El orden del día, comentado por Gabriela Massuh | RED/ACCIÓN

El orden del día, comentado por Gabriela Massuh

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

El orden del día
Éric Vuillard
Tusquets

Uno (mi comentario)

Adolf Hitler necesita ganar las elecciones de marzo de 1933 para poner en práctica su plan macabro. La guerra contra el mundo y la persecución contra la comunidad judía. El 20 de febrero de ese año, Hermann Göring presidente del parlamento nazi, ha invitado a veinticuatro representantes de la industria alemana a un encuentro con Adolf Hitler. Están las glamorosas familias industriales, no falta nadie: Krupp, Opel, BASF, Bayer, Agfa, IG Farben, Siemens, Allianz, Telefunken. Son veinticuatro en total. Todos aceptan colaborar con el régimen. 

Así comienza una historia que Vuillard (que ganó el Prix Goncourt 2017 por este libro) hace terminar cinco años después con la anexión de Austria desmintiendo la eficiencia del Blitzkrieg: los famosos tanques alemanes no pudieron cruzar las anegadas fronteras sino… en trenes. 

Las bambalinas del poder donde se escribe la vergonzante historia. Como un Sokurov de la literatura, Vuillard pone en escena momentos claves, mayormente ignotos pero reales, que muestran, dentro de una intimidad casi obscena, el revés de una trama siniestra: la absurda y genuflexa visita canciller de Austria a Hitler, los grotescos ataques de ira de Hitler, la histérica banalidad de Chamberlain, la prohibición de publicar suicidios de judíos en Viena… 

Un libro conmovedor, inolvidable, necesario como pocos. Un libro donde la historia, por fin, se escribe con minúsculas.

Dos (la selección)

Las empresas no mueren como los hombres. Son cuerpos místicos que no perecen jamás. La marca Opel siguió vendiendo bicicletas, también automóviles. A la muerte de su fundador, la firma contaba ya con mil quinientos empleados. No paró de crecer. Una empresa es una persona cuya sangre fluye en masa a su cabeza. A eso llamamos una persona moral. La vida de las empresas perdura mucho más que las nuestras. Así pues, ese 20 de febrero en que Wilhelm medita en el pequeño salón del palacio del presidente del Reichstag, la compañía Opel es ya una anciana adama. Hoy en día, no es ya sino un imperio dentro de otro imperio, y tan solo guarda una lejanísima relación con las máquinas de coser del viejo Adam. Y es que la compañía Opel es bastante más vieja que gran número de estados, más vieja que el Líbano, que la misma Alemania, más vieja que la mayoría de los estados de África, más vieja que Bután, donde sin embargo los dioses fueron a perderse entre las nubes.

Tres

De súbito las puertas rechinan, el parqué cruje; alguien conversa en la antesala. Los veinticuatro lagartos se alzan sobre las patas traseras y se mantienen bien erguidos. Hjalmar Schlacht traga saliva. Gustav Krupp se ajusta el monóculo. Tras los batientes de las puertas se oyen voces ahogadas y después un silbido. Por fin, el presidente del Reichstag entra sonriendo en la estancia: es Hermann Göring. Y eso, muy lejos de despertar sorpresa entre nosotros, no es más que un acontecimiento bastante trivial, pura rutina. En el mundo de los negocios, las luchas partidistas son poca cosa. Políticos e industriales están habituados a codearse.

Göring rodea la mesa, dedicando unas palabras a cada uno y estrechando manos bonachonamente. Pero el presidente del Reichstag no ha venido solamente a recibirlos; tras mascullar unas palabras de bienvenida, evoca de inmediato las cercanas elecciones, las del 5 de marzo.

Cuatro

Los conocemos muy bien. Son nuestros coches, nuestras lavadoras, nuestros artículos de limpieza, nuestras radios despertadores, el seguro de nuestra casa, la pila de nuestro reloj. Están ahí, en todas partes, bajo la forma de cosas. Nuestra vida cotidiana es la suya. Cuidan de nosotros, nos visten, nos iluminan, nos transportan por la carretera, nos arrullan. Y los veinticuatro sujetos presentes en el palacio del presidente del Reichstag, ese 20 de febrero, no son sino sus mandatarios, el clero de la gran industria; son los sacerdotes de Ptah. Y se mantienen allí impasibles, como veinticuatro calculadoras en las puertas del infierno.

Cinco

Se abruma a la Historia, se pretende que ésta obligue a adoptar poses a los protagonistas de nuestros tormentos. No veremos nunca el dobladillo mugriento, el hule amarillento, la matriz del talonario, la mancha de café. Tan solo nos mostrarán el perfil amable de los acontecimientos. Con todo, si miramos bien, en la fotografía donde aparecen Chamberlain y Daladier en Munich, justo antes de la firma, a la vera de Hitler y Mussolini, los Primeros Ministros inglés y francés no parecen muy ufanos. Aún así, firman. Se los ve, a uno, a Daladier, sombrero encasquetado, un tanto incómodo, haciendo pequeños ¡holas!, al otro, a Chamberlain, hat en mano, esbozando una amplia sonrisa. Este infatigable artesano de la paz, como lo llaman los noticiarios de la época, asciende la escalinata, en blanco y negó para la eternidad, entre dos hileras de soldados nazis.

Seis

Justo antes de la anexión de Austria (en Viena) se produjeron más de mil setecientos suicidios en una sola semana. Muy pronto, anunciar un suicidio en la prensa se convertirá en un acto de resistencia. Algún periodista osará escribir “súbito fallecimiento”, las represalias no tardarán en hacerlos enmudecer. Se buscarán otras fórmulas usuales, sin consecuencia. Y así, el número de personas que pusieron fin a sus días sigue siendo desconocido, sus nombres ignorados. Al día siguiente de la anexión todavía pudieron leerse en la Neue Freie Presse cuatro necrológicas: “La mañana del 12 de marzo, Alma Biro, de 40 años, funcionaria, se cortó las venas con una navaja de afeitar, antes de abrir el gas. En el mismo momento, el escritor Karl Schlesinger, de 49 años, se disparó un tiro en la sien. Un ama de casa, Helene Kuhner, de 49 años, se suicidó también. Por la tarde, Leopold Bien, funcionario de 37 años, se arrojó por la ventana. Se desconocen las causas de su acto.” Esa pequeña apostilla trivial nos llena de vergüenza. Porque, el 13 de marzo, nadie puede desconocer el móvil de todos ellos. Nadie. 

Siete

Puede que Alma, Karl, Leopold o Helene divisaran, desde su ventana, a aquellos judíos a los que llevaban a rastras por las calles. Para comprender lo que ocurría les bastó con entrever a aquellos a quienes rasuraron la cabeza. Les bastó con entrever a aquel hombre sobre cuyo occipucio pintaron los transeúntes una cruz de tau, la de los cruzados, la que ostentaba aún, una hora antes, el canciller Schussnigg en la solapa de la chaqueta. Incluso bastó con que otros se lo contaran, o con que lo adivinaran, lo dedujeran, imaginándoselo antes incluso de que sucediese.


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