La argentina como problema, comentado por Carlos De Angelis | RED/ACCIÓN

La argentina como problema, comentado por Carlos De Angelis

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

La Argentina como problema
Adrián Gorelik y Carlos Altamirano  
Siglo veintiuno editores  

Uno (mi comentario)

El lado B del siglo XX argentino
Desde el título el libro La Argentina como problema. Temas, visiones y pasiones del siglo XX nos convoca a recorrer aspectos y autores fundamentales de la historia argentina del siglo XX, vitales para comprender el tiempo actual. Joaquín V. González, Federico Pinedo, Ricardo Rojas, José Ingenieros, Raúl Prebisch, Héctor Agosti, David Viñas, Juan José Sebreli, Guillermo O´Donnell y otros pensadores (algunos olvidados) son explorados por más de veinte autores que conforman el libro -editado por Carlos Altamirano y Adrián Gorelik- y nos ayudan a entender y debatir sus puntos de vista. Miradas desde la historia, la sociología, la ciencia política, la literatura, entre otras, se combinan para revisar las principales ideas generadas en aquellos días. Una curiosidad del libro, quizás reflejo de las propias ambivalencias de la historia argentina es que no sigue un orden cronológico de autores o de acontecimientos. Son nueve partes con dos, tres y cuatro artículos breves cada una. De este mapa sin rutas fijas el lector podrá elegir la suya propia, reflexionando al mismo tiempo sobre sus propias preocupaciones. Una revisión de los temas que se abordan nos muestra que las discusiones y dilemas de la argentina actual no nacieron de un repollo: el liberalismo, el nacionalismo, la clase dirigente, los obstáculos para el desarrollo, y la democracia eran problemas urgentes en los pensadores revisitados. En el prólogo, uno de los editores, Carlos Altamirano relata la génesis del proyecto que dio lugar al presente libro pensado inicialmente como una colección destinada a coincidir con el Bicentenario de la Revolución de Mayo pero que por diferentes hechos concluyeron en la presente edición. Como el propio Altamirano plantea, para la selección de los principales ejes del libro se pensó en torno las problematizaciones, cuestiones o hechos que eran percibidos como problemas y la búsqueda de visiones proyectadas para la Argentina (sigue). Es difícil entre tanto material de calidad seleccionar los capítulos más relevantes. Pero quizás por elección personal cuatro tienen elementos de interés peculiar. El texto de Martín Bergel FORJA: un pensamiento de la desconexión redescubre a la agrupación surgida del Yrigoyenismo y que recalaría en el peronismo en una nueva clave: como creador de un nuevo lenguaje político. Luego, el texto de Laura Ehrich El mito revolucionario de Eva Perón en los años sesenta: política, cultura y mercado editorial muestra cómo las sucesivas relecturas de un fenómeno histórico pueden transformar su percepción. En un poco más de una década la figura de Eva Perón abandonaría su impronta de “santa” para tomar una mística revolucionaria, combativa y militante. Es notable esa transformación que da cuenta de que todo pasado es pasible de ser reinterpretado, y por ello móvil. El tercer texto seleccionado es de Carlos Altamirano: El peronismo y la crisis argentina en Tulio Halperin Donghi. El motivo del interés es clave, Halperin Donghi es uno de los historiadores más importantes de la Argentina, y en su texto Altamirano va zurciendo las lecturas que el autor de Argentina en el callejón realizara sobre el peronismo destacando los cambios en la comprensión del movimiento creado por Juan Perón. El capítulo que cierra el libro Los problemas de la democracia Guillermo O´Donnell y Juan Carlos Portantiero de Hugo Vezzetti, se enfoca en las complejas lecturas que realizan los dos grandes pensadores sobre la democracia argentina, en O´Donnell debatida en torno a la emergencia de las dictaduras y en Portantiero sobre la relación con el peronismo y el populismo. La Argentina como problema. Temas, visiones y pasiones del siglo XX recupera autores claves de nuestra historia con vitalidad y mirada crítica.  

Dos (la selección)

La Eva de los peronistas “revolucionarios” de la primera mitad de los años sesenta había sido beligerante en la extensión de derechos de los sectores excluidos, y custodia de Perón y de una revolución que se percibía amenazada por la “burocracia” del peronismo, y por la ilegitimidad de los gobiernos. La Eva de Viñas y Sebreli fue moderna, transgresora de los límites que la sociedad le imponía a una mujer de su tiempo, en lo personal; y subversiva de las jerarquías y las instituciones sociales, como figura pública: “símbolo de la revolución inconclusa”, “abanderada del ala plebeya del peronismo, de la clase obrera”. La Eva de Walsh, cuerpo además de símbolo, contenía una promesa redentora, figurada también como venganza. A partir de 1970, el mito evitista se cargaría de nuevos significados y se ligaría a hilos de sentido que venían de antes.

Al irrumpir en la escena política argentina con el secuestro de Pedro E. Aramburu, la organización armada Montoneros comunicaba que entre los cargos que le imputaban, y que terminarían por justificar su ejecución a manos de quienes se autoinstituían con ese acto en tribunal de la “justicia popular”, estaba el robo y el ocultamiento del cadáver de Eva Perón. La organización guerrillera que atrajo a partir de ese hecho un enorme caudal de militancia política y juvenil de distinto signo partidario, activismo que se hallaba en efervescencia desde finales de la década de 1960, se apropiaría del legado revolucionario de Eva para disputar los sentidos de la revolución peronista, incluso cuando Juan Perón accedió por tercera vez a la presidencia de la Argentina.

Tres

El gobierno peronista llevó a cabo una política de reformas sociales. Pero estas no se proponían terminar con los patrones ni implicaban una ruptura con las bases del orden socioeconómico; tampoco nada de esto, por otro lado, era solicitado por la clase que el peronismo incorporaba a la vida política, una clase que no demandaba la revolución sino conservar y ampliar las ventajas que contenía el mundo urbano al que había llegado recientemente. Pero cuando la prosperidad se acabó, el jefe del peronismo iba a mostrar que su habilidad táctica no se correspondía con una visión que le permitiera reorientar la economía argentina en una situación que no era ya la de la inmediata posguerra. Para gobernar en la nueva situación Perón, observa Halperin, no tenía en su acervo político e ideológico otros recursos que los extraídos del modelo fascista. En consonancia con esta lectura del mundo, puso sus expectativas en las posibilidades que encerraba la nueva guerra que parecía divisarse en el horizonte y en la que se enfrentarían las dos potencias que habían surgido victoriosas de la segunda contienda. Al disiparse esta alternativa, el general se tuvo que empeñar en busca de respuestas para los problemas del desarrollo industrial de la Argentina, pero la doctrina política de que se había alimentado no le proporcionaba las claves para esa búsqueda.

Cuatro

La denuncia del imperialismo, y de sus efectos y prolongaciones locales, ocupó entonces parte sustancial de los esfuerzos proselitistas de los activistas de FORJA, que en esa labor diseminaron un nuevo vocabulario político que gozaría de buena fortuna en la opinión pública argentina de las siguientes décadas. Términos como “factoría”, “coloniaje”, “vendepatria”, “entreguismo”, “elementos extranjerizantes”, o giros como “traición de la inteligencia” o “sorda trama de intereses” ingresaron gracias al concurso del forjismo en los lenguajes políticos disponibles en el país. Los lectores de Forjando, la publicación de la filial de la localidad de Rojas, número a número encontraban en la portada de la publicación la palabra “cipayo”, presente en un recuadro destacado que repetía la siguiente leyenda: “Frente a la ‘V’ del cipayo / y a las tres ‘V’ del teutón / la ‘A’ inicial de Argentina / signo de liberación”.

Cinco

En el final, la problematización de la democracia nacida de los debates político-intelectuales en el exilio encontraba un insólito ámbito de resonancia en el “Discurso de Parque Norte” pronunciado por Raúl Alfonsín a fines de 1985 y en cuya redacción participó Portantiero. Allí se decía que la democracia implica más que un cambio en la forma de gobierno, requiere un cambio en el modo de vida. La  instauración de un estado de derecho y la plena vigencia de los derechos humanos es una condición necesaria, pero exige algo más: un proceso de transformación cultural concebido como una “democratización subjetiva”. La “ajuricidad” que arrasa con las instituciones está en la sociedad: en el autoritarismo, la intolerancia, la idea del orden como imposición y la renuencia al acuerdo o el compromiso. Algo del diagnóstico desencantado de O’Donnell reaparecía en ese episodio, finalmente fracasado, que llamaba a la esperanza.

Seis

“Democracia en la Argentina. Micro y macro” ofrecía un abordaje más elaborado en esa dirección y a la vez se proponía una suerte de “etnografía” que se extendía a rasgos “muchas veces inconscientes para los propios actores”. Primero abordaba las consecuencias del régimen sobre la sociedad, y exploraba conductas y rasgos de la vida social bajo una dictadura que buscó implantar “capilarmente” un programa de orden que debía extenderse hasta la vida privada y el comportamiento moral. Pero enseguida era en la propia sociedad donde encontraba rasgos previos que estuvieron entre las condiciones que hicieron que esa desmesurada propuesta autoritaria econtrara eco y, por lo menos, consentimiento. No alcanzaba con la acción del régimen, hubo “una sociedad que se patrulló a sí misma”,  kapos que asumieron la represión por su propia cuenta, en la escuela, el trabajo o las instituciones. Si el régimen “soltaba los lobos en la sociedad”, se debía reconocer que esos “lobos” ya estaban ahí y en la nueva situación podían sentirse tácitamente autorizados para ejercer sus violencias cotidianas.

Siete

Lo herético del posicionamiento de Prebisch no se redujo a la denuncia sobre los límites de aplicabilidad de la economía neoclásica, sino que incluyó una propuesta en directa sintonía con el diagnóstico anterior: si aquella organización internacional no servía, era porque los beneficios del comercio se repetían de manera desigual. La tesis sobre el deterioro de los términos de intercambio era la prueba que sostenía la propuesta central del documento: la única manera de llegar al desarrollo es a través de la industrialización de los países periféricos. La actividad industrial permitiría diversificar la estructura productiva, y la diversificación de las actividades económicas que un país lleva a cabo permite hacerlo más adaptable y menos dependiente de los shocks externos. Y en segundo lugar, la industria es entendida en el documento como generadora y difusora del progreso técnico.


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