Inmigración, nacionalismo y el éxito económico | RED/ACCIÓN

Inmigración, nacionalismo y el éxito económico

Ya no hay duda de que la inmigración contribuye al crecimiento económico, en particular las economías que están enfrentando un boom de jubilación. Pero mientras el sentimiento antiinmigrante dicte la narrativa política, el crecimiento sufrirá y las fuerzas populistas se fortalecerán. La historia muestra que un crecimiento económico más lento puede hacer que las sociedades sean menos generosas, menos tolerantes y menos inclusivas.

Ya no hay duda de que la inmigración contribuye al crecimiento económico, en particular las economías que están enfrentando un boom de jubilación. Pero mientras el sentimiento antiinmigrante dicte la narrativa política, el crecimiento sufrirá y las fuerzas populistas se fortalecerán. La historia muestra que un crecimiento económico más lento puede hacer que las sociedades sean menos generosas, menos tolerantes y menos inclusivas.

Uno de los desafíos centrales que enfrentan las economías avanzadas del mundo es la desaceleración del crecimiento. Durante la última década, las tasas de crecimiento promediaron 1,2%, cifra que se sitúa muy por debajo del promedio del 3,1% alcanzado durante los últimos 25 años.

La historia muestra que un crecimiento económico más lento puede hacer que las sociedades sean menos generosas, menos tolerantes y menos inclusivas. Por lo tanto, es lógico pensar que la pasada década con su crecimiento lento contribuyó al surgimiento de una forma perjudicial de nacionalismo populista, la que se está afianzando en un número cada vez mayor de países.

Al igual que durante las décadas más oscuras del siglo XX, el nacionalismo de hoy toma la forma de una elevada oposición a la inmigración y – en menor grado – al libre comercio. Para empeorar las cosas, el nacionalismo tóxico de la actualidad exacerbará la desaceleración económica que sustentó su surgimiento.

Convertir este círculo vicioso en uno virtuoso – en el que una mayor apertura impulsa un crecimiento más rápido – dependerá, al menos en parte, de hacer que la inmigración sea más compatible con formas incluyentes de nacionalismo.

Las economías desarrolladas no puede crecer sin inmigrantes

La evidencia económica sobre este tema es clara: la inmigración contribuye en gran medida al crecimiento económico. Asimismo, la inmigración es más necesaria que nunca, debido a que el envejecimiento de la población junto con tasas de natalidad más bajas a lo largo de las economías avanzadas están experimentando un auge de jubilación, sin que se cuente con un conjunto proporcional de trabajadores nativos que estén en la plenitud de sus vidas y apuntalen dicho auge.

Por ejemplo, la población en edad laboral de Japón ha estado disminuyendo desde el año 1995. En la Unión Europea, los inmigrantes representaron el 70% del crecimiento de la fuerza laboral. Y, en Estados Unidos, la inmigración es la razón principal por la que la fuerza laboral continúa creciendo; si Estados Unidos dependiera únicamente de los trabajadores nativos, su fuerza laboral disminuiría.

Un crecimiento más rápido es beneficioso, incluso si se tiene que sustentar a una población más grande, debido a que los inmigrantes que trabajan pagan impuestos los que, a su vez, ayudan a los pensionistas y jubilados. En general, es mucho mejor ser un país de rápido crecimiento con una población vibrante y en expansión que un país con una población menguante, como es el caso de Japón.

Por otra parte, además de ampliar la fuerza laboral, los inmigrantes, en los hechos, aumentan el PIB per cápita al aumentar la productividad – es decir, la cantidad que cada trabajador produce. La razón es la siguiente: es mucho más probable que los inmigrantes tiendan a ser emprendedores e inicien nuevos negocios.

El inmigrante emprendedor

En Alemania, por ejemplo, los titulares de pasaportes extranjeros iniciaron el 44% de las nuevas empresas en el año 2015. En Francia, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha estimado que los inmigrantes se involucran en actividades emprendedoras en una proporción que es 29% mayor en comparación con la proporción en la que participan los trabajadores nativos, siendo esta última similar al promedio de la OCDE en su conjunto. Y, en Estados Unidos, los inmigrantes obtienen patentes a una tasa 2-3 veces mayor en comparación con la de los ciudadanos nativos, y sus innovaciones, a su vez, benefician a las personas no-inmigrantes.

Pueden existir pocas dudas sobre que los inmigrantes amplían el tamaño total del pastel; pero, ¿qué hay acerca del efecto que estos inmigrantes tienen sobre la forma cómo se comparte el pastel? En este punto la evidencia es menos clara. Ciertamente hay ganadores y perdedores. Sin embargo, la evidencia disponible sugiere que los inmigrantes no reducen los salarios de los trabajadores nativos. En los hechos, es más probable que los inmigrantes aumenten los salarios en general.

Un estudio reciente sobre Francia, por ejemplo, encontró que cada aumento del 1% en la participación de los inmigrantes en el total de empleo dentro de un determinado Departamento, que es una división territorial dentro de Francia, aumenta los salarios de los trabajadores nativos en un 0,5%. Parecería que además de contribuir al tamaño y la productividad de la fuerza laboral, los inmigrantes también, con frecuencia, complementan las habilidades de los trabajadores nativos, ayudándoles a ganar más.

Mi abordaje profesional se centra en la economía, por lo que he enfatizado el papel del crecimiento. Pero, ese no es el único factor detrás del ascenso del nacionalismo populista. El hecho de que los países desarrollados cambien culturalmente también importa, quizás reviste aún más importancia. En Estados Unidos, por ejemplo, la proporción de la población que ha nacido en el extranjero ha aumentado del 5% en el año 1960 a alrededor del 14% en la actualidad. Como Yascha Mounk de la Universidad de Harvard señala en su perspicaz nuevo libro titulado: The People vs. Democracy, ese es el porcentaje más alto desde la última gran reacción antiinmigrante en Estados Unidos, reacción que se denominó como “el peligro amarillo” y ocurrió a principios del siglo XX.

Las tendencias son similares – e incluso algunas veces más impresionantes – en otros países desarrollados. La porción de la población nacida en el extranjero en Suecia, por ejemplo, ha pasado del 4% en el año 1960 al 19% de la actualidad, lo que representa un cambio mucho mayor que el acontecido en Estados Unidos.

Las políticas públicas para insertar a los inmigrantes tienen límites

Todos los países se enfrentan ante la decisión de optar por una u otra alternativa cuando se trata de inmigración. Pueden pagar un precio, en términos económicos, para seguir un curso más excluyente, o pueden obtener los beneficios económicos de una mayor apertura con respecto a la inmigración. Pero, si bien las políticas públicas pueden ayudar a garantizar que los beneficios de la apertura se concreten, no debemos perder de vista sus limitaciones políticas y económicas.

Mirando más allá de las soluciones políticas, también necesitamos establecer una expectativa cultural acerca de que los inmigrantes no sólo traerán consigo diversas perspectivas, sino que también se unirán a su nuevo país en calidad de ciudadanos. Eso significa hablar el idioma, honrar las tradiciones nacionales y – tal como vi de primera mano cuando charlaba sobre estos temas en Les Rencontres Économiques celebrados en Aix en Provenza, Francia – también incluye alentar al equipo nacional de fútbol.

En Estados Unidos, en particular, la antedicha es la visión de inmigración y nacionalismo inclusivo que deberíamos esforzarnos por alcanzar – esfuerzos que deberían incluir también el mejoramiento de nuestro equipo nacional de fútbol.

Traducción del inglés por Rocío L. Barrientos

Jason Furman, profesor de la Práctica de la Política Económica en la Harvard Kennedy School, fue presidente del Consejo de Asesores Económicos del presidente Barack Obama.

Copyright: Project Syndicate

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