Hablar en su idioma: cómo un jardín de infantes incluyó a una niña con discapacidad auditiva | RED/ACCIÓN

Hablar en su idioma: cómo un jardín de infantes incluyó a una niña con discapacidad auditiva

Isabella, de 2 años y 9 meses, es sorda. En La Gotita de Agua, las maestras incorporaron la Lengua de Señas Argentina, el idioma que ella habla, a las actividades como cuentos y canciones, incluso en cuarentena. También lo aprenden sus compañeras y compañeros. "La interacción se da en forma natural", cuenta una maestra. Docentes y familias (tanto de Isabella como del resto del curso) conformaron así un modelo inclusivo basado en la empatía.

Intervención: Pablo Domrose

Hace algo más de dos años, Julia y su esposo Juan llevaban por primera vez a Isabella, su primera hija, de pocos meses, al jardín de infantes La Gotita de Agua, de Capital Federal. Aunque el jardín tiene salas para chicos de hasta 5 años, la madre y el padre no creían que su pequeña estuviera mucho tiempo allí. Julia y Juan son sordos. Isabella, también. “Creíamos que pronto tendríamos que mandarla a una escuela de sordos”, recuerda Julia.

Ella y su esposo optaron por educar a Isabella con el paradigma bilingüe: la Lengua de Señas Argentina (LSA) era su primera lengua y el español escrito, la segunda. Una perspectiva o modelo educativo del cual hablamos en esta nota, y que es muy distinto a la corriente oralista (la cual sugiere, implantes cocleares mediante, educar a niños sordos para que aprendan a usar su resto auditivo y hablen principalmente español oral, como propician, por ejemplo, en la escuela del Hospital de Rehabilitación Manuel Rocca).

Mientras tanto, el cuerpo docente del jardín, que pertenece al Sindicato Gran Buenos Aires de Trabajadores de Obras Sanitarias, tenía otros planes. “Para la mayoría, era la primera vez que estábamos frente a una persona con discapacidad auditiva”, admite Adriana Pérez, la directora de la institución educativa que, pese a la inexperiencia, supo construir un modelo de verdadera inclusión: “No queríamos solo abrirle las puertas y luego que estuviera separada, sino que estuviese realmente incluida”, agrega la docente.

En La Gotita de Agua, la Lengua de Señas Argentina no era algo ajeno: un sobrino de Julia ya asistía al jardín y sus padres son sordos. Para ellos, cuando en los actos se entonaba el Himno Nacional, también se lo interpretaba en LSA. Pero, ahora, tenían el desafío de comunicarse en el aula.

De la incertidumbre a la inclusión

“Primero había incertidumbre, no sabíamos cómo íbamos a manejarnos”, admite Constanza Luaces, maestra de la sala Lactante, donde están los bebés en su primer año de vida.

Los especialistas en educación inclusiva distinguen dos términos, que el resto de los mortales solemos usar (errónea e) indistintamente: integrar e incluir. El primero implica abrir las puertas a un grupo, el segundo, que efectivamente la persona se relacione con sus miembros como una más. En La Gotita de Agua —alerta spoiler— querían incluir.

El primer pilar del modelo inclusivo que construyeron fue la consulta permanente con la familia de Isabella. “Siempre fue muy abierta. Le preguntábamos cómo manejarnos. Y nos dijeron que lo hiciéramos normalmente”, relata Luaces. Julia y Juan apenas dieron algunos consejos simples: que Isabella siempre les viera la cara a las maestras, que cuando le cantaran canciones de cuna la apoyaran en el pecho para que sintiera la vibración o que al dormir debían sacarle los audífonos. También le dijeron cómo llamarla por su nombre. En LSA, claro (en este idioma, los nombres tienen señas).

Cuando Julia llegaba al jardín a buscar a Isabella, las maestras le avisaban a la niña, mediante señas, que su mamá había llegado, e Isabella salía diciendo “mamá, mamá”, en LSA.

“Al final, no nos costó; resultó una experiencia como con otro niño”, dice la maestra de ese primer año de jardín maternal, un año que suele estar plagado de miradas. El siguiente año, aquel en el que los niños y niñas comienzan a balbucear, asomaba como mucho más desafiante.

Isabella en su cumpleaños, en el jardín.

Hablar su mismo idioma

María José Girard había sido la maestra del sobrino de Julia. Y, desde hacía tiempo, estaba interesada en la Lengua de Señas Argentina, al igual que otras colegas. De hecho, había hecho un curso de LSA dictado por oyentes. Pero en el 2019 Isabella pasó a la sala Deambula, de la cual ella era maestra. “Dijimos: ‘Es el momento’. Isa fue el motor”. ¿De qué? De que Girard, Fernanda Besana (maestra celadora, también a cargo de Isabella ese año) y Romina Laporta comenzaran el curso de LSA en el instituto Villasoles. “Al ser clases dictadas por personas sordas, se aprende más de su cultura”, reflexiona Majo, como la llaman todos.

Ella señala otro de los puntos clave del modelo inclusivo: construir sobre la base del año anterior.

En el segundo año, sin embargo, los chicos comienzan a comunicarse entre sí y la lengua se vuelve más relevante a la hora de pensar en la inclusión. ¿Cómo hacer para incluir a Isabella en este contexto? Hablando su mismo idioma.

“Solemos pegar imágenes en la pared con las palabras escritas. Pensamos cómo integrar la LSA a situaciones cotidianas. Entonces pusimos palabras y, al lado, la seña que le correspondía en LSA. Buscamos no marcar una diferencia y, en cambio, generar un nexo entre los chicos”, dice Majo.

Claro, siguió la consulta permanente a Julia y Juan en busca de más recursos. “Me impactó saber que las maestras estaban preocupadas por lograr una comunicación fluida; me pedían videos en LSA de canciones, de nombres en seña de cada compañerito/a, de animales y de todo lo que trabajaran en esa salita. Además, me impactó que lo enseñaran por igual a todos los demás compañeritos/as”, confiesa Julia.

Uno de los varios GIF con los que Julia enseñó nombres en LSA.

También se valieron de la tecnología. Emplearon los videolibros (libros leídos en LSA) de la asociación civil Canales. Y, además, Majo descubrió LSA en familia, una app que muestra las señas de cada palabra y que no solo empezaron a usar las docentes: pronto varios padres también la descargaron en sus celulares.

Madres y padres, también protagonistas

Lucila es amiga de Julia y mamá de Lourdes, compañera de Isabella. Un día, en su casa, vio que su hija hacía un movimiento de manos que le resultaba familiar. Lucila, una de las madres que se había bajado LSA en familia, buscó en la app y descubrió que aquella era la seña en LSA para la palabra “gato”. Lucila descubrió que su hija, que apenas articulaba papá y mamá, había aprendido en el jardín varias palabras en LSA.

Además de la familia de Isabella, las maestras y los chicos, esta historia de inclusión tiene otros actores: las familias de los compañeros y compañeras de Isabella.

“Me parece maravilloso cómo incluyen a Isabella desde el lenguaje. Esto da una amplitud de poder empatizar con lo que le pasa al otro y que para el colectivo sordo no tenga que ser un esfuerzo tan grande comunicarse”, opina Lucila.

Una compañera de Isabella que también aprendió algunas señas.

Ella dice notar cómo pequeñas acciones —como acercarse y preguntarle cómo está en LSA— generan una conexión con Isabella.

“Nunca vi que Isa se quedara fuera del grupo. Entre los chicos no aparecen esas diferencias”, remarca.

Majo, por su parte, elogia: “Muchos padres trabajaron para incluir a Isabella: ellos mismos se ofrecían a mandar elementos visuales. Siempre tomaron supernatural todo lo que se hacía para incluirla”.

Pérez, por su parte, refuerza la idea al decir que “ninguna familia expresó alguna inquietud acerca de la enseñanza de LSA en el aula”. La directora del jardín, además, asegura que esta tarea inclusiva “no impide para nada que se brinden todos los contenidos habituales”.

Facundo, un compañero de Isabella, reacciona así cuando le hablan de ella.

Facundo, otro de los niños del aula de Isabella, se lleva la mano a la oreja y hace un movimiento con el dedo cuando Ana, su mamá, le menciona el nombre de su compañera del jardín: es la seña en LSA para nombrar a Isabella. “Fuimos dos veces a la casa de Isabella y ella y Facu se entienden como si nada”, cuenta la madre.

La interacción natural entre Isabella y Facundo.

Chicos que se comunican

Si ver sonreír a una hija siempre debiera despertar emoción, quizás esta haya sido mayor cuando Julia notó la expresión de Isabella cando Facundo le mandaba un saludo en un video de WhatsApp: la llamaba con una seña por su nombre y la saludaba.

En la sala, los compañeros de Isabella aprendieron  cómo comunicarse con ella. “En el almuerzo, por ejemplo, le preguntaban con señas cosas como: ‘¿Querés más?’ o le decían que se siente.

“La interacción se daba en forma natural, los chicos habían incorporado muchas señas”, cuenta María Ester Fernández, una de las maestras que Isabella tiene este año. “Isa tiene un nivel de conexión impresionante con los compañeros, es muy líder”, agrega Majo.

En julio, Facundo cumplió años y su festejo, aunque fue por Zoom, tuvo algo que lo hizo único: se cantó el Cumpleaños feliz en LSA, por iniciativa de Ana. “Es cuestión de ponerse en el lugar del otro. Si vamos a hacer un zoom con todos hablando y una persona no puede oír, esa persona piensa: ‘mejor no participo’. Me pareció una buena forma de incluirla”.

El "Cumpleaños feliz" de Facu, en LSA.

El último 9 de septiembre, en el Zoom organizado por el Día del Maestro, también hubo canto en LSA.

Todo esto llenó a Julia de satisfacción: “Isabella transcurrió todo el año sin ningún impedimento con total comunicación entre todos, participaba de todos los juegos, cumplía las consignas, entendía su entorno. Un sueño que se cumplió para mí. Todo esto contribuía a un desarrollo cognitivo y lingüístico de forma totalmente natural e igualado a cualquier otro niño oyente”.

Todavía más: la inclusión incluyó a Juan. Él, a diferencia de Julia, no domina en su totalidad el español oral. Sin embargo, cuando tuvo que ir a buscar a Isabella al jardín, las maestras le explicaron, en LSA, cómo había sido la jornada de su hija.

Isa y una conversación con Facu en señas.

La pandemia y el desafío de la inclusión digital

Aunque Isabella estaba incluida, el desarrollo de la oralidad que tienen los chicos oyentes a medida que crecen y la complejización del contenido dado en las aulas hacían que Julia y Juan aún tuvieran inquietudes acerca de la educación de su hija. Para este año, Majo ya no estaría en la sala con Isabella y sus padres pensaron en la necesidad de incluir a una interprete de LSA-español para Isabella en las clases.

El plan era que quien coordinaba los talleres que Isabella hacía por la tarde en LSA la acompañara en el jardín por la mañana. Pero la propia coordinadora palpó el potencial inclusivo del jardín. Que se organizó para que Fernanda Besana, la maestra celadora que ya había estado con Isabella y que estudiaba LSA, también acompañara a la niña en su tercer año en la institución. La idea era probar unos meses sin un intérprete y luego evaluar. Pero… pandemia.

“Tuvimos que aggiornarnos”, dice Rosa Lizzano. Y aunque la frase la dijo cada docente del país, las maestras de Isabella tuvieron un trabajo extra. “Justamente en este, que es un año rico para los chicos en cuanto a comunicación mediante expresiones corporales y cuentos, esperábamos tener una interacción, un ida y vuelta, pero por la cuarentena buscamos otras alternativas”, agrega.

Uno de los videos hechos por las docentes del jardín, con subtítulos y LSA.

En cada uno de los videos de actividades y cuentos que enviaron a los chicos, las maestras se encargaron de que, al menos, hubiera texto escrito que los padres de Isabella pudiesen traducir para ella. Pero, además, en muchas ocasiones, Besana interpretó las narraciones en LSA.

El jardín no solo se había organizado para que Isabella tuviese en su sala una maestra que supiese LSA: también le habían asignado una a Giovanni, el hijo menor de Julia y Juan, que este año ingresaba al jardín, situación que la cuarentena postergó.

Andrea Moreno, vicedirectora de La Gotita de Agua, cree que “el ingreso de Giovanni al jardín va a ayudar a que haya una continuidad en el proceso de hacer al jardín más inclusivo”.

Majo, por su parte, cree que el desafío se renovará año a año, porque cada sala es distinta, pero sueña con que la LSA llegue a todas las aulas.

Pérez, la directora, sintetiza el ideal al que apuntan: “Una escuela inclusiva impulsa a que todos los niños/as de una comunidad aprendan juntos indistintamente de sus características personales y así formar personas más tolerantes, respetuosas y empáticas; donde unas aprenden de otras”.

Julia, rebosante de gratitud, sabe que esas palabras son más que palabras. Ahora, ella y Juan no le ponen plazos al tiempo de Isabella en este jardín. “Sabemos que Isabella puede no llegar a entender el 100% del entorno como sus compañeritos/as, ¡pero lo que hacen en el jardín demuestra que puede trabajarse en una inclusión real!”.

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Una mirada constructiva que busca cambiar la realidad. Por Juan Carr

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