historia del primer gran medio de comunicación de masas. Es un recorrido histórico desde las vivencias cotidianas a través de las palabras que quedaron grabadas en la conciencia colectiva. Palabras que se emitieron desde ese aparato mágico en el que había voces que llovían desde el cielo.

Rita y Martín dialogan.

—Contame cómo era la radio cuando vos eras chica…

—De lo que yo más me acuerdo es que las radios funcionaban a batería, a acumulador. Y poníamos la radio pero la radio no funcionaba todo el día porque había que guardar carga.

En la página 186, se reproduce uno de los tantos diálogos entre los jóvenes estudiantes de Comunicación y sus abuelos. El libro, de un refinado diseño, intercalan las entrevistas con frases de teóricos de la comunicación, novelistas, publicidades e hitos históricos.

Martín vive en la localidad de Funes. Cuando terminó la presentación del libro le llevó un ejemplar del libro a su abuela Rita Lirusso. Rita no contuvo sus lágrimas, será porque el libro la transportó a través de las ondas radiales, a esos años de infancia. En el casete 54, está la entrevista.

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Son las veinte y veinticinco,
hora en que Eva Perón pasó a la inmortalidad

—Lo de Eva Perón nos impactó. Eso nos impactó porque lo vi llorando a mi papá, que me conmovió (…) Porque viste cómo hicieron que a la hora que murió ella ponían música así especial…

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Las autoras del libro, en diálogo con RED/ACCIÓN, también rememoran sus propios hitos durante sus infancias. Clara López, oriunda de Junín, Buenos Aires, recuerda cuando escuchaban Los cebollitas madrugadores, a la mañana bien temprano en LT20 Radio Junín. “Íbamos los cinco en el Renault 12 blanco: manejaba mi papá y nos llevaba a los tres al colegio y a mi mamá al trabajo en la farmacia. Él iba a trabajar al hospital Ferroviario, que ya no existe más. Como era la más chica iba sentada atrás, en el medio de mis dos hermanos y me acuerdo ver el frente de la radio en el tablero, con dos perillas y el dial manual. Podría cantar la canción de memoria: ‘cebollitas, cebollitas, me encanta jugar’”.  

Andrea Calamari recuerda que en su familia el único que escuchaba la radio era su papá cuando estaba en la carpintería. Ella iba a sacarle punta a los lápices con el formón o a jugar con viruta y aserrín. “Entonces escuchaba fragmentos de radio, algunos tangos, las voces verdes y sucias de la AM siempre amenazada por la mala sintonía. No sé si alguna vez supe lo que decían o eran sonidos nada más, sin portar ningún tipo de significado. Los domingos a la mañana me despertaba siempre el sonido del ‘top’ para los autos de Turismo Carretera y lo que más me acuerdo es el odio que llegué a sentir por la radio cuando los domingos a la mañana eran después de un sábado de trasnoche”.

“Las entrevistas no fueron pensadas para formar parte de una investigación o un libro, eso fue una cosa posterior, fruto de los encuentros”, agrega Calamari, también directora del proyecto académico Escuchar las prácticas. Pero cuando se remontan al inicio, se sitúan en el año 1997, en un salón de la bautizada Siberia –así se denomina a la Ciudad Universitaria de Rosario por el frío casi polar durante los inviernos, y por la lejanía del casco céntrico de la ciudad-.

En aquel encuentro hubo algunos interrogantes que sirvieron como un motor: ¿Cómo se hacía radio en los comienzos? ¿Cómo se escuchaba?

—¿Saben en qué época comenzaron las primeras transmisiones radiales?

Silencio.

—Alguna idea… ¿más o menos en qué época?

Un alumno se arriesga y, a media voz, dice: “En la Edad Media”.

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Desde aquel encuentro de hace dos décadas atrás, hoy muchos de esos interrogantes se encuentran en el libro. Reflexiones de la cátedra, voces, dudas y mucho diálogo entre generaciones. El libro no propone un recorrido histórico cronológico, sino que el orden es a partir de las experiencias, los recuerdos y la vida cotidiana.

No es un manual, es un libro vivo, plagado de voces.

Venga del aire o del sol
del vino de la cerveza
cualquier dolor de cabeza, don Juan
lo quita con un Geniol.
Hágame usted caso a mí
Y calmará su dolor
podrá volver al pic-nic con tomar
tan sólo medio Geniol.

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La presentación del libro se realizó en el Centro de expresiones Contemporáneas de Rosario, a metros del río Paraná. Más de cien personas siguieron las instancias de una presentación singular en donde los conductores del evento salieron a escena con una vestimenta a tono con la década de los treinta y, el editor Nicolás Manzi, acompañó entonando las publicidades que más recordaron los entrevistados.

Gabriel Bisang – LOCUTOR 1: Aquí nos encontramos celebrando una vez más, y como es costumbre en estas latitudes, la majestuosa conmemoración de la semana de la radio, al cumplirse el nonagésimo octavo aniversario de aquella épica transmisión de los locos de la azotea, que diera origen a la radiodifusión en nuestro país

Gabriel Levin – LOCUTOR 2: Ya vibra en notas vigorosas la música levantadora. Se siente en el ambiente una fiesta de alas. Los mil caminos del aire van a poblarse de voces enérgicas y cordiales, voces que se encuentran reunidas en un prodigio literario que hoy estamos presentando a todos ustedes.

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Ya en la adolescencia, Clara recuerda a FM Kiss. “Besos y canciones, era el slogan”. De 14 a 15 había un programa que era para pedir canciones y dedicarlas, en una época sin redes sociales, la radio era la mensajera de los piropos. “Era el horario de la siesta y por eso yo podía usar el teléfono sin que mis viejos se enteren. Nos dedicábamos temas entre amigos, entre varias chicas le dedicábamos al mismo chico que nos gustaba -y con el que nunca habíamos hablado porque era él iba al secundario- y ese era la mejor hora para grabar los temas, porque aprovechábamos el momento de la dedicatoria para poner REC”.

La escritora oriunda de Junín, describe con perfección el radiograbador Casio, con casetera, reproductor de discos compactos y radio, de color gris y con una figura “de bochita”. Dice que lo compró a 133 pesos en una casa de electrodomésticos reconocida a nivel nacional. López no se olvida del precio, porque cuando terminó de devolverles el dinero en cuotas a sus padres, la casa de electrodomésticos se fundió y cerró la sucursal de Junín. Los recuerdos son más persistentes que algunas inversiones.

Cuando Calamari llegó a Rosario a estudiar, escuchaba la FM de LT3 que pasaba música de moda todo el día y ella se sentía feliz porque hasta entonces la música había sido un bien escaso en su vida. También escuchaba un programa de humor que pasaban a la noche, cree que en Radio Rivadavia, con ficciones, aunque no se acuerda el nombre, ni los conductores. “Creo que yo no sería una buena entrevistada para nuestro libro”, se ríe.

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“Antes, en la radio, todo tenía que estas perfectamente escrito”, dice el entrevistado Abel Estrada. La entrevistadora es María Victoria Echeverría. Abel habla de los músicos en vivo e ironiza: “la vieja que tocaba el arpa era una harpía”. Abel cuenta que su papá era un periodista y que él fue quién le consiguió el primer trabajo a Javier Portales en Rosario.

Abel, se anima, y canta los jingles de la época:

Yo tengo trajecito para este verano
que es requetefresquito,es requeteliviano,
yo tengo trajecito que Angelini me vendió
yo tengo el trajecito para el requetecalor.

Es requetefresquito,
es requeteliviano,
es requetefresquito que Angelini me vendió
es requetefresquito para el requetecalor.

Luisina Viviani, que entrevistó a su abuela Quica, son de Gualeguay, Entre Ríos, y no pudieron llegar hasta la presentación del libro. Los recuerdos viajan entre las publicidades de Odol y Glostora. “Cuando pusieron un parlante en las esquinas de Gualeguay, salíamos a propósito a hacer los mandados para escuchar la radio en la calle”. Luisina no puede creer que la radio se escuchara en los parlantes callejeros. “Si había viento sur, se escuchaba desde más lejos”, se ríe, Quica.

“A Andrea la conocí como docente, fui su alumna en Audiocreativa y en el taller de tesis. Después fui ayudante de cátedra, y me dirigió la tesina. Me acuerdo cuando di la primera clase de mi ayudantía y la sensación de aprender todo de nuevo al trabajar con ella”, recuerda Clara. “Hay frases suyas de las que me fui apropiando con el tiempo y que determinan, de alguna manera, mi manera de pensar lo que hago: ‘las ciencias sociales son literatura’, ‘la comunicación es una excepción’”, cita Clara a su exprofesora y ahora colega y coescritora. Y, tal vez, en esa mixtura de ciencias sociales, literatura y comunicación, está la verdadera génesis del libro.

Un libro que está encendido. Y que no necesita ni bateria, ni corriente eléctrica para que funcione. Un libro hecho de voces que resuenan en la memoria como recuerdos. O como herencia. Un capital intangible en el colectivo de una sociedad que bailó, se informó, lloró, se emocionó y se abrazó con las voces de ese aparato mágico que nos hizo cómplices de una historia sin comienzo. Y sin final.

Fotos: Archivo Fotográfico Museo de la Ciudad "Wladimir Mikielievich" - Magalí Drivet

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