La amargura metódica, comentado por Fernando Rosso | RED/ACCIÓN

La amargura metódica, comentado por Fernando Rosso

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

La amargura metódica
Christian Ferrer  
Sudamericana  

Uno (mi comentario)

Sociología salvaje, intuitivismo elemental, telurismo carente de fundamentos científicos, rebelión sin causa ni consecuencias. De todos estos pecados capitales y de muchos otros más fue acusado Ezequiel Martínez Estrada. Un pensador inclasificable y un escritor espléndido. Christian Ferrer recorre la vida y obra de uno de los padres de la ensayística argentina con exhaustividad y rigor. Hay libros que tienen la obligación de hacerse un lugar entre incontables obras que abordan el mismo tema o autor (pensemos en todo lo que se escribió sobre Borges, por ejemplo), pero el trabajo de Ferrer llena un vacío. Y lo desborda.

Desde los primeros brillos en el campo literario cuando le arrebata el Primer Premio Nacional de Literatura en 1932 al consagrado Manuel Gálvez; pasando por el salto mortal hacia el ensayo social y político para radiografiar al país y advertir sobre su destino trágico. Porque la Argentina antes que un país era un problema. Hasta llegar a su deslumbramiento -por momentos acrítico- con la Cuba revolucionaria que descolocó a sus históricos aliados liberales agrupados en torno a Victoria Ocampo y la revista Sur. Sin dejar de abordar, por supuesto, el movimiento político que lo llevó a la postración moral y física: el peronismo, ese hecho maldito del país estradiano.

Los 41 capítulos del libro sintetizan años de recolección de textos que estaban dispersos en publicaciones nacionales o extranjeras y un acopio minucioso de todo lo que se ha opinado o escrito sobre el autor de Radiografía de la pampa, ese libro condenado a tan sólo dos opciones: destruirse o acabar con el lector.

Con una prosa incisiva, áspera, soberbia y bella, Christian Ferrer recorre un itinerario intelectual que no contiene todas las respuestas, pero que es muy necesario para pensar los dilemas del país porque supo elaborar sentencias que en su momento dinamitaron todas las preguntas. 

Dos (la selección)

Los libros son horizontales. Así se predisponen, así se leen. De ellos se esperan buenas historias, cortesía compositiva, claridad y precisión argumental. Son ascensores del alma o elixires para pasar el rato, no instrumentos de tortura, salvo para los escolares y los indolentes. La reputación de una biblioteca es la misma del refugio, el lugar de solaz y la sala de nutrición. Pero hay otro tipo de libros, bruscos, escarpados, verticales, que se desploman sobre el lector como lanzados desde un abismo. No son amables, no por dificultades de sintaxis o por jergas peculiares, sino porque están escritos en piedra. O bien uno se refriega la vista con ellos, o bien se los rechaza de plano. No admiten el análisis deductivo ni el estudio comparativo, aun cuando pueda hacérselos. Exigen ser leídos con sobresalto, con alarma, y que además se les entregue algo a cambio. No atención ni interés, solo un ojo de la cara. La desolación es sin contraparte. En este caso, tratándose de un autor de versos con rima, la apuesta era fuerte, a doble o nada, pero es así, hay escritores poseídos por un espíritu numantino, que prefieren vivar el perder a no salir invictos. O se destruyen ellos o acaban con el lector.

Tres

Si La cabeza de Goliat tiene mucho de ultimátum, también lo tiene de diagnóstico sensorial. Sus noventa capitulitos conforman una crónica de la alienación urbana porque la naturaleza no propone al ser humano más dilemas qué los resolubles pero la ciudad le reclama “mucho más de lo que puede tolerar y comprender”. Dado que Eros es potestad omnívora y que el hambre no puede serle desatendida, inevitablemente, un instinto de muerte rodea todo intercambio social que implique al sexo, ofuscado por suspicacias e insinceridades y sofocado al fin en el hogar. La mujer se entrampa en laberintos morales o se desgasta emprolijando su cría, y el hombre sale de correría al desierto donde sucumbe abrazado a un espejismo. Son reniegos de sí, a veces esquivados por “héroes urbanos” como el apostador y la mujer adúltera, arriesgados a su manera, y otras veces redimidos momentáneamente por conmociones de júbilo, como las carnestolendas y los festejos pandémicos que en la Antigüedad purgaban el mundo de desconsuelos. Cualquier otro camino conduce al desplome anímico o desguace espiritual.

Cuatro

Martínez Estrada escribió un libro sobre Balzac, no tan concernido por el análisis literario de su obra como por su desenmascaramiento de los arquetipos humanos y las fuerzas motrices de la vida moderna: “La representación simbólica de lo inevitable”. Si leyó a Balzac, fue para extraer una teoría del acontecer social y del forcejeo de las pasiones y del precio de la honradez y del drama de la sensualidad y del instinto de codicia y del asco de las convenciones y otras agonías por el estilo. “La rueda kármica”. Es lo que resta -las reglas del juego- una vez caídas las capas de decoro, los alardes de corrección, las maneras de mesa y otras buenas intenciones.

Cinco

Ezequiel Martínez Estrada no disponía de un sistema teórico general ni procuraba conseguírselo. En sus libros hay, sí, una visión del país, ideas firmes acerca de la dignidad humana y un conocimiento holgado de la historia de la cultura, pero no teorías. Era un autor que pensaba a partir de estímulos y obsesiones. Por otra parte, no estaba “a la orden del día” en cuanto a caudales bibliográficos, no del todo. Era, más bien, un provechoso lector de “clásicos”, antiguos muchos de ellos, incluso antiquísimos. Tampoco fue un ideólogo, esa raza de sacerdotes. No tuvo adiestramiento científico o metodológico, se inventó una formación para él mismo. Era lo que antes, en otro tiempo, solía ser llamada una persona cultivada. Un autodidacta, alguien que aprende por sí mismo, robusteciendo unicidades de problemas en su personalidad.

Seis

Perón era shaman, lo que es todo gran hombre de la política, y lo fue en grado sumo, amén de gobernante “manosanta”, “limosnero”, “exuberante” y “maquiavélico”. Un mago, particularmente en lo que hace a la administración del discurso, pues Martínez Estrada advierte que su poder persuasivo era inmenso: “Entre nosotros, el único orador con verdadero talento oratorio e histriónico”. Es el don de fascinar, el donaire que concede la simpatía nata, aunque Perón también conocía el arte de soliviantar las almas: arrear y enardecer a la vez. Un hombre con la intuición misteriosa del momento oportuno, que se circundaba con utilería de gran teatro y figuras melódicas propias de la fanfarria. Además, un renovador de la elocuencia gauchesca en el campo de la política, con toques de mistágogo y de encantador de serpientes, es decir de multitudes. Pero aunque Martínez Estrada admite que al pueblo postrado lo puso en pie y lo dejó andando, el suyo habría sido un gobierno de “timócratas” y de “oclócratas”, sin dejar de ser, Perón mismo, el aleph que permite hacer luz sobre nuestros males congénitos aun cuando él haya sido, para el país, “un castigo de Dios”.

Siete

Acerca del tiempo pasado por Martínez Estrada en Cuba, su amigo Leónidas Barletta dijo: “Fueron los años más felices de su vida”. Eso mismo trasunta su correspondencia de entonces, tanto como su novísimo e inmoderado optimismo político que desperdigó en artículos y declaraciones. El Che Guevara había dicho qué la cubana era “una revolución con pachanga”, y es probable que el mambo ambiente distrajera a Martínez Estrada del drama insondable que arrastraba consigo allí donde fuera. En Cuba conoció a Rodolfo Walsh y lo visitaron muchos compatriotas, entre otros, León Rozitchner y John William Cooke. También se reencontró, luego de muchos años, con Waldo Frank y con Camila Henríquez Ureña, hermana de Pedro, su viejo amigo, por entonces asesora del Ministerio de Educación del nuevo gobierno. Sé sentía activo y provechoso: “Aquí estoy en una tarea que me resulta grata, pues puedo hacer algo más útil que allá [...]”.


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