Escucharlas para incluirlas: por qué las personas sordas necesitan que apoyemos la Lengua de Señas Argentina | RED/ACCIÓN

Escucharlas para incluirlas: por qué las personas sordas necesitan que apoyemos la Lengua de Señas Argentina

Aunque todavía no se reconoce oficialmente, se trata del idioma natural de quienes tienen discapacidad auditiva, y aprenderla como primera lengua es clave para su desarrollo intelectual y social. Sin embargo, aún impera entre los médicos la idea de que quienes han perdido la audición deben esforzarse ante todo por aprender el español en forma oral. Y esto condiciona a muchas familias a la hora de optar por la educación de niños sordos.

Intervención: Pablo Domrose

El diagnóstico fue sin rodeos y la explicación, sin alternativas: “Su hijo es hipoacúsico, tiene que equiparlo con audífonos y enseñarle a hablar”. Carolina Alfonso había llegado a Buenos Aires desde La Quiaca para que el otorrinonaringólogo le dijera qué tenía Rodrigo, su hijo de 2 años. El médico la mandó al Hospital Rocca, donde le dieron más precisiones sobre el camino a recorrer: Rodrigo tenía que asistir a una escuela para chicos con discapacidad auditiva que funcionaba en el mismo hospital.

Con el correr de las clases, Carolina se volvió escéptica. “Había un problema en la comunicación, fallaba algo. Las maestras nos habían hecho preparar 10 tarjetas con imágenes alusivas a palabras que Rodrigo debía repetir”, introduce. Ella sentía que Rodrigo buscaba “repetir como loro, pero sin entender de qué se trataba. Intentaba pronunciar leche y yo me preguntaba si sabría que la leche podría estar, además de en el envase de cartón de la tarjeta, en un sachet”.

Una tarde, en Villa Crespo (ya mudada la familia a la Capital Federal en busca de una mejor educación para Rodrigo), Carolina conoció a la directora del instituto Villasoles, una organización que quedaba a la vuelta de donde vivía y en donde se enseña Lengua de Señas Argentina (LSA): un idioma del que ella no había oído hablar.

Rodrigo, en un cumpleaños, a los 9 años.

Y, antes de seguir el relato, hay que remarcarlo: aunque aún le falta reconocimiento legal, la LSA es un idioma más, como el español, el inglés o las lenguas de señas de otros países (las lenguas –no lenguajes– de señas no son universales).

Carolina aceptó la invitación de llevar a Rodrigo para conocer a una persona sorda que hablara esa lengua. Y se asombró por la reacción de su hijo cuando Lisandro, un profesor sordo, le enseñó su nombre y luego muchas palabras más en LSA. “Rodrigo comenzó a mover las manos de manera natural. Fue algo mágico”, recuerda su madre.

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En aquellos días, con Rodrigo ya de 3 años, Carolina se debatió sobre qué hacer: la escuela a la que iba su hijo prohibía a los padres que les enseñaran la Lengua de Señas Argentina. Ella estaba en una encrucijada entre los dos modelos de educación que se proponen para las personas sordas e hipoacúsicas (con una discapacidad auditiva menor), que se estiman en casi un millón de personas en Argentina.

Lorena Carracedo, licenciada en Educación, profesora de sordos y actual supervisora de escuelas de sordos de la Ciudad de Buenos Aires, explica en qué consisten estos modelos. El “oralista tiene como objetivo que la persona sorda o hipoacúsica desarrolle lo mejor posible la lengua oral, con el adiestramiento y la ayuda de la tecnología, como implantes cocleares”. Mientras que “el modelo bilingüe plantea a la persona sorda como plena de derechos, entre ellos el de tener una primera lengua accesible y pertenecer a una comunidad, y, a partir de eso, aprender el español escrito”.

Aunque el modelo bilingüe ha ganado terreno en los últimos 20 años, e impera en las escuelas para sordos públicas y en algunas privadas, los diagnósticos médicos aún se inclinan por la oralidad.

¿Por qué?

“Prejuicios”, “mitos” y “tradición” son las explicaciones que destacan entre las personas de la comunidad sorda con las que hablé. Aún subsiste entre los médicos una creencia, sin base científica, de que aprender señas retarda el aprendizaje del español oral.

Sin embargo, hay testimonios de lo contrario. “Está científicamente comprobado que aquellos niños que aprenden una lengua de señas desde pequeños tienen mejor aprendizaje de contenidos y de otras lenguas”, señala Silvana Veinberg, directora ejecutiva de la Asociación Civil Canales, licenciada en Fonoaudiología y con una Maestría en Lengua de Señas de la Universidad Purdue (Indiana, Estados Unidos).

Incluso, los niños sordos que no aprenden una lengua de señas durante sus primeros años de vida ven limitada su capacidad neuronal, tal como lo explica este video (está en inglés, aunque es muy gráfico).

Carolina pudo comprobar los beneficios del enfoque bilingüe. Aunque tenía sus dudas (“pensaba que los médicos son profesionales”), la experiencia genuina que vio en Rodrigo la animó a llevarlo a que aprendiera LSA (en paralelo con la escuela oralista y, claro, en secreto). Así lo narra: 

“Lo primero que me fascinó de la enseñanza de la LSA fue que, al saber que Rodrigo estaba aprendiendo a decir ‘leche’, Lisandro dibujó en el pizarrón la vaca, le mostró imágenes de cómo se extraía la leche, que con ella se hacían el dulce de leche y la manteca, todo con dibujos. Era muy didáctico y entendí que esa era la forma para que Rodrigo entendiera. Que cuando dijera leche tendría una verdadera connotación. No es cierto que aprender una lengua de señas impida hablar luego”.

Rodrigo, quien hoy tiene 22 años, fue al jardín en la escuela oralista del Hospital Rocca y luego la primaria en la escuela Ayrolo, la primera escuela para sordos del país. En su jardín, fue de los primeros del curso en decir leche y hoy dice mucho más. “Se comunica mejor”, destaca Carolina.

Rodrigo en Washington, en 2018, en una visita a la Universidad Gallaudet, la única universidad pensada exclusivamente para que la comunidad sorda pueda estudiar sin barreras.

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Pese a casos como el de Rodrigo, para muchos padres que reciben el diagnóstico médico, la adquisición de Lengua de Señas Argentina es un plan B al que acudir si el chico no aprende el español oral.

“Algunos prefieren que su hijo vaya a una escuela común y que aprenda de grande la Lengua de Señas Argentina. Pero la lengua desarrollada a destiempo no tiene la riqueza que tiene si se la desarrolla de chico”, explica Carracedo. La persona sorda, más que aprender la Lengua de Señas Argentina, la adquiere gracias a las interacciones que se dan en una comunidad de personas sordas.

Carracedo reflexiona sobre un fenómeno paradójico: aplaudimos como medida de inclusión que se interpreten en Lengua de Señas Argentina los discursos y videos, pero no reparamos en que muchas personas con discapacidad auditiva nunca aprenden dicha lengua.

Un idioma, una comunidad, una cultura

Julia Valmarrosa nació sorda e hizo su escolaridad entre una escuela para sordos con enfoque oralista y una escuela común. Y aunque con esfuerzo podía avanzar en sus estudios, a los 15 años notó que algo le faltaba: “No podía comunicarme bien con mis compañeros, tenía muchas limitaciones. Veía que mi hermano [también sordo, pero sabía la LSA] tenía su grupo de amigos con los que salía y compartía cosas. Quise acercarme al mundo de las personas sordas, pero tampoco podía ser parte”, narra en LSA (y yo la entiendo gracias a una intérprete).

Los recreos en los que no entendía nada se acumulaban. También esas fiestas en las que no alcanzaba a leer labios. “Preguntaba: ‘¿Qué dijo?’ y me decían ‘después de cuento’”. Aquellas situaciones motivaron a Julia, actual secretaria general de la Confederación Argentina de Sordos, a aprender la Lengua de Señas Argentina.

Una lengua que la ayudó, como a Rodrigo, a desarrollar su aprendizaje. “Cuando en la facultad pude pagarme un intérprete participé de las clases de forma activa, como nunca había podido participar”, recuerda sobre los estudios que le permitieron licenciarse en Diseño Multimedia e Interacción.

Julia y un mensaje en Lengua de Señas Argentina de parte de la Confederación Argentina de Sordos (CAS).

Pero también en su integración con un grupo: “Al comenzar a compartir espacios con personas sordas no tuve que preguntar qué decían, sino que lo fui adquiriendo de forma natural”.

“¿Qué pasa si lo internan por COVID-19?”: la pregunta que hizo rever la atención de personas con discapacidad

Gladys Guanca también aprendió la Lengua de Señas Argentina en su adolescencia. Ella nació oyente pero comenzó a perder paulatinamente la audición. Para cuando con 5 años quedó sorda, había aprendido a hablar con relativa fluidez y a leer los labios. La fonoaudióloga le dijo a su madre que no hacía falta aprender Lengua de Señas Argentina.

Gladys se desenvolvió en la escuela con una gran ayuda: leía de antemano los apuntes de su hermana, un año mayor que ella. Además, su hermana la ayudaba a integrarse. Pero en un momento se dio cuenta de que “no era parte de ningún grupo: necesitaba comunicarme espontáneamente con amigos, poder reírme de cosas y participar cuando mucha gente hablaba”.

“Sufría mucho. Buscaba disfrutar de una comunicación plena”, recuerda (también en LSA y con un intérprete de por medio). Entones, conoció la Lengua de Señas Argentina. Luego a la comunidad sorda, la cual la maravilló porque “su comunicación era fluida, no había barreras entre ellos”.

Cuando aprendió esa lengua, Gladys se sintió “aliviada”. “Descubrí mi identidad, que podía compartir algo con alguien de igual a igual y decidí quedarme en el mundo de los sordos”, resume.

Gladys habla en Lengua de Señas Argentina con su hijo.

Además, pertenecer a la comunidad sorda le permitió encontrar un lugar en el cual volcar su vocación docente: al percibir la necesidad de profesores sordos, se formó como profesora de educación especial.

Por todo eso, destaca: "La LSA marcó un antes y un después en mi vida".

Desafíos para las familias, el Estado y la comunidad

“En mi familia, en el momento de la comida todos hablaban, yo solo comía. Con los sordos podía hablar en todo momento”. Gladys habla de lo que en la comunidad sorda se conoce como el “síndrome de la hora de la cena”.

En esta nota contábamos que entre el 90 y el 95% de personas sordas viven con familiares que son oyentes y desconocen la Lengua de Señas Argentina, principalmente a raíz de las pautas médicas.

Julia optó por educar a sus dos hijos sordos con la LSA como primera lengua y dice que se sintió “juzgada” por los médicos que la atendieron. “En mi caso, con mi esposo estábamos muy seguros, pero las familias confían en los médicos. Hace falta otra mirada”, analiza.

“El desafío para las familias es que los padres aprendan la LSA apenas diagnosticado su hijo y que se contacten con la comunidad sorda”, destaca Veinberg, de Canales.

“En mi casa, en la mesa, hablamos LSA, algo que yo nunca tuve cuando era chica”, remarca Julia. Y aconseja a las familias con hijos sordos a “no privarlos de su lengua”.

Carolina cuenta que aprendió la lengua natural de Rodrigo como una forma de incluirlo. “Querer que el chico hable español antes que lengua de señas puede cortarle un montón de caminos: he ido a encuentros de sordos en los que verlos interactuar en su lengua me da mucha felicidad. Uno no puede ir en contra de la naturaleza, hay que aprender a aceptarla”, señala.

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La inclusión de las personas sordas, aunque empiece por casa, se extiende al marco legal y al papel de la sociedad.

En la comunidad sorda coinciden en remarcar la importancia de que la Lengua de Señas Argentina sea reconocida por una ley nacional como un idioma (hay leyes provinciales que la reconocen en, por ejemplo, Buenos Aires, Córdoba, CABA o Mendoza).

Una ley puede conseguir que muchos más libros puedan ser leídos por personas con discapacidad

Desde 2004, distintos proyectos han desfilado sin éxito por el Congreso Nacional. Hoy están vigentes cuatro de ellos, (dos en la Cámara de Diputados y dos en la de Senadores). Desde la Confederación Argentina de Sordos impulsan un proyecto presentado originalmente en 2014 y más recientemente en 2019.

El texto destaca que el reconocimiento de las lenguas de señas es una tendencia mundial que comenzó en Francia y los países escandinavos, se extendió a Europa y que en la región Uruguay fue pionero (luego se sumó Brasil).

Claro que el reconocimiento simbólico de una ley sería apenas el puntapié inicial.

Por ejemplo, es necesario que en las escuelas para personas sordas haya más educadores sordos, quienes, lógicamente, tienen mayor facilidad para empatizar con dichos alumnos.

También se trabaja desde las escuelas de sordos para se produzcan documentos de diseño curricular en LSA.

Pero Julia aclara que “no es solo una cuestión de lengua”. Por ejemplo, la inclusión en las escuelas para sordos debiera contemplar timbres lumínicos y no sonoros. O enseñar sobre la cultura y la historia de la comunidad sorda.

“Lo importante es que las personas cambien su manera de pensar, que entiendan qué es la verdadera inclusión”, dice Julia. Y se explaya: “Muchas personas y organizaciones se jactan de incluir, pero no contratan a personas sordas ni les preguntan qué necesitan para ser incluidas. Lo primero que le diría a alguien que quiere incluir a las personas sordas es que se acerquen a la comunidad”.

Vaya paradoja: el gran desafío que tenemos los oyentes para incluir a las personas sordas es, precisamente, “escucharlas”.

Un mensaje de la Confederación Argentina de Sordos que Julia interpreta en Lengua de Señas Argentina.

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