El plástico que nos estamos comiendo, tomando y respirando

Existe el impacto visual de lo evidente (fotos de tortugas marinas atragantándose con bolsas) pero también el impacto silencioso de las micropartículas de plástico que andan dando vueltas por nuestros cuerpos. Este es uno de los mayores desafíos medioambientales de la historia.

Por Mariana Fusaro

7 de septiembre de 2018

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¿Qué pueden tener en común una alfombra y un preservativo, una sombra de ojos y un neumático, un polar y una toalla femenina, un exfoliante facial y un pañal? Lo mismo que los vasos de take away de café y los sorbetes, los potes y las cucharitas de helado, las bandejitas de comida y el film, los sachets de leche y los packagings de golosinas, fideos y casi cualquier otro envoltorio, en general, que vean en un supermercado..

Si en esta nota esperaban encontrar un listado de todos los tipos de plásticos que consumimos, olvídenlo. Hoy son más de 700 calcula Antonio Brailovsky, economista especializado en temáticas medioambientales. Desde fines de los 50, cuando empezamos a sintetizar a gran escala estas cadenas de moléculas –o polímeros– a partir de derivados del petróleo, y aprendimos a agregarles aditivos para hacerlos brillantes, flexibles o lo que quisiéramos, inundaron nuestro mundo. El Programa de Naciones Unidas para el Medioambiente ahora empezó a decir que nos hicimos adictos.

Vida de plástico

“Desde la década del 90 se sabe que el aire interior de las casas y oficinas está más contaminado que el del exterior, por la cantidad de químicos que les metemos, con los plásticos entre los mayores responsables”, dice Claudio Ardohain, consultor en bioarquitectura. “El enemigo número uno es el PVC (policloruro de vinilo), que se usa para cañerías, cableados eléctricos, revestimientos, aberturas: emite vapores de cloro y dioxinas, para estabilizarlo se le agregan metales como plomo y mercurio y para darle flexibilidad, ftalatos, todo sumamente tóxico. También tenés PVC en las cortinas de blackout, que antes tuvieron teflón, otro plástico muy cuestionado”.

Las dioxinas, según la Organización Mundial de la Salud, son contaminantes persistentes –duran mucho tiempo tanto en el cuerpo humano como en los ecosistemas–, están presentes en todo el planeta y son carcinógenas. Los ftalatos, que también se usan para producir los policarbonatos de mamaderas, utensilios de cocina y juguetes sexuales, están prohibidos en muchos países e incluso en bajas concentraciones fueron asociados a alteraciones genitales en recién nacidos, que los absorben a través de las madres.

“El segundo peor es el poliuretano, que tenés en los colchones, acolchados, almohadas, alfombras”, sigue Ardohain. “Todos los plásticos emiten compuestos orgánicos volátiles, elementos que pueden convertirse en vapores o gases: algunos van al aire y otros se disuelven en agua. Muchos son disruptores endocrinos (causan alteraciones hormonales). Cuando la espuma de poliuretano deja de emitir compuestos volátiles empieza a desintegrarse, y el polvito se hace tan finito que atraviesa las fundas y se pueden alojar en las vías respiratorias.”.

Los síntomas de intoxicación con plastificados y pinturas, en cambio, son tan agudos que ya aprendimos a evitarlos. “Cuando un plástico es nuevo es cuando más compuestos volátiles emite. Luego, con el tiempo, bajan, y el plástico envejece y empieza a desprender fragmentos y compuestos semivolátiles, que son a veces peores todavía”, explica el consultor.

Hay un problema subiendo por la cadena alimenticia

De acuerdo a un informe de Greenpeace, la mayoría de la basura plástica oceánica no está formada por las botellas y recipientes de comida que se ven en las fotos sino por microplásticos, que miden menos de 5 milímetros: algunos son fabricados así, como las microesferas de cremas exfoliantes o el glitter de los maquillajes; otros provienen de la lenta rotura de piezas más grandes por efecto de los rayos UV o las olas, o bien se desprenden del caucho sintético de los neumáticos, o de la ropa de poliéster, lycra, acrílico y demás fibras sintéticas, incluyendo, por supuesto, el PET (tereftalato de polietileno) reciclado.

Hay que pensar en lo minúsculo y multiplicarlo por cantidades abrumadoras. En el área metropolitana de Buenos Aires, por caso, AySA trata un 20% de las aguas residuales (datos del Plan Nacional del Agua); el resto se vuelve a verter, contaminado, en los ecosistemas, porcentaje que se repite a nivel global.

“Se estima que el 80% de la contaminación por plásticos en océanos se relaciona con la mala gestión de residuos urbanos, que terminan yendo a través de los ríos, o en las localidades que están sobre las costas por arrastre, al mar”, explica el ingeniero agrónomo Diego Wassner, docente e investigador de la UBA, quien dirigió uno de los escasísimos estudios locales sobre este tema en las playas bonaerenses. Allí, en la franja de los primeros 10 centímetros de arena, a lo largo de un total de 20 kilómetros cuadrados, él y sus alumnos encontraron ocho toneladas de pedacitos de plástico de entre 5 y 25 milímetros.

La pregunta clave es: ¿qué pasa cuando un pez se come un micro plástico y nosotros nos comemos al pez? ¿O a una vaca o un pollo que tomó agua con microplásticos? “Si los peces comen pedazos grandes, muchas veces se produce la muerte por asfixia u obstrucción intestinal”, dice Wassner. “Pero hay un efecto más sutil, que tiene que ver con un fenómeno químico por el cual las partículas plásticas más chiquitas, las que no vemos, atraen a compuestos que están dando vueltas en el medioambiente y son muy estables y tóxicos: dioxinas, restos de DDT, de agroquímicos. Estas moléculas tienen afinidad química y quedan adsorbidas, como pegadas. Entonces, cuando eso se lo come un krill, un crustáceo o lo que sea, se incorpora a la red trófica y se va transfiriendo y magnificando”, explica Wassner. .

Básicamente indestructibles

Una investigación de las universidades de Georgia y California y la ONG Sea Education Association, que es la única referencia que existe, estima que llevamos fabricados unos 8.300 millones de toneladas de plástico, de las cuales un 30% seguiría en uso; del resto, el 9% habría sido reciclado, el 12% incinerado y el 79% tirado en rellenos, vertederos o los ecosistemas. Pero todos los plásticos de la historia, de una u otra forma, siguen entre nosotros. “La gran ventaja comercial del plástico es su gran desventaja ambiental: algo hecho para durar simplemente dura”, reflexiona Brailovsky.

“El problema es que a veces el uso efectivo de un plástico es un ratito. Después, se rompe. Los pedazos pueden ir a un relleno sanitario; pero ahí nada se descompone, las cosas se fosilizan porque están comprimidas, no hay oxígeno. De modo que todo lo que vaya a un relleno queda ahí. Ese plástico se irá rompiendo en trozos cada vez más pequeños, micro, nano; ya no se va a ver, pero seguirá estando allí, interactuando con nosotros, con la fauna, etc., y terminará de desaparecer cuando se queme. Es decir, de aquí a 20 mil millones de años”, precisa.

Boicot

Si en esta nota esperaban encontrar estadísticas nacionales, olvídenlo: en la Argentina no se hacen monitoreos gubernamentales de microplásticos en el mar, los ríos o el agua de red, ni tampoco mediciones sobre la generación de impactos ambientales.

Tampoco van a poder leer aquí recomendaciones oficiales, como de químicos de la división Plásticos del Instituto Nacional de Tecnología Industrial, sobre, por ejemplo, cuáles son los más tóxicos o los espurios, las mezclas que no pueden reciclarse, para evitarlos. Sólo Leila Devia, que es abogada especialista en derecho ambiental y directora del Centro Regional Sudamericano de Capacitación y Transferencia de Tecnología dependiente del Convenio de Basilea, cuya sede está en el INTI, ofrece referencias sobre las últimas estrategias adoptadas en la Unión Europea, que, pueden servir de modelo a nuestras autoridades. “Es un tema que estamos empezando a abordar”, dice Alejandra Acosta, directora de Sustancias y Productos Químicos del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación. “Hay una mesa entre las distintas áreas del Ministerio que está definiendo cuál va a ser el plan de trabajo en materia de plásticos”, agrega.

Hay algunos actos de sensatez que cada uno puede poner en práctica: separar los residuos y disponerlos en los lugares correctos. Tener una casa totalmente libre de plásticos hoy no es posible, dice Ardohain, pero sí minimizarlos. “Usar colchones o futones rellenos de lana natural o algodón; en vez de blackout, telas gruesas como corderoy o jean que son 100% algodón; lustrar los pisos de madera con cera (emiten bencenos, pero que se evaporan en 24 horas), o silicona, un plástico que se considera inocuo; comprar juguetes de madera y peluches de algodón; etc.” . La cocina es una zona roja. “Si tenés tablas de plástico y sartenes de teflón llevalas a un punto verde. Cuando ponés un recipiente de plástico en el microondas, hay migración química al alimento; usá vidrio o cerámica. Las pavas eléctricas de plástico, por más que sea polietileno, uno de los más amigables, van a producir migración química al agua; buscá una que en su interior sea de metal. a última campaña que lanzó Naciones Unidas, cortita y al pie, al alcance de la comprensión de todos, “ tenemos un único pedido”, dijo António Guterres, el Secretario General, el 5 de junio. “Rechaza el plástico descartable. Si no puedes reusarlo, rehúsalo”. Mientras los gobiernos terminan de diseñar soluciones gradualistas con la industria, llamar al boicot de lo que se usa y se tira parece lo más desnaturalizador y viable. Sólo por hoy, no compren nada que venga con plástico descartable. Y ojalá haya muchos emprendedores que vean el filón.

Foto: Claudio Reyes - AFP

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