PARTE i

FUENTE DE RIQUEZAS

El parque nacional Aconquija mejora la vida de miles de tucumanos

CATAMARCA TUCUMÁN San Miguel de Tucumán Campo de Los Alisos Alpachiri El Molino Concepción El Mollar Tafí del Valle Piedra Grande

Por Javier Drovetto
16 de agosto de 2018

Hace un mes, el sudoeste tucumano fue atravesado por una noticia ambiental.

Unas 77 mil hectáreas de sierras del sudoeste tucumano pasaron a ser parte de un nuevo parque nacional: Aconquija. Es el único del país que tiene en un mismo espacio cumbres con nieve y selva subtropical.

El parque está pegado a cuatro reservas provinciales que suman 56 mil hectáreas. Es decir, son 111 mil hectáreas protegidas: el 5% de la provincia de Tucumán, algo así como seis veces la Ciudad de Buenos Aires.

Los pueblos que están en el entorno se convirtieron en vecinos de un área inmensa que ahora es intocable. Viajamos a Tucumán y recorrimos 400 kilómetros para visitar y conversar con esas comunidades. Conocimos pueblos de 100 familias y ciudades de 50 mil habitantes.

Nos propusimos saber qué piensan de la medida y qué impacto tiene en sus vidas. Y llegamos a una conclusión que narramos en esta crónica: si el área no fuera conservada, los pueblos perderían calidad de vida, tendrían peor agua, sufrirían inundaciones y sus cultivos no alcanzarían la mejor productividad. El potencial turístico sería más bien un sueño eterno.

Una gran esponja natural

El guardaparque Gerardo Carreras acaricia el musgo que cubre las ramas de un lapacho. Es un musgo de color verde intenso, todavía húmedo. En la selva y en el bosque de montaña, entre los 700 y los 2600 metros, el musgo lo cubre casi todo.

“Es lo que predomina y cumple un rol esencial: absorbe la lluvia, mantiene la humedad y regula el escurrimiento del agua”, explica Gerardo y deja de hablar, como si fuera tan obvio que no hace falta explicar nada más. Pero lo hace: “Si se pierde esta selva de montaña, en verano, cuando llueve muchísimo, el agua bajaría con fuerza y causaría mucho daño abajo”.

“Abajo” es una decena de pueblos y ciudades del sur tucumano. “Abajo” es donde viven decenas de miles de familias.

Si no se protegiera, esa selva se podría perder, dice Gerardo. Aprovecharían la madera y llevarían ganado a pastar. Iría desapareciendo. No es una exageración. Pasó con el 95% de la selva pedemontana, una selva de transición que estaba por debajo de los 700 metros y que fue reconvertida en tierra para cultivos y ganadería.

Gerardo recorre los senderos de lo que hasta hace unos días fue el parque nacional Campo de Los Alisos, de 18 mil hectáreas. Esa reserva está a 100 kilómetros de San Miguel de Tucumán y pasó a formar parte del nuevo parque. Por ahora es el único ingreso al parque Aconquija. Y es un sitio muy representativo del ambiente que por ley se blindó para siempre.

En 77 mil hectáreas de parque, son miles de toneladas de musgo reteniendo agua. Mucha agua. Al año, en las yungas llueven 2 mil milímetros, el doble que el promedio de todo el país o el de Buenos Aires. Diez veces lo que llueve en la Patagonia.

“Este bosque y la selva garantizan un balance hídrico”, asegura el guardaparque Daniel Vega, intendente de Campo de los Alisos. Está parado sobre una roca en medio de un arroyo al que llaman El Sufrimiento.

“Las tormentas del verano son absorbidas, como explicó Gerardo, y eso sirve como reservorio de agua para los inviernos secos. Porque en julio y agosto, sin lluvias, el agua sigue escurriendo y alimenta los arroyos y ríos que riegan las poblaciones de acá al norte de Córdoba”.

Lo que pasa en Aconquija se enseña en geografía de la escuela: los vientos húmedos que vienen del océano Atlántico se elevan para sobrepasar las sierras y en su ascenso el aire se enfría, se satura de humedad y provoca lluvias.

Esa agua irriga una veintena de ríos y arroyos que riegan Tucumán, Santiago del Estero y llegan hasta la laguna cordobesa de Mar Chiquita por el río Dulce: 2 millones de personas toman y usan esa agua.

Agua para el limonero del mundo

Antonio Márquez tiene 43 años y nació en Piedra Grande, el pueblo más cercano al único acceso que por ahora tiene Aconquija, por la ruta provincial 330, de tierra apisonada.

La mayoría de los 400 habitantes del pueblo nacieron ahí. La mayoría trabaja en cultivos de limones. Y muy pocos, 10 familias, son dueños de plantaciones. Los Márquez son una de ellas.

“Con mi padre y mi hermano, cultivamos 8 hectáreas”, cuenta Antonio, que tiene las manos más curtidas que de costumbre porque hace unos días terminó de cosechar limones. Con eso, una huerta, cinco gallinas ponedoras, tres chanchos y cinco vacas, se las arreglan él, su mujer y sus tres hijos.

Antonio le agradece a Dios por lo que tiene. Es creyente y va a una iglesia evangélica de la zona. Él, que no llegó a terminar la primaria, también le agradece a Dios porque sus tres hijos estén por terminar el secundario. Y le agradece a Dios por estar cerca de la montaña.

“Al lado de casa pasa el arroyo Batalla que baja de la montaña. Usamos esa agua para regar y para los animales. Los limoneros directamente toman agua con las raíces”, cuenta y dice que por eso “está a favor del parque”, por el “futuro” de sus hijos y nietos. Dice nietos, pero no tiene. Lo usa para imaginarse el futuro.

En la Calera y Muyo, dos pueblos cercanos ubicados sobre la ruta 330, hay otros 70 pequeños productores de limones como Antonio. También aparecen productores grandes. De ahí, alimentados por el agua subterránea que baja del Aconquija, sale una porción de los limones que el país le vende al mundo y que lo convierten en el principal exportador global.

Tucumán, con el 85% de la producción local de limones, es el sostén del sector. De ese cultivo viven 55 mil tucumanos.

Un pueblo que sueña ser emprendedor

La comuna de Alpachiri no tiene intendente ni jefe comunal. A la máxima autoridad del gobierno se la llama comisionado. Y el comisionado es Juan Manuel Moreno. Lleva dos mandatos y acaba de cumplir 50 años. La foto del gobernador Juan Manzur que tiene en su despacho, un cuarto frío de una vieja casa de paredes de adobe, lo presenta peronista.  

“Nosotros podemos crecer mucho si entendemos que el parque puede traer miles de visitantes”, proyecta Juan Manuel, que es dueño de 100 hectáreas cultivadas con papa y limón, pero que está convencido de que el despegue vendrá de la mano de los servicios.

La clave, dice Juan Manuel, está en empezar a afianzar emprendimientos que puedan convertir a Alpachiri en un pueblo “proveeduría” y “dormitorio”. Así, reconoce que le explicaron, llaman a los sitios que están en las puertas de un gran atractivo turístico natural. Y Alpachiri está a 15 kilómetros del nuevo parque.

Alpachiri ya tiene alguna experiencia en el tema, sobre todo porque ya existía el parque nacional Campo de los Alisos y ya recibieron algunos turistas. “Se armó una gomería, un comedor, una panadería y tres hospedajes. Y ahora conseguimos que una de las dos secundarias tenga la orientación en turismo”, se ilusiona Juan Manuel.

El sueño de Alpachiri, donde viven 1000 familias, no es excesivo. Cuando un área pasa a ser parque nacional aparece en guías internacionales y forman parte de decena de paquetes turísticos. Iguazú es la estrella, con 1.300.000 visitas al año. Pero incluso lo que son menos conocidos, convocan miles de personas: Talampaya, en La Rioja, tiene 300 mil visitantes anuales; y Los Alerces, en Chubut, 150 mil.

Gabriela Prieto tiene 45 años y en 2008 se convirtió en la emprendedora turística pionera: abrió en su casa el hospedaje Posta de los Alisos. Asegura que ya alojó a mochileros brasileños, norteamericanos y belgas. Y a varios argentinos. Pero se lamenta que todavía no puede vivir de eso y que tiene que trabajar para la comuna en la ambientación de espacios públicos: “Por ahora tenemos que llevar muy a corazón el proyecto, pero con el nuevo parque nos da esperanza”.

Unos 40 millones de dólares en arándanos

La mayoría de los productores que se instalaron en El Molino no son de la zona ni viven en el pueblo de 270 familias. Son empresarios agropecuarios de San Miguel de Tucumán, Córdoba y Buenos Aires. Muchos cultivan arándanos.

Francisco Estrada es ingeniero agrónomo y porteño. En 2005 se convirtió en uno de los pioneros en reconvertir un viejo cultivo de caña de azúcar del pueblo en uno de arándanos. Hoy tiene 100 hectáreas sembradas con ese fruto a 8 kilómetros del parque nacional y es el presidente de la Asociación de Productores de Arándanos de Tucumán.

“El agua que alimenta la cosecha es de muchísima calidad. Usamos la subterránea y también el agua superficial de arroyos para hacer el riego por aspersión. Es un agua sin ningún tipo de contaminante, de manantial”, afirma Francisco, que justamente certificó su producción como orgánica.

Entre El Molino y Monteros, otro pueblo que está a solo 10 kilómetros de la jurisdicción del nuevo parque, hay 45 productores de arándanos emplazados en antiguos ingenios azucareros. Producen 6 mil toneladas al año y el 95% se exporta. Esa riqueza alcanza los 40 millones de dólares.

Una defensa contra las inundaciones

En el despacho de Roberto Sánchez, un mapa de Concepción ocupa una pared que no debe tener menos de tres metros de ancho. La lámina muestra una ciudad de 200 manzanas surcadas al noreste por el río Gastona y al suroeste por el Chirimayo.

Roberto era conocido en Tucumán por ser un múltiple campeón de rally, pero hace dos años y medio fue electo intendente. Ya no lo obsesiona cómo encausar su auto por caminos de ripio. Lo obsesiona que el agua que en verano baja de la montaña pueda ser encausada por los ríos.

“Baja muy rápido y el Gastona a veces desborda”, asegura Roberto. Cuando eso ocurre, se inunda el norte de la ciudad. “Hay agua hasta por acá”, afirma y con la mano marca una línea imaginaría que supera sus rodillas. “Si no se conserva la selva que todavía está en pie, la absorción será menor y las inundaciones van a ser terribles”, explica.

Roberto es ingeniero agrónomo, productor de caña, papa y limón. Sabe que esa agua que baja del Aconquija es necesaria para regar cultivos de la zona, pero reconoce que no es natural que descienda con tanta fuerza. Y argumenta que por eso se necesita conservar y restaurar la absorción de los suelos para lograr un equilibrio entre la conservación y la productividad.

Concepción está a 30 kilómetros del acceso actual al parque nacional. Desde el punto de vista comercial, es la segunda ciudad más importante de Tucumán. Tiene 2500 comercios, 7 bancos y 4 hoteles. “Todavía no tomamos dimensión de todo lo que puede crecer nuestra ciudad con la llegada de visitantes”, reconoce Roberto.

Diaguitas: conservar sus tierras y vivir del cerro

Hace tres décadas que Alicia Pistán vive de los tejidos, cactus, humitas y tamales que prepara y vende en la plaza de El Mollar, el pueblo que es cabecera de cinco comunas rurales que suman 10 mil habitantes.

Como la mayoría de las familias de la zona, Alicia se asume diaguita y pobladora originaria de ese valle seco al pie del cerro Los Ñuñorcos, un área de 12 mil hectáreas que el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas le reconoce posesión ancestral a las comunidades diaguitas.

“Ojalá vengan turistas. Ahora pasan en colectivos, conocen el pueblo, pero siguen hasta Tafí. Acá casi no compran nada”, se lamenta Alicia, que tiene 59 años y cinco hijos. Lo cuenta mientras arma unos tamales dentro de su puesto de madera y techo de chapa donde pasa por lo menos todas las mañanas y tardes.

Alicia cuenta que, como ella, hay muchas mujeres diaguitas que hacen artesanías, pero están desilusionadas porque no las pueden vender. “Ojalá ahora vengan a ver el cerro y nos compren algo”, insiste.

Dice “ahora” porque sabe que Los Ñuñorcos pasaron a formar parte del parque nacional Aconquija pero como reserva, una categoría de conservación que le permite a la comunidad diaguita contar con la titularidad de las tierras y mantener ciertas actividades en el cerro mientras no afecten su preservación, como la cría de animales y el aprovechamiento de madera. Incluso podrían abrir un camping, un comedor y organizar cabalgatas y visitas guiadas por Los Ñuñorcos.

Ahora y hasta que no lleguen turistas, Américo Cruz, el comisionado de El Mollar, asegura que la mayoría del pueblo vive de los cultivos de papa, frutilla y lechuga. También de los animales: vacas y cabras. Muchos son empleados públicos. Y muchos están desocupados.

“Que acá en El Mollar se haga uno de los portales de acceso al parque va a ser determinante para nuestra economía”, pronostica Américo, que tiene sangre diaguita, árabe y española. “Y peronista”, dice.

Efectivamente, el acceso del que ya se habla en El Mollar podría estar en El Encuentro, a 7 kilómetros del Mollar, donde vive la comunidad diaguita Ayllú El Rincón, la que obtendría el título comunitario de las tierras.

Su cacique es María Mamani, una mujer pequeña que supo negociar con firmeza la integración de Los Ñuñorcos al parque Aconquija a cambio de obtener la titularidad de esas tierras. Lo hizo en representación de unas 100 personas que integran la comunidad.

Mamani fue invitada a una reunión en el Senado, en la previa a la sanción de la ley que creó el parque, y fue contundente: “Estaríamos de acuerdo con la reserva siempre y cuando podamos ser dueños, con título, para disponer de las tierras, trabajarlas, que no nos cambien las costumbres, nuestras tradiciones, que podamos vivir y andar libres”.

Durante nuestra visita Mamani fue tan amable como categórica: “Hasta el verano, cuando el tiempo esté más lindo para conocer el lugar, como comunidad no vamos a hablar del parque”.  

Otro paseo para la ciudad más turística

La agencia de excursiones de Ramona Córdoba es la del cactus. Así la llaman en Tafí del Valle. El cardón que está en el frente de su local brota de la vereda como una mano gigante, de unos cuatro metros y dedos gruesos que apuntan al cielo.

La agencia comparte el espacio del local con una agencia de lotería y un puesto de diarios. Los Córdoba son pioneros en el turismo local. “Mi familia tiene un hospedaje desde 1964, cuando todavía el turismo no era tan importante para Tafí”, cuenta Ramona.

Tafí ya tiene unas 7000 camas para alojar turistas. Desde hace por lo menos dos décadas que es parte del circuito por los Valles Calchaquíes y la ruta 40, que llega hasta La Quiaca y acompaña el Camino del Inca.

“Somos una primera escala en un circuito que sigue hacia el noroeste. Pero pocos visitantes se detienen en lo que tenemos al sur: a 15 kilómetros está El Mollar y el cerro Los Ñuñorcos”, apunta Ramona. Su agencia ofrece paseos a caballo, en bicicleta o en jeep por Los Ñuñorcos. Pero apenas pueden armar una salida al mes: casi no hay interesados.

Luis Maza es el director de Turismo de Tafí y cree que el “título” de reserva nacional que sumó Los Ñuñorcos va a traer “sí o sí” nuevos visitantes a la ciudad, que tiene 17 mil habitantes y en verano puede llegar a sumar 30 mil turistas durante los fines de semana.

“Para nosotros Los Ñuñorcos siempre fue un producto turístico, pero con poca salida”, analiza Luis y está convencido de que instalarlo como “sitio imperdible” puede hacer que en la cuenta que hacen los viajeros terminen dándole “una día más” a Tafi. Luís lo explica así: “Te quedás una día más en Tafí o te perdés la posibilidad de visitar el parque nacional Aconquija”.