El huracán rojo, comentado por Guillermo Borella | RED/ACCIÓN

El huracán rojo, comentado por Guillermo Borella

El huracán rojo
Alejandro Horowicz
Crítica

Uno (mi comentario)

El mundo de hoy no puede ser pensado sin las victorias revolucionarias del pasado. De esta premisa parte El huracán rojo, el último libro de Alejandro Horowicz en el que enlaza a través del hilo rojo las revoluciones de Francia y Rusia para escribir una historia general del cambio social. No hay modernidad industrial sin militancia socialista, afirma el autor, que invita a leer las revoluciones en tiempo presente. Horowicz viene a recordarnos que la innovación tecnológica impulsada desde la revolución industrial por el capitalismo, dependió de incontables batallas obreras. Otras conquistas como la democracia política, las ocho horas de jornada laboral y la educación de masas, tampoco pueden concebirse por fuera del proceso abierto a fines del siglo XVIII, en una París convulsionada por la fiebre antimonárquica. Todo lo que todavía existe en el territorio de lo políticamente vivo (las huelgas obreras, las movilizaciones populares o el internacionalismo feminista), abreva de esta formidable tradición caída.

Este es el hilo rojo del huracán histórico que Horowicz tira con fuerza a lo largo de las páginas de esta obra ambiciosa, un hilo que se despliega en el tiempo, desde 1789, en Francia, pasando por los fallidos intentos revolucionarios de 1848, hasta 1917, con la organización de los soviets de obreros y campesinos en Petrogrado. Entonces, el siglo XX tembló, porque otro mundo parecía posible, dice Horowicz, con indisimulada nostalgia y cierto desdén por un presente que contempla desde la “dolorosa pertenencia al campo arrollado”.

El principal desafío que persigue el autor del ya clásico Los cuatro peronismos (1985) consiste en organizar el sentido de un ciclo revolucionario que admite concluido. Semejante tarea es posible gracias a la rebeldía revisionista de Horowicz, que se niega a enterrar las batallas revolucionarias bajo “rígidos juicios de lecturas institucionalizadas” que insisten en cortar el hilo rojo y hacer de la revolución una pieza de museo. A contracorriente de aquellas versiones derrotistas, el autor intenta –con éxito– devolver a la revolución y a los proyectos socialistas sus grises, sus detalles, las peripecias de sus ambigüedades. Fruto de largos años de estudio exhaustivo, en el Huracán Rojo Horowicz reconstruye con meticulosidad la gestación del doble poder –de quienes buscan romper el orden y los que intentan preservarlo– tanto en Francia como en Rusia, y demuestra que la legitimidad de las demandas populares engendra la voluntad social transformadora. Así, la historia recupera su hilo y se convierte en revolución.

Dos (la selección)

Anudemos el hilo rojo. La Revolución Francesa, junto con los fallidos intentos revolucionarios del ’48 en Europa y, finalmente, la revolución de Octubre –esto es, la batalla por el socialismo–, organizan esta seguidilla. Es innegable que los bolcheviques iniciaron la marcha moderna siguiendo esa dirección, a condición de recordar que febrero del ’17 arranca como revolución burguesa, y por tanto es susceptible de integrar esta serie sin prejuzgar su desarrollo final. Máxime, cuando la posibilidad socialista puede visualizarse, incluso en la lógica revolucionaria francesa, como despliegue de la atalaya burguesa. Ahora bien, la construcción del mercado interno a escala del capital en expansión, la destrucción de las limitaciones feudales para la conformación del estado nacional moderno, termina por resolverse mediante una formación capaz de resistir el ingreso al nuevo ciclo del mercado mundial sin despedazarse. Sin que las relaciones de producción existentes –relaciones de propiedad– choquen con el necesario desarrollo de las fuerzas productivas requerido para integrar esa división mundial del trabajo. Y si se quiere la revolución terminó siendo el instrumento que posibilitó, adecuó y resolvió ese ingreso al mercado mundial; vale decir, esta transformación radical sigue un doble estándar: las condiciones del ciclo largo del capital y las que impone políticamente la nueva formación histórica. Esta adecuación se resuelve, en ambos casos considerados, mediante una revolución triunfante.

Tres

La derrota de la revolución europea del siglo XIX no cambió las cosas, solo acentuó las ausencias. Los occidentalistas, los defensores del camino capitalista europeo, terminaron estando dispuestos a reconsiderar los instrumentos de su objetivo. Al tiempo que los eslavófilos no solo rechazaron airadamente el modelo occidental, sino que subrayaron la virtuosa originalidad de su propio atraso histórico, apoyados en esas ausencias. Ambas respuestas resultan unilaterales. Es cierto que sin las exageraciones conservadoras no se alcanza el mínimum de autoconfianza requerido para un camino en solitario, sin olvidar que no basta con estar dispuesto a recorrerlo para iniciar efectivamente la marcha, teniendo presente que la disposición a marchar no es un asuntillo tan menor para alcanzar un objetivo nacional revolucionario. Ninguna fuerza social reunió esta triple disposición (autoconfianza, disposición a marchar, objetivo revolucionario) hasta 1905; recién entonces, cuando el proletariado urbano salió a la palestra otro horizonte cobró potencia histórica.

Cuatro

Dicho de un tirón: el capitalismo supuso revoluciones nacionales para ampliar el mercado mundial, la revolución francesa abrió el curso de la presencia democrática de las masas en los gobiernos, aunque el capitalismo global no requiera en la actualidad de la democracia popular efectiva. Las decisiones de la mayoría son trabadas en defensa del interés de los bancos sin transformación revolucionaria posible –que no supone la reproducción en otras condiciones del Octubre bolchevique– la democracia se transmuta en ritual vacío, en la forma de una estafa permanente; mediante un módico abuso de las estadísticas la práctica política determina el nombre propio con que una mayoría amorfa duplica la receta de la bancocracia globalizada.

Cinco

La idea de que la revolución desaparece, como el muro de Berlín, devorada por la investigación histórica “seria”; que la Revolución Rusa constituye un accidente anómalo e inconducente; que el poder de los soviets supone un “no suceso”, replica el más obtuso y ciego conservatismo. Ese que cree posible el desarrollo capitalista sin revolución y separa ambos términos de la democracia política, como si la producción de mercancías en serie tuviera una traza inamovible.

Seis

La Asamblea Constituyente es el modo democrático supremo del poder burgués, pero Lenin sostiene inequívocamente: “la democracia también es un Estado”. Febrero destruyó el Estado absolutista dejando a Rusia sin Estado. Los soviets son la respuesta al derrumbe, la revolución proletaria debe construir un tipo de Estado basado en los soviets. La Asamblea Constituyente no se propondrá, después de Octubre, consolidar ese poder, sino evitar que tal cosa ocurra.

Siete

En la tradición revolucionaria la conquista del poder era una precondición para el inicio de una transformación socialista. Dos caminos formaron parte del debate: el reformismo parlamentario y del derecho histórico a la insurrección; es decir, la República de Weimar o los bolcheviques. Esto último supuso la estrategia de Lenin aplicada desde la táctica insurreccional de Trotsky; recién cuando tal cosa fue posible, la articulación entre el partido y los soviets encontró un adecuado balance: se trataba de una política debatida públicamente pero ejecutada mediante una organización militar secreta. Recién entonces se puede decir con cierta precisión que obtuvieron el poder; no mediante un coup d’État sino inventando y respetando la nueva legalidad soviética.

Guillermo Borella, periodista especializado en política internacional, politólogo. Profesor visitante de la Universidad Torcuato Di Tella. Doctorando en Estudios Internacionales (UTDT). En 2015 ganó el Premio de Crónica Tomás Eloy Martínez.


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