Emiliano y Micaela, dos chicos correntinos pueden ganar el Nobel del Agua

Tienen 17 años y los invitaron a Estocolmo para competir en un certamen internacional de ciencia. En su escuela descubrieron que un pez muy común en su pueblo se come las larvas del mosquito que transmite el dengue. El hallazgo podría ser tenido en cuenta como un agente de control natural del Aedes Aegypti.

Por Javier Drovetto

27 de agosto de 2018

NobelAgua

[Al día siguiente de publicada esta nota, martes 28 de agosto, finalmente fueron dos estudiantes de Singapur los que ganaron el premio. Desarrollaron un método para producir un material que podría usarse para purificar agua con desechos agrícolas].

n nuevo método para producir óxido de grafeno reducido (rGO), un material que tiene un gran potencial para purificar el agua

En este momento, entre ingenieros y expertos internacionales en temas ambientales y del agua, un chico y una chica de San Roque, un pueblo correntino de 8.500 habitantes, están en Suecia y pueden ganar un certamen conocido como el Premio Nobel del Agua.

Los dos tienen 17 años y en la secundaria estatal de su pueblo descubrieron una forma ingeniosa de controlar de manera natural la población del mosquito que transmite el dengue.

Por el hallazgo, los invitaron a Estocolmo y compiten por el “nobel” que desde hace dos décadas entrega el Instituto Internacional del Agua de Estocolmo.

Están junto a jóvenes de otros 31 países que llegaron por el mismo camino: lograron un hallazgo científico escolar. Mañana, martes 28 de agosto, se conocerá el ganador.

El descubrimiento

En San Roque, 130 kilómetros al sur de la capital correntina, pescan mucho. La mayoría camina hasta el río Santa Lucía y comparte una obsesión: sacar dorados.

Es una distracción y una forma de auxiliar a la economía familiar de una comunidad que vive sobre todo del empleo público y en menor medida del campo: algo de ganadería y cultivos de sandía, batata y tabaco.

El Santa Lucía es un río zigzagueante que forma esteros, que son suelos pantanosos e inundados. Para ahorrarse los $ 20 que sale una bolsa de carnada, los pescadores suelen capturar con redes tarariras negras que viven en los esteros que están al costado de la ruta nacional 12.

La cadena trófica explica su utilidad como cebo: el pez más grande, el dorado, se quiere comer al más chico, la tararira negra, que tiene unos 20 centímetros.

Lo que descubrieron Micaela Linera y Emiliano Aquino es que ese pez también tiene una presa favorita mucho más pequeña: las larvas de mosquitos.

El hallazgo no fue una iluminación espontánea. En la materia ecología estaban estudiando lo que se conoce como biocontroladores, que es el uso de un organismo vivo para controlar a otro. Se suele usar en el campo para evitar daños en los cultivos. Por ejemplo, hay una avispa que sirve para controlar un pulgón que se come las hojas.

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“Es un método amigable con el ambiente porque es natural. Cuando vimos que hay peces que se alimentan de larvas de mosquitos, lo asociamos con la posibilidad de que sea una forma de controlar al Aedes Aegypti, que es el que contagia dengue. Allá es una amenaza re grave porque está lleno de mosquitos de esa especie”, explicaba Emiliano el jueves en Buenos Aires, dos días antes de volar a Estocolmo.

Desde la capital sueca

Micaela y Emiliano llegaron a Estocolmo el domingo. Es su primera vez en Europa. También la de Roque Barrios, el profesor de matemática y física que los acompaña en el viaje.

A la capital sueca llegaron el domingo a la madrugada y desayunaron en el hotel con un uniforme muy característico: la camiseta de la selección argentina, como se ve en esta foto que mandaron por WhatsApp.

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Micaela vive con su mamá y dos hermanos. Su papá, que era policía, murió en un accidente. Ella quiere estudiar medicina, salvar vidas. También le gusta coser. De hecho, el vestido para la gala de premiación, a la que estará la princesa de Suecia, se lo hizo ella.

También por WhatsApp, Micaela contó que el viaje le resulta “impactante” y que no puede creer que esté “pisando tierra sueca”.

Emiliano quiere ser contador. Todos los mediodías, cuando vuelve del colegio y después de almorzar, ayuda a su papá en el campo. Tienen cultivos de sandía y mandioca. Su mamá es docente y trabaja doble turno en la primaria del pueblo.

Apenas aterrizado, Emiliano se sorprendió por la diversidad cultural que encontró en el hotel, contó que estuvieron "haciendo amistad con un par de chicos” y destacó “la calidad de vida con la que viven” en Estocolmo.

Camino al Nobel

Antes de que ellos cuenten cómo documentaron su hallazgo, es importante saber qué reconocimientos ya ganaron y por qué están en Suecia.

La investigación de los chicos de sexto año del normal Juan García de Cossio compitió con otros 14 proyectos de ciencia de todo el país y ganó el Premio Junior de Agua de la Argentina, que organiza la Asociación Argentina de Ingeniería Sanitaria y Ciencias del Ambiente (AIDIS).

El jurado, compuesto por varios ingenieros, los eligió después de una exposición que tuvieron que hacer en Buenos Aires en junio y que quedó registrada en esta imagen.

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Ese fue el pasaje al certamen de Estocolmo, donde pasarán una semana y se medirán con chicos de Brasil y Chile, de la región, y de países como Estados Unidos, Japón, Alemania e Inglaterra.

El año pasado, por ejemplo, viajaron dos alumnos de una escuela pública bonaerense de Las Toscas, en Lincoln. Ellos habían creado pastillas hechas de cáscara de huevo que servían para limpiar el arsénico que naturalmente tiene el agua subterránea del pueblo.

“Desde 1999, cuando instauramos el premio nacional como instancia previa al de Estocolmo, la mayoría de los chicos que ganaron fueron de escuelas del interior, donde los alumnos tienen mucho contacto con la naturaleza y donde la problemática ambiental los toca de cerca”, consideró el ingeniero José Luis Inglese, promotor del premio y presidente de AySA, una de las empresas que patrocina el certamen.

En el mismo evento al que irán los correntinos premiarán a los investigadores Mark van Loosdrecht, de Holanda, y Bruce Rittmann, de Estados Unidos, por trabajar en la extracción de nutrientes y químicos de las aguas residuales.

En ese ambiente están inmersos hoy los jóvenes correntinos, que el jueves ya se tuvieron que vestir de gala para recibir los pasajes en una ceremonia que se hizo en el Club Sueco, en el barrio porteño de Monserrat, tal como se ve en la foto de abajo, donde los acompañan dos profesores.

Fotografía: Gentileza AySA

El proceso de descubrimiento

“La investigación comenzó con un muestreo para determinar la abundancia de Aedes Aegypti en San Roque”, contó el jueves pasado Micaela. Dividieron el pueblo en siete zonas y eligieron cuatro manzanas de cada área.

En cada manzana fueron a cuatro casas y colocaron recipientes plásticos pintados de negro y con agua. La idea era recrear un buen ámbito para que el mosquito ponga huevos.

“En cada tacho pusimos un baja lengua que nos donaron en el hospital.  Son esos palitos de madera, como de helado. De esa forma, si ponían huevos, íbamos a poder sacar fácil los que quedaran pegados al baja lengua”, contó Micaela.

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El resultado fue contundente: de las 28 casas en las que colocaron esas ovitrampas, 21 dieron resultados positivos de huevos de mosquito Aedes Aegypti.

Era probable. Si bien en el pueblo todavía no tuvieron casos de dengue, en tres localidades cercanas, Bella Vista, Saladas y Goya, sí tuvieron y estaba confirmada la presencia del mosquito.

“Ahí pasamos a la segunda etapa, que fue instalar peceras con tarariras negras para ver si se alimentaban de esos huevos”, explicó Emiliano.

En cada pecera colocaron varios baja lengua con huevos. A los dos o tres días, cuando de la fase del huevo pasaban a la fase de larva, la tararira se comía todas las larvas, hasta 300 por día.

“Lo interesante es que este pez es muy común en el pueblo y puede constituirse en un biocontrolador efectivo y no dañino, como sí lo puede ser un pesticida”, señaló el profesor Roque Barrios. Él y los profesores Leonardo Amarilla, de ecología, y Roque Arriola, de biología, fueron los que apuntalaron el proyecto de los chicos.

En realidad, la investigación revolucionó a todo el pueblo. Porque para hacer el experimento en las 28 casas, los chicos fueron acompañados por bomberos voluntarios y también agentes sanitarios del hospital provincial, ya que se aprovechó para hacer una campaña de difusión sobre cómo mantener limpia la casa para evitar la reproducción del mosquito.

“En Saladas, el verano pasado, hubo un brote de 45 casos de dengue y es un pueblo que lo tenemos a 50 kilómetros. Por eso es importante el trabajo de los chicos, porque genera un compromiso con el tema –dijo desde San Roque el médico Alejandro Amarilla, director del hospital local-. Además el estudio que hicieron abre las puertas para que algún investigador tome el tema y lo analice aún con mayor profundidad.

Amarilla aventuró una hipótesis: “Quizás es útil favorecer la reproducción de tarariras negras en los esteros para controlar naturalmente al mosquito”.

Fotografías de portada: Gentileza AySA

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