Desviación, comentado por Ana Wajszczuk | RED/ACCIÓN

Desviación, comentado por Ana Wajszczuk

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

Desviación
Luce D'Eramo
Seix Barral

Uno (mi comentario)

Yo creía haberlo leído todo sobre la Segunda Guerra Mundial. Anna Frank a los doce años, Primo Levi, Imre Kertész, Norman Davies, memorias, testimonios, relatos anónimos. Pero la Segunda Guerra  Mundial –de la cual este año se cumple el 80° aniversario de su inicio- es una cantera inagotable. De esa cantera, Seix Barral reedita hoy una pepita de oro: Desviación, de la escritora franco-italiana Luce D´Eramo, una autoficción – aunque el término no se hubiera inventado para esa época- publicada originalmente en Italia en 1979 y rápidamente convertida en best seller.

Nacida Lucette Mangione, hija de un  subsecretario del Fascio en la República de Saló y una madre cuya marca de mujer de la  aristocracia italiana era trabajar por los pobres y los desclasados del Duce, la aspiración de Luce era una aspiración kantiana: vivir de acuerdo a la verdad. En consecuencia, dieciocho años, se escapa de la casa de sus padres para presentarse como voluntaria del régimen nazifascista y constatar de primera mano si son o no reales los  rumores sobre los lager, los campos de trabajo (y de exterminio) que crecen como hongos después de la lluvia en los países ocupados por el régimen nazi. Desviación es el racconto, treinta años después, de esa experiencia que marcó la vida de Luce en más de un sentido: destinada como obrera esclava a Alemania, después de una y mil peripecias, despreciada en los lager por ser fascista, con todos sus ideales hechos trizas, queda paralítica a los veinte años después de que, tras la liberación, intentara ayudar tras un derrumbe y una viga cayera sobre ella.

 Dividido en cuatro partes, Desviación no sigue un orden cronológico y el lector se va enterando de las “desviaciones” de la autora (su fuga del lager de Dachau, su papel instigador en la huelga de la IG Farben, su momento de duda entre ser repatriada a Italia por obra y gracia de su clase social, su negación a jugar la carta fascista) a partir de que avanza en la lectura. Si es posible que el lector se haya acostumbrado a los testimonios de sobrevivientes de los campos de exterminio, si es posible escribir después de Auschwitz (a contrapelo del exhorto poético de Adorno), ella muestra una nueva cara: en sus textos sobreviven un puñado de personajes –sus relaciones, el sexo, el trabajo, la manera de aferrarse a la vida cuando se está condenado a lo más bajo de la condición humana-  que, de otra manera, se hubiera tragado el viento de la historia, tan selectivo: prostitutas, obreras, pequeños delincuentes, fugados de los lager,  “asociales” marcados por un triángulo negro. Aquellos que, de seguir con vida al fin de la guerra, no tendrían la  capacidad de poner esa experiencia en palabras. 

 La autora, que se convertiría en una destacada intelectual en la posguerra, lucha toda su vida con la “serpiente” de su marca de clase, que muda de ropa todo el tiempo. Y recuerda. Y después de que recuerda –el horror, la humillación, el hambre, el despojo de toda idea para poder sobrevivir- se pelea con ese recuerdo. ¿Qué es la memoria? ¿Es una manera de protegerse a uno mismo de las propias bajezas, de la propia cobardía? Luce D ´Eramo es testigo de una faceta poco conocida de los horrores del régimen nazifascista: la de quienes creyeron con todo su corazón en sus promesas. Y que fueron lo suficientemente valientes o ingenuos o jóvenes para bajar a los lager y comprobar en carne propia que sí, el mal está mucho más cerca de uno y es mucho más banal de lo que se puede imaginar. 

Dos (la selección)

Suena el fin de la alerta. 

Mi vecino consulta su reloj de pulsera. 

-Son las trece- dice.

Un hombre se sienta a mi lado: es el joven italiano pulcro, bien afeitado y repeinado, ese al que Jeanine ha definido como pinturero en el paseo de presentación. 

-Señorita, llevo toda la noche observándola y no alcanzo a saber qué opina, cómo juzga todo esto. 

-¿Qué opino de qué?

-¡Pues de esta situación horrible, de esta gente! Exprésese con libertad porque no entienden el italiano y, aunque lo entendieran, ¿puede que les imponga usted cierta consideración? Pero los nazis tendrán que expiar su feroz crueldad. Sólo el desprecio y el rencor que siento me salvan de esta promiscuidad. 

Me quedo callada reflexionando: yo no consigo sentir aso. 

-Creo que no es fácil juzgar -digo por fin. 

-¿Consigue sentirse viva en este caos?

-Sí. 

-¡Puede que hasta le resulte interesante!

-Sí. 

-Pero qué dice, observe un momento las cosas desde fuera: es una monstruosidad que no puede enseñarle nada a nadie. Esto en lo que a nosotros respecta. Por no hablar ya de los que no han estado aquí, cómo les va a interesar. No hay nada universal en nuestros padecimientos, sólo hay paroxismo, inhumanidad y trivialidad. Yo quiero olvidarlo todo cuanto antes, borralo todo. 

Tres

A primeros de mayo, los agentes de sanidad americanos hicieron una inspección. Yo estaba en el jardín, bajo una encina, entre una hilera de camas. Enseguida me di cuenta de que los otros, los alemanes, tenían miedo. Sin que nadie les preguntara, juraban y perjuraban que nunca habían sido nazis. Siempre me ha disgustado la vileza. Cuando se pararon delante de mí y se enteraron de que era italiana, el de más autoridad dijo en tono rutinario. 

-No fascista.

-Al contrario, fascista -le contesté yo. 

Llamaron a un intérprete, y empezó el interrogatorio. Resultó que había sido fascista, miembro del Guf, una fanática, y que en Alemania había sido una antinazi convencida, pero en lo que concernía a la idea fascista, excepto sobre la alianza con Hitler no podía formular juicio alguno, al estar los problemas italianos fuera de mis intereses directos desde hacía demasiado tiempo. 

Cuatro

La sensatez de los adultos -«yo también a tu edad quedaría hacer esto y lo otro, a tu edad uno siempre cree que…, pero después uno se calma y comprende que... »- me había envenenado la adolescencia. Yo no era como ellos, yo no me calmaría, no me rendiría, no me encauzaría. No te desanimes, al final la verdad siempre vence, me repetía. Si parecía triunfar el mal, era por los valores positivos que lo hacían eficaz, por su alegría de vivir, su inteligencia del mundo, su falta de prejuicios y su osadía; si el bien parecía oprimido, pero por su apatía, su sentimentalismo, su ignorancia de la realidad, que luego no se lamentara cuando abriera los ojos demasiado tarde: le había faltado energía, no había sido un bien verdadero, sino mera pasividad. 

Cinco

En la sexta planta, uno de los dos carceleros que nos escoltaba nos condujo por un pasillo sin ventanas, con puertas cerradas de hierro a ambos lados. Empezó a girar una llave después de otra en las tres cerraduras de la primera puerta, las vueltas de llave no terminaban nunca, sonaba un chirrido intermitente que daba dentera.

Martine se me acercó tocándome el brazo y, sin apartar la mirada de esa puerta de hierro, dijo sin apenas mover los labios:

-Sálvate tú al menos. Juega tu carta fascista. 

La miré, tan hondamente ofendida, que ella negó con la cabeza de manera casi imperceptible. 

-Nunca entenderás nada -dijo con un hilo de voz. 

La puerta de hierro se abrió de par en par, crujiendo sobre sus goznes. Se extendió un silencioso hedor a minerales y orina, yo le apretaba la mano a Martine. Y Grùscenka, a la que un guardia había agarrado del brazo, pasó delante de nosotras, pálida, con una remota sonrisa de despedida en los ojos. No se volvió. Se oyó otro chirrido dentro, fuera de nuestra vista. 

-Grùscenka -llamé-, Grùscenka. -No contestó. 

Seis

No fue hasta 1961, al escribir «Mientras la cabeza siga viva» (más adelante diré en qué circunstancias), cuando por fin me atreví a reconocer abiertamente que fui a los lager como voluntaria. Tras quince años de contarlo en secreto a muy pocas personas, a media voz, con un temor creciente a las reacciones de los demás a esa «ventolera» mía, tanto que casi había olvidado su significado. E incluso entonces, en 1961, hablé de ello de manera tangencial, aludiendo a ello sólo como el argumento con el que había tratado de conseguir que el capitán soviético se apiadara de mí y me acogiera en Rusia. 

Y necesité después otros quince años para admitir que volví a los lager por propia voluntad. Por qué tanta resistencia. Por qué precisamente mi contramarcha en Verona ha sido el último recuerdo en volver a la superficie. Ni siquiera el año pasado, cuando escribí «En el Ch 89», conseguí llegar hasta mi repatriación. Narré la huelga hasta el momento en que fracasó. Detuve mi memoria en la secuencia de esa fracaso. 

Siete

Pero en Dachau… Incluso cuando no mataba a las personas de manera individual, la organización concentracionaria lograba de todos modos su verdadero objetivo: destruir la conciencia social de los internos. Una cosa es segura: mientras en el mundo exterior trataban de dar una imagen impecable de sí mismos, en los K-Lager los nazis hacían lo que fuera para ser odiados, para así aterrizar a los reclusos menos preparados y suscitar en los más combativos una repugnancia moral tan que no quisieran mancillarse oponiéndose a sus propios verdugos. Y de esta manera se salían con la suya. En efecto, el odio por los nazis se convertía en una pasión exclusiva, que no unía socialmente a los internos. Ya de entrada divididos astutamente en comunidades arbitrarias de triángulos amarillos, rojos, verdes, rosas, negros, los deportados se sentían amenazados no tanto en su propia solidaridad social de clases dominadas, como ocurría en realidad, como en su propia individualidad. Y cada cual defendía con uñas y dientes no sólo su existencia física, sino también su identidad personal. De ahí el paroxismo de los comportamientos individuales, en los que la integridad de cada cual hacía imposible una cohesión activa entre los detenidos. Y ya está, los nazis no necesitaban más. Lo experimenté en primera persona. Y yo que creía haber comprendido esto precisamente, convencida hasta el final de pensar en términos colectivos, no fui consciente de haberme aislado en la propia estrategia que quería elaborar para mis compañeros. Hasta el punto de no ver que mi conducta creaba problemas reales, en particular a quienes se hallaban encerrados en un K-Lager justamente por haberse negado a adoptarla en el mundo libre. 

Sólo hoy puedo medir la soledad que Dachau impuso en mi pensamiento, arrinconándome en un impasse conceptual (cuyos efectos duraron mucho más allá del derrumbe del nazifascismo). Siempre más arrinconada en una mentalidad robada al adversario, en la que sólo era cuestión de astucia, de prontitud de reflejos, de habilidad.

Ana Wajszczuk es periodista y editora. Su último libro es Chicos de Varsovia. Una hija, un padre y las huellas de la mayor insurrección contra los nazis (Sudamericana, 2017)


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