El reino de las mujeres, comentado por Luciana Mantero | RED/ACCIÓN

El reino de las mujeres, comentado por Luciana Mantero

El reino de las mujeres
Ricardo Coler
Planeta

Uno (mi comentario)

El reino de las mujeres de Ricardo Coler, se inmiscuye en las entrañas de China para mostrar la sociedad matriarcal más pura del mundo: la de los Mosuo, una minoría étnica de 25.000 habitantes en la que las mujeres mandan. Lo hace desde los ojos de un cronista occidental que reflexiona sobre los mandatos y reglas culturales con las que hemos crecido, intenta una neutralidad y un extrañamiento permanente de su punto de vista.

No es exactamente el reverso de la sociedad patriarcal, como aclara este médico, fotógrafo y periodista, si no una en la que ellas tienen el mando, cargan con la responsabilidad del trabajo; en la que la violencia, los celos, los sentimientos posesivos sobre el otro son vistos como algo vergonzante y son algo atípico; en la que las relaciones amorosas no son el eje de la familia sino el individuo y su linaje materno: las mujeres viven con su familia y los hombres con la suya, no existe el rol paterno (de hecho las mujeres muchas veces no están seguras de quién es el padre de sus hijos; e incluso es algo irrelevante), ni el matrimonio y las relaciones sexuales con el sexto opuesto (no hay registro de personas homosexuales) cambian permanentemente en un juego de ciertas reglas preestablecidas. En tiempos de la revolución feminista lo interesante de este libro no es sólo conocer otra cultura, sino también el ejercicio de reflexionar sobre las normas y costumbres con las que vivimos y damos por hecho, que lleva a la pregunta obligada: ¿es la nuestra la mejor configuración social?

Dos (la selección)

Después de andar seis horas por un camino de cornisa, Dorje, el conductor -un tibetano corpulento, de pelo abundante y unos treinta años- detiene la camioneta. Estamos a más de tres mil metros de altura y en los últimos días llovió tanto, que las rocas que se deslizaron por la montaña nos impiden avanzar. Tengo a mi derecha la ladera, a izquierda el precipicio y por delante, las piedras. Dorje baja para ver cómo esquivarlas y seguir viaje. Camina unos pasos, se pone en cuclillas y deja caer la cabeza hacia adelante. Lo observo desde mi asiento; el tibetano no tiene el menor aspecto de monje.

Dorje hunde la mano en el barro, toma un puñado y se queda inmóvil por un instante. De pronto se encoge de hombros, vuelve a la camioneta y arranca. Una de las ruedas queda en el aire mientras las otras soportan el peso del vehículo con un zapateo enfurecido. Aguanto la respiración abrazado a la mochila y reclinando el cuerpo para el lado contrario. Pasamos, no sé cómo, pero pasamos. Tengo los dientes apretados y los músculos de la espalda como un manojo de cuerdas a punto de soltarse.

Tres

Al vínculo amoroso lo llaman “axia” o matrimonio andante. El matrimonio andante se parece muy poco a lo que en Occidente se entiende por matrimonio. Cada uno vive en su casa. Por la noche el hombre visita en su cuarto a la mujer con la que haya arreglado una cita. “Xia” significa amantes, y en este caso la letra “a” es un prefijo que indica intimidad.

Es habitual que este tipo de visitas sean furtivas y que se mantengan la discreción y el sigilo. Hay que evitar que los parientes se enteren. La rama masculina de la familia, bajo ningún aspecto, deben tener la menor referencia, alusión o indicio de la sexualidad de las mujeres de la propiedad. Por eso las visitas ocurren tarde, cuando los mayores ya han caído en un sueño reparador y discreto.

Cuatro

En varias oportunidades la escuché lamentarse por la suerte de su amiga Tsie.

-Sólo tiene hijos varones -me decía con amargura. De inmediato agregaba, luego de servirme otra taza de té, que ella se consideraba afortunada pues había engendrado a tres mujeres con las que pudo construir una finca próspero.

La desgracia de Tsie no acaba con tener sólo hijos varones, tampoco tiene hermanas. Tanto Sanshie como Tsie habían alcanzado el límite de hijos permitido. Tres ya es un privilegio.

Cinco

Los Mosuo denominan “familia” a los que tienen entre sí un lazo de sangre directo y conviven en la misma propiedad, la vivienda del clan. La figura principal es la matriarca. Con ella viven sus hijos, su madre y sus hermanos, tanto varones como mujeres. También forman parte del grupo los hijos de las hermanas y los nietos. No existen los maridos. Los hombres sin lazo sanguíneo directo con la matriarca pertenecen a otra casa y duermen bajo otro techo. Esto implica total ausencia de padres y abuelos, a quienes se desconoce o, en el mejor de los casos, se considera de otra familia. Los varones que habitan en la propiedad son solamente hermanos, tíos e hijos. Es muy diferente de una familia occidental pero se lo toman tan en serio y son tan conservadores, que la idea oficial de familia conformada por padre, madre e hijos se ve seriamente cuestionada. Quizás un concepto para los tiempos que corren podría ser: dos o más de dos que están de acuerdo en que lo son (familia) y que, además, tienen al menos una prohibición - el incesto- que funciona para dos o más de dos de sus miembros.

Seis

Las tareas del jefe de una aldea Mosuo son pocas pero importantes. Una es mediar entre vecinos. Ser agresivos, tanto fuera como dentro de la familia, los deshonra. Ése es un rasgo marcado de la sociedad matriarcal. La violencia en todas sus variantes genera rechazo. Cualquier reacción desmedida, especialmente el uso de la fuerza, es mal vista. Lo que en nuestro mundo  puede traducirse como valentía, virilidad o un condimento en los deportes, a ellos les resulta intolerable. El término exacto es que los avergüenza. Es por eso que recurren al jefe de la aldea para que imponga su autoridad a tiempo, antes de que las disputas se compliquen.

Siete

-Ven, ven y únete al baile, ven, ven.

Cuando llega el momento de la seducción, los roles se invierten. El galanteo, la presencia, la manera de acercarse del varón es más cercana al estereotipo de las viejas costumbres de Occidente. La fantasía de que en el matriarcado las mujeres capturan a los caballeros para someterlos como objetos a sus ocurrencias es, una vez más, una fantasía masculina. Aquí la mujer tiene toda la autoridad en sus manos pero con gusto la deja caer para poder ofrecerse con una imagen frágil, desprotegida y carente, al deseo de un hombre.


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