Es hora de entrar en la batalla de las ideas | RED/ACCIÓN

Es hora de entrar en la batalla de las ideas

Foto: Vale Zmeykov

Ian Goldin es profesor de Globalización y Desarrollo en la Universidad de Oxford y Robert Muggah es cofundador del Instituto Igarapé y de la consultora SecDev Group. Ambos están escribiendo un libro sobre los desafíos globales.

Nunca hubo tanto en juego como en 2019. Cuando la política está supeditada al extremismo, a los algoritmos, a las noticias falsas y a la manipulación extranjera, la democracia misma está en peligro.

Han pasado 30 años desde la caída del Muro de Berlín y, a pesar de los avances significativos hacia la mejora de la esperanza de vida y el aumento de los ingresos en todo el mundo, las divisiones dentro y entre las sociedades se están profundizando. Sin un nuevo paradigma para gestionar la globalización, la fragmentación y la desesperación política se convertirán en la nueva normalidad.

Sin un involucramiento más activo de las autoridades y dirigencias políticas, no puede haber esperanzas para el futuro. El ritmo cada vez más veloz de los cambios, sumado a la creciente interdependencia internacional, no facilita la búsqueda de soluciones compartidas, sino que la dificulta.

Esperemos que 2019 sea el año en que comience a invertirse la tendencia histórica. En 2018, las divisiones intra e internacionales no dejaron de profundizarse. Y a la par de la transformación que las tensiones geopolíticas y el tribalismo político han provocado en las relaciones internacionales y en la política nacional, nuevas tecnologías revolucionan viejos supuestos sobre la seguridad, la política y la economía.

Esto se complica todavía más por la creciente interdependencia de nuestras sociedades. Todos estamos cada vez más sujetos a fuerzas que escapan al control de cualquier país, ciudad o persona por separado (sobre todo en lo referido al cambio climático).

Cuánto cambió en tres décadas. Allá por 1989, el colapso del bloque soviético parecía augurar el triunfo de los principios y valores de la democracia liberal. La creación ese mismo año de la World Wide Web prometía una nueva era de florecimiento para la humanidad y de cooperación internacional. Todavía en los primeros años de este siglo se repetían consignas osadas como que “la distancia ha muerto” y “la Tierra es plana”.

Una globalización que desilusiona

Pero en vez de aplanar la Tierra, la globalización la ha vuelto más montañosa y despareja. Hoy más que nunca, el código postal determina las perspectivas, la expectativa de vida y el destino de las personas. En vez de reemplazar los ideales nacionales con valores compartidos, la globalización llevó a una competencia feroz, a la decadencia de los estados de bienestar y a la corrosión de las instituciones internacionales. Y aunque técnicamente hay más democracias hoy que en 1989, muchas se están volviendo más iliberales.

No extraña que el apoyo público a la globalización haya menguado. Y en esto no ayudaron los ataques del 11 de septiembre de 2001 y los 5,6 billones de dólares gastados en la “guerra al terrorismo”. Tampoco lo hizo la crisis financiera de 2008, que expuso la incapacidad de expertos e instituciones para manejar la interdependencia y el cambio tecnológico. Una creciente divisoria entre las élites y todos aquellos que han sido “olvidados” envenena la política hace una generación.

Las mejoras de los últimos 30 años

Sin embargo, la desilusión con la globalización está en su mayor parte confinada a los países de América del Norte y Europa occidental. Al fin y al cabo, la suerte de las potencias emergentes en el este y el sudeste de Asia mejoró, y la mayoría de las personas en todo el mundo hoy están objetivamente mejor en términos agregados que hace 30 años.

Fuera de Occidente, la media de ingresos se duplicó desde la caída del Muro de Berlín (y se triplicó en el caso de China). La expectativa de vida en muchos países en desarrollo aumentó nada menos que 15 años, y tres mil millones de personas en todo el mundo aprendieron a leer y escribir.

Pero no hay garantías de que esta “Nueva Ilustración”, como la denomina Steven Pinker (de la Universidad Harvard), siga entregando progreso. La Ilustración de los siglos XVII y XVIII vino después del Renacimiento, que fue un período no sólo de revolución científica y artística, sino también de aumento de la intolerancia, guerras religiosas y persecución de científicos e intelectuales.

Una elite sobrepasada

La violencia reaccionaria durante el Renacimiento y después tuvo mucho que ver con la incapacidad de las élites para manejar los veloces cambios y las crecientes desigualdades ocasionadas por la revolución de la imprenta. Las élites actuales deberían tomar nota.

Los espectaculares efectos colaterales de la invasión a Irak liderada por los Estados Unidos y de la crisis financiera de 2008 dañaron profundamente la confianza de la población en las autoridades y en los expertos. Una misma idea reúne al populismo de derecha con el de izquierda: la idea de que la vieja guardia abandonó al pueblo y se encerró en una isla de privilegios.

Y algo de razón tienen. Es un hecho que políticas defectuosas de promoción de la globalización nos abandonaron y contribuyeron a una creciente desigualdad. Y ahora la inteligencia artificial y la automatización amenazan con reemplazar los puestos de trabajo rutinarios y acentuar las divisiones sociales.

¿Podrán la dirigencia política y la ciudadanía reunir la voluntad para encarar las amenazas compartidas, o vamos camino de una mayor fragmentación? Mucho dependerá de las medidas que se tomen en 2019. Hoy más que nunca, debemos hacer frente a los motores del cambio, cada vez más rápidos e interdependientes.

A tal fin, las autoridades deben tomar medidas para proteger a los más vulnerables. Se están eliminando redes de seguridad social precisamente cuando la gente más las necesita. Después de que la crisis financiera dejó a los gobiernos sin recursos y con deudas asfixiantes, algunos, como el de Estados Unidos, empeoraron las cosas recortando impuestos.

En un nivel más amplio, todos tenemos que poner manos a la tarea de comprender y controlar la globalización. Eso implica abandonar el anticuado paradigma del siglo XX que divide toda la política en izquierda y derecha, en socialismo y capitalismo. La política de 2019 gira en torno de valores; por eso los partidos políticos tradicionales están siendo desplazados por otros que apelan al sentimiento nacional y a fantasías nostálgicas.

Hasta ahora, la revolución política que se desarrolla estuvo signada por la rabia y la frustración. Pero es posible (y necesario) encauzar esos sentimientos y ponerlos al servicio del cambio constructivo. Para lograr una globalización inclusiva, tenemos que hacer frente a la desigualdad creciente, abrazar la diversidad y rescatar la cooperación internacional del espectro del unilateralismo.

Es tentador tratar de detener el reloj para no tener que tomar decisiones difíciles. Pero los cambios en curso nos afectarán a todos, participemos o no de la conversación. De modo que la única salida es mejorar nuestra comprensión y dialogar con ideas complejas. No hacerlo, optando en cambio por victimizarnos, es invitar a la catástrofe.

El único modo de que el futuro sea menos temible es dándole forma nosotros mismos. Sin la acción de personas audaces, el rumbo de la historia no virará por sí solo hacia la justicia o a mejores resultados.

Tres décadas después de la caída del Muro de Berlín, estamos otra vez en una encrucijada, y se libra una encarnizada batalla de ideas. Los nuevos muros que hoy se erigen dentro de las sociedades y entre ellas plantean una grave amenaza a nuestro futuro colectivo. Este es el año para empezar a derribarlos.

Traducción: Esteban Flamini

© Project Syndicate 1995–2019

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