Diarios de Bicicleta, comentado por Gustavo Noriega | RED/ACCIÓN

Diarios de Bicicleta, comentado por Gustavo Noriega

Diarios de bicicleta
David Byrne
Reservoir

Uno (mi comentario)

El escocés David Byrne cobró fama y reconocimiento eterno como líder de la banda postpunk, avant garde y pop Talking Heads, con la cual grabó hasta 1991. Luego siguió una carrera prolífica como solista. Además, Byrne es una persona inteligente, curiosa, atenta e interesada por todo. Uno de sus intereses es el urbanismo, al que ejercita mientras recorre en bicicleta las distintas ciudades del mundo que visita como estrella del rock. El andar en dos ruedas por ciudades desconocidas, mecanizando movimientos y abriendo los sentidos, le permite poner la mente en un modo en el cual las reflexiones fluyen espontáneas.

Diarios de bicicletas las pone por escrito, agrupadas por ciudad, permitiéndonos recorrer el mundo pensando problemas contemporáneos de una manera libre y desenfadada. Se suceden ciudades (Berlín, Estambul, Buenos Aires, Manila, Sidney, Londres, San Francisco y Nueva York), pensamientos, anécdotas y experiencias vitales. Atención al capítulo sobre Buenos Aires, escrito a comienzos de la década del 90, cuando vino a presentar Rei Momo. Allí habla con familiaridad y conocimiento de la escena musical local, mencionando a La Portuaria, Juana Molina, Los Auténticos Decadentes y otras bandas: es fácil suponer que si es tan preciso en este tema, donde lo podemos encontrar fácilmente en falta, también lo será en ciudades menos conocidas por nosotros. Un detalle notable:  en nuestra capital queda desolado por la falta de ciclistas y nos diagnostica una inhabilidad congénita para salirnos del auto. ¡Qué vuelva ahora a defender las bicisendas!

Dos (la selección)

Desde principios de los años ochenta, he usado la bicicleta como principal medio de transporte en Nueva York. Primero lo hice a modo de prueba, y me sentí cómodo incluso en una ciudad como esta. Me dio una sensación de energía y libertad. Tenía una vieja bicicleta de tres marchas, una reliquia de mi infancia en las afueras de Baltimore, y para la ciudad de Nueva York no necesitas mucho más. En aquellos tiempos, mi vida estaba más o menos restringida al centro de Manhattan -el East Village y el SoHo- y enseguida me di cuenta de que la bicicleta era una forma fácil de hacer recados durante el día o de trasladarme de manera eficiente a clubes, galerías de arte o locales nocturnos, sin tener que buscar un taxi o la parada de metro más cercana. Ya sé que uno no piensa normalmente en que salir de copas y montar en bicicleta sea algo compatible, pero hay muchas cosas que ver y oír en Nueva York, y descubrí que corretear de un sitio a otro en bicicleta era sorprendentemente rápido y eficaz. Así que me quedé con la bicicleta, a pesar de su aura demodé y del peligro que entrañaba, ya que por entonces muy poca gente circulaba en bici por la ciudad. Los conductores de aquellos tiempos no estaban acostumbrados a compartir la vía con los ciclistas, y te cortaban el paso o te lanzaban contra los coches aparcados, incluso más que ahora. Al hacerme un poco mayor quizá consideré también que pedalear era una buena forma de hacer un poco de ejercicio, pero al principio no pensaba en eso. Simplemente, me sentía bien deambulando por aquellas sucias calles llenas de baches. Era muy estimulante.

Tres

Leo en el periódico inglés The Guardian que, en 2004, el Pentágono envió a la administración Bush un informe en el que afirmaba que el cambio climático es una realidad, que es una amenaza mayor que el terrorismo, y que tendrá -no <<podría tener>>- enormes repercusiones políticas a escala global. Predecía una convulsa situación a nivel mundial, una lucha por la supervivencia y los recursos que desembocará inevitablemente en un estado de guerra casi permanente en todo el globo. Qué perspectiva tan halagüeña… ¡Y el informe procedía del Pentágono, no de la Agencia de Protección Medioambiental!

Cuatro

El uso de la bicicleta no hará que esta o cualquiera de las muchas predicciones catastrofistas se cumplan durante el tiempo que nos queda de vida, pero quizá las ciudades que afronten ahora las realidades del clima, la energía y el transporte tengan más posibilidades de sobrevivir, incluso de prosperar, aunque la idea de prosperar parece casi morbosa, dado el gran número de ciudades insostenibles que inevitablemente agonizarán por las sequías, las inundaciones, el desempleo y el vacío de poder. Puede que algunas de las ciudades por las que he padaleado desaparezcan antes que yo, ya que están agotando sus recursos de una manera que el resto del continente y del planeta no podrá soportar mucho tiempo más. No voy en bicicleta a todos lados porque sea ecológico o digno de elogio. Lo hago básicamente por el sentido de libertad y por el placer que me da. Y me doy cuenta de que, en este sentido, pronto tendré mucha más compañía de la que he tenido en el pasado, y que muchas ciudades se están preparando para estos inevitables cambios que nos beneficiarán.

Cinco

La ciudad, situada en el terreno aluvial del río de la Plata, es bastante llana, lo cual, sumado a su clima templado y sus calles más o menos ordenadas en cuadrícula, la hacen perfecta para moverse en bicicleta. Aun así, podría contar con los dedos de una mano el número de gente del lugar que vi circulando en bicicleta. ¿Por qué? ¿Llegaré a descubrir por qué nadie se mueve en bici por esta ciudad? ¿Hay alguna explicación oculta y secreta a punto de revelarse ante mí? ¿O soy un estúpido ingenuo? ¿Es por lo temerario del tráfico, por el elevado número de robos, por lo barato de la gasolina y porque el coche es un símbolo imprescindible de estatus? ¿Tan menospreciada está la bicicleta que incluso los mensajeros usan otros medios para desplazarse?

Seis

No creo que se deba a ninguna de estas razones. Creo que simplemente nadie ha considerado en serio la idea de moverse en bicicleta. El meme ciclista no se ha implantado o nunca arraigó. Me inclino a darle la razón a Jared Diamond, quien, en su libro Colapso, afirma que la gente desarrolla afinidades culturales con cierto tipo de alimentos, maneras de desplazarse, tipos de ropa y costumbres tan arraigadas que, según explica el autor, persistirán en sus hábitos hasta llevarla, a veces arrastrando a toda su civilización, a la extinción. Diamond aporta numerosos precedentes históricos: por ejemplo, en el siglo xix, una colonia escandinava en Groenlandia cuyos miembros persistieron en dedicarse a la ganadería, una actividad a todas luces poco práctica. Nunca adoptaron ni adaptaron -porque era culturalmente inaceptable- la dieta o los hábitos de los esquimales locales, con lo que acabaron muriendo cuatrocientos años, tiempo más que suficiente para convencerse de cuál era el mejor camino. Por supuesto, en esta era de total dependencia de los combustibles fósiles y de cambio climático, las lecciones de historia de Diamond tienen una resonancia amenazadora. Así pues, aunque nos guste pensar que la gente no puede ser tan estúpida como para encaminarse directamente hacia la autodestrucción -con todos los medios para la supervivencia justo delante de sus narices-, puede hacerlo, y de hecho lo hace.

Siete

No digo que ir en bicicleta sea una cuestión de supervivencia -aunque puede ser una parte importante de cómo podamos sobrevivir en el futuro-, pero aquí en Buenos Aires parece una forma tan sensata de desplazarse que la única explicación que se me ocurre de que nadie pedalee por las calles es cierta aversión cultural. El hecho de que yo me mueva en bicicleta se considera aquí tan insólito que ha atraído el interés de la prensa y ha sido comentado por los periódicos locales.


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