El mundo de María Elena Walsh | RED/ACCIÓN

El mundo de María Elena Walsh

Nací para ser breve
Gabriela Massuh
Sudamericana

Selección y comentario por Fabiana Fondevila, periodista, escritora y facilitadora de talleres de auto-conocimiento y reconexión con la naturaleza. Es autora de Donde vive el asombro. Prácticas para cultivar lo sagrado en la vida cotidiana.

Uno (mi comentario)

Para los que crecimos en familias de intelectuales en la segunda mitad del siglo XX, María Elena Walsh fue una puerta de entrada (o más, bien, una luminosa ventana) a lo popular, lo lúdico, el humor, el sinsentido, y también -lo sé ahora- a una sutil y profunda espiritualidad. Cada canción, cada poema, era un vendaval de aire fresco que despeinaba y despabilaba con su invitación a no tomarse nada demasiado en serio. (...)

(sigue mi comentario)

Pero, sin que uno lo notara, entre rimas y melodías, cada estrofa arrimaba alguna lucidez, y una visión de la vida amplia y ancha, donde había lugar para estirarse y soñar. Como un mar que ofrenda, con cada subida de la marea, un vidrio pulido, un caracol perfecto, un pez que refleja en sus escamas al cielo en su enormidad. Crecimos cantando alegremente versos como: “Yo no soy un bailarín / Porque me gusta quedarme / Quieto en la tierra y sentir / Que mis pies tienen raíz” y “Por aquí anda Dios / con regadera de lluvia / o disfrazado de sol / asomando a su balcón”. Nunca sospechamos (y menos, por fortuna, nuestros padres) que estábamos entonando una suerte de liturgia. Hoy vuelvo a escuchar esa canción –¡qué emoción enterarme de que fue su favorita! - y me asombro al encontrar ahí las bases para el credo verde que hoy da norte y vigor a mis días.

Más que una biografía, “Nací para ser breve” es el relato de un vínculo, de un momento social y de una forma de estar en el mundo. Pocas veces se conjugó el talento creativo con la lucidez, la mirada crítica y la osadía, como en la vida y la obra de María Elena Walsh. Gabriela Massuh tiene la generosidad de mostrarnos a la autora que supimos amar sin veladuras: deja entrever, en los intersticios de sus charlas, su genialidad y su temperamento hosco, su inseguridad y su vehemencia, su orgullo y su ternura.

También da cuenta de cómo la autora inauguró una nueva era en la literatura infantil y juvenil latinoamericana, caracterizada por el respeto hacia los lectores, más allá de su edad. “Siempre escribí entre los chicos y nunca para ellos”, dice María Elena. Esta es, quizás, la marca de todos los grandes escritores del género: el hecho de no escribir conscientemente para los chicos. Yo agregaría que, además del entre, cabe el desde. La literatura que nace desde el niño o niña que sigue vivo y coleando en el adulto es bien distinta a la que emerge de la intención de hablarle a un niño/a imaginado. La infancia que habita en uno no carga las tintas sobre la emoción ni distorsiona los hechos, y mucho menos los idealiza. Recuerda y describe las cosas tal como fueron, como son, con su cuota de deslumbre, de desopilancia, y también de oscuridad. De todos modos, los grandes escritores “infantiles” nunca lo fueron de veras, a menos no a conciencia. Maurice Sendak, autor de Donde viven los monstruos y otras maravillas, dijo en alguna entrevista: “Yo escribo, y alguien decide que es para chicos”.

Se agradece también la firmeza para distinguir la buena poesía de la que todavía hoy se les enrostra a los chicos en el colegio, con ese “abuso de esos versos pareados que pretenden ser informales”, de esa “rima maldita de diminutivos”, y también de los tópicos patrióticos solemnes y forzados. ¡Qué regalo de libertad fue la irrupción de Dailan Kifki y Tutú Marambá! Y cuán necesarios resultan aún.

Ya cerrando el libro, Massuh transcribe un fragmento de “Invitación al vals” (séptimo párrafo escogido), poema dedicado a María Herminia Avellaneda, la más íntima amiga de María Elena. Estas pocas destilan la esencia de su escritura: lirismo, musicalidad, sencillez aparente y un mundo en el que la liviandad convive con la finitud sin conflicto ni costuras. Así me gustaría recordarla, no como un fantasma que sobrevuela músicas y páginas sino a ella, de carne y hueso, enigmática y vital. María Elena jugando al mediodía, entre algas y enredaderas, dando amor, dando la mano. Alada, dócilmente humana.

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Dos (la selección)

“María Elena era una persona insólitamente culta, con perdón de la palabra, como diría ella para liberarla de ese aura de solemnidad que suele tener cuando se habla de “la gente culta”. Digo “insólitamente” porque combinaba un saber letrado con una veneración casi religiosa por lo popular. En ella se encarnaban de igual manera toda la poesía en español, la poesía infantil inglesa que le había recitado su padre (las nursery rhymes), los sonetos de Shakespeare, la obra completa de Genet, la prosa de las sureñas norteamericanas, Carson McCullers, Flannery O’Connor, Katherine Anne Porter, luego Colette, Proust, Rimbaud, el cancionero popular argentino, los libros de José Luis Busaniche, Kafka, Virginia Woolf y, en la época en la que la conocía, especialmente Doris Lessing. Durante un tiempo la llamaba la “mamá grande”, apócope que también solía aplicarle al Diccionario de María Moliner. Sentía la literatura de una manera íntima, corporal y detestaba los devaneos académicos de sus amigos literatos, eso que llamaba despectivamente “los miembros de la crítica anteojuda y el pucho en la oreja”.

Tres

–Ah, sí, por supuesto. Escribía dentro de una regresión muy inconsciente. Siempre escribí entre los chicos y nunca para ellos. No sé bien si escribía para mí… Es muy raro, porque el producto careció siempre de todo tipo de autocompasión o nostalgia por la infancia perdida. La gente grande que compone para chicos suele caer en ramalazos de repugnante autocompasión. Empiezan a evocar el barrilete, el trompo o las bolitas lo que indefectiblemente se vuelve insoportable. Yo escribía en el tiempo presente, cosa bastante extraña porque de grande casi no tuve contacto con chicos.

Cuatro

–Es que mis recuerdos son específicamente sensoriales. Puedo recordar climas, sensaciones, atmósferas, colores y olores. Mientras hablábamos de mi experiencia en los Estados Unidos volví a sentir, como la primera vez, el olor de la nieve y me retrotraje al entorno de ese país tan abigarrado, tan extraño. Cuando se trata de referir hechos concretos respecto de mí misma siento que algo se me escapa, que algo falla. Es como si hubiera borroneado las experiencias de mi memoria, supongo, porque nunca me percibí como un ser completo. Supongo que esto tiene que ver con una especie de autocensura tendiente a hacer desaparecer mis pasos, como si intencionalmente no le hubiera prestado demasiada atención a lo que estaba sucediéndome. Era como estar viviendo entre paréntesis, siempre diciéndome “no, mañana, cuando sea una persona completa, voy a darme el lujo de recordar con detalles”. Esta sensación de incomodidad física me persiguió durante toda mi vida y no la perdí hasta bien entrada la madurez. Quizá por eso los recuerdos sean tan vagos. Cuando por ejemplo me refiero a Carmen Gándara tengo presente la sensación de todo un clima que emanaba de ella, un clima muy ligado a su persona. Pero me costaría mucho reconstruir un diálogo o una anécdota precisa. Creo que todo esto puede llamárselo una memoria femenina.

Cinco

“Siempre me opuse a esa absurda mitología de la infancia feliz. No creo que ningún sea “feliz” tal como lo entendemos los adultos. El chico es un ser solitario que tiene una conciencia enorme de sus carencias e impotencias. Esa felicidad del mito de la infancia es siempre retrospectiva. Jamás en mi vida escuché a ningún chico afirmar “soy feliz” y, si alguna vez lo escuchaste, es el invento de un adulto. Creo que la única felicidad de los chicos radica en el juego, y dentro de este contexto, el juego verbal y el musical son extremadamente importantes. Toda esa mitología de la edad de oro, de la pureza, la inocencia de la incorruptibilidad de los niños me ha parecido un invento teñido por la mala fe del adulto que no se atreve a reconstruir en serio su propia infancia. El juego es como una isla en medio de la vida del chico: esa es la felicidad. Cuando escribo para chicos trato de recuperar esa isla de juegos, pero sin sensiblería ni nostalgia. Nunca intenté recuperar mi propia infancia, sino la abstracta, la actual, la que sigue sucediéndome.

Seis

(¿Cuándo descubriste la afinidad entre el mundo infantil y el de las coplas?)
–En París. Haciendo memoria me doy cuenta de que además había otros elementos personales que me estimulaban a cambiar de género. Por un lado, yo era consciente de que al escribir literatura para chicos estaba cometiendo un género marginal que no era susceptible a la crítica de las capillas literarias. Por el otro, me generaba una emoción muy particular que he percibido varias veces a lo largo de la vida: me refiero al entusiasmo de internarme en algo que no estaba hecho, una tierra incógnita, un horizonte no compartido y libre. Mientras escribía mis primeros versos infantiles me embargaba la sensación feliz de descubrir algo nuevo. Era como entrar en un bosque e identificar las especies de árboles o aves por primera vez. En español no se había escrito lo que sí se seguía produciendo en inglés basado en la tradición infantil y popular. Al final y al cabo, tenía la certeza y el alivio de introducirme en un espacio del que nadie tendría elementos suficientes para juzgarme. Se trataba de escaparle a lo intelectual pero sobre todo a la crítica. He tenido siempre una incapacidad absoluta de recibir críticas, de dar exámenes. Jamás me gustó mostrar un poema para que alguien lo disecara.

Siete

-¿Es cierto que vendías libros por la calle?
-No, eso no es cierto. Pasaba que yo iba siempre prevenida, cargada con algunos ejemplares porque podía suceder que una se topara con alguna gran personalidad, en especial por la calle Florida. A veces parábamos en la confitería del célebre Jockey Club de Florida y Viamonte donde había consuetudinariamente tertulias. Entonces le asestábamos un ejemplar a algún escritor desprevenido que estaba frente a un eterno pocillo de café. De esa manera la entregué un libro a Juan Pablo Echagüe, que por cierto no era la persona más indicada para recibirlo, muy maquillado, todavía de chambergo y con corsé. Otra vez, caminando con un compañero de Bellas Artes que no entendía nada de literatura, me topé con dos señores a quienes les alargué el libro con toda solemnidad. Uno era Pablo Neruda y el otro Nicolás Guillén, ambos de paso por Buenos Aires. Lo increíble fue que Neruda nos invitó a subir a un pequeño departamento de la Galería Güemes, donde solía albergarse todo tipo de artistas. Allí, como si tuviera todo el tiempo del mundo, se puso a leer el libro mientras hacía comentarios extremadamente elogiosos. A partir de ese momento lo seguí a todas partes sin perderme ninguna de las conferencias que dio durante ese viaje. De la misma manera conocí a Rodolfo Aráoz Alfaro, apoderado del Partido Comunista con el que nos hicimos muy amigos.

Bonus

Dulzura al mediodía, algas, enredaderas,
palomas te diría,
si quieres, si quisieras
regresa todavía
dispongo de manos y maneras.

Agua lisa divierte,
hay alas en verano,
mirá qué bien, qué suerte
ser dócilmente humano,
qué pasa con la muerte
no sé, dame el amor, dame la mano.

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