En el estanque, comentado por Mauro Libertella | RED/ACCIÓN

En el estanque, comentado por Mauro Libertella

En el estanque
Al Álvarez
Entropía

Selección y comentario por Mauro Libertella, periodista y escritor.

Uno (mi párrafo)

Nadar es un sacerdocio. Nadar es una práctica que pide sacrificio, constancia, introspección, silencio y temple. ¿Nadar es como escribir? La afinidad es evidente, aunque la natación es un arte que tiende a diluir el ego (todo se diluye en agua) y la literatura mas bien lo alimenta. Al Alvarez aprendió esto muy temprano, a los 11 años, cuando empezó a nadar en los estanques de un parque de Londres. Con el tiempo, esa práctica solitaria, estoica, se convirtió en el hilo conductor de su vida: todas las mañanas, un chapuzón, aunque afuera el termómetro marcara dos grados. (...)

La escritura de un diario también es eso; algo que se hace todos los días, que nos acompaña, que nos observa, que nos conmina. En ese sentido, el diario de un nadador es casi una tautología, y a ella se consagró Alvarez: nadar un poco, escribir lo nadado. ¿Pero cómo se escribe lo nadado? ¿Se puede escribir sobre algo tan transparente, tan rutinario? Con  un tono zen, En el estanque es un diario de la nada que de tanto en tanto toma vuelo y produce un resplandor. Pero eso no es todo. Habitué durante toda su vida a estos estanques, los diarios que componen este volumen están fechados entre el 2002 y el 2011 asi que se erigen, para decirlo de algun modo, como un crudo testimonio de vejez. Un tipo que se va haciendo viejo mientras mete los pies en el agua helada de un invierno europeo.

Dos (la selección)

“Hoy nadé un par de metros más, prácticamente hasta la barrera, y al girar para volver de espaldas muy despacio el aire se llenó del perfume denso de las flores de mayo. Todos los espinos que rodean el estanque están cargados de flores blancas, y uno en particular parece a punto de colapsar bajo su propio peso –una pendiente blanca hacia el agua, como una pista para saltos de esquí–. Después de dejar el auto me torcí el tobillo, así que la caminata no fue para nada divertida. Me odié a cada paso, pero me di un chapuzón y me saqué una década de encima. Se ve que así es el tiempo de descuento: una batalla entre el cuerpo y la voluntad –a muerte, literalmente–. Por mí está bien, pero me gustaría no terminar siempre tan agotado”.

Tres

“El Servicio Meteorológico tenía razón: el viento sopla ahora desde el norte y volvió el invierno. A las nueve y media el cielo está despejado pero hay un viento intenso y cortante y el agua parece helada. Hoy no me demoro: me desvisto raudo, nado mis cincuenta metros, me seco y me pongo la ropa lo más rápido que puedo. Los árboles se estremecen, las urracas surcan el aire como balas de cañón y hasta las gaviotas tienen dificultades para mantener el equilibrio. Estos días son los que más me gustan: cuando la bestia tiene algo para entretenerse, y vivir vale la pena”.

Cuatro

“Cuando me estaba subiendo al auto para ir al estanque pasaron David Storey (el escritor) y su señora. Es un tipo alto, corpulento; fue jugador profesional de rugby antes de entrar en Bellas Artes, y después cambió la pintura por la literatura. A pesar del rugby es afable y tiene una voz muy delicada. Me gusta mucho su humor melancólico. De hecho me cae muy bien, y creo que yo a él también. Últimamente nos vemos sólo al pasar, en la calle, aunque vive cerca (acá a la vuelta, sobre Gardnor Road). Pero para nuestra amistad distante ese dato es demasiado invasivo, y no lo mencionamos nunca, no sea cosa que alguno se sienta forzado a invitar al otro. Todo muy inglés. Hoy charlamos un segundo, más que nada sobre las humillaciones de la vejez –el tema de siempre–. Y lo cierto es que por primera vez lo vi como a un viejo. No por la panza y las canas –que tiene hace años y sobrelleva muy bien con esa contextura tan robusta–, sino por cierto temblor difuso que lo rodeaba, una vibración en el aire, un halo tenue de vacilación –no mental: física–, como si no estuviera completamente en foco. Es lo que sucede “cuando empiezan a separarse cuerpo y alma”, que es supongo lo que me está pasando a mí. Así que manejé hasta el estacionamiento, llegué rengueando al estanque y nadé casi hasta la soga –emprendí la vuelta unos diez metros antes–, como para demostrarme que todavía más o menos sigo en carrera”.

Cinco

“Hoy me desperté pensando: si fuera un caballo de campo que ya no puede tirar ni hacer gran cosa, o un purasangre que ya no salta ni corre carreras, me sacarían un tiempo a pastar y después me sacrificarían. Si fuera una masctoa doméstica tal vez tardaría un un rato más y armarían más escándalo, pero en cuanto me convirtiera en un incordio también me ahorrarían el sufrimiento. Si fuera un animal salvaje, me atacarían los más jóvenes y me dejarían abandonado a mi suerte. Así como estamos, vivo tropezándome, le agoto la paciencia a cualquiera y le crispo los nervios a todos, especialmente a mí”.

Seis

“Hace unas semanas terminé un artículo largo sobre el capitán Scott para la New York Review of Books. Bob está muy entusiasmado con el texto y yo corregí las pruebas con todo esmero. Desde ese momento, nada. Anoche soñé que había llegado el último número de la revista, y que en la tapa, bien grande, decía “Al Alvarez sobre mí mismo”. Sentía una vergüenza tremenda. Mi reacción inmediata fue asociarlo con las reseñas largas, positivas y completamente inesperadas que viene recibiendo Risky Business. Desde luego estoy muy feliz además de sorprendido, y desde luego vengo minimizando esa felicidad. Ayer los de Bloomsbury me mandaron por mail un par de golosinas más, que imprimí puntualmente. Una en particular era muy halagüeña, así que hice una copia extra para Anne, que está mucho más contenta que yo por las buenas críticas, y de inmediato me dio pudor. Anda tapada de trabajo, pero ahí iba yo buscando elogio por los elogios. Igual tenía motivos para sentir pudor, porque cuando le conté el sueño su reacción fue: “Sos muy estricto con vos mismo”. Una respuesta con la delicadeza exacta como para confirmarme que había hecho bien en sentir vergüenza”.

Siete

“Nadando bajo la nieve. Mejor que cantando bajo la lluvia. Pero qué fría estaba el agua”.


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