El papa peronista, comentado por Guillermo Ariza | RED/ACCIÓN

El papa peronista, comentado por Guillermo Ariza

El Papa peronista
Ignacio Zuleta
Ariel

Uno (mi comentario)

Para quien pretenda comprender cabalmente la política argentina contemporánea este es un libro inevitable. Sobre el eje de la trayectoria de Jorge Bergoglio recorre las últimas décadas de historia local, relatando los desencuentros, confusiones y acuerdos de una parte sustancial de la dirigencia de un país en desgracia, recuperando protagonistas obvios fuera de su personaje y no pocos actores silenciosos que ayudaron a modelar una sociedad política que disputa el poder –o sus frutos- sin preocuparse por ensanchar los bienes materiales que, según Tomás de Aquino, “son necesarios para el ejercicio de la virtud”.

Lejos de ser el factor histórico determinante se trata de un jesuita que trabaja de modo sistemático para restablecer una comunidad de seres que se reconozcan como iguales y sean solidarios entre sí, labor ciclópea que reporta a un pasado idealizado que sólo existió en el anhelo y fecunda labor de una orden religiosa que evangelizó la América indiana. Los procedimientos de Bergoglio, mucho antes de convertirse en Francisco, son los de un político hábil, refinado incluso, capaz de trabajar con adversarios y “pastorear” huestes disímiles para lograr metas concretas, las que seguramente pavimentan los caminos del Señor. Esas habilidades se potencian con el poder real que confiere el papado. Tiene al mundo como campo de acción, aunque no descuida una mirada diaria a su terruño, al que no viene para no favorecer las inevitables divisiones que ahondarían las grietas que persisten y el pastor quiere curar, como explica Zuleta. Su cometido, en definitiva, no es temporal (o sea político en sentido lato), pero sus acciones sí lo son. Inventor de la transversalidad avant la lettre, el Papa logra sus mejores éxitos con un gobierno donde conviven amigos y adversarios temibles, y administra su popularidad prodigándose con antagonistas y retaceando sonrisas a quienes lo preferirían confinado a su labor apostólica. Dialéctica pura de un personaje (el argentino más importante de nuestra historia, nos recuerda el autor) al que define como antiglobalizador y anticapitalista, pero que expurgó de la iglesia argentina las intromisiones ideológicas del marxismo vernáculo. Capaz de articular virtuosamente a los curas villeros y al vicario general del Opus Dei, el connacional Mariano Fazio, Bergoglio amplía el campo hacia el ecumenismo que inauguró Juan XXIII y relantizaron sus sucesores. La construcción de la Ciudad de Dios requiere de todas las espiritualidades. El enemigo, de inspiración demoníaca, es el dinero, que pretende remplazar al Creador. Ahora va por China, ese “inmenso convento sin Dios”, como describió en los 60 el profesor mendocino Raimundo Fares, padre del jesuita Diego, uno de los colaboradores más cercanos de Francisco. En esa perspectiva, el eficaz título de “peronista”, le queda chico. Y las razones están expuestas a lo largo de estas suculentas 429 páginas. Un relevante ensayo de literatura política.

Dos (la selección)

“Resulta superfluo ser creyente para entender que en un país así la instalación del poderoso Bergoglio a muchos les parezca una bendición. Para otros significa un factor de confusión, porque ese Bergoglio que conocían de cerca quienes lo trataban y lo leían ahora lo ven con el lente de aumento de la estatura papal. Les cuesta creer que esta mezcla de ultraconservador reformista y agitador villero sea el jefe de su Iglesia. Se extrañan de sus modos paranoides, se enojan de sus críticas al clericalismo, la Iglesia que se mira el ombligo y que funciona como una ONG o un sistema de reparto de premios y castigos por el cumplimiento o del catecismo, que abre la puerta a los excluidos, los diferentes. Estos creen que la Iglesia los engañó, que Bergoglio no les cumple, y que han vivido en la Iglesia equivocada.” (p.35)

Tres

“La eficacia de su fórmula se expresa con gran coherencia a lo largo de los años: ultraortodoxia de una mano, y de la otra, una apertura a la agenda social con más convicción y éxito que todo el arco del populismo y lo que queda de las izquierdas.” (p. 36)

Cuatro

“El Bergoglio de esos años (los setenta) convivía con el peronismo, y los jóvenes con quienes interactuaba en la universidad sabían de esa referencia de su pensamiento. Estaba al tanto de que los seminaristas formados por él leían y debatían libros de Perón. Nadie niega esa impregnación de época, pero nadie tampoco registra ni dichos ni gestos de militancia partidaria. Nunca perteneció ni a Guardia ni a la OUTG (Trasvasamiento), aunque tenía estrecha relación con curas que sí pertenecían a ese sello. Las marcas partidarias desaparecen a medida que Bergoglio alcanza notoriedad. Sus homilías como arzobispo, por ejemplo, están dedicadas a gobiernos peronistas como los de Carlos Menem, Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner. Todas fueron con un fuerte acento crítico, como las que propinó al Gobierno aliancista de Fernando de la Rúa.” (p.65)

Cinco

“El vencedor de las legislativas, Sergio Massa, lideraba las encuestas de intención de voto para 2015 y parecía su seguro sucesor (de Cristina). Tenía el apoyo de un sector del peronismo; se lo disputaban como socio los radicales. Encima, se había fagocitado al macrismo en las candidaturas de Buenos Aires para ese año. En esos días, parecía que a Massa le bastaba con empujar la pelota hacia el arco y quedarse con todo. Cuando se conozcan los protocolos secretos de aquellos días, se sabrá si la intención de Bergoglio fue proteger a Cristina o frenar a Massa. En el cerco de la gobernabilidad de entonces, que expresaba esa intención de gremios y empresarios y del propio gabinete –a través de Carlos Tomada-, se analizaba la hipótesis de una entrega adelantada del poder. Bajo esa música se desarrolló una comedia en la cual Bergoglio logró descolocar a Massa y dar la señal, a la vez, de que actuaba como protector de Cristina Fernández. Lo negó en los dichos, pero en los hechos dejó en claro que quería actuar con el rol de padrino de la gobernabilidad de la viuda de Kirchner.” (p.262)

Seis

“El proceso de esta ley (Emergencia Social, diciembre de 2016) abre novedades para el debate. Es el primer producto constante y sonante de Francisco en la política argentina. No sólo logra imponer la agenda, sino que además prueba que tiene un liderazgo transversal, que pudo mover el voto de todas las bancadas, conmover al Gobierno y demostrar que es un factor de disciplina social.” (p.373)

Siete

(Macri) “Había intentado salir de un aprieto revoleando el debate del aborto por sobre los muros de Olivos, para que lo resolviese la sociedad, pero ahora  le volvía como un búmeran a las propias manos. Siete meses más tarde, estaba en el mismo punto: tenía que resolver él qué hacer con el aborto cuando su Gobierno había pagado un alto costo por un debate cismático por definición. Un aprendizaje caro, pero también una prueba de las dificultades que tienen los gobiernos débiles para emprender reformas de fondo. Otra lección, con aires de maldición gitana: en política no hay atajos.” (p.407)

Guillermo Ariza es politólogo y periodista. Integra el Club Político Argentino y la Fundación Frondizi. Le gusta pescar exóticos en la Patagonia y, en los hechos, lee más literatura e historia que papeles académicos.

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